Relato 66 - Un mundo al revés

Deseaba con todas sus fuerzas que todo fuera distinto. Odiaba cada pedazo de su vida, a su familia, a sus amigos (que ni tenía en realidad), a los animales, a la naturaleza. Todo para él era despreciable.

 

 

Cuando pensaba en lo poco que significaba ser parte de algo, deseaba que el mundo se acabara, que un meteoro cayera sobre la tierra. ¿Palabras de agradecimiento o de motivación? Pfff, para él era pura mierda, no le interesaba para nada. Se iban tan rápido como las recibía. Le resbalaban.

 

Si acaso sonreía por algo, se notaba el esfuerzo que debía hacer para que se produjera ese gesto en su rostro. Era un hombre que denotaba amargura y resentimiento.

 

 

Se llamaba Rubén, el hombre que odiaba hasta el aire que respiraba, que sentía que había nacido en un mundo y en un tiempo equivocado. Decía que odiaba los pies de hombre, y nadie supo a qué se refería con ello, pero como odiaba todo, tampoco era algo que importara. No dejaba por supuesto de ser algo curioso, porque el comentario había sido un poco fuera de lugar, pero así era, y ese era Rubén. Pero cuidado, los deseos pueden hacerse realidad…

 

Rubén nunca conoció el amor, y si alguna vez hubo un vestigio de este en su vida, seguramente le hizo mala cara, haciéndolo huir despavorido. De niño jugaba con Mariana, una vecina mayor que él dos años, su única amiga, quien partió a la edad de 10 a otro país porque su papá era comerciante de diamantes en África.

 

Era hijo único, y aunque sus padres siempre desearon darle un hermano, nunca se concretó el asunto.

 

A sus 35 años, Rubén trabajaba en una oficina como asesor comercial de productos financieros. Tenía un apartamento en un edificio moderno al lado del mayor centro comercial del país. No gustaba de los animales porque eran una gran responsabilidad, y el tiempo en su vida era muy limitado, además, odiaba los malos olores en su medio ambiente.

 

Sus vecinos eran poco conversadores, aunque a él eso lo tenía sin cuidado; las personas que llegaban a su vida se iban tan fácil que ya se había acostumbrado a la soledad. Jamás le gustaron las visitas de extraños o compañeros de trabajo; ni siquiera de sus padres que ya parecían ni acordarse de su existencia.

 

Un día, estando sentado en una banca de madera al lado de un lago que tenía el signo de no pasar por todas partes, Rubén pensó en lo miserable que era su vida, y en cuanto desearía que todo cambiara, tal vez haber nacido en otro cuerpo, en otro tiempo o en otro mundo. Era una fantasía que tenía cada día desde que Mariana se marchó y no volvió a saber de ella, cuando solo tenía 8 años de edad.

 

A veces deseaba tener amigos, compartir con su familia, celebrar un cumpleaños, pero cada vez que recordaba lo estúpidas que eran todas las personas que conocía, esa idea le parecía repugnante.

 

Mientras hacía un gesto de desprecio por aquellos pensamientos que se infiltraban en su mente, notó algo extraño en el lago. En un punto específico, al lado de una roca puntiaguda, un pato se sumergía en el agua, y al salir, venía acompañado de otro pato. Esto sucedió un par de veces más llamando sumamente su atención; entonces quiso averiguar de dónde salían los otros patos, así que se aventuró a adentrarse en el lago pasando por un sendero de piedras y un sector pantanoso, procurando no ser visto por nadie para que no lo regañaran por estar cruzando el límite. Llegado al lugar, asomó su cabeza por encima de la roca puntiaguda, sin poder percibir nada dentro del agua por su oscuro matiz.

 

De repente, resbaló y cayó al fondo, y como no sabía nadar se llevó un susto de muerte, perdiendo en un instante la conciencia. Al despertar, estaba a la orilla del lago, completamente empapado y con un rostro sonriente frente a él que le ofrecía una mano para ayudarlo a levantar. Se disculpó por su imprudencia y agradeció antes de marcharse.

 

No lo había notado pero algo era diferente. Cuando cayó en cuenta, se percató de cosas extrañas como un bus transportando a una sola persona y conducido por un niño, y un taxi con siete pasajeros o más completamente apeñuscados.

 

A plena luz del día se veía claramente la luna llena, y el sol no estaba por ningún lado.

 

Las personas parecían más felices que de costumbre, incluso, aquel era como un día festivo, pues había más gente de lo normal en las calles sin afán de trabajar.

 

Pasó por una avenida, cerca de la gobernación, y encontró un grupo de manifestantes que reclamaban más impuestos, menos educación y salud, todos inconformes por los altos salarios que estaban recibiendo y la poca corrupción de los mandatarios. Por lo demás, había tranquilidad y paz por donde pasaba. Hombres de cachaco pedían abrazos a los indigentes, quienes además llevaban a cuestas morrales llenos de comida, y esa sonrisa que ya se estaba volviendo una tortura para Rubén.

 

Fue a su apartamento a meditar sobre lo que estaba sucediendo, y entonces se le ocurrieron dos posibilidades, una era que había muerto ahogado en el lago, o la otra que estaba soñando. Intentó despertarse, pero no pudo, todo era muy real. De pronto oscureció y salió el sol. Era de noche y el sol brillaba en medio del negro firmamento como una gran lámpara que además se reflejaba en las estrella de un color rojizo. Todo aquello era una locura.

 

Esperó al día siguiente y al salir de su apartamento, sus vecinos lo saludaban amable y cariñosamente, recibía felicitaciones y agradecimientos de todas las personas que conocía y encontraba en su camino sin saber por qué.

 

Llegó a su trabajo, y su jefe, un hombre pedante y autoritario, lo recibió vestido de payaso, a él y a los demás empleados, todos estaban felices, menos Rubén. Su jefe se la pasó todo el día a su disposición, cumpliendo las órdenes de los trabajadores.

 

La prensa no mostraba sino noticias positivas, absolutamente nada negativo, ni crímenes, ni robos, ni secuestros, nada de lo que habitualmente acostumbraba leer allí, más bien se encontró con premios que se entregaban a miles de personas sin motivo aparente, noticias de ciudadanos comunes que lograban sus metas como si se tomaran un vaso de agua, así de fácil.

 

Salió despavorido del lugar, no podía creer que todo eso estuviera pasando, eso y mucho más, cosas tan extrañas como una señora vestida de corbata paseando una langosta encadenada al cuello.

 

Algo andaba mal y tenía que averiguarlo. Sin embargo, de tanta felicidad y un mundo tan perfecto, apareció algo, o más bien alguien que por un momento le hizo sentir que no todo estaba tan mal y fuera de lo normal; se trataba un asaltador, que a pesar de la forma en que se le aproximó y le habló, le dio la esperanza de estar en el mundo normal. Este le dijo al acercarse:

 

  • Disculpe señor, soy un asaltador y me gustaría si me lo permite robarle el celular o el reloj tan fino que trae puesto.

  •  

Al escuchar esto, a pesar de lo cordial, Rubén se sintió más en su mundo que en ese extraño sueño. Entonces se quitó el reloj y se lo entregó al ladrón haciendo un gran esfuerzo por sentirse realmente asaltado e indignado, pero fue inútil, aquel hombre le dio las gracias y le entregó a cambio una bolsa repleta de oro.

Él intentó explicarle que un robo no era así, que eso estaba mal, y aquel hombre no comprendió ni siquiera que es estar mal, no existía el concepto del mal.

 

Si acaso era una pesadilla, quería despertar. El mundo no podía ser tan perfecto, era una tontería de su mente, nada más que eso. Se dirigió nuevamente al lago el cual estaba cristalino y puro. Caminó hacia la piedra puntiaguda y miró al fondo del agua. No comprendía lo que pasaba, pero era hora de darle fin.

 

Reflexionó un momento antes de adentrarse en el agua nuevamente, pues pensaba que era la única forma de regresar a lo habitual.

 

Siempre quiso una vida mejor, ¿pero tanto?

 

Por más que le dio vueltas al asunto, sabía que no soportaría un minuto más en un mundo donde todo era alegría, permisividad, comprensión, bondad, tolerancia, amor, en fin, tantas cosas que él poco conocía y por momentos llegó a anhelar, pero que en una situación tan extrema le parecía despreciable, agotador, una completa locura.

 

Se lanzó al interior del lago sin importarle si se ahogaba o volvía a ser rescatado. Comenzó a tener una visión de su vida a lo largo de aquellos 35 años. Se sintió culpable por ser quien era. Perdió nuevamente el conocimiento, hasta que despertó en el fondo, solo que ya no había agua. Caminó hacia afuera, y se encontró frente a frente con una sorpresa que no esperaba. Un rostro de amargura denotando tristeza y soledad. Miró a su alrededor, y encontró el mismo rostro una y otra vez. Miles de Rubenes caminando por las calles, y ni una sola señal de otro ser humano diferente a él. Se tomó de los cabellos y gritó desconsolado.

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