Relato 63 - Al abordaje

Cuando algo es fácil, la esencia se pierde.

 

Vestidos, peinados, criadas...

 

Una vida para muchos deseada, para mí, odiada. Ser princesa en una época en la cual los vasallos son basura no es de mi agrado.

 

-Hija, tus maletas están preparadas. El carruaje está en la puerta esperándonos. Tu padre está muy ilusionado con este viaje.

 

-No me gustan los barcos, madre. Ya se lo dije a padre y a ti mil veces.

 

-Pero tienes que venir, partimos a Inglaterra a ver unas tierras para comprar.

 

-Iré pero ya sabe, madre, que de mala gana.

 

La ama nos acompañó al carruaje y nos subimos. Me daba pena, asco y coraje la manera en la que mis padres trataban a todos esos súbditos. Llegamos al puerto y allí estaba padre con todos sus hombres, preparados para subir al barco y emprender viaje hacia Inglaterra.

 

-Madre, si compramos esas tierras, ¿Viajaremos a menudo hacia aquellos bonitos parajes y lugares tan modernizados?

 

-Claro, hija, ¿No estás nerviosa por ver más a través del castillo?

 

-Sí, madre, pero deberíamos empezar por mirar hacia abajo, preocuparnos por la gente de nuestro pueblo que necesita nuestra ayuda. Mira a tu alrededor. - Miró el barco, luego miró hacia atrás. La gente estaba por los suelos, la pobreza afectaba mucho al pueblo.

 

Volvió a mirar hacia el barco. - ¿Ves, madre? Nos necesitan.

 

-Sube al barco.

 

Los marines de mi padre nos hicieron una especie de pasillo para subir al barco. Se inclinaron para hacernos una reverencia. Cosa que por cierto odio. Nadie debería ponerse por debajo de nadie por estatus. Uno de ellos alzó un poco la mirada y por ello lo miré. Tenía unos ojos azules como el cielo. Su pelo era alborotado y había dulzura en su rostro. ¡Qué chico tan ideal! Tenía madera de príncipe, pero solo era un marinero. Madre nunca me dejaría conocerlo. No me di cuenta pero me quedé embobada admirándolo.

 

-Princesa Melisa. - Se inclinó frente a mí.

 

Hice un gesto saludándolo y seguí caminando. Aquel hombre me había dejado totalmente impregnada. Vi a mi madre observándolo, seguro que se había dado cuenta. Cayetana, mi compañera de viaje, la que me cuidaría en esta semana, vio como me embobaba con aquel chico y, cuando entré en mi camarote, me dijo:

 

-Ese chico es muy mono

 

-Es solo un tripulante de padre... no hay nada que hacer.

 

-¿Por qué no lo intentas? No debe de ser tan difícil.

 

-Madre no estaría de acuerdo. Soy una princesa.

 

-¿Desde cuándo te importa eso?

 

-No me importa.

 

  • Pues, adelante

     

El barco zarpó. Odio los barcos, me dan fatiga, además casi no me dejan salir de mi habitación; esta vez no iba a ser así. Mi hermana estaba hablando con mi madre casi llorando. A ver qué desgracia tan poco desgraciada le habrá sucedido ahora. Se pasa el día buscando novio y con un chico distinto cada semana. Parece que se crió en un burdel en vez de en un castillo. Es sin duda alguna la vergüenza de la familia. Me acerqué a preguntar qué pasaba. Le había dejado el novio. Veis, lo que yo decía. No sé por qué está así realmente; en dos días conseguirá a algún chico de los marines de padre y madre la dejará hacer lo que quiera. Por el contrario a mí, como soy la heredera, está buscando un matrimonio por conveniencia. Una persona que solo me quiere por mi poder y mi dinero y estoy bastante segura de que ese hombre tendrá muchos más años que yo. Odio la realeza. Salí a la cubierta a tomar el aire, sin ninguna esperanza de ver a ese chico. ''Shhh shh''. Alguien me llamaba. En la cubierta de abajo estaba aquel chico de ojos azules. Me hizo un gesto insinuándome que fuese en su búsqueda. Justo cuando iba responderle, Cayetana y mi hermana Oriana llegaron. Le hice un gesto rápido para que se escondiese y así lo hizo.

 

Oriana me estuvo contando cómo aquel chico la dejó sola en una cita. Ella pensó que no la quería volver a ver y huyó. La historia seguramente tendría diferencias pero la creeré. Cayetana insistió en que me viera con el chico. Era imposible, madre se enteraría.

 

Una tarde salí a dar un paseo por el barco y me acerqué a él, le pregunté su nombre; se llamaba David. Madre me vio hablando con él y no me dejó salir de mi camarote hasta que llegamos a nuestro destino.

 

Cuando llegamos a Inglaterra, nos condujeron a un pequeño palacete el cual sería nuestro hogar durante el tiempo que mis padres tardara en hacer las gestiones. Desde el palacete se podía ver el puerto y veíamos cómo los marines guardaban el barco.

 

-Cayetana, hablé con ese chico; se llama David ¿Qué debo hacer?

 

-Yo te ayudaré, no le cuentes a nadie esto. Pero mañana iré al pueblo a dar un paseo, puedo decir a tus padres que vendrás conmigo, pero entonces irás con ese chico.

 

-Oh, gracias, ¿Cómo podré agradecerle?

 

-De ninguna manera, no tienes por que hacerlo.

 

Al día siguiente, me vestí con un vestido no muy agraciado. No quería que la gente del pueblo me mirase raro por ser una adinerada paseando entre la pobreza.

 

Cayetana y yo salimos de allí y nos despedimos. Me acerqué al barco. Nadie me vio entrar. David estaba sentado en un barril

-Humilde marinero.

 

-Princesa Melisa- hizo una reverencia - ¿Cómo una persona como vos por un sitio como este?

 

-Vine a conocerte.

 

Fuimos a la zona donde me alojaba en el viaje; allí no habría nadie que nos pudiese ver. Esa sería la zona clandestina. Nos pasamos la tarde hablando y conociéndonos un poco más. Quedé con Cayetana en que a las ocho estaríamos las dos en la puerta del palacete para así entrar juntas y que no se enteraran de mi huida.

 

A las ocho corrí a mi lugar de encuentro, Cayetana no estaba allí. ¿Dónde se habrá metido esta mujer? Me pasé unos veinte minutos esperándola en el mismo lugar. Decidí subir a mi habitación. Cuando abrí la puerta estaban allí. Mi madre, mi hermana y Cayetana.

 

-Cayetana, me has decepcionado.

 

-¿Dónde has estado, hija?

 

-Madre, he estado en el barco, he ido a ver a un marinero. Espero que no haya problema alguno en ir a visitarlos de vez en cuando.

 

-¡Pues claro que lo hay! No puedes ir a ver a hombres con los cuáles no estás comprometidos así porque así.

 

-Pero madre, ya que ninguno de vosotros vais a ver a vuestros propios sirvientes alguien debería preocuparse por ir a verlos

 

-No, si lleva malas intenciones.

 

-¿Malas intenciones? - Dije elevando la voz- ¡Madre, usted no sabe cómo es él! Es digno de palacio aunque sea un simple vasallo. Creo que deberíais empezar a entender mis gustos y que a mí nunca me han gustado esos hombres que solo se acercan por mis riquezas y no por cómo soy. Este marinero por lo menos es honrado y lo primero que me advirtió es que no quería intentar nada extraño conmigo, solo conocerme. Déjalo , nunca lo entenderás. Eres una reina.

 

-¿Qué crees, que yo no pensé lo mismo? ¿Crees en serio que quería casarme con una persona a la que no conocía? A tu padre lo conocí una semana antes del casamiento y mírame, lo quiero como a nadie. Tú también deberías entender que es una cuestión de realeza.

 

-No mi culpa que tú no supieras echarle cara a este tema. Si no querías casarte con esa persona ¿Por qué lo hiciste?

 

-No quería decepcionar a mis padres

 

-Yo tampoco quiero decepcionarte, pero soy una persona adulta para tomar mis propias decisiones y saber lo que quiero y lo que menos quiero es casarme con una persona que no me quiere. Y hoy me he dado cuenta de que David sí me quiere.

 

-Deberías hablarlo con tu padre.

 

-Lo haré, pero de momento ¿Puedo seguir viéndole?

 

-Podrás.

 

Dos semanas después seguía viéndole en aquel camarote. Ya nos íbamos de Inglaterra. Mi padre me había buscado un pretendiente con el que seguramente me comprometería. Mi madre le había soltado un discurso con que yo debería de tener un poco más de voz y voto en este tema y que debería escucharme. Una de las noches de vuelta a casa David vino a mi camarote.

 

-No deberías estar aquí. Ya no. Mi padre ha encontrado a alguien “perfecto” para mí pero yo no lo creo, para mí el único hombre perfecto eres tú.

 

-Melisa, no pasará nada si te debes comprometer con otro hombre, te seguiría queriendo igual y mi amor por ti nunca cambiará.

 

-David, qué cosas más bonitas me dices.

 

Entre palabras y más palabras nos dio el amanecer. De repente sonó la puerta de una forma muy brusca y se oyó a mi padre gritar:

 

-Melisa, ábreme la puerta ahora mismo.

 

No podía esconder a David en ninguna parte. Me aterraba el pensar que mi padre le hiciera algo. Quería protegerlo.

 

-¡Sé que estás con David! Ábreme.

 

No podía hacer nada, ya sabía que estaba con él. Abrí la puerta y no le dejé hablar.

 

-Papá, antes de que puedas decir nada me gustaría decirte que desde que lo conocí me gustó y pienso que ya es hora de no hacer lo que todas las generaciones anteriores han hecho y empezar a cambiar un poco el sistema. Creo que soy lo suficientemente inteligente para saber que este hombre me quiere de verdad y que como rey sería ejemplar. Es solo cuestión de darle una oportunidad. Si de verdad me queréis como a una hija tendríais que entender mi felicidad y con un hombre al que no quiero no puedo ser feliz.

 

-Hija, me parece muy valiente lo que has dicho. Pero no puedo dejar que eso suceda. - Sacó un revolver de su pantalón.- Lo siento.

 

-¡NO! - Me puse entre la pistola y mi amado. - Antes tendrás que dispararme a mí. No voy a dejar que lo mates.

 

Mi padre bajó el arma y avergonzado miró al suelo. David se dirigió a mi padre.

 

-Señor, - dijo llamando su atención – me gustaría perdirle la mano de su hija. Me encantaría llevarla al altar. Si usted me lo permite le prometo hacerla muy feliz.

 

Mi padre asintió. Creo que nunca había estado tan feliz. Salí del camarote gritando “MADRE, ME CASO”. Estoy muy segura de que David me haría muy feliz. Los dos nos dirigimos a un lateral del barco y apoyados en un mástil nos besamos.

 

Sin duda esta historia no ha sido fácil. Pero como dicen. “Cuando algo es fácil, la esencia se pierde”.

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