Relato 53 - Un acto reflejo

1

En mitad de la noche, sin llegar a despertarse, ella notó que algo le rozaba. Extendió su brazo como un acto reflejo, y con su movimiento tiró el vaso que había en la mesilla de noche. Se hizo añicos, despertándonos bruscamente.

-Genial, ahora varios días encontrando cristales hasta en la sopa.- dijo mi mujer, incorporándose en la cama, aún algo sobresaltada.

-No pasa nada, no te preocupes, Eli. -dije, extendiendo mi brazo hacia ella e intentando calmarla. Miré el reloj. Las 4:04, una hora pésima para desvelarse.

-Desde que he vuelto del viaje no descanso nada. -dijo.

-Han pasado pocos días, tendrás que retomar el ritmo normal.

-Me levanto agotada.

Aunque la penumbra de nuestra habitación sólo nos permitía intuirnos, en su tono de voz había impregnado cansancio mental además de físico.

-Te agitas mucho toda la noche. ¿Tienes pesadillas? -le pregunté.

-No. Al menos no recuerdo tenerlas.

Hizo una pausa antes de continuar, midiendo sus palabras.

-¿Qué crees que pasó ahí arriba?

El cambio de tema reflejaba claramente sus verdaderas preocupaciones. Encendí la luz de mi mesilla de noche y me incorporé, como ella, antes de responderle.

-¿Te refieres al incidente?

-¿Es así como lo llaman los de la Agencia, “el incidente”? Ven demasiadas películas.

-Es verdad. -respondí. Su tono se había relajado un poco, me alegró verla bromear al respecto- En realidad sólo sé lo que me contaron tus jefes ese día y lo que tú me has contado después.

-Ya es mucho más que el resto del planeta.

-Cierto.

-¿Y bien?¿Qué opinas? -insistió. Darse por vencida no iba con ella.

-No me creo más listo que todos los que os mandaron al espacio, ni que los estabais allí. No creo saber lo suficiente.

-Pero sabes que toda la tripulación quedamos inconscientes durante nuestra misión.

-Sí. Unas tres horas.

-¿Eso es lo que dijeron los chicos de la Agencia? ¿Unas tres horas?

Su tono iba acumulando malestar con cada frase.

-Sí, eso dijeron. -fue mi respuesta.

-Nos tenían monitorizados, como es costumbre desde hace años. Nuestras constantes vitales al detalle. Seguramente podrían predecir quién estaba a punto de estornudar.

Sonreí.

-Y por eso saben que todos caísteis inconscientes en el mismo momento, durante aproximadamente el mismo tiempo.

-Durante EXACTAMENTE el mismo tiempo. Parece que ese detalle no han querido revelarlo. Típico. -dijo cargada de desagrado- Parece que están tan asustados como nosotros.

-Dijeron “unas tres horas”, Eli, lo recuerdo bien.

-Me extraña que no dijeran tres horas y cuarto.

-¿Ese fue el tiempo exacto?

-No. Agárrate, porque me juego el cuello que me caería una buena si se enteran que comentamos este dato, aunque sea a nuestros maridos. -hizo una pausa antes de añadir- Tres horas y catorce minutos.

-No veo por qué te parece...

-Tres horas, catorce minutos y quince segundos. ¿Lo ves ahora? 3,1415...

-¿Pi? Es casi el número pi, ¿no? Bueno, pi es 3,1416.

-Eso es un redondeo. Pi en realidad es 3,141592... Y así hasta el infinito. Seguro que si nuestros instrumentos fueran más precisos veríamos que el tiempo que estuvimos k.o. se acerca sospechosamente al dichoso pi.

No respondí, seguramente parecía buscar en el aire algo con lo que responder, pero estaba en blanco.

-Te he dejado sin palabras.- continuó Eli.

-No sé qué decir. La coincidencia parece imposible.

-¿Qué crees que pasó?

-Antes de saber esto, hubiera dicho que algo fortuito, natural. No sabría decir qué podría ser capaz de hacer algo así en el espacio, pero esa hubiera sido mi explicación. Ahora...

-¿Crees que es un mensaje? ¿Que alguien quiere decirnos algo?- Parecía sacarse de dentro estas preguntas como si las tuviera clavadas.

-Lo sea o no, la única conclusión posible es que debió de haber un “alguien” detrás de aquello.

-Creo que es justo lo que piensan nuestros jefes. Por eso tardamos tanto en volver a casa... Dicho sin tapujos, estaban acojonados de que nos estuvieran usando para mandar un mensaje a la tierra, infectados con alguna cosa.

-Pero estáis todos bien. -Aunque sin pretenderlo, mis palabras sonaron exactamente a mitad de camino entre una afirmación y una pregunta.

-Todos nos sentíamos perfectamente. Y a pesar de eso nos hicieron todas las pruebas que se les ocurrieron, hasta las más surrealistas que puedas imaginar. Y mientras tanto, bien vigilados por si nos poníamos verdes o algún bicho nos salía de dentro. Parece que al final se quedaron algo más tranquilos, y aquí estoy. Por ahora...

-¿De eso iba la llamada del jefe de esta noche?

-Esta semana nos han convocado, parece que se han sacado de la manga algunas pruebas nuevas para completar la faena. “Análisis algorítmicos” de nuestras ondas cerebrales o algo así. Ya no saben que inventar.

-Lo del número pi... Quizá sólo querían hacernos saber que no estamos solos en el universo.

-Puede ser. -dijo con resignación.

-Tú estás bien, eso es lo importante. -le acaricié el brazo- No nos preocupemos por ahora de nada más. Seguro que todo irá bien.

De alguna forma un rato más tarde, abrazados, conseguimos quedarnos dormidos de nuevo.

 

2

Aún no había llegado el día de la revisión de Eli en la Agencia, lo cual le hacía estar realmente tensa. Aunque procuraba no pagar conmigo ese estado indefinido de expectativa, no necesité que ella me lo expresara con palabras para sentirlo. A veces la tensión necesitaba un hacha en lugar de un cuchillo para cortarse. No podía culparla desde que me contó los detalles de aquel misterioso desvanecimiento simultáneo de todo el personal de su misión espacial.

 

Pero hoy el día no había empezado mal; Eli salió pronto a quemar energía en el gimnasio, antes de que su humor se resintiera. Al despedirse me dio un beso mientras yo aún me desperezaba.

 

Durante el desayuno fui repasando las noticias del día como siempre hacía. Demasiada tragedia, diría mi madre, pero nunca se me dio bien esconder la cabeza ante lo que pasaba en el mundo. En los deportes, la noticia de apertura era más bien una última hora de sucesos: hacía escasos minutos un piloto de rallies de primer nivel había sufrido un grave accidente. No había imágenes en vídeo del momento del accidente, al parecer nadie grababa ese tramo en ese instante, pero casi al momento habían llegado fotos sorprendentemente buenas de un aficionado que se encontraba cerca. Siento ser tan cínico, pero lo primero que pensé fue que la noticia abría los deportes precisamente gracias a la calidad de esas fotos del humeante coche rojo. La voz del narrador explicaba las circunstancias, lo extraño del lugar del accidente por ser una recta sin baches, mientras los textos fijos y móviles explicaban la carrera profesional del piloto y lo grave de su estado. Un especialista en motor comentaba las fotografías. No era capaz de explicar los daños en la parte posterior del vehículo, un coche de ciudad en su versión para rallies, que parecía haber hecho un trompo en medio de una recta sin obstáculo aparente.

-Como si el conejo que se le haya cruzado se fuera a quedar a mirar el espectáculo- pensé.

 

Una hora después, Eli llegó de vuelta. Dejó la bolsa del gimnasio y me miró con una mirada que pedía perdón.

-¿Qué ha pasado? -le pregunté alarmado.

-Perdón. Le he dado un golpe al coche.

-¿Estás bien?

-Sí, sí, no te preocupes. Lo del coche tampoco es muy grave, hasta he podido venir conduciendo.

-¿Y el otro coche?

-Tampoco es grave. El muy inútil decide cambiarse de carril con su flamante coche de carreras sin indicar con el intermitente, no me ve y se lleva un golpe mío por una esquina de atrás. Pero hemos podido controlar los coches y pararnos a arreglar lo del seguro. Al menos ha reconocido no haberme visto y no tendremos problemas con la compañía.

-¿Era un coche de carreras?

-Que va, uno de esos que anuncian como “tres veces ganador del mundial de rallies” o algo así.

-Vaya, menuda casualidad. -De forma automática le pregunté- ¿De qué color?

-Rojo, color de macarra al volante, claro.

 

Toda la escena de las noticias volvió a mi mente, casi fotograma a fotograma. ¿Era eso posible? ¿Pueden darse casualidades de ese calibre? Prácticamente el mismo coche y quizá en el mismo instante. Parecía una broma o algo sacado de una mala película. Pero bueno, las casualidades también pasan. Por un momento iba a empezar a explicarle a Eli lo que había visto en las noticias, para compartir la magnitud de la casualidad, pero me detuve. No era buena idea añadirle estrés inútil, ya tenía suficiente sin mi colaboración. Y fueron pasando las horas y fui aparcando esas ideas en mi mente hasta que el recuerdo se fue desvaneciendo en algún rincón remoto.

 

3

Uno nunca sabe cuán profundo almacena las ideas descartadas en su propia mente. Incluso se podría pensar que han sido eliminadas por completo, si nada llega en su rescate. Pero es curioso lo accesibles que deben estar, lo cerca que queda la oscura estantería de nuestro cerebro donde las habíamos abandonado, pues se hacen presentes en un simple instante.

 

Ese instante llegó esa misma noche, durante una conversación en una cena en casa de unos amigos. Nunca los había considerado una pareja aburrida o sin conversación, pero de algún modo nos encontramos hablando del principal tema cuando los demás se agotan: el tiempo.

-No recuerdo que cuando yo era joven pasara tanto tiempo sin llover. ¿Es sólo mi impresión?- comentó nuestra anfitriona.

-A mi me pasa lo mismo- replicó su marido.

El cruce de frases sonó natural, pero pensé que sería gracioso que tuvieran esas frases preparadas para lanzarlas en caso de emergencia. Esbocé una leve sonrisa ante mi propia idea.

-Nos estamos cargando el planeta, creo yo- dijo Eli.

-Pues en menudo lío estamos si lo dices tu, que tienes una perspectiva privilegiada desde allí arriba.- comentó ella, medio en broma, medio en serio, señalando el cielo.

-Pero tienes razón, Eli, pasan cosas muy extrañas. Fíjate el tornado 404 de esta semana- dijo él.

-¿404? Suena a modelo de coche. ¿Qué forma es esa de llamar a un tornado? - pregunté. No me sonaba de nada.

-¿No lo viste en las noticias? Fue una cosa muy extraña, fue como algo sacado de una maldición bíblica. En plena madrugada, sin avisar, aparece un tornado que arrasa un rascacielos de cristal y se desvanece.

-¿Y a cuento de qué ese nombre?

-A alguien le llamó la atención que apareciera a las 4:04 de la madrugada y empezaron a llamarle así en la prensa.

4:04. Algo estaba terriblemente mal. 4:04. Recuerdo esa hora. Recuerdo el golpe de Eli y los cristales destrozados por el suelo en la madrugada. Tonterías. Reviví, en lo que me pareció un segundo, el incidente de la mañana; el coche teniendo un accidente como golpeado por algo invisible.

-¿Estás bien? Estás completamente pálido- me preguntó ella.

-No, no estoy bien. Algo ha debido caerme mal- respondí como en un sueño.

 

Pocos minutos después Eli conducía de vuelta a casa, conmigo en el asiento del copiloto.

 

4

No recuerdo con precisión las palabras de nuestra conversación en el coche de vuelta a casa. Me sería imposible reproducirlas sin inventarlas casi completamente. No haré eso. En cualquier caso, eran irrelevantes. Mi estado de ánimo era tan confuso que dudo que fuera un interlocutor muy coherente. Eli seguramente intentó averiguar qué me sucedía, convencida de que la indisposición no era meramente física.

 

Al llegar a nuestra casa mi cabeza se había aclarado un poco e insistí en quedarme solo y echarme a descansar. Eli se negó en un principio, me exigía que le diera explicaciones. Al pasar los minutos y ver que no era capaz de conseguir de mi ni una palabra más, cedió y me dejó solo en el sofá del salón, recostado con los ojos cerrados.

 

¿Era realmente posible lo que estaba sucediendo? En mi cabeza se libraba una batalla feroz en la que no había un bando ganador. No se trataba de un hilo de razonamientos que pudieran llevarme a una conclusión. Las distintas imágenes venían a mi mente, afirmando hechos que mi razón se empeñaba en desmontar, en descartar como simples coincidencias. Pero, ¿no era acaso la vida una serie de casualidades increíbles encadenadas? Encuentros imposibles en lugares improbables, instantes donde el cruce de los eventos violaba la idea de una suerte ciega y verdaderamente aleatoria.

 

¿Estaba yo cuerdo? ¿Funcionaba mi mente como debía? ¿Cómo puede una persona saberlo, siendo juez parcial de su propio estado? Me aterrorizó la idea de estar perturbado, de tener mi percepción tan distorsionada que las cosas que creía que estaban pasando a mi alrededor no fueran más que invenciones. Sin duda, en aquel momento viví un estado realmente cercano a la locura, tal era el conflicto interior en que me encontraba.

 

No creía estar desequilibrado. No tenía sentido un salto tan repentino a la locura. O quizá siempre estuve loco y sólo ahora la mentira en que vivía se desmoronaba... No, no lo creía. Algo mantenía esa idea firme en mí. Y a esa idea me agarré.

 

¿Y si hablaba con Eli? Un escalofrío me recorrió al instante. No podía hacer eso. Conocía a Eli demasiado bien: su testarudez le haría llegar hasta el final de mis sospechas. Ni siquiera su mente, razonable y científica, podría evitar que imaginara alguna explicación terrible a todo aquello. Es típico mío, mi afán de proteger cual caballero andante a una mujer tan fuerte e independiente como Eli. Es mi forma de quererla, me decía a mi mismo en ese momento.

 

 

5

No puedo saber que pasó por su mente al dejarme en el sofá e irse a nuestro cuarto, pero el hecho es que en algún momento el sueño había podido con ella. En la cama a medio deshacer yacía Eli. No dormía mejor que en los días precedentes; fue otro sueño agitado. Sacudía su cabeza de un lado a otro y su frente se perlaba de sudor. Los gestos de sus brazos y piernas eran bruscos, hablaban de tensión, si no incluso de agresividad o lucha.

 

Los signos de alteración fueron aumentando hasta que Eli emitió un terrible grito de angustia que la despertó de un golpe. Se incorporó en el mismo movimiento, como impulsada por un resorte. El corazón parecía querer escapar de su pecho, y lloraba. Miró a mi lado de la cama, buscándome con la poca visión que las lágrimas permitían. Al no encontrarme, debió recordar y se levantó, yendo hacia el salón.

 

En la casi total oscuridad, me vio, sentado en el sofá donde antes había dormido.

 

-Gracias a Dios, gracias a Dios.- Y aunque llenas de súplica, sus palabras no iban dirigidas a ese ser en el que no creía. Sollozaba, dejando salir sus palabras entrecortadas con cada pesada respiración.

-He tenido la pesadilla más horrible. No recuerdo el final, pero sé que al principio estaba en la estación y todo era normal. Mis compañeros estaban de buen humor, cada uno atendiendo a sus tareas. Empecé a escuchar un lejano y casi imperceptible pitido dentro de mi cabeza, que empezó a subir de volumen más y más, primero hasta hacerse totalmente audible y después hasta perforar mi cabeza con un gran dolor. Mis compañeros se retorcían, no era mi imaginación al fin y al cabo. Una sombra fue cubriendo de golpe toda la estación, y el ruido cesó tan bruscamente como mi conciencia. Entonces estaba dormida, y soñaba. Soñaba extrañas cosas inconexas, imágenes deformadas de la Tierra, de personas y cosas, y que unos cables salían de mis brazos y se extendían por el espacio hasta llegar al planeta. Se enredaban entre sí. Yo intentaba mover los brazos para liberarlos y se enredaban más y más. Era una sensación de angustia. Pero hay algo más, lo sé, casi lo veo. Había algo terrible después.

Sus ojos se abrieron de par en par y se iluminaron cuando el recuerdo la golpeó. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas.

-Ya lo recuerdo. Era terrible, terrible, mi vida. Habías muerto, cariño, habías muerto.

 

Se fue acercando a mi. Cómo me hubiera gustado consolarla, abrazarla y decirle que todo estaba bien. Pero en la penumbra, sentado y con la cabeza ligeramente apoyada hacia atrás, ya hacía rato que yo estaba muerto.

 

FIN

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