Relato 31 - Extrajeros

—Son un coñazo —dijo Evangelina, Lina o Eva (dependía de los momentos), que se empecinaba en hablar con los modismos aprendidos en la madre patria. Se refería a la película de zombis, que acabábamos de ver. Ahora estábamos en un bar cualquiera, comentando desganadamente el improbable argumento.

—Perdón —dijo Manuel, alzando una ceja acusatoria —, pero no estás en el viejo continente. Tratá de hablar en argentino.

—Como antes, cuando eras argentina —apunté, y ella me dedicó una esquiva mirada.

—¿Y qué es ahora?, ¿búlgara? —dijo Víctor, riéndose.

—Puede ser croata, si quiere, pero la gallegada no —saltó Manu, que conforme pasaban los minutos se empezaba a poner más nervioso e imperativo en las frases.

—¿Tanto les molesta? —nos dijo ella, sonriendo maliciosa, haciéndose la importante.

—Nooo –dijo Víctor, inclinándose sobre la mesa, arrastrando como siempre las palabras —Lo que pasa es que a estos dos —nos señaló con una displicente sacudida de cabeza —les da un ataque de patrioterismo barato, cuando está cerca el mundial.

Lina y Víctor se rieron, Manuel me miró haciendo un gesto de desagrado. No era ningún misterio —nunca lo había sido— que los dos competían por ella. Desde hacía mucho tiempo, desde nuestra ya quimérica adolescencia; sin que Lina se haya inclinado nunca por ninguno de los dos. Yo la llamaba por eso El péndulo; siempre iba de un lado a otro en un vaivén gentil, sin quedarse en ninguno de los extremos más que el tiempo preciso y necesario para cumplir con su deslumbramiento. Y es que ella deslumbraba; sabía hacerlo, no tenía reparo ni dejaba que nada le impidiera hacerlo. Incluso me lo hacía a mí, que era su primor hermano, y que siempre me había forzado a mirarla como a una maceta del jardín, no obstante ser quizá la chica más hermosa que había visto.

—Bueno —dijo ella, después de reírse con Víctor, su escogido en esa

oportunidad —Para no ofender a nadie, voy a tratar de recuperar mi argentino; no sea cosa de que pierda algún amigo —lo miró a Manuel, que visiblemente resintió el calificativo de amigo, y después me miró —¿Y vos qué contás de nuevo, primo?

Me encogí de hombros, intimidado siempre por esa clase de preguntas.

—Poco nuevo —dije medio carraspeando.

—No te creo —exclamó ella, sonriendo. Luego se puso seria —¿Seguís con eso de ser escritor?

La miré como queriendo saber si le causaba gracia o pena, pero no pude horadar la coraza de su jovialidad.

—Tengo un amigo allá —siguió Lina con su mejor voz sugerente —que escribe en sus ratos libres. Trabaja de otra cosa, pero le gusta ese tema y lo hace. No pierde el tiempo esperando no sé qué, como hacés vos, primo; y esto te lo digo con todo el cariño que te tengo. Si querés ser escritor, hacelo; no pienses, HACELO.

—¿Publica tu amigo? —pregunté.

—Sí, sí; pero con otro nombre —dijo Lina confusamente.

—Con seudónimo —la corregí —¿Y cuál es?

—No creo que lo conozcas —hizo saber mi prima —No es muy conocido.

—¿Y a qué se dedica? Digo, cuando no escribe —quiso saber Manuel.

—Ejecutivo de cuentas, al igual que yo —le respondió ella, casi sin mirarlo. Podía percibir la ofuscación de mi amigo por el destrato de mi prima.

—No veo de qué podrá escribir —dijo Víctor solo para reclamarle la atención. Lina se echó a reír.

—No te creas —dijo ella, acallando un poco la risa —No sabés las cosas que se le ocurren a Lucio.

—Pero qué escribe —quise saber. Lina me miró, y no pudo aguantarse una risotada, una de esas tan suyas.

—No te puedo decir; nada, que me da así como vergüenza.

—¿Vergüenza? —fruncí el ceño.

—De qué se tratará —me susurró Víctor.

—¿Escribe bien? —insistí.

—¿A mí me preguntás? —exclamó Lina enarcando las cejas –Si sabés que yo no sé nada de eso.

—Por ahí después te cuento —me dijo Eva con su voz más sugerente, arqueando las cejas —Cuando te tenga solo para mí.

Yo me reí con ganas y se hizo un breve silencio, que fue interrumpido (cuando no) por un comentario de Manuel.

—No tiene nombre de español el tipo –bufó mi amigo con resquemor.

Ahí Evangelina lo miró fijo, creo que por primera vez en toda la noche.

—¿A qué te referís con eso?

—No sé —Manuel desvió la vista, pero no nervioso sino altivo —Me da nombre de sudaca, mezcla de culturas.

—Crisol de razas –completé.

—Exacto —celebró Manuel, guiñándome apenas un ojo. Lina se le acercó y le puso paternalmente una mano en el hombro, abriendo bien los ojos.

—Te aseguro que Lucio es español de pura cepa, tío.

—Pero bueno, che —se quejó Víctor, sonriendo —Ni que fuera tu novio, o algo así. Lina sonrió, levantando y bajando las cejas un par de veces. Todos interpretamos el gesto.

—¿Todavía siguen? —pregunté con timidez, como siempre que se me da por indagar en la vida sentimental de la gente. Pero al mismo tiempo, no podía no preguntar...

—No había posibilidades de seguir nada. Se trató de un flirt entre viejos conocidos. Hay piel, hay admiración y respeto ¿entendés? —dijo ella y asentí.

—La consumación física de un amor platónico, y como tal perfecto y eterno —divagué, casi sin darme cuenta.

Evangelina abrió los ojos con asombro, como no creyendo la pregunta.

—¡Mirá si serás loco, vos! —contestó, y le sonrió a Víctor —Las cosas que decís. Si hablando así no llegás a ser escritor mi culo es un florero.

Finoli, finoli —agregó Manuel, cada vez más rencoroso por la lejanía a la que lo sometía Lina.

—¿Por qué estás tan serio, Manuel? —le preguntó ella.

—Estoy serio porque no me río —respondió él. Yo me reí. El comentario me hizo gracia.

—Pero bueno, viejo. Si habla como una gaita, te quejás; y si habla en criollo, también —dijo Víctor, ya definitivamente el triunfador en el duelo de galanes; hecho confirmado por la amplia y soberbia sonrisa que le dedicó la dama en disputa. Hubo un silencio que resultó insoportable, según me acuerdo, magnificado por las voces y las risas de las mesas cercanas.

—Bueno –exclamó Evangelina entre un sonoro suspiro —No me vine desde España para que estemos en silencio —nos miró, dibujando otra de sus magníficas sonrisas —¿Qué podemos hacer?, ¿dónde vamos?, ¿qué hacemos?

—A mí se me ocurren varias cosas —comentó ladinamente Víctor.

—Mirá si serás atrevido —dijo Lina, poniéndose de pie —Vámonos, sigamos viaje —me miró —Vamos, primo, hacete cargo, disfrutá un poco de la vida y de la noche —nos miró a todos —¿Me acompañan?

Y la seguimos, sin esperar más. En la calle nocturna, mientras nos encaminábamos a un boliche que Víctor conocía, tuve oportunidad de hablarle a solas a mi prima, cosa que no había podido hacer hasta el momento. Me le puse al lado, siguiéndole el paso a duras penas; ya que ella más que caminar parecía trotar, la miré hasta que ella hizo lo mismo, y creo que ella anticipó lo que iba a decirle.

—Mamá preguntó por vos, si vas a pasar por casa —dije en voz baja. Evangelina llevaba tres días en el país, pero la había pasado con nosotros, o con alguna amiga perdida por ahí; pero no había visitado a nadie de la familia. Ella suspiró con desagrado, desviando la vista.

—¿María Cristina preguntó también? —dijo ella a su vez. Cristina era su madre, a la que ella detestaba, al punto de escamotearle el “mamá”. Nunca supe, y sigo sin saberlo hoy, qué había pasado entre ellas.

—No sé —dije, aunque era mentira. La tía había estado en casa el día anterior, refunfuñando por su hija que no dignaba a visitar su casa. Yo me escondí de la vista de la tía, ayudado por mamá, para evitar que me hiciera preguntas. A eso había ido, no tengo dudas.

Como Lina no decía nada, y seguía caminando muy callada, con la vista al frente, decidí dejar el tema.

—Cumplo con hacerte llegar el requerimiento —dije —No te quiero complicar la vida, ni imponerte obligaciones.

Lina giró la cabeza, sonrió y me acarició la cara, empujándome hacia ella.

—Primito querido —dijo, desordenándome el pelo —Vos sos lo mejor de esta familia, ya lo sabés. Sos el mejor en este concierto de soretes que somos todos. Por eso te quiero tanto –se detuvo y me sujetó del mentón; creí vislumbrar la sombra de un llanto contenido –Ojalá que nunca cambies. No lo hagas.

Desde varios pasos delante, llegó la burlona voz de Víctor.

—Eh, viejo, cortenlá, que son primos hermanos. Es casi incesto.

Lina lo miró y se echó a reír, y ya era la misma de siempre.

—Te dije que no seás atrevido —dijo ella, me sonrió a mí brevemente, dándome un par de palmadas de la mejilla y se fue corriendo hasta donde estaba Víctor, al tiempo que decía —No te pongas celoso. Y a propósito, ¿falta mucho? Los zapatos estos son muy lindos, y muy caros también, pero son incómodos como la hostia.

Estoy muy solo y triste acá, en este mundo abandonadooo...

Víctor, desbordante de triunfo, se puso a cantar La balsa —porque le gustaba, sobre todo viejas y olvidadas canciones de rock nacional— a los gritos en la calle casi desierta y a oscuras Pero me falta algo para ir, pues caminando yo no puedo; construiré una balsa y me iré a naufragar. Yo me quedé rezagado, y Manuel se me puso al lado, hablando en tono confidencial.

—Está agrandado como sorete en querosén —dijo con mal disimulado rencor.

—Che, son amigos ustedes. Dejate de joder –dije, tratando de mediar, rol que siempre me veía obligado a adoptar —Cada vez que mi prima…

—Precisamente —retrucó él —Cada vez que ella aparece.

—¿Qué querés decir? —dije, mirándolo fijo, casi parándome —Ella es así. Vos hacés mal en enamorarte de ella.

—¿Enamorarme? —Manuel abrió bien grande los ojos, queriendo demostrar una sorpresa inaudita —¿Quién te dijo que yo estoy enamorado?

—Bueno, ¿caliente te parece mejor? Ustedes dos están re calientes con Lina. Ella les da bola también, creo que le gusta. La otra vez, a vos te dio bola, y a Víctor lo ignoró; ahora es a él a quien le da sus favores —yo me iba enojando con cada palabra —En definitiva, los dos se la cojen; nada más que lo hacen por turnos, por eso ella es El péndulo. Evidentemente, ella no quiere enfiestarse con los dos al mismo tiempo, por si eso es lo que te gustaría. Ella es así, viejo. Si pretendés otra cosa, vas muerto. En cualquier caso, no me rompas los huevos.

—Pero bueno, che, ¿qué te pasa a vos? —dijo Manu con desconcierto. Nunca había sido tan franco.

—Me pasa que estoy con los huevos llenos —dije y me adelanté, dejándolo a mi amigo solo, rezagado y solo en el fondo. Por un instante, creí que se iría. Ciertamente, aquella no era su noche, y estaba un poco fuera de lugar; pero si algo caracterizaba a Manuel era su tenaz persistencia, en todo momento y situación.

Pero alguna razón tenía mi amigo. Algo me pasaba esa noche, en realidad había comenzado desde que mi prima llegara aquella vez. No sabía qué era, a qué atribuírselo. No me molestaba la promiscuidad en las relaciones de Lina, el hecho de que ella se acostara con todos los hombres que se cruzaban. Nunca me había molestado, tampoco, el sexo que ella alternaba con mis dos mejores amigos, que eran los suyos también. No soy quien para juzgar lo que hace el resto del género humano en su vida y en la cama. Además, siempre la quise a Lina, ella siempre me trató con un par, como un igual, a pesar de la diferencia de edad. Reafirmo que nunca la miré como una mujer, no porque fuera mi

prima hermana, sino porque supe, o intuí tempranamente, que ella era un ser libre; que jamás se sometería ni a hombre ni a mujer. Pero a pesar de todas esas consideraciones, y sin saber por qué, sentía que algo estaba erosionando nuestra relación; tal vez fueran el tiempo y la distancia.

 

 

Llegamos al boliche escogido por Víctor, desconocido para mí (que de la noche poseo únicamente historias de oídos, no de tactos). Mientras esperábamos para entrar, Lina se dio vuelta y me dijo en voz a propósito alta.

—Ni se te ocurra quedarte en la barra, o escondido en algún rincón; como hacés siempre. Te conozco, primo —se llevó el índice al párpado inferior —Ojito, ojete.

—Sí, él siempre tan sociable —agregó Víctor, guiñándome un ojo.

Yo hice el gestito “faquiu”, una de esas costumbres de infancia que tardan en morir, y los otros dos se miraron y se rieron, mientras Lina sacudía la cabeza. Manuel me puso la mano al hombro, susurrando.

—Fijate como le festeja todo, el muy hijo de puta.

—Cortala, ¿querés? —respondí, sin mirarlo.

Finalmente entramos, y aproveché la confusión general para cumplimentar con la profética sentencia de mi prima. Vale decir, que a la primera oportunidad me escabullí hacia la barra, con indiferencia de toda la serie de inexplicables rituales que se operan en esa situación. Era un infierno ahí dentro, un infierno en penumbras, de caras medio ocultas en sombras y palabras gritadas por encima de un horror de ruido, que algunos con bastante más que atrevimiento llaman música. Me acodé en un cómodo y oscuro lugar en el límite entre la barra y la gimiente marea humana, lugar desde donde se dominaba de un golpe de vista parte considerable del lugar, en caso de que hubiera algo digno de verse, y me aboqué a la ciclópea tarea de emborracharme. Los otros hicieron otro tanto, repostando cada tanto donde yo estaba, y luego de un rato largo, creo que los cuatro estábamos en la misma sintonía. Víctor y Eva no se

despegaron sino episódicamente; Manuel, por no ser menos, se apalabró una chica que estaba bastante buena, él no era para nada feo, después de todo, y se acomodó lo bastante cerca de los otros mientras bailaban, cosa de que ella lo viera. Era menos patético de lo que algunos podrán creer. Para mí era un maravilloso acto de rebeldía.

—Me podés decir qué carajo hacés acá solo —me gritó Lina, en una de sus expediciones de reabastecimiento —Dale, vení a mover las piernas un poco.

Me sujetó del brazo y tiró con bastante fuerza. Yo estaba borracho como para hacerle caso, y solo pude negarme sacudiendo la cabeza; sonriendo estúpidamente.

—Dale —insistía ella, bastante borracha también —Hacete amigo del mundo.

Pero no pudo lograr arrastrarme a la pista, ella finalmente se fue, y yo seguí empinando el codo, embriagado no solo de alcohol sino de hastío y soledad, de la noche invencible. Me sentí un poco mareado, y recuerdo tambalearme hasta caer en las costas de una plaza desierta, enceguecido por un sol atroz. A partir de ese momento, al vil amparo del alcohol con energizante, mi recuerdo de aquella noche se vuelve fragmentario, incompleto. Creo recordar que Manuel me hablaba, aunque no sé de qué; recuerdo que Lina se vino a la barra, acompañada por una chica no muy agraciada —ella ya completamente borracha— y que quiso hacerme gancho; recuerdo un quimérico ensayo de conversación con esa chica, y que su nombre podía ser Cintia, aunque presumiblemente era el nombre que yo quería que ella tuviera; recuerdo un baño maloliente, empapado de un sudor pegajoso, mojándome la cara, sin poder mirarme en el espejo porque no había.

Luego, la calle y el aire fresco que me reanimaron como por arte de magia. Estábamos en una plaza que no pude reconocer, sin saber cómo -o en qué estado- había llegado al lugar, en esa madrugada que comenzaba a morir. Estaba recostado en un banco. Recuerdo que Víctor fumaba de pie, mirando hacia algún lado y que Manuel estaba acurrucado en una punta del banco, que

tenía una botella a medio tomar de un vodka saborizado Bolls; y que no se hablaban. Me senté, Manu me pasó la botella y quise tomar, pero una arcada casi me hace vomitar. Era vodka con mandarina, una mezcla que me resultó asqueante en ese momento.

—¡Se despertó el bello durmiente! —exclamó Lina, que venía de alguna parte de la plaza, caminando tambaleante. Me miró con gravedad, conteniendo una risa estruendosa —Siempre igual, vos. Cada vez que salimos te ponés en pedo, y uno de la coña. Si seguís así, vas a terminar como un borracho perdido.

—Dijo Bukowsky, que de esto sabía un poco —comencé a decir con voz carraspeante —Que si algo tenés que ser en la vida, lo mejor es ser un alcohólico.

—Pablo —dijo Lina sonriendo; pocas veces me llamaba por mi nombre, y siempre que lo hacía me resultaba extraño, como si le hablara a otro —Vos sabés que te adoro ¿no? —asentí con la brusquedad del borracho, y ella me acarició una mejilla. Estaba de repente seria —Te adoro, pero a veces pienso que estás un poco mal de la cabeza.

Y entonces estalló la risa mal guardada.

—¿Un poco? —se envalentonó Víctor. Esta vez mi prima decidió ignorarlo, cosa que secretamente me alegró. Pero luego de un instante, Evangelina cambió totalmente, y largó una risa que me sonó como fuera de situación, absurda. Y comenzó a hablar muy rápido, casi sin tomar aire.

—Tenés que venirte conmigo, primo. A Europa. Y si no te gusta España, te podés ir a Francia, donde todavía quedarán algunos bohemios o intelectuales. Ahí te veo en tu elemento. Acá sos como un pez fuera del agua ¿Te vendrías conmigo? Podrías quedarte conmigo un tiempo, hasta afianzarte. Trabajo se puede conseguir, no te pienses que está todo tan mal como lo muestra la televisión. Hay desempleo, sí; mucho, también; pero hay que ver en qué sectores de la población económicamente activa. Hablamos de los rubros de servicios más bajos, los que siempre son tasa de ajuste…

Y luego se calló, así de golpe; borró de un plumazo la sonrisa, y pareció

apagarse. Quizá se haya dado cuenta del disparate del que hablaba. Yo sabía que aquello era una fábula, una idea producida por el sopor de la curda, y que jamás me dejaría vivir con ella en Madrid. No me acomodaría a su vida de perpetua extranjera.... Intuí en ese momento que ningún rastro de argentinidad se acomodaría a su vida.

De todas maneras, bien sabía ella que jamás me iría del país.

—Tengo ganas de bailar —dijo, cambiando de tema. Se acercó a Manuel y le arrebató la botella, tomando un buen trago. Luego sacó el celular, buscó y lo apoyó en el banco. Se acercó a Víctor y le tendió la mano.

—¿No me vas a sacar a bailar?

Comenzó a sonar Kissing a fool, de George Michael, mientras ellos bailaban. La primera línea, you are far (estás lejos), tuvo un cierto eco en ese momento. Deliberadamente los bailarines se fueron alejando del banco, mientras lo veía a Manuel ingerir tragos seguidos de ese vodka con sabor dulzón. Le puse la mano en el hombro, él me miró y le hice un gesto con la cabeza, rogándole que se fuera; no quería verlo sufrir más.

—¿Y vos? —preguntó, y yo me encogí, como pude, de hombros, escuchando de fondo la hermosa, y melancólica, voz de George Michael más las risas de los otros.

Manuel finalmente comprendió, o estaba cansado o borracho; como sea, se fue, sin despedirse, y mientras lo hacía Víctor gritó Y con mi balsa yo me iré a naufragar, frase que tenía un doble sentido y que era una ofensa innecesaria. Manu se fue cabizbajo, y yo también me fui poco después.

Como lo hizo Lina, unos días después, sin haber visitado a la familia. En el transcurso de los pocos años que sucedieron a la extraña noche que ahora relato, mi prima volvió cada tanto, y siguió con sus andanzas con Víctor y Manuel, que continuaron prestándose alternadamente a un juego eterno, en el cual ninguno saldría victorioso. Y tal vez eso no importara; tal vez solo importara jugar el juego; cualquier cosa que distrajera la mente del vacío de ciertas cotidianidades.

El que sí cambió fui yo. De repente ya no era tan indulgente con mi prima; de hecho me mostraba incluso distante. No interrumpí la relación, la volví menos importante, y fue esa decisión la que se incubó aquella noche. Evangelina me fue pareciendo cada vez más remota, más extranjera que nunca antes, como si siempre hubiera sido española, o nunca hubiera sido del todo argentina; aunque es probable que las nacionalidades tengan poco que ver con los desaguisados del alma. Y en ese caso el problema haya estado siempre en ella, latiendo en la flor de sus días, floreciendo en su promiscuidad cada vez más promiscua, en su sexo cada vez más maquinal y sin alma. Comportándonos los cuatro como autómatas, convirtiéndonos de alguna manera en zombis, como uno de los que vimos en aquella película que para ella fue un coñazo. Quizá todos nos hayamos comportados como zombis, moviéndonos por simples instintos primales; estímulos que nos llevan o nos traen; seres abúlicos e indiferentes; autómatas de carne y hueso.

Y es que tal vez todos seamos un poco extranjeros, solo que muchos por cansancio terminan pidiendo la green card, mientras que otros persisten en la deriva. Sé por lo menos que yo soy extranjero en mi tierra. Un extranjero en todas partes, un extraño entre toda la gente.

¿Quién no se sintió parte de la legión extranjera, alguna vez?

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