Relato 30 - En lo profundo del mar

Billy se encontraba sentado en la proa del barco de pesca, en el que junto a sus compañeros, y su capitán, pasaba semanas enteras pescando para poder ganar dinero y así alimentar a su familia.
Era joven, aún no había llegado a los 30, pero llevaba muchos años trabajando, desde que era pequeño. En compañía de su padre, que también había sido pescador, recorría los mares en busca de buena pesca.
Contemplando el mar rezó, como cada día, para que nada les hiciera retrasarse. Quería llegar a casa con su mujer lo antes posible.

Unos cuantos compañeros se encontraban en popa recogiendo la red que parecía rebosar de peces. Se levantó sonriente y marchó junto a los demás.
Se acercó al capitán,  Pitt, un hombre de unos 60 años al que llamaban Nereo en memoria del mayor de los hijos de Ponto, antiguo dios del mar preolímpico), y Gea, la Tierra.
Le llamaban así porque  llevaba toda la vida trabajando en el mar, viviendo en él. Era el mejor pescador de todos, y había superado muchas pruebas terribles. En más de una ocasión había estado a punto de morir en las aguas, pero siempre había conseguido salir airoso y regresar con los suyos.
Billy miró la captura y vio cientos de peces en el interior de la red. Ayudó a recoger la pesca y continuando con el trabajo sintió una inmensa sensación de preocupación al contemplar el cielo. Nubes negras se avecinaban, y lo hacían rápido. Billy miró a Nereo y el hombre le guiñó un ojo mientras cogía su pipa y la encendía.
—No te preocupes, Billy, seguro que la tormenta pasa de largo. — Otro compañero, Adrián, se acercó a él y juntos contemplaron las crestas de las olas que se creaban tras el paso del barco.
—No es solo eso lo que me preocupa—respondió el joven mirando más allá del agua. Como si sus ojos pudieran adentrarse en las profundidades marinas para contemplar lo que en ellas vivía oculto.
— ¿No creerás qué…? Vamos, Billy, son solo historias de marineros y piratas. —Adrián observó la expresión pensativa de su amigo y le dio un golpecito en el hombro.
—Mi padre me lo contó antes de morir, ¿o acaso no lo recuerdas?— El joven miró a su amigo con intensidad y a continuación volvió a mirar las aguas, sintiendo un extraño presentimiento, como nunca antes.
—Lo sé, estaba allí contigo. Pero te conozco desde hace años, y siempre que estás navegando piensas en lo mismo. No puedes dejar que las últimas palabras de tu padre te sigan torturando o un día te volverás loco. — Adrián miró furtivamente a Nereo, que les observaba desde la cubierta del barco, a escasos metros de ellos.
—Se que existe, Adrián, lo sé. Confiaba en mi padre. ¿Cómo iba a inventarse algo así? Y sé que él también lo cree—sin disimular, Billy miró a Nereo que le sonrió mostrando todos los dientes.
— ¿Ese viejo zorro de mar? Pero ¿de qué hablas? Lleva toda la vida viviendo aquí, ¿de verdad crees que si lo hubiera visto no nos lo habría contado? Llevamos más de cinco años trabajando con él. —Billy negó con la cabeza y se marchó a su pequeño camarote.
Un grupo de compañeros se encontraban jugando a las cartas, pero Billy se tumbó en la cama, con las manos bajo la cabeza y se quedó pensativo mirando al techo mientras sentía como su cuerpo se relajaba con el suave movimiento del barco. Tras unos minutos metió la mano bajo el colchón y sacó una foto. La miró con nostalgia y sonrió al ver la imagen de dos jóvenes con ojos brillantes de felicidad. Eran su querida mujer y él mismo.
Con el arrullo del mar y los recuerdos poblando su memoria, Billy se dejó llevar, como si hubiera entrado en un sueño profundo y muy real.
Vio a la joven sonreírle feliz porque había vuelto. Él corría a abrazarla y pronto se fundían en un intenso y añorado abrazo.
— ¡Billy! ¡Vamos, chico! ¿Qué haces?—El joven volvió a la realidad y sintió el brusco movimiento del barco. A tiempo se agarró para no caer de la cama y mirando a su alrededor vio como todo se movía compulsivamente de un lado a otro.
Adrián le miraba con gesto de preocupación y Billy se levantó de la cama rápidamente y observó el exterior, la cubierta, pues estaba comenzando a llenarse de agua.
— ¿La tormenta?—preguntó Billy rezando porqué fuera así.
—No, no es la tormenta—respondió Adrián, pálido y sudoroso mientras se agarraba al umbral de la puerta para no perder el equilibrio—. Pensamos que se trataba de una isla… Una extraña isla sin vegetación, pero entonces…
Billy corrió a la cubierta y miró a su alrededor. Las olas del mar llenaban todo de agua, el barco se movía con brusquedad dando la sensación de que en cualquier momento podría volcarse, pero las nubes negras aún no habían llegado a ellos, por lo que la tormenta no era la causante de todo aquello. Entonces, ¿qué ocurría?
El joven buscó al capitán que se encontraba en proa junto a los demás pescadores, y vio horrorizado, pero no sorprendido, como un enorme tentáculo salía del agua y se elevaba por el cielo para arremeter contra los hombres que corrieron despavoridos para salvarse del ataque.
—El kraken— dijo Billy mientras las palabras y el rostro de su padre volvían a él con fuerza.
—La mar es peligrosa y Él se oculta en sus profundidades. Lo he visto y he vivido para contártelo y poder advertirte.
— ¿De qué hablas, padre?
— ¡Del kraken! ¡El kraken existe!— el hombre, moribundo, miró a su hijo a los ojos y, aún con temor en la mirada, le sonrió y se despidió de él.
Billy volvió a la realidad y corrió junto a sus compañeros y su capitán, seguido por Adrián, que temblaba de terror.
Nereo le miró furtivamente al tiempo que corría hacia uno de sus arpones. Billy asintió y corrió junto a él. Ambos se miraron y tras coger las armas se dirigieron cada uno a un lado del barco.
Billy corrió hacia estribor, pero antes de que pudiera llegar a él, en donde se encontraba su compañero, Jack, un nuevo tentáculo le impidió el paso. El tentáculo con ventosas de unos 2 metros le obligó a arrojarse al suelo para esquivarlo. El joven se arrastró por él sintiendo el tentáculo tras de si. Con el arpón en la mano lanzó un ataque que hizo retroceder un poco al kraken. Pero el tamaño del monstruo era desorbitante y para él aquello no había significado una amenaza.
El kraken siguió avanzando hacia el joven, mientras el barco, a su paso, se rompía como un palillo en las manos de un hombre. El barco se estaba hundiendo y sus compañeros intentaban resguardarse en las zonas más altas de él.
Billy se levantó rápidamente y vio horrorizado como otros dos tentáculos más (ya podían verse cuatro) se lanzaba a gran velocidad y golpeaba a Adrián que cayó al suelo conmocionado. El joven intentó llegar a él, pero otro pescador, Cristóbal, llegó a él a gran velocidad y le cogió de los hombros con fuerza para impedírselo. Billy intentó zafarse, pero no pudo evitar que el kraken volviera a lanzar su tentáculo contra su amigo. Le cogió, le elevó por el aire y ante la mirada horrorizada de Adrián que suplicaba ayuda, lo engulló en el mar, ahogándolo para llevárselo después a su guarida.
Nereo, con su viejo arpón en la mano, sintió un escalofrío al ver a Adrián desaparecer del barco. Corrió hacia la superestructura lo más rápido que pudo y ascendió por la chimenea. En este momento el resto del cuerpo del Kraken hizo aparición y por fin el monstruo pudo poner sus enormes ojos sobre la tripulación del barco, que iba de un lado a otro mientras este se hundía con rapidez.
El kraken avanzó lentamente, como dando tiempo a sus presas para intentar huir, como si estuviera jugando con ellas, pues en cuanto quisiera podría cogerlas y llevárselas consigo sin problemas.
Billy observó a sus otros compañeros que intentaban subir a la chimenea, pues era la parte más alta del barco, la última que se hundiría.
Cogió nuevamente el arpón y lo lanzó con precisión hacia el ojo del kraken que al sentir el arpón clavarse en él rugió de dolor, pero también de ira. Se movió rápidamente y divisó a Billy que medio corría y medio nadaba para huir. Lanzó su tentáculo con rapidez, pero el joven lo esquivó metiéndose en el agua y buceando por babor, que era la parte que más se había hundido. Segundos después volvió a resurgir del agua y giró la cabeza sintiendo que algo se avecinaba de nuevo.
No tuvo tiempo de reaccionar y si no fuera porque se trataba de un cefalópodo, no habría sabido lo que había ocurrido, pues su cuerpo al instante se cubrió de un aceite negro y pringoso que le impidió ver y moverse durante un tiempo. La tinta del pulpo. El Kraken le había atacado con su tinta y ahora que el joven estaba más vulnerable volvió a arrojar sus tentáculos contra él.
Billy sintió que la fuerza del tentáculo que le había atrapado le partiría los huesos destrozando su cuerpo si no aflojaba pronto. Con un gesto de dolor se retorció todo lo que pudo intentando liberarse del kraken, pero éste, rápidamente, lo elevó por encima del barco, casi hundido, y lo arrastró hacia el mar mientras sus amigos y el capitán les observaban desde lo alto de la chimenea.
Billy contempló con horror como los ojos del cefalópodo gigante se iban acercando cada vez más de prisa a él. Era un ser tan enorme que solo mirarle a los ojos daba miedo, pues en ellos podías verte de la cabeza a los pies. En uno de los ojos del kraken Billy se contempló, suspendido en el aire, atrapado por una de las ventosas del tentáculo del ser de leyenda. Con gesto de terror, pero también de extenuación, pues casi no podía respirar, intentaba zafarse de su captor, pero era inútil, era como una hormiga atrapada entre los dedos de un niño.
Los otros siete tentáculos se encontraban atacando el barco y flotando por el mar.
Billy miró a Nereo y éste puso gesto de desesperación y frustración.
El kraken entonces se movió rápidamente e introdujo el tentáculo que atrapaba a Billy bajo el agua. Antes de sumergirse en ella, el joven cogió aire y se preparó para lo peor. Moriría ahogado, asfixiado y con el cuerpo completamente destrozado. El kraken era una criatura enorme, jamás la habría imaginado así, ni en las historias contadas por marineros o piratas, ni cuando su padre, un viejo pescador que había pasado gran parte de su vida en el mar, le contara su encuentro con el monstruo hacía ya cinco años.
Casi 90 metros. ¿De verdad era tanto? Un ser mitológico cuyas historias habían recorrido todos los mares a lo largo de los siglos, atemorizando a aquellos que se atrevían a adentrarse en lo más profundo de sus aguas.
Ahora estaba allí, destruyendo el barco de pesca como si fuera uno de papel; y capturando a su tripulación para llevársela a las profundidades del océano, a su guarida, a miles de metros bajo la superficie.
Billy sintió entonces como la fuerza de la ventosa del kraken parecía soltarle un poco. Ya no sentía tanta presión en su cuerpo, pero la falta de oxígeno le hacía estremecer, pues morir ahogado era la forma de morir que más había temido desde que tenía uso de razón.
Miró hacia la superficie y vio los restos del barco hundirse cada vez más y los gritos de sus amigos llamándole. A su alrededor todo era confuso, pues tan solo podía ver el cuerpo del monstruo, que lo cubría absolutamente todo.
Con ambas manos se agarró a la ventosa e hincó sus dedos con toda la fuerza que pudo, pero fue inútil, aquel ser no podría sentir nada de lo que él le hiciera.
Sabiendo que la inconsciencia estaba próxima volvió a forcejear, pero el tentáculo le hundió todavía más. Los peces, que se habían quedado atrapados entre los tentáculos del kraken, nadaban confusos de un lado a otro, golpeando el rostro del joven, que ya casi no podía ver a causa del revuelo. La luz del exterior casi había desaparecido y la oscuridad del profundo mar cada vez se hacía más intensa.
Billy sintió algo golpear su cara y al girarse vio a Adrián atrapado en otro de los tentáculos. Giró la cabeza al ver su expresión de desesperación, de miedo. La última mueca que había adquirido antes de ahogarse en el que, hasta ahora, había sido durante gran parte del tiempo su hogar.

Nereo se lanzó al mar de nuevo portando su arpón y viendo como el kraken se lanzaba contra él se dejó atrapar ante la horrorizada mirada del resto del grupo, que saltaron instantes después, también al mar, al ver como los demás tentáculos se lanzaban contra ellos.
Cristóbal fue golpeado contra la quilla del barco, que sobresalía un poco del mar y murió en el acto. La ventosa del tentáculo se agarró a él y con rapidez se lo llevó a su guarida.
Los demás pescadores intentaron nadar para salvarse, pero fue inútil, en tan solo unos instantes el kraken los había matado o llevado al interior del mar. Ya nadie quedaba en la superficie.
Nereo, con los pulmones lo más llenos de aire posible, sujetó con fuerza el arpón para no perderlo. Era lo único que tenía. Lo único que podría darle, aunque fuera, una mísera oportunidad.
Observó a sus queridos muchachos. La tripulación de pescadores que desde hacía años habían sido como su familia. Todos estaban muertos, o al borde de la muerte, pues el kraken se los llevaba, como a él, como a Adrián y como al pobre Billy, el hijo de su querido amigo, Patrick; a lo más profundo del mar, a aquel lugar del que jamás podrían regresar.
Dejando atrás la superficie contempló como los pedazos del casco,  el ancla, la cubierta, o el bulbo de proa iban rompiéndose, haciéndose pedazos, y hundiéndose cada vez más en el mar. Pronto sus pedazos formarían parte de los arrecifes de coral y los peces y cualquier forma de vida marina, instalarían sus casas en ellos.
Tras unos instantes, que a Nereo le parecieron eternos, pudo divisar atrapado en un tentáculo que yacía bajo él, el cuerpo de Billy. El joven le miró asombrado y con una ligera sonrisa, pero no pudo más, había estado conteniendo demasiado tiempo la respiración, y sus pulmones se habían quedado sin aire para continuar. Perdió el conocimiento y su cabeza flotó inerte con el cabello cubriendo su rostro, cada vez más azulado.
Nereo forcejeó y lanzó el arpón contra le ventosa que lo tenía atrapado. Clavó su arma todas las veces que pudo, hasta que tras unos momentos pareció que la ventosa se despegaba de su cuerpo.
El hombre volvió a atacar y la sangre comenzó a manar del tentáculo. Se liberó con fuerza, sintiendo la viscosidad en todo su cuerpo aun estando mojado, y nadó rápidamente hacia Billy.
Sin mirar a su familia, atrapada en los tentáculos, nadó con fuerza y tesón, pues sabía que el tiempo se les estaba acabando, tanto a Billy como a él.
Llegó al enorme tentáculo y apoyando sus rodillas sobre él comenzó a clavar su arpón en la ventosa que se adhería al joven.
Tras varios intentos y como antes, la ventosa se despegó y Nereo pudo, con fuerza y mucho cuidado, soltar a Billy. Le agarró por debajo de los brazos y tiró de él hacia el exterior. Pero entonces el kraken volvió a atacar pegando su ventosa al cuerpo del hombre que miró con desesperación el ojo del monstruo mirarle con furia.
Nereo soltó a Billy y dejó que su cuerpo flotara. Le miró con un ápice de esperanza. Tal vez subiera a la superficie y antes de morir alguien le encontrara.
Con estos pensamientos el hombre fue arrastrado más hacia el fondo del mar. Hacia la oscuridad suprema.
 
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— ¡No puede ser! ¡Está vivo, capitán!— exclamó un jovencito con una amplia sonrisa iluminando su rostro.
—Increíble…— El capitán, un hombre robusto, con barba y cabellos oscuros miraba al joven, que ya estaba comenzando a recuperar el color de su piel, con expresión de preocupación.
Billy expulsó el agua de sus pulmones sintiendo un gran alivio al poder volver a respirar aire puro.
Miró a su alrededor con el cuerpo tembloroso por el frió, pero aún por el miedo de todo lo ocurrido.
— ¿Qué te ha pasado, muchacho?—preguntó el capitán, ante la atenta mirada de su tripulación.
Billy observó el barco pirata en el que se encontraba y con esfuerzo y mareos, se intentó incorporar.
Se tocó la cabeza y notó la sangre manar de ella. Sus manos y su piel estaban arrugadas por todo el tiempo que habían pasado en el agua, y sus ropas, rotas, se le pegaban al cuerpo.
—Muchacho, ¿puedes oírme?— Billy miró al capitán y se levantó con ayuda del jovencito, que seguía observándole como en espera de que una increíble historia saliera de su boca.
Caminó hasta la proa y contempló el mar a su alrededor.
— ¡Tierra! ¡Tierra a la vista!— exclamó uno de los piratas desde lo alto del mástil.
Todos miraron hacia el horizonte y divisaron lo que parecía ser una gran isla, pero sin vegetación ni forma de vida.
Billy entonces corrió, sintiendo como el corazón le latía con fuerza y saltó por la borda ante la mirada de sorpresa de la tripulación pirata.

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