Relato 24 - Me ponen las rubias lánguidas

 

Me presento lo primero de todo, me llamo Spuu y soy un drow.

 

Muchos no sabrán que es exactamente un drow y por ello voy a explicarlo, aunque no con demasiado detenimiento. Los drows, a los que también nos suelen denominar elfos oscuros, somos parientes de los elfos normales de toda la vida, lo que hace que tengamos largas vidas y ciertas capacidades mágicas.

 

Nuestra especie se formó cuando aún éramos elfos. Normalmente los elfos son amantes de la naturaleza, pacíficos, aunque hayan luchado en diversas guerras, sobre todo durante los siglos antiguos, y en definitiva, criaturas que viven y dejan vivir, pero eso no es más que la imagen moderna e idealizada de ellos.

 

Antiguamente había elfos, cuya forma de actuar no era tan benévola, y que utilizaban sus poderes mágicos para el beneficio propio, eran egoístas, acaparadores y taimados, como muchos de los humanos de la edad actual.

 

Hubo batallas entre los elfos buenos y los malos, por diferenciarlos de alguna manera, y estos últimos, nuestros ancestros, fueron derrotados. Como castigo, el exilio, principalmente a cuevas oscuras, ya que la condena fue no poder ver más la luz del día.

 

Después de muchos siglos viviendo en la oscuridad, nuestros cuerpos se fueron adaptando; mudamos nuestra piel clara y luminosa, por otra negra y oscura, nuestros ojos de tonos verdes o azulados, tornaron en otros rojos, amarillos o violetas, y nuestras cabelleras otrora rubias o castañas cambiaron a tonos blanquecinos.

 

Lo que no cambió fue nuestra forma de ser. Cuando fuimos expulsados de los bosques bañados por el sol, éramos lo peor de la especie, y así seguimos en la oscuridad, con el añadido de la rabia y el odio hacia los que nos habían despachado a la infraoscuridad.

 

Yo, que como os apunté antes, me llamo Spuu, soy un bicho raro entre los míos, por varias razones.

 

Al nacer, mi pelo no era blanco sino rubio ceniza, mis ojos tampoco eran del color usual, siendo este el rojo en más de nueve de cada diez drows, sino de un violeta azulado, más propio de nuestros lejanos parientes los elfos, mi piel, tampoco tenía el color de la obsidiana, mostrando un color más bronceado que negruzco.

 

Pero el mayor cambio con respecto a mis congéneres no era ninguno de aquellos, sino que no sentía odio por todo, no me atraía hacer el mal, sentía amor por las cosas bellas, quería vivir en los bosques luminosos de la superficie y hacer el bien, o por lo menos intentarlo.

 

Pero no fue posible.

 

Cuando llegué a edad adulta, me reclutaron para hacer expediciones en el exterior, dado que por mis características físicas especiales, podía pasar inadvertido de manera más fácil que mis hermanos.

 

Así corrí aventuras, estaba largas temporadas fuera, durante meses e incluso años, recabando información, emprendiendo alianzas, y por que no decirlo, atacando campamentos de humanos y elfos cuando era menester.

 

Cuando llevaba ya unas décadas desempeñando mi labor en el exterior, e incluso me empezaba a gustar el trabajo y podía dejar pasar por alto que de vez en cuando hacer el mal no estaba tan mal, resultando hasta divertido en algunas ocasiones, recibimos un fuerte ataque por parte de los elfos en nuestro campamento tamporal, en el que fuimos vapuleados. Del puñado que formábamos el grupo, sólo yo conservé la vida, aunque eso sí, con serias heridas.

 

No acabaron con mi vida, por mis rasgos diferentes al resto de drows pensaron que era algún tipo de hibridación drow-humano o drow-elfo, y me llevaron a su ciudadela.

 

Cuando desperté, mis heridas estaban prácticamente curadas, y frente a mi cama estaba ella. Era una elfa que hubiera destacado entre las más bellas, con un pelo rubio y fino que le llegaba hasta la cintura formando una trenza de cinco cuerdas, unos ojos verdes como esmeraldas que irradiaban luz y un cuerpo estilizado cubierto por un vestido blanco de lino, que ajustaba perfectamente con su silueta.

 

Aunque lo que más me llamó de ella fue su expresión lánguida, apesadumbrada, falta de energía, y a la vez serena, interesante, preciosa.

 

En ese momento, podría decir que me enamoré, pero lo que sentí fue otra cosa, como una ligera sensación de hinchazón en la entrepierna, quería poseerla allí mismo, hacerla mía, ser suyo, que fuéramos dos en uno.

 

Cuando se dio cuenta del bulto que intentaba ocultar y de los pensamientos que corrían a velocidad vertiginosa por mi cabeza, no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran, ni tampoco otros pequeños aunque reveladores cambios físicos, como cierta turgencia que hizo que el vestido de lino blanco que la cubría resaltara en según que zonas.

 

Su languidez fue aminorando mientras que todo alrededor cogía velocidad.

 

Antes de querer darnos cuenta, yacíamos juntos y unidos en el camastro, en el que hasta hacía nada reposaba de mis heridas. No recuerdo muy bien cuanto estuvimos juntos ya que desfallecí al no estar totalmente recuperado, pero fue de las mejores experiencias de mi vida.

 

Por desgracia, cuando desperté una vez apaciguado el esfuerzo, ella no estaba allí, o más bien, yo ya no estaba allí. Me encontraba en medio del bosque, no veía ninguna construcción en la cercanía ni oía voz alguna, ni elfa ni humana.

 

Intenté atisbar signos, marcas, huellas o cualquier cosa que me indicara cómo había llegado ahí, pero nada pude hallar.

 

Solo, con el recuerdo del mejor momento de mi vida y un par de panes de lembas que convenientemente habían dejado junto a mí, comencé a andar; primero hasta que encontré un riachuelo, luego siguiéndolo hasta dar con un río, y por último hasta encontrar un poblado.

 

A cada paso recordaba a la elfa, rubia, lánguida y hermosa, que me había curado las heridas y con la que había perdido el resuello durante unos instantes que guardaría por siempre en mi memoria.

 

¿Quizá estuviera realmente enamorado?

 

Imposible, los drows nos encaprichamos de mujeres u hombres, nos obstinamos en conseguirlos con el mero fin de las relaciones carnales, pero nunca nos enamoramos. O eso nos dicen desde críos.

 

Después de ella me encontré con muchas otras rubias lánguidas: elfas, humanas, princesas, hijas de campesinos e incluso con una herrera que doblaba en tamaño a cualquiera de las anteriores, y siempre con la misma sensación de irrigación, con efecto de hinchazón, de ligera erección, que me volvía ciego de pasión.

 

Unas veces fui capaz de contenerme y otras no, aunque nunca utilicé la fuerza para hacerme con la mía. Pese a ser un drow.

 

¿Quizá después de todo fuera una hibridación? Bien pensado, no cumplía con todas las características que marcaban a los de mi especie. Bien pudiera ser que mi madre, a la que no conocí no fuera drow sino elfa, y de ahí ese mestizaje en mis rasgos.

 

No creo que nunca lo llegue a saber a ciencia cierta, en lo que respecta a mi clan, morí en aquella emboscada de la que ninguno salimos con vida.

 

Se vive mucho mejor así, sin ataduras atávicas que nos obligan a hacer lo que se supone que tenemos que hacer, poniéndome yo mismo mis propios objetivos.

 

¿Cuáles son estos?

 

El primero, encontrar a aquella rubia lánguida, de la que no se el nombre, pero de la que recuerdo cada tono de su aroma, cada curva de su cuerpo y cada bucle de su pelo, la suavidad de sus mejillas y el candor de sus pechos.

 

Y en el camino, conocer otras rubias.

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