Relato 16-Andariegos del Exterminio

 

 

I

“El Capitán Moreau acercó las manos al calefactor buscando la tibieza que las restablecería. Giró la perilla con dificultad hasta abrir totalmente la válvula de escape, pero la intensidad de la flama persistió estoica. Resignado, dispuso los papeles sobre el escritorio y los ordenó prolijamente, acomodando cada pluma en su lugar y cerrando los gabinetes bajo llave. Lo observé meditabundo acompañando mi trago, mientras el sujeto se dedicaba a sacudir hormigas de una caja de galletas abierta y pasaba el contenido a una bolsa plástica. Me pregunté en silencio si sería tan meticuloso en su propia cocina, pero su traza desalineada y la barba raída de días me hacían dudar que lo fuese.

Platicamos durante un rato, en el que aprovechó para darse espavientos de hombre experimentado frente al novicio con solo meses en el oficio pesquero. Tenía la frente empapada en sudor a pesar del frío, producto de la botella de Brandy recién abierta y ya vacía.

Sorpresivamente lo sedujo el impulso por un paseo nocturno sobre cubierta al que me convidó acompañarlo, pero decliné la invitación alegando cansancio. Don Moreau era un buen hombre, de sólidos principios éticos, pero el desarraigo propio del oficio lo había convertido en un pobre interlocutor. No deseaba escucharlo maldecir por horas el desconsuelo que le traían sus hijos viviendo en Trelew, desde donde habíamos partido esa mañana.

Aquel era mi segundo viaje bajo su capitanía y su talento como marino solo era sobrepasado por su instinto pesquero. Como quería continuar trabajando a su cargo, evité ofenderlo aduciendo fatiga por la pesca de la tarde y me terminé el trago antes de retirarme de su camarote. En camino a la puerta mencionó algo acerca de sus piernas entumecidas y concluyó que no habría peor cosa que permanecer quieto. Al imaginar la ventisca del mar abierto a medianoche me permití dudarlo, pero no dije nada. Nos despedimos augurando una fructuosa jornada laboral al día siguiente. Estrechamos las manos y nos encaminamos en direcciones opuestas del corredor.

Reinaba una tranquilidad nítida en la modesta embarcación. Unos candelabros de metal sin ornamentos alumbraron mi camino hacia la litera, mientras Don Moreau subía la escalinata con rumbo a la proa. Al abrir la puerta encontré que los otros dos marinos acompañándonos en el viaje dormían junto a mi lecho, apestando el ámbito con olor a ginebra y crujientes ronquidos. El escenario me convenció de replantear mi decisión y, tras deliberar por un instante, volví a cerrar la puerta del camarote y me dirigí al encuentro del Capitán.

Me hallaba a pocos pasos de la escalera cuando de súbito el barco se inclinó en un ángulo de 65 grados hacia mi derecha. En la sorpresa caí contra la puerta de la oficina de Don Moreau, que se abrió en el acto. Fui a parar sobre el escritorio, que también había sido arrastrado contra la pared.

Me sumí en la perplejidad; era imposible haber encallado, ya que nos encontrábamos en medio de altamar. A su vez, el clima era frío pero la marea estaba calma y no había indicio de tormenta en las cercanías. La opción restante era un movimiento sísmico. Sin embargo la radio funcionaba con normalidad y de ser así la guardia costera nos habría informado.

Lo que presentí como una segunda ola nos golpeó por debajo cuando el navío no había alcanzado a nivelarse aún. La envestida provocó un posicionamiento vertical de la estructura entera y me arrojó sobre mi espalda. Los cuadros, fotografías, almanaques y mapas que colgaban de la pared se me vinieron encima, pero cambiaron de trayectoria cuando la nave completó el giro y acabó boca abajo.   

Me estrellé contra el cielo raso junto a todos los otros objetos en el cuarto. Tras incorporarme y a tientas llegué al pasillo, desde cuya escalera –ahora en dirección descendente- se empezaba a filtrar el agua helada del Atlántico. Escuché a los marinos chillando en el camarote al final del corredor pero en el pánico los ignoré, al suponer que nos quedaban segundos antes que el oleaje embravecido nos empujase al fondo del océano. Me sumergí a toda prisa y, aferrándome de los pasamanos, salí al exterior.

Busqué la superficie sin desprenderme del casco del barco. Seguí la dirección ascendente de las burbujas hasta emerger con un grito triunfal. Para mi sorpresa la corriente estaba calma y no había señales de problema alguno, no obstante la oscuridad me impedía ver demasiado. Grité el nombre del Capitán varias veces, sin obtener respuesta.

Con la suerte propia del principiante, un suave golpe en la nuca me advirtió de la presencia de uno de los gomones de emergencia balanceándose a la deriva. Era evidente que se había desprendido con el giro brusco y el oxígeno en su interior lo había subido a flote. Azorado de mi buena fortuna, salté en su interior.

Llamé el nombre de mis camaradas por horas en la tranquilidad de un mar sereno y desafecto. No entendía que había sucedido, pero poco podía hacer al respecto. Luego simplemente me tendí sobre el piso del gomón a la espera de un milagro.

No conservo una secuencia cronológica de lo que sucedió luego. Apenas recuerdo mañanas intermitentes y trozos de diferentes noches, como si hubiese sido un solo evento fraccionado y mezclado en desorden. El constante asedio del sol y las correntadas congeladas de la noche distorsionaron mi percepción del tiempo, y es aún hoy en día que no puedo precisar cuanto vagué perdido en el océano. Mis memorias se organizan cuando, por fin, hallé tierra firme.

 

II

Me desperté con la sorpresa de haber encallado. Acostumbrado al vapuleo contante de las olas, encontrarme inmóvil me desconcertó. La ambivalencia de estar hambriento y extenuado pero a su vez inquisitivo fue el indicio elemental que señalaba mi reingreso en el mundo de los vivos.

Era una noche oscura en el reflejo del cielo poblado de estrellas, cuyo brillo no alcanzaba ni para delinear las formas próximas. Noté el olor a putrefacción mucho antes de incorporarme, pero al hacerlo fue que me azotó el pecho. Busqué en todas direcciones la fuente de la emanación, pero la penumbra era rígida y me asumí impedido de evadirla. Creo que fue la impotencia lo que me condujo a sacar la cabeza fuera de borda y vomitar un terco hilo de baba. Las arcadas continuaron hasta que mi cuerpo entendió que, o bien me acostumbraba al aroma repulsivo, o permanecía perdido sin nada para ingerir.

El contante meneo de la embarcación no me ayudaba, por lo que intenté pisar tierra firme. Introduje una pierna en el agua esperando palpar la graba bajo mi pie descalzo, pero en cambio seguí de largo y me hundí sin tocar fondo, volteando la balsa en el proceso.

Emergí con desesperación ante la seguridad de no tener la fuerza para sostenerme a flote. Mis manos tantearon a ciegas y encontraron el escollo que había frenado mi deriva, pero aquello no era, como supuse al principio, la costa. Era a su vez resbalosa y suave, casi... gomosa. Me aferré con facilidad por su irregular superficie hasta salir del agua. Con esfuerzo trepé lo que parecía el borde y me tendí sobre el terreno horizontal una vez que tuve suficiente asidero. Resistiendo la tentación por desfallecer, giré sobre mi hombro en busca del bote, que probablemente estaba a medio palmo de distancia pero que no pude hallar a tientas. Para bien o mal, estaba varado en aquel lugar.

Cuando por fin tuve el ímpetu suficiente para hacerlo, me incorporé y busqué en las tinieblas algún referente. Fui alejándome de la costa lentamente, con la mesura de un ciego en un bazar. El terreno oscilaba con frecuencia, pero aun así conseguí mantenerme caminando en línea recta sin otra eventualidad. Nada me obstaculizó la marcha.

En el silencio, la caminata despertó mis sentidos antes embotados. Mis pasos descalzos producían sonidos extraños, extravagantes, símiles a quejidos, pero que me fue imposible individualizar. Más extraño era la inusual frecuencia con la que pisaba charcos de líquido viscoso que tampoco pude reconocer, dado que carecían de un aroma distintivo.

Vagué por lo que me parecieron 200 metros, pero que más tarde descubriría no fueron siquiera 20 y me recosté en el lugar, agotado. Aguardé tendido en posición fetal, a sabiendas de que el sueño traería la muerte o la mañana. Me daba lo mismo.

Rendido y al borde de la inconciencia deliré larga sombras proyectándose sobre mí, producto de una inexistente luz que busqué con los párpados entreabiertos. Temí estuviese perdiendo la razón y me entregué derrotado al cansancio, ignorando las reiteradas veces en que los susurros me rogaban por misericordia o ayuda. A continuación perdí el conocimiento, pero eso no aquietó a las voces.

 

III

Me desperté sobresaltado por los agravios y los lamentos a mí alrededor. Tras incorporarme y mientras frotaba mis ojos tuve la convicción de haberme dormido escuchando aquellos reclamos incoherentes, demenciales y suplicantes, pero que mi mente ignoró con deliberado desdén durante horas.

Todavía somnoliento busqué el sol y por su posición deduje serian alrededor de las nueve. La periferia de mi vista distinguió las edificaciones borroneadas por las lagañas matutinas, pero les resté importancia dando por sentado hallarme en una ciudad costera. No fue hasta que me paré sobre el rostro agonizante de un sujeto que caí en la cuenta que me hallaba de pie sobre una loma de cuerpos moribundos.

La multitud de personas desahuciadas a mí alrededor gemían en agonía, incapacitadas, abandonadas igual que cascajos. Estaban dispuestos unos sobre los otros, millones de ellos conformando un enorme islote emergido de las aguas que se prolongaba hasta donde alcanzaba el panorama. El sol castigaba con impudicia el tendal de víctimas a su alcance, fermentando los llantos y alocuciones de dolor.

Quise correr en alguna dirección, pero me horrorizaba continuar parándome sobre seres humanos. Los involucrados conformaban un pavimento grotesco, oblicuos unos con otros, atravesados, encimados, sepultándose. Habían sido sacudidos como dados dentro de un vaso que al retirarse deposita una horrenda impericia arquitectónica. La visión de la sangre, los montículos de excrementos y las viseras esparcidas por doquier me obligaron a vomitar saliva por segunda ocasión. Insólitamente, no se veían aves de rapiña o animales carroñeros circundando aquel lugar.  

La cascada de cuerpos iba decreciendo en forma y volumen conforme me acercaba a la ciudad lindante. Fui bajando la ladera sin la delicadeza inicial, apresurado por distanciarme de aquel horror. Corrí hasta poder saltar sobre el pavimento, esquivando los últimos cadáveres alrededor que, igual que los sobrantes rebalsados de una cesta, parecían haber ido cayendo y desperdigándose a medida en que eran transportados hasta ese punto. Fueron desapareciendo conforme me adentraba en la urbanidad desierta, que no mostraba otro signo de vida que el producto de su anterior presencia: la basura regada por las calles, papeles de diarios empujados por el viento y la alarma de un teléfono celular actuando como reloj despertador.

Los traumáticos efectos de los últimos días me habían despojado de cualquier noción relacionada al entendimiento. La realidad había perdido todo poder explicativo, reducida a una mera sucesión de eventos: barco hundido, colegas perdidos, millones de personas moribundas apiladas en la costa, ciudades arrasadas de todo vestigio de humanidad. Hechos, sin otro aditamento.

La deshidratación y el hambre me hacían deambular del mismo modo en que lo haría por una pesadilla, en la que me supiese soñando pero de la que fuera incapaz de despertar. No existía otro sentido que el recto y hacia el frente, y fue la fortuna la que puso aquel pequeño restaurante italiano delante mío. De otra forma lo hubiese pasado por alto.

Comí y bebí hasta el hartazgo, abusando de la indefinición del lugar con el júbilo de un crío revoltoso. Luego me dormí sentado en una de las banquetas de la barra, no obstante desperté horas mas tarde acurrucado en el suelo, con el vago recuerdo de haber devuelto parte del almuerzo. En efecto, los restos malolientes a mi lado parecían confirmarlo.

Repetí el proceso de ingesta, esta vez dándole tiempo a la digestión para asimilar lo que le estaba arrojando y luego me recosté nuevamente. Dormí en calma durante un lapso indefinido.

 

IV

Al levantarme la torpeza propia del extenso letargo me impidió distinguir día de noche. Me acerqué a uno de los ventanales del salón comedor mientras me desperezaba extendiendo los brazos, acompañándolos con un largo bostezo. El sueño había sido reparador.

Constaté el estado de los alrededores, que no habían cambiado ni un ápice. Por la ubicación del sol presumí que pasaba del mediodía, aunque el cielo congestionado de nubes grises dificultaba precisarlo con exactitud.

El ánimo renovado no me duró mucho. Mi arribo a las terroríficas costas locales era un recuerdo todavía fresco y las imágenes acopiadas en la memoria habían cobrado nuevos bríos, sacudiéndome con espasmos intermitentes. El deteriorado estado mental en el que había hecho el recorrido me hacía dudar de la fidelidad de ciertos particulares, no obstante estaba convencido de la veracidad de lo vivido.

Los ponderados de esa índole eran inútiles. Debía posponer las preguntas y concentrarme en sobrevivir lo que estuviese pasando. Tomé una mochila del suelo y vacié su contenido, en su mayoría papeles concernientes al pago de impuesto. Sin hallar nada de utilidad, me dediqué a recolectar de los alrededores todo lo que creyese necesario.

Me hice con ropas nuevas, dos encendedores, unos alicates pequeños, muchas botellas de agua y algunas latas de alimentos no perecederos que no utilizaría, dado que la comida refrigerada sobraba. La velocidad con la que la masacre había ocurrido no dio tiempo a la modernidad de entender que ya nadie estaba al volante. Las luces en las calles funcionaban, el agua corriente corría, los relojes de pared y los ascensores todavía se movían. Transitaba por la idílica buenaventura de atracadores y carteristas, rodeado de bancos sin seguridad y joyerías con vitrinas abiertas al público. Pero nada de eso presentaba la menor utilidad para mí. Por último me calcé dos enormes cuchillos de cocina en la parte trasera del pantalón y empujé la puerta de salida.

Tomé rumbo norte por la calle desértica, a la víspera de un atardecer tormentoso y frío. En retrospectiva creo que fue erróneo abandonar el amparo del local tan cerca del anochecer, pero me encontraba inquieto y no podía permanecer más tiempo en la inactividad.

El frío del metal en mi espalda me advertía que me encontraba en territorio hostil, sin mencionar que no recordaba la presencia de una ciudad costera tan cerca del poblado de Trelew. No tenía la menor idea en donde me hallaba. ¿Cuan lejos me había llevado la deriva?

Mientras transitaba la calle deshabitada iba meditando mis opciones. Una vez alimentado y con las elementales carencias satisfechas, era imperativo averiguar en donde me encontraba. Y cuan extensa era la devastación, lo que me ayudaría a decidir mi siguiente movimiento. Consideré la posibilidad de tratar de contactarme con otros sobrevivientes, de haber alguno.

El griterío proveniente de la calle contigua me detuvo en seco mientras estudiaba con celo cada ángulo en busca de señales de peligro. A media cuadra de distancia, emergiendo desde la esquina, vi tres siluetas femeninas huyendo en mi dirección. Eran seguidas de cerca por una turba de hombres de distintas edades que iban dándoles alcance. Elegí permanecer ajeno y me refugié detrás de unos automóviles aparcados, justo cuando el enjambre de tipos harapientos atrapó a las muchachas.

Las sucias prendas con las que las jóvenes se cubrían volaron por los aires entre carcajadas y llantos. Sincronizados con una aberrante elegancia, una parte del tumulto desguarnecía a las víctimas mientras otros las tumbaban sobre el asfalto o las alzaban a la altura del estómago con las piernas separadas.

Me mantuve agazapado en cuclillas observando desde una distancia que supe era poco segura. Comenzaba a retroceder sobre mis pasos cuando escuché una pistola gatillar dos veces. Un sujeto nuevo se había sumado a la conmoción, intentando prestar su ayuda a las víctimas del ataque. Al comienzo creí que era quien portaba el arma de fuego, pero al ver con detenimiento una de las jóvenes dejaba caer el revolver sin balas tras liberarse de sus captores.

El individuo que intentaba socorrer a las restantes mujeres fue interceptado de inmediato por los atracadores, y el breve refulgir de los filos empuñados por sus enemigos causó su cambio de expresión facial; las órbitas oculares se le desmesuraron y las sangre comenzó a brotarle por las comisuras de los labios.

Me dio la impresión que algunos de los atacantes se desvivían por ir detrás de la fugitiva, que había doblado por la esquina y amenazaba perdérseles. Pero perseguirla podría costarles el turno en el banquete con las otras víctimas, el cual los primeros comensales ya estaban disfrutando. Fue uno y solo uno, alto, trigueño y fornido él, quien continuó la persecución.

Me alejé casi a gatas hasta doblar la esquina en dirección contraria, decidido a poner cuanta distancia fuera posible entre los vándalos y yo. ¿Qué clase de lugar era ese? ¿Cómo podía el mundo haber cambiado tan rápido? ¿Qué había cegado tantas vidas y arrojado tantas otras a la locura? Me sentí tentado de volver sobre mis pasos y preguntarle a la fugada, si acaso la hallaba. Pero la imagen del trigueño fornido no daba espacio serio para la consideración. El sujeto aparentaba poder noquearme con la sola y sencilla mirada.

Alguien silbó. Ignoré el sonido, distraído por un peculiar crescendo reverberando en mi pierna izquierda. Cuando vi la punta de acero de la flecha atravesada en mi pantorrilla ni siquiera musité, abstraído por lo foráneo de aquel objeto. Luego me oí gritar, aunque es posible que los alaridos provinieran de los sujetos a mis espaldas con sus garrotes en alto.

 

V

Fue un breve interludio donde mi cuerpo se forzó a ignorar el maltrato optando por la inconciencia. No recuerdo los golpes y las patadas que causaron las heridas y moretones, misericordioso fue dios por ello, pero la pérdida del conocimiento no duró lo suficiente como para que evadiese al primero de los salvajes penetrándome.

Me despertó la brusquedad de las sacudidas. Estaba boca abajo contra el suelo, con los dientes cementados entre si y los puños estreñidos. Mientras algunas de las eufóricas hienas me inmovilizaban las extremidades sujetándomelas por debajo de sus rodillas, otros me dispensaban el mismo trato que a las muchachas antes.

Debo haber permanecido embotado la mayor parte del tiempo que le tomó al primer sujeto violarme, dado que en seguida sentí la última sacudida de su pelvis y el estertor tumefacto en su pecho. No tuve ocasión de recalar en los traumáticos efectos psicológicos que producen este tipo de incidentes; otro individuo substituía a mi violador recordándole a los demás mantenerme las piernas bien separadas.

Me aferró por el cabello de la nuca del modo en que se sujeta la crin de un caballo al galoparlo y me dedicó algunos improperios en un lenguaje tan demencial como ignoto. Ya sentía el calor de sus genitales rozándome las nalgas cuando el peso de la prensa que me mantenía sumiso desapareció.

Quise incorporarme de un salto, pero el doblegamiento y la pérdida de sangre en la pantorrilla me habían adormecido la musculatura. El sujeto sobre mí se retiró de un salto y escuché como sus chillidos alocados se unían a los de sus camaradas en fuga.

 

VI

El hombre del símbolo en el pecho bajó del cielo con la refulgencia del sol moribundo sobre su espalda, posándose con delicadeza sobre el suelo carcomido por la inmundicia y el abandono. Su sola presencia había bastado para hacer huir a los criminales. La luz diurna reflectaba en mis ojos empozados de lágrimas, y su rostro a contraluz se me volvió incierto, salvo por el famoso molinete de cabello sobre la frente con el que aparecía en las fotografías de los periódicos.

Para ser honestos, la imposta de su voz me sonó artificial, ausente de masculinidad, en contraste con la exuberante musculatura que exhibía en su uniforme de spandex azul y rojo. Justo es admitir que es posible que las contusiones detrás de mis orejas fueran las causantes de dicha disonancia, pero de todas formas su elección de vestuario y la capa roja hasta la rodilla propiciaban feminizarlo.

El sujeto vociferó un manojo de órdenes a otros individuos en atuendos similares e igual de ajustados al cuerpo, planeando cuesta abajo en nuestra dirección. Todavía incapaz de incorporarme, no pude retener las caras de quienes pasaron sobrevolándome pero reconocí sus afiliaciones, habiendo visto sus uniformes con anterioridad en las tapas de los matutinos, los debates televisivos o las portadas de las revistas del corazón, conocidos bajo el nombre de “La Liga de los Super Vigilantes”, o algo similar.

Esta agrupación parapolicial estadounidense era una de las más famosas del mundo. Como la mayoría de los ‘superhumanos’ que poblaban el planeta desde comienzos de los 90’s, combatían el crimen por fuera de la ley, en general creando conflictos legales irresolubles. Siendo que la mayor parte de ellos estaban enmascarados o poseían alter egos secretos, pocos podían testificar en una corte o recolectar evidencia. La mayoría de los ‘villanos’ que capturaban salían de la cárcel a los pocos días, amenazando demandar al Estado por violación del Habeas Corpus.

Azorado, no caía en cuenta de lo que veía. Era como si, de súbito, presenciase a las estrellas del cine hollywoodense caminar sobre la alfombra roja del teatro chino, perfectos e indiferentes por entre los escombros de la civilización. Uno nunca espera ser rescatado por un personaje famoso, menos aún disfrazado con un traje de colores chillones. Era como si Angelina Jolie me hubiese salvado la vida vistiendo fucsia, plateado y amarillo.

El Superhumano –no recuerdo su nombre de pila- miró con displicencia a sus alrededores una vez que volvió la calma. Luego hizo un gesto con el brazo en alto y se unió a sus compañeros en el aire, persiguiendo váyase a saber que. Fui incorporándome con lentitud, limpiándome las lágrimas con apatía, mientras que a mi lado yacían los cuerpos inconscientes de las muchachas ultrajadas, y al cruzar la calle el cadáver calcinado de la fugitiva acababa sus últimas flamas.

 

VII

Para cuando los organismos internacionales intervinieron en el asunto ya me habían dado de alta en el hospital. Los equipos de rescate que llegaron detrás de los ‘superhéroes’ actuaron de una manera eficiente, cerrando el área de combate y llevándonos a los sobrevivientes hasta los centros de asistencia médica preparados por ellos.

Una semana más tarde me enteré de los detalles: Dos de los ‘supervillanos’ de turno, luego de escapar por enésima vez del precinto de seguridad donde se los confinaba, habían decidido fugarse a un país del tercer mundo con menos súper policías dando vueltas por los cielos. La población ‘meta humana’ alrededor del mundo ha crecido a razón del 26 por ciento en los últimos 10 años, pero Estado Unidos alberga dos tercios del total.

En su afán por sacar provecho monetario de sus habilidades paranormales, convinieron llevar a cabo un robo de gran envergadura: atracar un barrio privado acaudalado al oeste de la capital argentina. Sin que quedase claro como, el asunto se salió de control. Uno de lo criminales, cuyo peculiar talento consiste en afectar los procesos cerebrales, causó trastornos psicológicos graves en un radio de influencia mucho mayor al que había previsto, detonando un brote de demencia masivo en 25 mil kilómetros a la redonda. Gente común se vio transformada de repente en sicóticos compulsivos, incapaces de controlar los impulsos primarios de la especie humana. El estallido mental también afectó a su Partner in crime, entre cuyas habilidades mas notorias se destaca el poder provocar terremotos y levantamientos tectónicos a voluntad, causantes del hundimiento de la embarcación de Don Moreau y la pérdida de su tripulación.

La “Liga de los Super Vigilantes” los redujo sin dificultad, pero para entonces el daño estaba hecho. 16 ciudades se vieron afectadas. Tres fueron declaradas zonas de desastre humanitario. El número de muertos y heridos es incalculable.

 

VIII

No ha sido tan dificultoso reintegrarme a mis prácticas cotidianas anteriores al debacle. Por recomendación de mi abogado he decidido no volver a mi antigua rama de trabajo, a espera de un fallo favorable en el juicio contra el Departamento de Estado Norteamericano. Si bien el gobierno no es responsable legal por el actuar de dos de sus ciudadanos, corre el rumor de que pagarán jugosas indemnizaciones a las víctimas de la tragedia para mitigar la mala prensa.

Los comunicados oficiales de la embajada insisten en que estos individuos, aunque criminales, “siguen siendo ciudadanos norteamericanos con derecho a la vida”. No hay pena de muerte para estos genocidas, entonces.

Supongo que esto es lo que se puede esperar en un mundo donde cada vez hay más como ellos, y menos como yo. Donde el encoger de hombros del superhombre de ocasión nos puede devolver a la era de las cavernas. Donde nadie puede prevenir las consecuencias o siquiera ajusticia a los culpables. El mundo que dejé atrás en el evento, de supervivencia, horror y soledad, no es distinto al presente. Es un mundo donde somos insectos a la espera del sacudón que nos barra de vuelta a la nada.

Si los seres humanos tienen planeado no peregrinar hacia el exterminio, algo debe hacerse. Y debe llevarse a cabo cuanto antes, mientras todavía los superamos en número.”

 

Extracto del libro “La soluciones no caen del cielo: superhéroes en el banquillo. Testimonios de los damnificados”, por Luisina Lame. Capítulo XII, “Efectos de la SUPERpoblación en el Tercer Mundo”. Página 260-272.

 

Fin

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