Relato 040 - Por siempre inmortal

Fue frente a la tumba del último familiar perdido donde lo decidió, apretando los puños tan fuerte que clavó con ello las uñas en la palma de sus manos. Unas manos que temblaban por la rabia y el dolor de haber perdido a otra persona querida y amada. ¿Y sus ojos? Sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas, y la ira que habían ido acumulando con cada una de estas muertes, por un momento miraron al cielo suplicándole un poco de compasión ante tanto dolor, tanta perdida; pero pronto se dio cuenta que era inútil pedir, que no tenía sentido, pues desde que el mundo era mundo había sido así, nacer para morir, nacer… ¿para morir?

 

Volvió a mirar hacia la tumba con la tierra aún caliente, y entonces lo supo. A la misma velocidad que una extraña sonrisa se dibujaba en sus labios, las nubes envolvieron todo reflejo de luz, escondiendo con descaro al sol, oscureciendo el momento para arroparla con ello en su locura, en su decisión; y mirando hacia la lápida con el nombre de su hermano recién tallado en ella, en un tono de voz suave aunque quebradizo, le dijo:

 

—Yo nunca moriré. Lo juro, te lo juro, hermano.

 

Justo en el momento del juramento a ese ser que ya no estaba junto a ella, la luz de las velas que se quemaban en señal de dolor junto a las flores recién cortadas, iluminaron el rostro de la bella joven, endureciendo con ello sus rasgos, su semblante, su ser. Postergada, le mandó un último beso con unos labios temblorosos pero con la mano ya firme; se dio la vuelta y en la penumbra que había quedado la tarde, desapareció con paso lento hacia ese lugar donde ella buscaría con esperanza el encontrarla, donde ella buscaría el modo de aferrarse a esta vida, pues a pesar de que se había quedado sola en este mundo, había decidido con este último entierro buscar la manera de hacerse «inmortal».

 

Llegó a su vieja morada seguida por unas oportunas nieblas, las cuales siempre andaban al acecho de alma en pena a la que conquistar; para arrastrarla a ese inframundo de los desgraciados, donde las tinieblas y tormentas reinaban, y por tanto toda sonrisa estaba desterrada de esos rostros; oscureciendo aún más a esas almas en sufrimiento, y a las que ellas se apegaban con aferro. Pero a su vez pareciese que esas sombras también la arropasen en su desesperación, como si la ayudaran a esconderse en esa oscuridad que se convertiría en su aliada a partir de hoy, en su más fiel amiga. Una oscuridad que no se separaría de su lado, y acompañaría en su empeño de encontrar el elixir que la llevaría a vivir por siempre, y le devolviera al fin un poco de esa luz que había ido perdiendo con todas esas muertes padecidas; apagándose con esta última el triste rayo de esperanza que ya debilitado le quedaba. Aunque fuera para deambular en esta desgarradora soledad en que la vida —por una cruel venganza— la había sumido, aferrándose con uñas y dientes a esta su única misión: «mantenerse por siempre viva». Porque escrito estaba que tenía que sobrevivir a todo y a todos ellos, aunque ella no deseaba hacerlo. Solo lo haría en honor a todos los que esta misma y cruel vida, le había arrebatado sin remordimientos.

 

Retó al cielo que lo conseguiría al precio que fuese, y sobre todo, aunque solo fuera para reírse con descaro esta vez de «Ella, la muerte», demostrarle que por una vez no se saldría con la suya, pues a ella no la merecía ni se la llevaría ¡no!.

 

Su escalofriante sonrisa fue la firme sentencia de que no pararía hasta encontrarla, que llegaría a ser inmortal costase lo que costase, y a costa de quien fuese. Apretando los puños nuevamente sonrió, y el brillo del odio y la venganza asomó a sus bellos ojos para quedarse arraigados en estos, unos ojos que miraban con frialdad, como si no viesen, con la inequívoca señal que ya no había sentimiento alguno en ellos, ni compasión, ni remordimientos por nadie «solo ser y estar por una finalidad». Con sus manos apretó su vientre, donde sus entrañas atormentadas se retorcían de rabia, y se prometió a si misma que nunca más sufriría, que nunca más lloraría, y menos por cosas sin sentido o alguien a quien ni siquiera conocía. Ese sufrimiento de otros, en su provecho y finalidad, bien que estaban justificados y valdrían la pena, «porque aunque sea triste, esa es la verdad de todo, siempre tiene que pagar alguien por algo ¿no?» se dijo en silencio. La sonrisa del triunfo y la desidia se dibujó en sus hermosos labios a modo de firma, de sentencia firme que lo cumpliría, por ellos que la cumpliría. Un suspiro de venganza amarga resopló de sus labios, cerró los ojos y pensó en su plan, visualizando las imágenes de sus amados que le darían esas fuerzas necesarias para realizarlo.

 

 

—Por ellos todo vale la pena, por ellos… —dijo para sus adentros abriendo los ojos, a la vez que a modo de brindis levantaba las manos abiertas hacía el cielo.

 

Fueron meses de locura, apenas comía ni dormía, pareciese su cuerpo se alimentara solo de venganza y dolor. Subsistía gracias al corrosivo odio que crecía en sus adentros, día tras día hacia esa injusta vida, y todo lo que fuera felicidad. ¿Vivir sin vivir, solo por no morir, y solo para salirse con la suya? No, claro que no, necesitaba mantenerse viva para mantenerlos a ellos con vida, para con el recuerdo mantenerlos a todos como si siguiesen en este mundo; pues no se olvida a quien se recuerda. No, si se les tiene siempre presentes, así la partida con la muerte estaría doblemente ganada, doblemente servida, pues a ellos se los habría llevado en cuerpo, pero no al alma ni al recuerdo. ¡No, porque mientras ella siguiera viva y los siguiera recordando por siempre, ellos seguirían estando, vivos!

Con las plantas comenzó sus primeros experimentos e incursiones en el mundo de la investigación, siguieron pequeños seres indefensos que no tenían otra opción más que la de dejarse hacer; para más adelante hacer uso de esas gentes olvidadas de todos, y que nadie echaría en falta si desaparecían, muchos de ellos desahuciados por la sociedad, muchos sin salud, desechos humanos… Cuántos, cuántos pasaron por su sótano, por la fina punta de sus agujas e inyecciones, por los ungüentos que les hacía tomar, por el filo de su cuchillo firme para arrancarles vivos el corazón, por sus fríos ojos y manos. Cuántos tuvieron que padecer los delirios de su mente trastornada y atormentada en un continuo sufrimiento, siempre buscando, siempre anhelando encontrarla. En su inmenso delirio, ella no se desanimaba con el nuevo cadáver que pudiera encontrar nuevamente en su encierro, en su celda, sino al contrario, con cada nueva derrota que obtenía, ella la sentía como una victoria ganada, un adelanto más a sus logros sumados poco a poco con mucho trabajo y esfuerzo, y lo tomaba como una señal de que estaba cada vez más cerca de conseguirla; pues cada «llámese fracaso» era una señal de que faltaba un escalón menos que subir para llegar al triunfo, de que cada vez quedaba menos para poder alcanzarla, conquistarla y hacerse al fin, con ella.

 

Lo presentía, ella lo sabía bien, la inmortalidad estaba cerca, muy cerca. Podía olerla a través de esas paredes que no había vuelto a abandonar desde aquella tarde, desde aquel día en que lo juró frente a la tumba de su amado hermano; encerrándose a modo de castigo en esa cárcel de infelicidad por haber sobrevivido a todos, porque siempre sufre más el que se queda, que el que se va.

 

La palidez se había adueñado de su rostro, su pelo despeinado y desaliñado le daban un aspecto de dejadez aterradora. Su mirada antes cautivadora, ahora miraba entre una mezcla de locura y tristeza, que denotaban un sufrimiento y una agonía constante, a su vez que su semblante de amargura y cual escuálido cuerpo enfermizo reflejaban a un envenenado corazón; desde donde sacaba esas fuerzas necesarias para seguir en su busca. Su venganza para con la muerte. El triunfo de la vida eterna.

 

Damián, su sirviente, fiel a su familia desde que recuerda su nombre, sufría en silencio ese penar de su niña, como él la llamaba. La vio nacer, crecer feliz al arropo de todos, hacerse mujer; ese inmenso amor que sentía por todos los suyos, y sintió como si fuese en sus propias carnes su sufrir por esa extraña enfermedad que los persiguió, desde aquella injusta maldición que su padre recibió, porque no pudo salvarle la vida a aquella pequeña y única hija de un rico noble del lugar. El padre era médico de profesión, pero no hacía milagros, y no la pudo salvar de la cruel peste que con inocente niña bien se cebó, acabando con pequeña criatura en pocos días, y cual progenitor, roto por el dolor y el sufrimiento de su pérdida, los maldijo a todos con odio y desesperación «moriréis todos sin encontrar remedio» dijo en un grito desgarrador, «uno a uno con cada año venidero, todos sucumbiréis a la agonía; menos la pequeña Marie, ella deberá de sufrir la ausencia de todos hasta que muera sola en la vejez, la agonía y la desidia; así como nosotros tendremos que sufrir por la ausencia de nuestra pequeña hasta el fin de nuestras vidas». Y maldijo al afligido padre y toda su familia que roto por el dolor, la amargura y el miedo, no pudo evitarlo ni encontrar remedio, maldiciéndose él a su vez doblemente por ello. Pero, ver a Marie perder a todos los que amaba, ver como perdía esa dulce sonrisa de sus labios con cada muerte que acontecía, con cada espina que se clavaba en su inocente pecho, como si ella tuviera culpa alguna a la vez estando ya maldita, era algo que a él le revolvía las tripas y devoraba por dentro. El padre de ella, el cual se echó la culpa de todo el sufrimiento de su maldecida familia, se consumió a pasos agigantados en ese terrible dolor que es la desesperación de no encontrar remedio para dicho mal, luchó y peleó con sus conocimientos hasta la locura, para poder salvar a sus amados hasta el mismo día en que dio su último suspiro, sin dejar ni un solo momento de buscar el remedio, la solución en este mismo sótano; donde su querida hija Marie le acompañó y ayudó en ello, aprendiendo de todas las recetas, mezclas y pócimas, que su progenitor conocía. Ahora a ella le eran de tan valiosa ayuda en su búsqueda enfermiza, y Damián, como el servicial criado que era, ya en el lecho de muerte de su pobre señor, juró a este a la vez que a sí mismo que cuidaría y velaría por ella por siempre «seré su sombra y sus manos hasta el fin de mis días, hasta que «Ella» venga a por ella también, y yo pueda descansar en paz», algo que el pobre y atemorizado criado solo esperaba y suplicaba para sus adentros, que llegado ese buen día pudiera irse sin los remordimientos y cargos de conciencia que llevaba a cuestas. Encontrar en la misericordia infinita de nuestro eterno Señor, el perdón a sus terribles pecados; que aunque los cometió en nombre del amor incondicional hacia su niña, fueron indignos, y su espíritu necesitaría de ese perdón para poder descansar en paz, pues, ¿cómo se descansa tranquilo, después de haber sido las manos que conseguían la «mercancía» necesaria, para que su niña siguiera buscando ese elixir de la vida eterna, y poder vengarlos a todos ellos con ella? Cómo…

 

Y entonces, un rayo de sol que encontró una rendija por la que colarse y hacerse notar, le dio acertando de lleno en el corazón a Marie; y ella sintió un escalofrío al sentir el calor de ese rayo entrar en ella. Le gustó y la desarmó, unas lágrimas escapando de sus fríos ojos le recordaron que seguía teniendo sentimientos. De pronto, sintió la necesidad de salir de su encierro, pues quería verlo con sus propios ojos, necesitaba sentirlo en su cara y pecho de nuevo, que ese sol calentara su delgado y olvidado cuerpo, como cuando era feliz.

 

Como hipnotizada por una fuerza extraña se acercó hasta la puerta, y con gran debilidad la abrió. Damián en el trasfondo no lo impidió, y la dejó hacer en silencio con esperanzadora sonrisa en su triste semblante, pues él sabía que nunca era tarde para recuperar un alma en pena y sufrimiento. Nunca, aunque para sí mismo ya no hubiera remedio. Allí afuera estaba la claridad que su pequeña tanto necesitaba para salir de las penumbras y tinieblas, en que su gran dolor la habían sumido. Allí afuera estaba el sol, la luz que todo lo ilumina y cura.

 

Marie, acostumbrada tanto tiempo a la oscuridad, tuvo que cubrirse rápida los ojos con las manos, para poder poco a poco ir haciéndose a esa inmaculada luz, para al fin abrirlos bien, y poder mirar a su alrededor. En ese momento se dio cuenta de cuanto lo había echado de menos, y había necesitado el sentirlo presente, y como una niebla que pierde su cegadora espesura: el odio, la rabia y sed de venganza que tanto sintió en sus adentros, empezaron a esfumarse de su ser; empezando a abandonarla para dejarla disfrutar por completo de esos maravillosos y translúcidos rayos que, iluminaban todo dando color y candor. Se estremeció al sentir ese calor que entraba y alimentaba su cuerpo, que le transmitían las energías y ganas de vivir tan necesarias, para su alma.

 

¿Ganas de vivir? Sí, ella solo debía de hacerlo para mantener sus recuerdos presentes, para tenerlos a ellos vivos a través de ella. Vivir para que vivan.

 

Empezó a caminar intentando entender, mirando a todas esas gentes que a su vez la miraban a ella con recelo, con miedo, pues parecía una demente. Una pobre desgraciada sin nada ni nadie, como era bien cierto que era. Siguió caminando, buscando, implorando a su mente una ayuda para entender que le estaba pasando, qué le estaba sucediendo; pues le venían las imágenes de su familia enferma y todas sus agonías, sus terribles experimentos, las atrocidades que había cometido en nombre del odio y la venganza; buscando un imposible, intentando encontrar la falsa pues, «todo lo que nace a de morir, nada ni nadie puede escapar a ese destino. »

 

Caminaba, divagaba, y tan aturdida estaba que tropezó y cayó al suelo. Nadie se atrevió a ayudarla ni a preguntar. El miedo y el horror que despertaba en las personas, no dejaba que nadie se le acercara. Se levantó como pudo y en silencio, con la mirada baja: de vergüenza, miedos y sentimientos de temor, siguió caminando a paso lento, sin rumbo, sin camino trazado, hasta que llegó al cementerio. Entonces lo vio y lo entendió todo, allí, delante de sus ojos estaba la respuesta, la solución; aquello que durante tanto tiempo estuvo buscando sin encontrar, «porque no se encuentra si no se quiere, lo que se ha de buscar». Unas escalofriantes carcajadas salieron de su boca, y embozaron una amarga sonrisa, la primera en tantos meses, y se asintió a ella misma.

 

Delante de sus ojos tan claro estaba todo, y no lo advirtió hasta el día de hoy, porque estaba ciega buscando donde no era. A pesar de haber sido ella misma la que lo dijo en los principios de su encierro, aunque hacía tanto tiempo, que incluso ella misma lo olvido… «Porque solo se ve lo que se quiere, no lo que en verdad es. Porque el obcecado y lleno de odio no ve más allá de lo que la rabia y sed de venganza le dejan y permiten, no la realidad de las cosas; y es triste, muy triste, porque te puedes pasar y perder así toda una vida estando equivocado y buscando un imposible, una mentira, ninguna verdad…» Con voz entrecortada recordando de nuevo sus propias palabras dijo:

 

—«Y con el recuerdo los mantendré a ellos también vivos, pues no se olvida a quien se recuerda, más si es con amor, y teniéndoles con uno se les mantiene por siempre presentes, en el recuerdo y, el corazón».

 

—¡Pues no hace falta estar vivo para hacerse presente! Pues los recuerdan los hechos, las acciones de cada cual, sus logros, sus metas conquistadas, sus hijos que llevan en ellos sus nombres y sangre; todo el gran amor que a su alrededor hayan repartido a manos llenas; en forma de ayuda, de cariño y comprensión. —Siguió mirando más a lo lejos, más en su interior, y siguió entendiendo—. Esa estatua que perdura en el tiempo por siempre en esa plaza; esa obra colgada en aquel museo que despierta bellas emociones en las almas; aquel libro que incita ilusiones y sueños a su lector; la tumba con flores frescas con los nombres de los seres queridos grabadas a cincel en sus lápidas con sudor, para hacerles homenaje y recordar con ellos sus vidas; las vivencias que compartieron en ella y que se cuentan de generación en generación. Así un sinfín de cosas que quedan escritas y grabadas en la mente y el corazón de todos y cada cual, como por todas partes por siempre fue y, será…

 

Eso es lo que te hace inmortal, solo eso, todo el cariño, el amor y el recuerdo de los tuyos y los demás hacia ti. Por tanto y sin excusas, no hay que buscar más lejos, pues todos en este mundo en cierta y medida verdad, lo somos, siendo esta la pura realidad de la muerte y de la vida, que todos al fin y al cabo en este mundo inmortales son, y somos.

 

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