Relato 028 - Oscuridad

Unos dicen que las almas en pena no descansan hasta que se sienten en paz con ellas mismas. Otros dicen que si no era tu momento de morir, tu alma tiene que esperar cierto tiempo. También escuché que reencarnas como otra persona, para enmendar tus errores pasados. Y otros pocos dicen que cuando mueres, te quedas en la Tierra vagando solitariamente o vas al cielo divino.

¿Y yo? Yo no creo en ninguna de ellas. No creo en absolutamente nada.

Creí que la muerte se terminaba ahí. Cuando cerrabas tus ojos y dejabas de respirar.

Bueno, me equivoqué.

Tal vez por eso estoy aquí. Es curioso como la gente cree que la muerte solucionara todos sus problemas, pero en realidad solo se crean uno mayor.

Así que estoy aquí. No sé donde sea exactamente aquí, pero puedo ver como la gente tira flores que pronto marchitaran a mi tumba. Algunos murmuran entre sí, otros le dan condolencias a mi madre, que es la única que llora. Y no me refiero a que sea la única que derrama lágrimas, es la única que llora en verdad, no solo con los ojos si no con el alma también. Y por un instante, un fugaz instante, deseo estar con ella y abrazarla.

No sé qué soy. ¿Un espíritu? ¿Un alma marchita? ¿Un fantasma? Tal vez sea las tres. Tal vez no soy nada, como lo era viva. Tal vez soy solo luz, tal vez solo el fantasma de una pobre chica suicida.

Oh, tengo pena de hasta mí misma.

Miro a la gente de alrededor. Conozco a la mayoría, pero ellos a mí no me conocen. Es divertido, creo, que yo conozco casi todo de ellos y ellos nada de mí. Cuando tienes pocos amigos, y mucho tiempo libre, se vuelve una rutina observar a las personas. Y no mirarlas simplemente; observarlas, analizarlas, y tratar de comprender su forma de ser. Algo que nadie hizo conmigo.

Por ejemplo, esa chica castaña es bulímica y ni sus amigos lo saben. La he visto corriendo al baño y vomitando, después regresa con los ojos rojos y una sonrisa forzada. O ese chico de pantalones de mezclilla y camisa de cuadros, anda con tres chicas a la vez y ellas no lo sospechan. Ahora, literalmente, sus secretos llegaron a mi tumba.

De pronto todo se pone en calma. Mi madre se levanta, y dice unas palabras.

No le entiendo. Esta llorando, apenas puede hablar, pero se esfuerza. "...Te amo, donde quiera que estés no lo olvides...No te olvidare, cariño...Ojala te hubiera comprendido..."

Ojala, madre. Ojala hubieras hecho las preguntas adecuadas, ojala me hubieras hecho saber que me amabas a tiempo, ojala hubieras prestado atención a las señales suicidas, ojala te hubieras acercado a mí, ojala no hubieras creído ese "Bien" cuando me preguntabas como estaba, ojala te hubieras dado cuenta como me hundía más y más en un hoyo que no tenía escapatoria. Y tan solo así, quizá nada de esto habría pasado.

Aun lo recuerdo. Aun tengo el agua en mis pulmones, como el recordatorio permanente de lo que hice.

Pero, ¿me arrepiento?

La verdad no lo sé. Nunca me habían dado una flor, y ahora me dan ramos coloridos. Nunca se habían acercado a mí, ahora hasta dan discursos en mi honor. Ahora la gente sabe mi nombre, ahora merezco atención al menos por unos minutos.

Tal vez estoy mejor muerta que viva.

O tal vez no.

Tal vez era solo una prueba difícil en mi vida y no pude afrontarla. Tal vez solo vi la oscuridad porque era lo que yo quería ver. Tal vez debí yo haberme acercado a mi madre. Tal vez debí llorar y no tragarme ese dolor, tal vez debí haberme esforzado en salir de la sombras, tal vez hubiera buscado ayuda y no me sentiría así, tal vez debí haber cambiado las canciones suicidas por unas que me levantaran el ánimo...

Pero es que es más fácil encontrar a alguien que te mire con desprecio a alguien que se preocupe por ti. Es más fácil recibir un "Quítate de mi camino" a un "¿Cómo has estado?". Y ahora las mismas personas que me hacían a un lado se reúnen aquí.

-Su suicido es una tragedia, lo siento.-dijo una chica que solía arrebatarme la libreta en clases.

Fue como una bofetada en la cara.

-¡Suicido!-grité al viento.-¡Yo no me suicide! Fue un homicidio...¡y todos ustedes me mataron! No me suicide. Me mataban todos los días, ¡maldita sea, todos los días! ¿Cuántas veces traté de encajar? ¡Hacía todo por agradarles! Pero ustedes solo...solo...

Y no sé si las almas en pena lloran, pero yo lo hice.

Llore como nunca había llorado en vida. Llore, y llore. Por horas o segundos, no lo sé en realidad. Solo sé que intentaba sacar ese dolor que tenía clavado en mi pecho, pero no sabía como.

Tardé en darme cuenta que todos se habían ido ya. Que estaba yo sola, otra vez. Pero estaba bien, ya me había acostumbrado a la soledad.

Y vagué. Vagué por ningún lado. Arrastrándome, caminando, volando, no tengo idea.

-¿Cuándo piensas parar?

Me detuve. Mire a ambos lados (aun no sé como miraba. Solo lo hacía. La muerte es rara).

Entonces vi la silueta de una persona. De una chica.

Es algo raro de explicar, pero intentare hacerlo. Era solo luz, pero aun así podía ver su rostro. Como una figura humana echa de luz. Para mi sorpresa, no me molestaba mirarla. Era más bien hipnotizador.

-¿Quién eres?-le pregunté.

-Yo.-contestó, con obviedad.

No supe que contestar. ¿Qué se supone que le contestas a una persona que te responde de esa manera?

-Sácame de aquí.-le pedí, aunque las palabras salieron de manera inesperada incluso para mí.

No sé muy bien si estoy en lo correcto, pero me parece que sonrió.

No de la manera en que yo sonreía, esa era una sonrisa sincera. Una sonrisa que en verdad debía ser llamada sonrisa. Una sonrisa que nunca pude tener.

-No puedo. Tienes que estar en paz contigo misma, ya sabes.-dijo.

Su voz transmitía confianza, aunque parecía más el eco de su voz.

-Ah.

No sabía que decir. Nunca se me había dado bien hablar con la gente.

-¿Por qué te suicidaste?-preguntó, con cierto interés en su voz.

-¿Importa?-soné más brusca de lo que pretendía.

-A mí no, a ti sí.-contestó.

No contesté. No conocía la respuesta. Al principio, cuando abría el agua de la bañera, todo me parecía demasiado obvio. Pero ahora, que ya lo había hecho, no encontraba la razón de lo que había hecho.

Tardé en contestar.

-Estaba cansada de vivir.-respondí, convenciéndome a mi misma que así era.-Y decidí terminar con todo. No espero que lo entiendas.

-Ni tú te entiendes.-respondió la chica.-¿No podías, simplemente, aguantar? Ser fuerte, sonreír por peor que se vieran las cosas. Buscar ayuda, gritarle al mundo que te escuchara. ¿No podías o no querías?

Lo decía tan sencillo, tan fácil... Pero ella no es yo, no sentía como yo, no veía las cosas como yo. No sufrió como yo.

Nadie lo entiende.

-No. No pude.

-Hubieras buscado ayuda.

-¡Nadie me quería ayudar!

-¿Pediste ayuda al menos?

Me enfadé con la chica, no por el tono agresivo en su voz, si no porque tenía razón.

-Bien, como sea...ya no sirven las clases de motivación y autoestima, ¿o sí?-evadí su pregunta.

La chica tardo en contestar. Soltó un suspiro que me pareció eterno.

-Depende. Si quieres salir de aquí, tienes que hacer lo que no hiciste viva.

-¿Qué? ¿Vivir feliz?-pregunté, con ironía.

-No, tonta. Aceptarte a ti misma, quererte, valorarte. ¿O qué? ¿Creíste que ibas a morir desdichada como vivías?

Era justamente lo que creía.

Creía que ahí se acababa todo. Creía que ya nadie me molestaría, maldita sea...

Iba a contestar, pero de pronto la chica no estaba. Como si nunca hubiera estado, como si nunca hubiera existido.

Recordé sus palabras. ¿Por qué su voz sonaba parecida a la mía?

Tarde en comprenderlo. Esa chica era yo. O mi vocecilla interna que a veces oía pero siempre ignoraba. Y me reí. No porque la situación fuera cómica, si no porque me sentía estúpida por no haberlo comprendido antes.

Muerta o viva, debía tener eso que la gente llamaba autoestima.

-¡Bien!-le grité a ella, aunque ya no estaba.-¿Quieres que sea feliz? ¡NO PUEDO SERLO! Todo esto es una basura, y no me interesa ser feliz. ¡ELLOS DEBERÍAN ESTAR SUFRIENDO, NO YO! ¡ELLOS ME TORTURARON DÍA A DÍA!

Y volví a reír.

Y comprendí que estaba loca.

Y llore.

Y no supe si reía o lloraba. Pero de verdad que no me importaba. Nada me importaba ya, así que hice lo que hacía siempre: vagar sin rumbo fijo, solo que ya no buscaba felicidad, solo consuelo.

Ahora, si se preguntan por el epílogo de nuestra historia, les ahorrare todos los tediosos detalles, porque todo es casi repetitivo.

No lo logró. La chica no lo logró.

Lo intentó, pero por dentro no se quería lo suficiente. Pasaron años, siglos, milenios y eternidades y su alma seguía vagando sin rumbo, sumergida del hoyo que para ella, no tenía escapatoria.

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