Relato 005 - Algo raro se ve sobre la luna

Ya entrada la noche, a las doce y cuatro minutos, me había dispuesto a acostarme. Había terminado de leer un libro de autoayuda titulado “Tú tienes el poder de cambiar” de Pilar Suárez Ibarra, el cual, me lo había prestado Andrea, una compañera de trabajo. Resulta tan reconfortante cerrar la tapadera y repasar las páginas que un mes antes comencé precipitadamente por recomendación expresa de ella. Había oído hablar del libro, pero no le di importancia hasta esa noche. Me levanté de la cama buscando a tientas las zapatillas y fui a descorrer las cortinas. No sé por qué lo hice, tenía la persiana bajada, aunque un impulso raro me desafió. Logró vencer mi voluntad y entonces recordé que deseaba volver a ver la luna llena. Aquella noche se veía muy hermosa. Estaba en esa fase del mes que sólo ocurre una vez cada 28 días. Así que terminé de descorrer las cortinas subí veloz la persiana y busqué con la mirada ese brillo característico de nuestro satélite. Algo dentro de mi sintió una punzada y después una sensación de angustia, confusión y temor. Fue un momento breve. Además, comprobé que mi vista no me fallaba. Así que corrí hasta la mesita de noche y alcancé mis gafas. Como soy tan torpe, me golpeé el pie izquierdo contra una de las patas de la cama. Sin embargo, me aguanté el dolor, porque lo que tenía que volver a mirar era de vital importancia. ¡No podía estar esa cosa allí! Tenía que ser una mancha de la ventana. Traté de separar las hojas, por lo que deslicé la hoja izquierda hacia la derecha. El aire frío de la noche me dio de pleno en la cara y pronto noté cómo se colaba en la habitación. Aquella cosa no podía estar allí. Sentí que me mareaba, un nudo en el estómago me hizo reaccionar a tiempo. Fui directa al comedor. Encendí la televisión, aún a oscuras, y palpando el mando logré acertar el botón de encendido. La tele funcionaba correctamente, con su programación habitual. No era lógico. Alguien más tendría que haberlo visto. Apagué el aparato y fui como una flecha hacia el móvil para llamar a Santi. Una sensación de arrepentimiento, me hizo dudar. ¿Lo sabría él? ¿Estaría durmiendo? No podía irme a dormir. Lo que había visto ya no me abandonaría durante el resto de los días siguientes.

Volví a mi habitación. Cerré la persiana realmente enfadada. Corrí las cortinas y me fui directa a la cama. Seguro que si volvía a cerrar los ojos y dejaba que llegara el día, a la mañana siguiente esa cosa que se veía sobre la silueta de la luna, desaparecería.

Durante dos horas estuve dando vueltas, sin lograr tranquilizarme. Lancé de una patada la colcha y decidí llamarle. Le diría lo que había visto y me vestiría para ir a su casa. Así que me armé de valor, porque todavía quedaba la posibilidad de que mi enfermedad estuviera jugándome una mala pasada de las suyas, por lo que pulsé su nombre de la agenda y le dí al botón verde. El teléfono no me daba línea y pensé que lo tendría desconectado. Me vestí a toda leche. Cogí mi bolso y sostuve en las manos el mando del coche.

Cuando bajé por el ascensor, todo el silencio que me envolvía era aterrador. La calle desierta, ni un solo sonido. Pensé: ‘todo el mundo está durmiendo menos yo. Otra vez tu maldita enfermedad’. No había tenido un brote desde la adolescencia. Procuraba no olvidar las pastillas que siempre llevaba en el bolso. Aunque, nunca había alucinado de aquella manera y juro por dios que deseaba que todo fuera una alucinación.

El trayecto en coche ocurrió sin sobresaltos. El típico tráfico a las tres de la madrugada de un viernes no daba para imprevistos, pero aquella cosa que había delante de la luna era algo más siniestro. Aparqué en el primer sitio que encontré. Cogí las llaves y abrí el patio, eso sin dejar de mirara a ambos lados y justo detrás, hacia el cielo plomizo, se podía ver perfectamente esa cosa.

Abrí la puerta despacio. No quería hacer ruido, cosa absurda porque tenía que despertarle de todos modos. Corrí hasta su habitación y encendí la luz. Grave error porque la cama estaba toda revuelta. Él no estaba allí. Volví al salón y encendí la televisión. La misma programación nocturna: venta online, tarotistas, anuncios de sexo gratuito… De pronto, le oí. Salía del baño. Había tirado de la cadena.

─ ¡Coño Sara! ¡Qué susto, quilla! ¿Cuándo has llegado? ─. Me recriminó con su acento andaluz.

─ Santi, tienes que ver esto.

─ Cari, no tengo ganas de sexo.

─ ¡Calla! Mira ─ le dije tirándole del brazo para arrimarlo a la ventana ─. ¿Eso es real?

Sus ojos me confirmaron su presencia. Habían cambiado de tamaño.

─ ¿Qué crees que es?

─ No lo sé, cari. Tal vez un efecto óptico.

─ ¿Cómo va a ser un efecto óptico? Eso tiene que ser una nave.

─ Debe ser algún fenómeno físico. A mí solo me interesan los edificios ─ y emitió un sonoro bostezo ─. Dentro de… cuatro horas tengo que irme al curro.

─ ¿Lo has visto?

─ Sí.

─ ¿No estoy alucinando?

─ No. Vamos, ven a la cama.

─ ¡Cómo voy a dormir sabiendo lo que hay ahí afuera!

─ Tómate una tila. Yo me voy a dormir.

─ ¡Santi! ─ le rogué.

─ ¡Qué! Son las tres y cuarenta y cinco de la madrugada. ¡Necesito dormir!

Y le vi alejarse hacia su habitación. Decidí pensar fríamente y hacerle caso. A Santi le iba el rollo oriental por lo que encontré un poco de tila. La noche fue muy larga para mí.

 

 

 

 

 

Hoy he tenido una fuerte discusión con Santi. Después de pasarme toda la noche sin pegar ojo, yendo constantemente de la cama a la ventana del comedor, Santi se ha levantado con un humor de perros. Me ha soltado en la cara que lo que hay ahí afuera está en mi cabeza. No ha querido escucharme y tampoco entrar en razón. Me ha estado diciendo que soy peor que un grano en el culo, que no le he dejado dormir en toda la noche por mi maldita psicosis. Al fin, como ya estaba bastante harta le he tenido que contestar:

─ Eres un puto cobarde. Solo faltaba que yo tuviera la culpa de esa maldita cosa.

─ Déjame en paz. ¡Loca! ¡Estás loca!

─ ¿Y ahora no lo ves? Tiene forma de nave.

─ ¡Cállate! Le das demasiadas vueltas a la cabeza.

Con mi rabia contenida y mis ojos a punto de desbordarse, tuve que callarme. No quería que él me viera así. Cogí mi bolso precipitadamente y le dejé sus llaves en el cuenco, delante del buda.

─ ¡Eso lárgate! ¡Ahora, quién es la cobarde!

De pronto tuve que pararme. Estábamos histéricos. Los dos. Daba igual quien había empezado porque estaba comenzando a comprender que ya no teníamos nada en común, ni siquiera podíamos convivir juntos. Lo habíamos intentado y no funcionó. Por eso preferimos que cada uno siguiera en su casa.

─ Sí, es verdad, aunque esperaba algo más de ti ─ le contesté, y entonces cerré la puerta de un solo golpe.

Pulsé el botón con el indicador de descenso. Sentí que el tiempo pasaba demasiado lento, pero luego recordé lo que había fuera. Saldría por la puerta y lo volvería a ver. Me recordaría esa sensación de indefensión que ayer se coló en mi garganta haciéndome sufrir, agonizar… peor que una de mis primeras crisis.

Santi había sido muy borde conmigo. Entendí que lo nuestro se resumía al sexo y nada más.

Abrí el coche y miré hacia arriba. Me di cuenta de que no era la única que lo miraba. La gente cuchicheaba, señalaban al cielo o se santiguaban. Era imposible que fuera la Estación Espacial internacional. Santi era idiota. Mientras intentaba hacer lo que el resto de personas hacíamos cada día arrastrados por la inevitable rutina, yo entré en mi Renault Megane, respiré hondo y le di al botón de arrancar, la imagen de Santi pasó de mi mente a la realidad.

─ ¡Espérame, cari! ─ exclamó aterrorizado.

Habíamos observado cómo todas las personas que estaban en la calle caían al suelo fulminados.

─ ¡Quilla, déjame subir! ─ chilló desde la puerta de su patio mirándome con una mueca de terror.

Su acento andaluz me exasperó.

─ ¿No estaba loca? ─ le dije, y mientras ponía la primera le vi correr inútilmente hacia mí. Miró a esa cosa y no pudo evitar tropezarse. Se volvió a incorporar con dificultad y logró entrar en mi coche.

─ ¡Sal de mi coche! ─ le exclamé.

─ Cariño, si es por lo que te dije, lo siento…

─ ¡Fuera!

─ Esos de la NASA… ─ comenzó ─, seguro que ni siquiera saben lo que es.

─ Santiago, me voy sola. ¡Sal de mi coche! ─ sabía que él estaba intentando atraer mi atención para suavizar lo que momentos antes en su casa me había soltado, pero me hizo sentirme tan insignificante que prefería estar sola. Mi familia era de Alicante. No me importaba tener que conducir desde Granada hasta allí. Había sido un tremendo error recurrir a ese idiota. Bueno, de los errores se aprende, eso dicen.

 

 

 

Si se están preguntando cómo me salvé de aquel desastre, la respuesta es “los locos solo vemos locuras”. ¡Ah! Quizá el doctor García se haya pasado de la raya cuando hace unos minutos ha declarado bajo juramento que yo les maté. Señores, no recuerdo haber usado en mi vida un arma y, por supuesto, ese vídeo que la fiscalía ha presentado está trucado. Soy incapaz de haber asesinado a esas veinticuatro personas y a mi exnovio. ¿Cómo dicen que lo hice? ¡Ah, sí! Con mi coche. Eso es horrible. No me creo nada.

Lo que sí es real es esa cosa. Sigue en la luna. Da igual en qué fase esté. Da igual si ahora soy la única que puede verlo. Da igual si ustedes deciden recluirme en un psiquiátrico o en un centro de reinserción social, les he dicho la verdad. Pero como ustedes prefieren ignorarlo en lugar de investigarlo, luego no me culpen si caen fulminados al salir de esta sala.

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