Autojurado

 

Autojurado

 

 

Comenzó a leer por enésima vez el cuento, no obstante, temiendo que el sudor que corría a mares por su reluciente calva pudiese estropear el Virtualink —el sofisticado aparato que captaba sus ondas cerebrales y las convertía en el texto que se proyectaba frente a él— se despegó los electrodos y, después de secarse con una toalla, se los colocó y reanudó la tarea. Era ya la cuarta vez que repasaba hoy el cuento, sin que hubiese hallado fallo alguno. Anteayer lo había revisado una docena de veces y, cada vez que lo hacía, cambiaba algo que había modificado a su vez la ocasión anterior, o la anterior.  Preocupado por su errático comportamiento, había abandonado la tarea hasta el día siguiente, en el que invirtió media hora con cada párrafo, hasta que consideró que había concluido la corrección.

 

Ahora vacilaba, demorando la orden que daría por finalizado el cuento y lo enviaría al concurso, pero transpiraba de nuevo con vehemente profusión y experimentaba un atisbo de mareo.  Aunque era consciente apenas se trataba más que un cachivache, a menudo se sorprendía enfrentándose a él como si estuviese dotado de personalidad propia, malévola e impía.

 

La pesadilla se materializó hace algo más de diez años, que ahora se le antojaban una eternidad. Paradójicamente, puede que la culpa fuese incluso suya y que su origen primordial se remontarse a un suceso de hace más de dos décadas y que entonces consideró una mera anécdota. En una serie de intercambios de mensajes en el blog de otro joven escritor, ideó un ingenioso decálogo sobre cómo descalificar a las obras mediocres que se presentaban a los concursos; un par de días después, al hilo del mismo tema, se le ocurrió la feliz idea de que se debían incluir a los escritores nefastos en una suerte de lista negra para evitar que concurriesen a otros certámenes. En aquel momento, todo quedó en un trueque de risas y se olvidó del tema hasta varios años después.

 

La huelga de escritores y guionistas le pareció patética, si bien, tras dos años de infructuosa lucha, el gigantesco sindicato indio decidió tomar las riendas, sometió por la fuerza —con una violencia ciega y desproporcionada— a todo el que se opuso de algún modo al paro y desencadenó, tras los tumultos subsiguientes, lo que después se conocería como la Yihad creativa. Entonces se abstuvo de cualquier conducta que pudiese ser considerada sospechosa y trató de pasar los más desapercibido posible. Unos meses después de que la citada revolución degenerase en la actual dictadura editorial, salió de nuevo a la luz su olvidado decálogo, ahora enriquecido hasta completar un total de ciento noventa y ocho artículos, con carácter de ley. La lista negra, que él mismo inventó haciendo un chiste fácil, era hoy una terrorífica realidad.

Y él estaba a punto de formar parte de ella.

 

No se encontraba con ánimos de tomar la decisión, por lo que se dirigió a la cocina, aunque sólo fuera por tranquilizarse un poco. Extrajo de su escondrijo, debajo del fregadero, el libro de Cortázar que ocultaba,  a pesar de que sabía que su tenencia le podía costar cara. Leyó El Perseguidor dos veces seguidas y se creyó en posesión de los arrestos necesarios para enfrentarse a la decisión.

 

Sin atreverse a leer su relato una vez más, ya que temía que le flaquease el ánimo, pensó la orden. Sin hacerse esperar, la holografía mostró la figura neutra y andrógina que tanto temía: el Autojurado.

 

— Su relato ha sido procesado. Procedo a comunicarle el veredicto. Se ha hallado en el texto un anacoluto y una coma mal situada; asimismo, se ha comprobado que la temática es sustancialmente similar a la de otro relato escrito por usted hace siete años, dos meses y ocho días. En su conjunto, esto supone una falta de nivel tres, lo que implica que su relato será descalificado. Puesto que se trata de su tercer cuento consecutivo eliminado, pierde usted su categoría. En breve se personarán en su domicilio dos agentes de la brigada literaria para recoger el terminal Virtualink y sus credenciales de escritor. Le recomendamos encarecidamente y por su propia seguridad que no se resista.

 

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