Relato 3 - Piedra, papel, tijeras.

 

Durante semanas, Darbinieks había notado cómo la piedra compuesta de puro odio que se le iba formando en el estómago, cada vez de mayor tamaño y densidad, lejos de frenar su ritmo de crecimiento, aceleraba.
Tan grande era su peso que, mañana tras mañana, la agonía aumentaba al salir de casa para ir a la oficina; un lugar que en otro momento había sido luminoso, transparente y apacible, pero que se había convertido en un lugar oscuro, de un silencio pesado que se clavaba en los oídos y un aire enrarecido que convertía en macilentos los pensamientos por los que se asentaba.

El peor día de la semana era los lunes, no solo por cortar de manera traumática la rutina del fin de semana y tener que ir de nuevo, circulando sobre el continuo atasco de coches e ideas que fluían de aquel mismo odio sin cesar, sino porque era el día en el que el dueño de aquella pequeña empresa aprovechaba para dar una charla a todos los empleados sobre lo bien que funcionaba la compañía, mintiendo siempre descaradamente y a la vez pidiendo esfuerzos más allá de lo razonable.

Así que aquel lunes la piedra se hizo un poco más grande, un poco más pesada, y un poco más difícil de llevar a cuestas, pero Darbinieks hizo el esfuerzo; nunca había sido de los que dejan tirados a sus compañeros y tenía bien interiorizado el impulso de solucionar cualquier situación en contra que se le pusiera de frente.

Así que llegó el recurrente correo de Prieksnieks indicando que a la misma hora de siempre, a las 13:00, tendrían que reunirse todos en la sala del proyector, donde se mostrarían los datos del mes anterior, se hablaría de los objetivos del año presente y, con total falta de transparencia, se respondería a las preguntas de los empleados.

A la hora señalada, casi todos los empleados que eran obligados a trabajar desde la oficina, aunque a otros se les permitiera hacerlo desde sus casas, comenzaron a entrar en aquella sala de paredes blancas, suelo de linóleo gastado y techo con manchas de humedad. Prieksnieks, como si fuera un maestro de escuela, comenzó a pasar lista con tono paternalista, dejando notar en su voz la afinidad o desasosiego que le transmitía cada persona atada a uno de esos nombres:

Krupis, el pelota oficial de la oficina, dijo con animosidad un «¡Presente!» al ser nombrado. Pretkonflikts, al que no le gustaba llamar la atención, respondió con un «Sí.» que solo escuchó el cuello de su camisa.
Pakreisi no respondió, y simplemente se dignó a mirar a los ojos de Prieksnieks, que solicitaban algo que no llegó, más implicación de su empleado.

Vaidět, que no solía callarse una, dijo «Para perder el tiempo, como usted ordene.».

Sieva, que además de ser la que menos trabajaba en la oficina, era la esposa de Prieksnieks, tampoco respondió; no la gustaba gastar energías de manera superflua, ni de ninguna otra manera. Darbinieks, que no había entrado en la sala, e iba a acudir a la reunión desde su puesto con los medios que se ponían a disposición para los trabajadores que no iban a la oficina, tampoco respondió. Ya verían sus iniciales como conectadas en la aplicación de videoconferencias; tan pesada era ya la piedra que esta no le permitió moverse de su asiento para ver las caras que generaban aquella misma pesadez.
–¡Bien! Como cada lunes vamos a pasar a informaros, como siempre, mostrando la honestidad de esta empresa para con vosotros, las cifras en las que nos hemos movido durante el mes pasado. Para ello le cedo el control a Gramatvede, nuestro director financiero.
–Gracias, Prieksnieks. Vamos a ir linea por linea de las diferentes partidas, como hacemos siempre. Si bien hemos ingresado algo menos que otros meses por la situación actual, los beneficios han mejorado por el margen aplicado; así que todas las lineas están en positivo.
»Si bien, algunas de ellas, necesitan un empujón, pues no están generando lo que habíamos previsto en los presupuestos...
Después de diez minutos explicando números arriba y abajo de manera robótica, al igual que todos los meses anteriores durante cinco años, Gramatvede volvió a ceder la palabra a Prieksnieks. –Bueno –continuó el dueño de aquella pequeña compañía–, como veis son buenos números, pero tenemos que seguir adelante. Yo mismo estoy luchando día a día para conseguir nuevos clientes para nuestros productos –dijo falseando la realidad mientras que ponía cara de mártir para los que le estaban viendo en directo o en remoto, y la intensidad de la luz de la sala disminuyó ligeramente y cambió su foco, generando sombras donde no debía haberlas.
»Os pido que sigamos empujando todos en la misma dirección para seguir capeando el temporal que nos está cayendo, que no solo nos afecta a nosotros, pues vemos día a día cómo se cierran empresas y cómo mucha gente se va al paro –continuó con una velada amenaza–. De momento eso no nos va a ocurrir pues nuestras cuentas están bastante saneadas, pero tenemos que seguir de esta manera –finalizó mirando a todos los presentes a la cara, con una mirada que ordenaba esfuerzo y una sonrisa que reflejaba los ingresos que se desviaban a sus gastos personales, y la luz se tornó por unos micro-segundos de tonos rojos y grises, aunque nadie se dio cuenta porque todos estaban navegando por sus propios temores.
»¿Tenéis alguna duda? Ya sabéis que responderé a todo lo que pueda.
Se hizo el silencio y la luz de la sala recobró la normalidad, nadie hizo preguntas; en parte porque sabían que a las preguntas difíciles no habría respuesta y, en parte, porque con las preguntas de otro tipo marearían la perdiz para acabar por no decir nada.

–¡Perfecto! Pues espero que tengáis una buena semana y sigamos todos trabajando igual o mejor para sacar esto adelante –concluyó.
Los que estaban conectados de manera remota se desconectaron al instante, habiéndose librado del drenaje de energía que siempre acarreaban aquellas reuniones.

Los que habían mantenido el tipo en la sala, la abandonaron con más arrugas de las que habían llevado escasos minutos atrás, con las cabezas gachas y con la mirada apuntando hacia dentro de sus propias cabezas, desconociendo el motivo por el que estaban tan agotados.
Justo después, Prieksnieks, Sieva y Gramatvede salieron pletóricos de aquella sala, como si les hubieran realizado una transfusión de sangre joven, con más energías de la que sus cuerpos podían generar por sus propios medios.

Krupis esperaba en la puerta de la sala.
–Creo que esto está funcionando muy bien, Prieksnieks –dijo dando melaza a su jefe, calculando siempre cuál era la mejor manera para ascender en la escala y, en un futuro próximo, trabajar menos y mandar más–. Y tengo un pequeño proyecto con el que creo que podemos ahorrar costes y ser más eficaces.
–Eso es lo que busco de vosotros –señaló complacido Prieksnieks–. Luego hablamos de ello, ahora tengo algo que hacer.
Entonces Prieksnieks, Sieva y Gramatvede se fueron directamente a la pequeña cocina de la oficina para hablar de sus cosas, Gramatvede incluso cantaba jacarandoso, y dedicaron los minutos siguientes a jugar a los dardos, tomar café y darse palmadas en la espalda. La luz de aquella pequeña cocina relucía limpia y brillante y la temperatura era agradable, primaveral; en el resto de la oficina reinaba el gélido invierno aunque los calefactores estuvieran funcionando a marchas forzadas, las luces titilaban cada pocos segundos y la humedad se insertaba en los huesos de los cuerpos debilitados minutos atrás.
La semana transcurrió con una tranquilidad ficticia espolvoreada de reuniones con posibles clientes que no querían serlo y con empleados que querían más poder hablando entre cuchicheos para no desvelar sus cartas antes de tiempo.
Una de esas reuniones internas, el viernes fuera del horario laboral, fue entre Prieksnieks y Krupis; este último llevaba esperando desde el lunes para poder hacer su movimiento.
Como un trilero, Krupis movió fichas bajo vasos, cada una de un compañero, aunque él no los sentía como tal, y en sus cuentas eliminó a dos personas de la ecuación ante Prieksnieks, prometiendo que podía hacer lo mismo que esas personas automatizando sus funciones con los medios informáticos de la empresa y que con ello se podrían ahorrar dos sueldos, lo que para la fatigada economía de la empresa no vendría mal. Además, él podría hacerse cargo de aquel proyecto que estaría listo en menos de dos semanas según sus estimaciones.

Por desgracia para todos, Prieksnieks se tomó al pie de la letra lo prometido por Krupis y dio carta blanca para hacer lo necesario con la automatización de tareas, contactando inmediatamente con su gestoría para que comenzaran a calcular dos despidos.
También por desgracia, Krupis omitió durante la charla que él no tenía los conocimientos necesarios para llevar a cabo tal automatización, y también oculto que todo eso lo hacía para intentar salvaguardar su puesto, que ya estaba amenazado pues el proyecto al que dedicaba más horas semanales era posible que no fuera renovado, aún a expensas de mandar a dos personas a su casa sin trabajo.

Al lunes siguiente, se realizaron los despidos propuestos por Krupis.
Nadie pensó en el traspaso de conocimiento, en que las tareas eran vitales para la supervivencia de la empresa, pues las personas despedidas se encargaban de facturar a los clientes y dar atención al cliente, ni en calcular la viabilidad del proyecto a corto o medio plazo.
Minutos después de realizar los dos despidos, Prieksnieks llamó a un Darbinieks que esperaba, e incluso deseaba, ser despedido; pero no fue para tal tarea, no podían prescindir del único informático en la empresa.
–Hay dos personas que han causado baja inmediata en la empresa, bloquea sus cuentas y libera licencias –dijo Prieksnieks en un mandato filoso.
–Vale, pero... –intentó replicar Darbinieks.
–No hay peros –finalizó Prieksnieks mientras se levantaba del sillón dando por finalizada la escueta reunión.
Darbinieks salió del despacho y se guardó las dudas para sí mismo, sabiendo que durante las próximas semanas le harían preguntas e incluso le tacharían de culpable de algunas cosas, pero le importó poco, no le pagaban por pensar más allá de lo razonable y, si los propios responsables de la empresa no pensaban al momento de despedir a alguien qué pasaría con los correos que les llegaran o con las tareas que no estaban documentadas más allá de la propia memoria de los despedidos, ¿quién era él para hacer anotaciones al respecto?
Pasaron dos semanas completas en las que no se facturó.
Algunas de las tareas manuales le habían sido asignadas a Sieva, pero con su carencia de ganas por hacer el trabajo por el que le pagaban y su escasa memoria, que le impedía recordar como realizar tareas simples como pulsar tres botones en un orden concreto, estas tareas no se realizaron.
Otras labores se las había asignado a sí mismo el propio director financiero, pero Gramatvede mantenía una empresa en paralelo y esta le quitaba prácticamente todo el tiempo de oficina, aunque luego lo cobraba espléndidamente; así que sus tareas tampoco se realizaron.

Y mientras, Krupis era incapaz de automatizar tareas, ni las simples, ni las complejas; carecía de conocimientos básicos para realizar tal misión y, cada vez que Prieksnieks le preguntaba por el proyecto, daba largas diciendo que estaría para la semana siguiente.
Así pasaron tres semanas más y las tareas salpicaron a Darbinieks, algo que ya había supuesto que pasaría. Prieksnieks le llamó a su despacho.

–Buenos días, Darbinieks. Tengo unas cuantas preguntas para ti.
–Espero que sean de las fáciles, tengo un poco de lío con unos servidores que están dando guerra, así que...
–Seguro que lo son, ¿qué pasa con los correos que se les envía a las personas que han abandonado la empresa?
–Supongo que lo dices por las personas a las que despediste hace cinco semanas –Darbinieks no pudo ahorrarse la anotación–. Te lo intenté decir en su momento pero no me dejaste, al no tener licencia asociada esos correos se pierden; esa ha sido fácil –dijo mientras veía cómo se torcía el gesto de Prieksnieks.
–¿Y no se puede recuperar?
–No, lo que no existe, no se puede recuperar; es como si te meten una carta en el buzón, pero este tiene una llama de fuego eterno que quema todo lo que entra...
–Vale, vale, lo he comprendido –interrumpió Prieksnieks–. Otra pregunta. ¿Cómo se factura el pago por uso de la aplicación SeanSI a los clientes?
–De eso se encargaba Vaidět, pero cuando fue despedida, se le pasó la tarea a Sieva, hace más de un mes de eso, tendría que haber facturado hace...
–Sí, hace semanas –volvió a interrumpir Prieksnieks–. Pero no lo ha hecho, porque nadie le ha explicado cómo.
–Bueno, Krupis tendría que saber cómo hacerlo, creo que está intentando automatizar el proceso, algo que podría hacerse en un par de días, no es complicado –dijo disparando mala baba sin resquemor alguno sabiendo que si bien el proceso era sencillo, Krupis no sería capaz de realizarlo por sí mismo.
–Krupis está muy ocupado para explicarle con detenimiento el proceso a Sieva...
–Bueno, solo es cuestión de ir a SeanSI, pulsar en facturas y sacar los importes y los contadores de uso, para luego añadirlos, junto con la factura generada en pdf por la propia aplicación, en el ERP – interrumpió esta vez Darbinieks–. La verdad es que es un proceso bastante sencillo, incluso su automatización.
–De acuerdo, ahora se lo comentaré a Sieva.
Cuando Darbinieks ya se disponía a levantarse, ya que Prieksnieks llevaba unos segundos sin hablar, este lo miró muy seriamente y retomó la conversación.

–¿Cuanto crees que tardará Krupis en terminar la automatización?
–Sinceramente, con sus conocimientos sobre el tema y su capacidad de trabajo y atención, puede tardar entre dos y tres semanas si tiene suerte, además de las cinco que ya lleva en el proyecto. –¡Me dijo que estaría en dos semanas!
–Y tú le creíste sin preguntar a nadie más, tomando una decisión precipitada que ha impedido que la empresa facture el mes pasado –dijo Darbinieks sin poner freno a sus palabras; le daba todo igual–. Y no están las cosas muy boyantes. Esta empresa no funciona por decisiones como esa. Mientras que a algunos se les pide esfuerzos extra, otros disfrutan de la vida, con mayores beneficios o con la posibilidad de trabajar desde sus casas –la piedra comenzaba a hacerse ligera en su interior–. Se mira mal al que cumple con su horario aunque lo trabaje al cien por cien, y se hace la vista gorda con el que se queda un poco más por las tardes en la oficina, aunque lo que haga sea tomar café o jugar a los dardos en la cocina...
–Basta, no te he llamado para que me des un sermón –cortó Prieksnieks–. Quiero que realices la automatización tú, ahora avisaré a Krupis para que se centre en otra tarea.
–No puedo, estoy liado con unos servidores que tienen problemas, y si no los arreglo...
–No quiero excusas, realiza la automatización, y ahora sal y cierra la puerta.
Darbinieks salió del despacho y la piedra se volvió densa, tanto que salió de su cuerpo y le impidió caminar a un ritmo normal mientras que en su mente no dejaban de repetirse tres palabras a voz en grito: «¡Pandilla de inútiles!». Decidió no hacer nada durante el resto de la jornada.
A la mañana siguiente, se puso a realizar el proceso de automatización, había exagerado en que se tardaría dos días en hacerlo, y antes de la hora de la comida ya estaba casi finalizado. Decidió bajar el ritmo y ver cómo uno de los servidores que estaba en la últimas el día antes, comenzaba a fallar sin opción de ser salvado. En concreto era el servidor principal en el que se alojaba la aplicación de SeanSI y, si este caía, el secundario no podría mantener a flote el sistema durante mucho tiempo. Como le habían ordenado hacer otra cosas, cumplió sus ordenes y a la hora de comer salió de la oficina sabiendo lo que se encontraría al volver.
–¡Darbinieks! –le gritó Krupis cuando se estaba acomodando en su puesto después de haber comido–. No me gusta que me hagan la cama. Me vas a pagar la bronca que me han echado por no haber tenido todo a punto, casi estaba listo, en un par de semanas más lo habría conseguido y ahora seguro que me despiden.
–Bueno, no hagas lo que no quieras que te hagan –respondió Darbinieks–. De todos modos, yo no quería tener que hacer esa automatización, que por cierto solo he tardado una mañana en completar el proyecto, pero como no dabas la talla, me ha caído el marrón encima.
–¿Que yo no doy la talla?

La piedra fluctuaba de tamaño y densidad, siempre ocurría cuando se encendía la mecha de una nueva discusión sin sentido, pero aquella situación se estaba volviendo demasiado violenta. Krupis se estaba poniendo casi encima de Darbinieks, y además...
–¡Darbinieks! ¡No funciona SeanSI! –gritó Prieksnieks– Quiero que lo arregles inmediatamente. –¿Ahora es importante? Es en lo que estaba liado ayer cuando decidiste cambiarme de proyecto. –Ayer era ayer, y hoy es hoy, ponte al lío –ordenó con rabia.
–Y mañana será mañana. Además, como Krupis no se aparte de mí inmediatamente y tú no me hables con respeto, alguien no verá nacer un nuevo día.
Ante la amenaza, el silencio se hizo en la oficina, las luces centellearon por un segundo y la oscuridad intentó hacerse cargo de la situación.
La piedra tomó el control de los actos de Darbinieks.
Darbinieks comenzó a teclear como un poseso mientras que en su cabeza solo oía dos palabras a gritos: «¡El botón! ¡El botón! ¡El botón!».
Después de quince segundos que parecieron diez minutos, y en los que nadie pestañeó ni se movió en la oficina, todos los sistemas de la empresa cayeron, o fueron tirados, desconectados, apagados. Se ordenó a los backups borrarse y a las instancias que existían en la nube que se disolvieran. Los sistemas físicos que se mantenían en la oficina también se apagaron después de un borrado de máquinas virtuales y de todas las reglas de red implantadas. Los buzones de correo se vaciaron, las licencias se desasignaron y la empresa volvió a la edad de piedra.
¡El botón! ¡El botón! ¡El botón!
El botón era un script que hacía todo eso y algunas cosas más; había comenzado como una broma meses atrás entre algunos empleados, un merecido castigo, casi bíblico, para los que todavía miraban expectantes a que Darbinieks cumpliera con las órdenes recién escupidas.
La piedra seguía al mando, pero era más ligera, casi como una fuerza que acompañaba en lugar de ralentizar con su peso.
Darbinieks miró a Krupis, que seguía casi encima suyo, y observó cómo este no se movía y seguía con rostro amenazante, desencajado por la ira; entonces Darbinieks abrió su cajonera y agarró por el mango el martillo que mantenía allí guardado para situaciones “especiales”.
Del primer golpe, en la rótula de Krupis, los dos quedaron a la misma altura. No hubo gritos, sólo una boba mirada de sorpresa en los ojos de Krupis. Cuando vio que por segunda vez el martillo se acercaba a él a gran velocidad, aunque esta vez dirigido al centro de su frente, derramó una lagrima que rápidamente se tiñó de rojo, cubriendo todo su rostro tirado ya en el suelo con el martillo encajado en él.

Prieksnieks huyó, y se recluyó en su despacho. Gramatvede hizo lo mismo. Eran la únicas dos personas que estaban en la oficina, además de el cada vez más frio Krupis y el propio Darbinieks. El resto de empleados estaban todavía en su horario de comida, fuera de aquel recinto.
–No os preocupéis –dijo Darbinieks–. No voy a haceros nada –continuó mientras rescataba el martillo del cráneo horadado de Krupis–. No es necesario. La empresa está hundida, ha perdido todos sus datos. Vosotros no valéis para nada... aunque, se me olvidaba, tenía algo preparado. El robo sistemático que habéis realizado contra el resto de accionistas, ya les ha llegado la información, y a la policía también. Supongo que os tratarán bien en prisión.
–¡Tú caerás también! Te hemos visto matar a Krupis –gritó Prieksnieks.
Darbinieks sonrió, después comenzó a reír a carcajadas.
–Cierto, ahora lo arreglo, jefe –respondió sin detener las carcajadas.
Volvió al teclado y dos pequeñas explosiones sonaron en los despachos de Prieksnieks y Gramatvede; estos cayeron redondos al suelo por el gas recién liberado. Inmediatamente, Darbinieks abrió los despachos, acabó con Gramatvede de un golpe similar al atestado contra Krupis y fue a por Prieksnieks, a quien arrastró hasta su puesto.
Después colocó el martillo en su mano derecha y volvió a introducir éste en la oquedad forzada del cráneo de Krupis.
Por último se tomó una pastilla relajante y se golpeó contra la mesa hasta quedar sin conocimiento; esperando a que alguien se encontrara con la escena en los próximos cinco o diez minutos y con todo listo para salir airoso. Seguramente la policía supondría que aquello había sido un acto de enajenación del propio Prieksnieks al saberse culpable del robo de miles de euros durante los últimos años y, sobretodo, al saber que todo aquello había salido a la luz recientemente.
La piedra había desaparecido, y había machacado a los portadores de las tijeras que se dedicaban a firmar los papeles.

 

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