Relato 107 - A degüello

Era el temor de todos los escritores, el crítico literario Edmundo Cortázar no dejaba títere con cabeza con sus comentarios hirientes y destructivos. Estas eran algunas de sus lindezas:

“Una pérdida de tiempo”, “un largo e insoportable viaje”, “una tortura para los ojos”, “la historia no tiene ni pies ni cabeza, mejor dedíquese a otra cosa”, y así podríamos seguir hasta llenar varias páginas.

Había acabado con la carrera de muchos escritores e, incluso, se rumoreaba que había llevado a alguno al suicidio.

Aquella mañana había recibido otra novela y se disponía a leerla.

—El sendero que lleva a la perdición —leyó en voz alta el título—. Empezamos bien —dijo irónicamente.

Esa noche escribía su crítica:

Un despropósito desde la primera frase. Situaciones imposibles que no resultan creíbles. ¿Qué quería provocar el autor? ¿Miedo, angustia, intriga? Si su intención era escribir una novela de suspense, que sepa que no es el camino. Las escenas son risibles, pero no quiero decir que mejor que se dedique a la comedia. Da risa de lo malo que es. Espero y deseo que el autor no nos vuelva a torturar con otra de sus novelas.

Y después de firmarlo, no tardó ni un instante en enviarlo.

Un mes después, el señor Cortázar recibía una invitación para pasar un fin de semana en una casa en un lugar de ensueño.

No sospechó nada, porque, hay que decirlo, aparte de ser un tirano, era un engreído; y creía que se merecía todos los regalos y alabanzas que la gente quisiera darle.

La invitación era para ese mismo fin de semana, por lo que colocó en su maleta un par de mudas y todo lo necesario para su higiene personal. Incluso le habían proporcionado un billete de tren que le llevaba al pueblo más cercano. Una vez ahí, un coche con chofer le llevaría a la casa que se encontraba en plena naturaleza.

Llegó a la estación con unos minutos de retraso según la hora prevista, pero por una vez, no le importó. Como le habían prometido un coche con chófer le esperaba en la estación.

—Buenas tardes, señor Cortázar. Mi nombre es Eduardo. Espero que haya tenido un buen viaje.

—No ha estado mal. ¿Estamos muy lejos de la casa?

—Una hora. ¡Vamos!

El trayecto era de lo más ameno, el chófer sabía que tema debía elegir para que se encontrara totalmente relajado y confiado.

Salieron de la carretera principal y se desviaron por una secundaria que no estaba en tan buen estado. El chófer observó la mirada de preocupación del señor Cortázar.

—Estese tranquilo, señor. No es la primera vez que paso por aquí.

—¿Ha llevado a otras personas?

No contestó. Parecía concentrado. Poco después paró el coche.

—¿Qué ocurre?

—Lo siento mucho, no me esperaba esto —repuso Eduardo contrariado—. Hay un problema con el coche.

—¿Y no lo puede arreglar?

—No soy mecánico. Siento el contratiempo. No me esperaba esto —repitió—-, le hice la revisión antes de venir.

Salieron del coche, el chófer se dispuso a hacer una llamada.

—¿Y ahora qué?

—Puede usted seguir andando. Solo tiene que seguir este sendero hasta aquellas luces que se ven al fondo. Ahí está la casa. Yo me quedaré aquí esperando la grúa.

—¿Está muy lejos?

—Aún tendrá que caminar bastante. Hace muy buena tarde —dijo mirando a su alrededor—. Tendrá un paseo agradable. Pero, no se entretenga, oscurecerá pronto.

—¿No me perderé?

—No se preocupe, no hay desvíos. Tiene que seguir el sendero, nada más.

—¿Habrá alguien esperándome? —preguntó el señor Cortázar preocupado.

—Sí, está Alfonso que se ocupa de la limpieza y Felisa que se encarga de la comida. Pero marche ya.

—¿Y mi maleta?

—Ya veré de llevársela, pero creo que encontrará algún traje en la casa.

El señor Cortázar no quiso preguntar quien se dejó su ropa. Cogió la chaqueta que había dejado en el respaldo del asiento y sacó del bolsillo el teléfono móvil.

—¡No tengo batería! —se quejó.

—No se preocupe. Pronto estará en la casa.

—¿Y si necesito contactar con alguien?

 —Descuide, yo llamaré a la señora Felisa y le explicaré lo sucedido. Le pediré que le mantenga la cena caliente —respondió Eduardo en un tono despreocupado.

El señor Cortázar se dispuso a marchar.

—¡Descuide, el lunes estaré ahí para recogerle! —le gritó cuando ya llevaba unos metros andando.

Algún tiempo después, cuando ya llevaba un rato caminando, y había perdido de vista el coche, iba todo el trayecto ensimismado en sus pensamientos.

«¿Por qué ha tenido que decir sendero? Solo me vienen cosas negativas. Sendero tortuoso, sendero oscuro, sendero tenebroso. ¿Por qué no dijo camino como todo el mundo? Si hubiera dicho camino estaría pensando en Machado.»

Un ruido como si alguien hubiera pisado unas ramas interrumpió sus pensamientos

«Debe ser un animalillo», pensó.

El sendero estaba rodeado por un bosque, debía de vivir más de un animalillo por ahí.

Siguió su camino, el sol cada vez descendía más. El señor Cortázar miró hacía lo lejos.

—Ya no se ven las luces —dijo—. Espero llegar antes de que anochezca.

Sintió de nuevo ese ruido, como una rama al quebrarse.

«¿Qué animal debe ser? Un conejo seguramente, o una liebre», pensó. «No tienes por qué preocuparte, Edmundo. Sigue tu camino. ¿No empezaba así la novela que leí? Un hombre que caminaba por un sendero y…, ¿qué ocurría después?»

El movimiento de la maleza y la visión de una sombra le sobresaltó. Eso no era un animalillo. Había alguien por ahí. ¿Por qué no se acercaba? ¿Por qué andaba entre los árboles?

—Quizá es un cazador —se dijo uniendo su hipótesis de ahora con la de antes. Espero no tener un disgusto —en su mente imaginó ser alcanzado por una bala perdida.

Tenía razón el chófer y estaba haciendo una bonita tarde. Corría una brisa fresca que hacía más soportable la caminata. El cielo estaba precioso en el ocaso. Miró su reloj para comprobar la hora. ¿A qué hora había empezado a caminar? No había mirado la hora. El conductor le había dicho que era una hora en coche. ¿Cuánto tiempo había pasado hasta que el coche se averío?

¿Media hora?, ¿cuarenta minutos? Y el tiempo que pasaron hablando.

—Vamos a ver, Edmundo —se dijo—. Partamos de la base de que estuve más de media hora en el auto. Si el viaje duraba una hora, y aún me quedaba de quince a veinte minutos —el señor Cortázar no era muy bueno con los números y los cálculos—. Si íbamos a ochenta kilómetros…

Un nuevo ruido interrumpió sus pensamientos. Miró a su alrededor y le pareció ver que la maleza se movía, y no parecía que el viento fuera la causa. Tenía que ser una persona.

—¡Hooola! —gritó lo más alto que pudo—. ¿Por qué no se acerca y hacemos el trayecto juntos? —preguntó mientras se recriminaba, ¿y si era un maniaco asesino o un preso fugado? Nadie en sus cabales andaría entre la maleza si no ocultara algo.

Nadie se acercó. Pronto empezaría a oscurecer y no había rastro de la casa.

«¿Quién habrá ido a esa residencia y se dejó sus prendas? Puede que pretendiera volver», pensó intentando tranquilizarse pensando en cosas más triviales.

El señor Cortázar seguía su camino procurando tener su mente entretenida. Desde hacía un tiempo tenía la sensación de que alguien le seguía. A veces, le parecía escuchar unos pasos. Estos se detenían cuando él se detenía como si estuviera jugando con él. Intentó en más de una ocasión sorprender a ese individuo, pero, nunca vio a nadie. Solo se encontró con el camino solitario.

—Creo que el paseo te está afectando —dijo—. «Debe ser el cansancio, ¿quedará mucho hasta la casa? Ya pronto será de noche y el camino no será tan claro.»

Otra vez. Unos pasos a unos metros de distancia. El señor Cortázar sintió, a su pesar, que su corazón se aceleraba. Se recriminó por sentir miedo, ¿de qué?, ¿de la oscuridad?, ¿de algún animal?

—Deben de estar preocupados en la casa. Con un poco de suerte saldrán a buscarme. ¿Cómo es posible que no vea ninguna luz? ¿No me habré despistado? No, imposible. He seguido las instrucciones que me dio ese chico. Además, no me he encontrado ningún desvío.

El sol pronto desaparecería, por otro lado, había luna nueva. Ya casi no veía el camino. ¿Dónde estaba la maldita casa? ¿Cómo era posible que no viera ninguna luz? ¿No había más casas cerca? ¿Adónde le habían enviado? Esto no estaba siendo un paseo de ensueño.

—Ya debo de llevar andando más de tres horas —se quejó.  Me duelen los pies.

El señor Cortázar divisó una gran piedra y decidió sentarse a descansar. Sus tripas le sonaron escandalosamente. Había comido más pronto a causa del viaje, y, ahora, seguramente ya había pasado su hora de cenar.

«Espero que la señora Felisa me tenga preparada una gran cena», pensó.

La sensación de que una mano se apoyaba en su hombro hizo que diera un respingo y se giró rápidamente. Allí no había nadie. Pero, él estaba totalmente seguro de que era una mano. Su imaginación le llevó hacia lo sobrenatural.

—¿Será un fantasma? —recordaba haber leído de algún escritor que se había suicidado después de leer su crítica. Quizá estaba intentando asustarle. Otra explicación no encontraba. Él hubiera puesto la mano en el fuego de que alguien le había acompañado en su trayecto, pero, jamás vio persona alguna.

—Parece mentira, Edmundo. ¿No vas a creer, ahora, en los fantasmas? Si hay alguien no es un espíritu, sino alguien de carne y hueso. Algo solitario, poco sociable, pero un ser vivo, al fin al cabo. Si quisiera matarte ya lo habría hecho. Ha tenido millones de oportunidades. Así que, Edmundo, deja de pensar en él, y concéntrate en lo que importa.

¿Por qué no veía ningún rastro de la casa? Si Alfonso y Felisa estaban esperándole lo lógico era que tuvieran las luces encendidas. Por el tiempo que llevaba andando, ya debía de haber llegado o, al menos, estar lo bastante cerca para vislumbrar algo. ¿La habría pasado? Miró hacía atrás en busca de alguna luz.

El señor Cortázar observó asombrado que ya se había hecho de noche. No podía ver el camino recorrido. Estuvo unos minutos mirando al frente intentando que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Giró sobre si mismo en busca de la luz provocando que se desorientara y, al seguir por el sendero, no se percató de que no estaba en la dirección correcta.

Intentó seguir recto, pero, al poco, notó que el suelo había cambiado, era más blando. Su cara chocó con la maleza. Entendió que se había adentrado en el bosque.

«Ahora, me encontraré con el hombre del bosque. Quizá es el mismo que se dejó su indumentaria en la casa», pensó.

Se sentó. Esa noche no llegaría a ninguna parte. Se había cansado de andar. Se apoyó en un árbol y cerró los ojos. Instantes después los abrió aterrado. Había conseguido verlo. El ser que le había acompañado todo el camino, que se había atrevido a tocarle en el hombro, ¡era el mismo!

¿Qué era esto? ¿Una venganza?, ¿una lección?, ¿qué pretendían?, ¿hacerle perder la razón?

—¿No acababa así la novela? —recordó—. El protagonista enloquecía en el sendero y después…

Días después, el lunes, un coche circulaba por ese lugar cuando el conductor tuvo que dar un volantazo, al aparecer un ser con la mirada perdida. No lo atropelló de milagro. El conductor salió del coche, mientras seguía con la vista a ese individuo, que se perdió en el bosque.

 

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