Relato 106 - Pompilidae

     ―¿Ha visto alguien a Araceli? No me digáis que ha vuelto a internarse sola en la jungla, la muy…

    ―El idiota eres tú, Alberto, por pensar que va a quedarse en el campamento cuando tú quieras. Ni que no la conocieras… ―replicó alguien del corro que había acudido a la llamada de Alberto, como los demás.

    ―Esto es un campamento de investigación, no uno de aventura; sobran las tonterías, y me da igual que provengan de la estrella del departamento de entomología ―se quejó Alberto, director de la expedición.

    ―Pues tendrás que repetírselo por sexta vez. ―El sarcasmo era evidente en la voz que lo soltó.

    ―¿Qué dices, sexta! ¡Séptima! ―rio alguien a su espalda, remarcando su última palabra, encendiendo el cachondeo colectivo.

    ―Sois inaguantables, todos vosotros ―recriminó Alberto―. Sobre todo ella.

    ―Ella y su gran ego ―añadió una voz.

    ―Sobre todo su gran ego, en efecto. Si dejase de perseguir la fama y el reconocimiento en su campo, si dejase de creer que algún día realizará un gran descubrimiento, estaríamos todos más tranquilos ―bufó Alberto―. Esta es una expedición conjunta en una región aún inexplorada, a cualquiera de nosotros nos encantaría descubrir nuevas especies en nuestros respectivos campos. Pero, joder, es que parece que estaría dispuesta a pasarnos por encima con una apisonadora con tal de…

    ―¿Habláis de Araceli? ―preguntó alguien que acababa de llegar, algunos reaccionaron riéndose―. Estuvo escuchando esas historias de los nativos que hablan de insectos gigantes y se largó a hacer una batida. Parece que no ha tenido suficiente con las cuatro horas de caminata de esta mañana. Todavía me duelen las piernas… ―explicó mientras exageraba una cojera, actuación que provocó que los demás rieran.

    ―Siempre es lo mismo, todo le da igual ―gruñó Alberto, aunque todos sabían que estar cabreado con el mundo era su estado natural cuando Araceli aparecía en la conversación.

    Un alarido repentino y no muy lejano proveniente de la selva acalló la discusión. El horroroso grito no se alargó mucho: tuvo un final tan abrupto que puso la piel de gallina a los presentes. Además, nadie dudaba de que había sido una mujer.

    Alguien señaló algo que volaba y se alejaba de la zona de la que había surgido el grito. Era un bulto no identificado del que parecían colgar brazos y piernas.

    ―¡Tú, tú y tú! ―Alberto comenzó a señalar a algunos―. ¡En diez minutos salimos! ¡Equipo de rescate, linternas con baterías de sobra, y agua y comida para dos días! ¡Vosotros tres ―vociferó mirando a otros―, equipaos para una semana con raciones triples, más equipo de rescate y nos seguís el rastro con los GPS! ¡Nosotros iremos rápido, vuestra misión es cogernos cuando paremos a descansar! ¡Vosotros ―dijo señalando a otro grupo―, comprobad si el localizador de Araceli está operativo, pedid ayuda y estad preparados para salir en cualquier momento! ¡Vamos, vamos, vamos! ―apremió.

    Araceli despertó. Se encontraba entre árboles, aunque se sorprendió porque el paraje le parecía más boscoso que selvático.

    Un movimiento llamó su atención. A pocos metros de ella había algo que subía el tronco musgoso de un árbol caído.

    Los ojos de Araceli casi se salieron de sus órbitas: era un artrópodo, un insecto, parecía un escarabajo. Pero no era normal, ni mucho menos, porque el escarabajo más grande conocido cabe justo en la palma de una mano. Este, sin embargo, tenía el tamaño de una sandía.

    Presa de una excitación desmedida, se levantó y se acercó, atónita, intentando moverse con sigilo; ver más de cerca a aquel animal era una prioridad absoluta para ella.

    Revisó sus bolsillos en busca de equipo fotográfico, pero no tenía nada. Mientras palpaba su propia ropa, le llamó la atención vestir de verde, creía que había cogido prendas más bien marrones; le extrañó mucho, aunque no le dio mayor importancia.

    Lamentándose por haber perdido su equipo, se aproximó al escarabajo gigante. Jamás había imaginado un descubrimiento tan grande, tan impresionante.

    De repente, el escarabajo se paró en seco, como si se hubiese percatado de que alguien le acechaba. A continuación, el escarabajo se incorporó sobre dos patas y se dio la vuelta. Araceli dio un bote y no pudo evitar dar un pequeño grito: un gnomo con barbita blanca, gorrito verde y un bastón la observaba.

    ―Esto es una locura, no puede estar pasando… ―murmuró; no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban.

    El gnomo, visiblemente molesto, se acercó a Araceli, estiró el brazo y le dio un golpecito en el vientre con su bastón.

    ―¡Eh, cuidado! ―reaccionó Araceli, aunque el bastón no le había hecho ningún daño.

    ―Así que estás dispuesta a creer en insectos gigantes, pero no en gnomos, ¿eh? ―soltó él sin ocultar su indignación.

    ―¿¡Hablas!? ―saltó Araceli.

    El gnomo respondió con otro toque de bastón, esta vez cerca de las costillas.

    ―No, qué va, no sé cómo piensas que puedo estar hablando. Es telepatía. Solo muevo los labios para hacerte sentir cómoda ―explicó él.

    ―¿En serio? ¿Un gnomo con capacidades telepáticas? ―Araceli, boquiabierta, no salía de su asombro.

    El pequeño ser atacó una vez más con el bastón, a la altura del hígado, y gritó con enfado:

    ―¡No, mema, te tomaba el pelo! ¡Pues claro que hablo!

    ―Esto no puede estar pasando, es imposible…

    ―¡Eh, qué pasa! ¡A ver si yo voy a tener la culpa de tu ignorancia! ―clamó él, ofendido.

    ―No puedes ser real, no puede ser…

    Aquel gnomo golpeó el vientre de Araceli con la punta de su pequeño bastón. Ella gritó esta vez, amenazante:

    ―¡Basta ya o te romperé el bastón!

    El gnomo rio y replicó, burlón:

    ―Inténtalo si puedes.

    Araceli puso todo su empeño, pero no lograba asir el bastón ni tampoco acercarse al gnomo. Todo le resultaba muy extraño. El gnomo contratacó y la golpeó varias veces en la región abdominal. Impotente, ella trataba de evitar los leves pinchazos, pero sentía que se movía a cámara lenta, o quizá era el gnomo el que se movía muy rápido. No entendía cómo era posible.

    ―¿Quién eres? ¿Por qué te comportas así? ¿Qué haces aquí? ―bombardeó Araceli en un intento para que se detuviera.

    ―Quién soy, debes averiguarlo tú. ¿Por qué hago todo esto? Bueno, quizá te lo merezcas. Respecto a qué hago aquí… La pregunta adecuada es: ¿qué haces tú aquí? ―replicó él.

    ―Soy bióloga, entomóloga, y me llamo… ―empezó a decir ella tratando de mostrarse amable.

    ―¡Basta de falsa cortesía! ―el gnomo la atacó como antes―. ¡La cordialidad no forma parte de ti, y lo sabes!

    ―¿Cómo… Qué…?

    ―¡Sabes de sobra que siempre buscas tu beneficio propio y te da igual el resto de la gente! Si para ello es necesario pisotear a los demás, ¡lo haces! Si crees que puedes ganar algo menospreciando a los otros, ¡también lo haces! Y si piensas que es divertido inventarte historias para hacer daño a la gente mientras a ti te parece divertido, ¡lo haces igualmente! ―abroncó el gnomo con furia exacerbada sin dejar de golpetearla con su bastón.

    ―¡Eso es mentira! ―chilló ella, incapaz de detener ni un solo golpe.

    ―¿Me estás llamando embustero? ―dijo él sin parar de golpearla.

    ―¡Claro que sí!

    ―¿Seguro que quieres jugar a esto conmigo? ―remarcó con fuerza la última palabra.

    ―¡Yo no soy así!

    ―Entonces, si no eres así, ¿cómo eres? Cuéntame, no seas tímida, soy todo oídos.

    ―Yo… Yo… ―balbuceó.

    ―¡Pues claro que eres así! ―bramó él a la vez que intensificaba sus golpes.

    ―¡La culpa es de los demás, que nunca me han valorado como me merezco!

    ―¡Ahhhhhh! Entonces, lo admites… ―Una sonrisa burlona quedó dibujada en el rostro del gnomo.

    ―¡Por eso estoy aquí, maldita sea! ¡Solo deseo ser la protagonista de un gran hallazgo, así podré cerrarles la boca a todos! ¡Hablarán de mí, se me abrirán todas las puertas, seré la envidia de los demás!

    ―Y por eso nunca respetas a la gente que te rodea, ni haces caso de las normas, ni te importa lo que los demás hacen en sus vidas.

    ―¡Venga, vamos, llámame egoísta tú también! ―gritó Araceli―. ¡Me da igual! ¿Por qué sois todos tan malos conmigo, por qué? ―preguntó dejando escapar un par de lágrimas de sus ojos inundados de rabia.

    ―Ese resentimiento… Esa envidia… ¿Desde cuándo crees que te mereces estar en un pedestal? ―le gritó el gnomo, enfurecido, golpeándola más―. ¿Por qué piensas que te mereces más que los demás?

    ―¡Porque yo trabajo mucho más que toda esa panda de inútiles y desgraciados que se toman la ciencia como un maldito juego!

    ―¿Cómo sabes que los demás no trabajan más que tú? ¿Cómo eres capaz de afirmar algo así? ¿Acaso conoces los sacrificios y frustraciones que ha vivido cada uno de tus colegas? ―le echó en cara el gnomo, lanzando un golpe de bastón, y otro, y otro…

    ―¡No, no es así! ¡Yo me he sacrificado más que nadie!

    ―No, Araceli. No, Araceli. No, Araceli.

    ―Eh… ¿Cómo sabes mi nombre? No llegué a decírtelo ―dijo ella con ojos llorosos.

    ―No, Araceli. No, Araceli. Araceli… Araceli… Araceli… Araceli…

    ―¿Qué sucede, qué está pasando? ―preguntó, asustada.

    ―Oye, Araceli, Araceli… ―le decía el gnomo―. ¡Oye! ¡Araceli! ¡Araceli! ¡Oye! ¡Araceli! ―gritaba con fuerza a pesar de permanecer impasible.

    ―¿¡Qué, qué, qué!? ―chilló, esta vez tan fuerte que el gnomo desapareció de su vista y una persona apareció en su lugar.

    No, realmente no apareció ante ella, sino que vio a una persona, en concreto a uno de sus colegas. Araceli había abierto los ojos.

    ―¡Ha despertado, ha despertado! ―exclamó con fuerza una voz.

    ―¡Joder, el bicho ha debido de advertir nuestra presencia y ha dejado de suministrarle lo que la mantenía paralizada! ―dijo alguien, presa del pánico.

    ―¡Sacadle ya la larva, por Dios! ―apremió Alberto, que trataba de hacer algo por Araceli―. ¡Preparad una vía, rápido, vamos, vamos!

    En aquel momento, con un intensísimo dolor invadiendo todo su cuerpo, Araceli dirigió sus ojos hacia su cuerpo. Su ropa marrón había sido cortada y le permitía ver una espantosa masa carnosa moviéndose bajo la piel de su abdomen, preocupantemente consumido y ennegrecido.

    Horrorizada, intentó gritar, pero no lo hizo porque le faltaban las fuerzas y, también, porque su mirada quedó atrapada un poco más allá, en sus piernas: no parecían muy diferentes a las de un cadáver abandonado durante días en un lugar cálido y repleto de moscas.

    Jamás había sentido tanta repulsión en su vida, jamás.

    Instintivamente, alargó sus brazos para proteger sus piernas, para evaluarlas; sin embargo, su reacción a duras penas logró mover dos extremidades huesudas, consumidas, oscuras.

    ―Trata de no moverte, por favor, trata de quedarte quieta ―rogó una de las voces que había a su alrededor mientras alguien le encajaba un objeto alargado y blando en la boca―. Muerde esto con fuerza, muérdelo y no lo sueltes, evitará que… ―apremiaba la misma voz, que fue interrumpida por un fortísimo grito ahogado de Araceli.

    Su cuerpo, o lo que quedaba de él, se arqueó con violencia, vibró, convulsionó y tembló.

    Otro sobrecogedor grito quedó atrapado en su garganta mientras hundía sus dientes en el objeto que mordía. El grito se transformó en un gruñido de dolor entremezclado con su respiración acelerada e irregular. Algunos de los presentes no pudieron evitar reaccionar con horror y repugnancia; uno se desmayó.

    Miró de nuevo al foco de su tormento, a su vientre. Allí, su renegrida piel y su carne se ondulaban con lentitud, rítmicamente, hasta que lo que había dentro de ella reaccionaba con un leve espasmo. En esos momentos, el dolor era tan violento, tan inimaginable, que creía que su cuerpo iba a desgarrarse o a partirse por la mitad.

    ―¡Eso ha sido un mordisco más! ―chilló una voz.

    ―¡La larva continúa devorando su interior! ―clamó otra persona.

    ―¡Que alguien prepare suero, rápido! ―pidió alguien―. ¡Ha debido estar estos tres días así!

    «¿Tres días? ¿Cómo puede ser?», llegó a pensar Araceli, que se retorcía de manera inhumana.

    ―¡Que alguien me dé ya, de una puta vez, el puto bisturí que he pedido hace dos putos minutos! ―gritó Alberto con desesperación en su voz.

    ―¡Sujetadla, ya! ―vociferó otra persona con gran tensión.

    Al instante, Araceli sintió cómo su cuerpo era aprisionado contra el suelo. En el pavoroso estado en el que se encontraba su cuerpo, aquella maniobra logró multiplicar exponencialmente el dolor que invadía todo su ser, tanto que empezaba a sentir que se le escapaba la vida. El leve alivio que sintió cuando notó que su alma y su consciencia deseaban abandonarla hizo que se alegrara de lo que parecía su inminente fin. Tenía la esperanza de que así, al menos, su agonía desaparecería.

    ―¡Voy allá, sujetadla fuerte! ―bramó de nuevo Alberto.

    Cuando Araceli creía que iba a perder el sentido, captó con su mirada el característico y familiar brillo metálico de una hoja de bisturí. Preguntarse qué iba a suceder ahora la reanimó lo suficiente para observar, con absoluta nitidez, cómo le abrían el vientre.

    Mientras unas manos enguantadas forzaba y abría el reciente corte, otra mano introducía los dedos en su interior tratando de asir algo.

    Araceli se sorprendió por la poca sangre que salía, síntoma poco tranquilizador que indicaba la escasa cantidad de líquido vital que permanecía en su cuerpo, muy deteriorado.

    Todo pensamiento se esfumó de su mente cuando el indescriptible suplicio de una clase de dolor que jamás había experimentado la invadió. Su mente funcionaba de manera entrecortada, lo justo para suponer que tal padecimiento debía ser el de aquellos que son destripados en vida. Y justo pensó que la estaban destripando cuando una masa blanda, carnosa y sanguinolenta de varios kilos de peso que se resistía con furia pasó delante de sus ojos. Aquella pesadilla de carne se debatía con vehemencia arqueando su cuerpo a un lado y al otro, raudo, vertiginoso, sin parar.

    Entre tres personas lograron inmovilizar a la criatura envolviéndola con un par de toallas. Araceli no pudo evitar un pensamiento macabro: parecía estar dando a luz mediante cesárea al hijo del diablo en el mismísimo infierno.

    Cuando Araceli sentía que iba a perder el sentido, observó un detalle tan llamativo para ella que la mantuvo consciente un poco más. Se fijó en la boca del parásito: con varias hileras de minúsculos dientes, aún masticaba pedacitos minúsculos de ella, sangrantes, frescos. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la morfología de la boca.

    ―Mmmm… Mmmm… —Araceli trataba de decir algo, pero aún mordía el objeto que habían metido en su boca poco antes. Alberto se percató, extrajo aquello que impedía que hablara y ella dijo—: ¿Pompilidae…? ―inquirió al universo con una vocecita tremendamente lastimera y temblorosa, casi imperceptible.

    ―Sí, Araceli, eso es. Pompilidae, probablemente género Pepsis, hemos visto un par de adultos hace un rato por esta zona ―explicó Alberto―. Excepto por su descomunal tamaño, no difiere mucho de la clásica avispa caza tarántulas, aunque estas… Estas seguro que no cazan tarántulas, a no ser que también las haya de esta talla.

    «Las impresionantes e intimidantes avispas Pompilidae, claro… ―recordó Araceli en un fugaz instante de lucidez, sumida en un intenso dolor proveniente de sus entrañas―. De hasta cinco centímetros, atrapan tarántulas, las paralizan con su aguijón y las entierran vivas después de haber depositado sobre ellas uno de sus huevos. Después, la larva devora viva a su víctima tratando de evitar los órganos vitales, y después…», miró de nuevo su maltrecho cuerpo e hizo una mueca de desesperación.

    ―Quizá cacen capibaras, no sabría decir, no lo sabemos aún… ―continuó diciendo Alberto―. ¡Maldita sea, es el insecto más grande conocido por la ciencia! Nos queda tanto por aprender… Ten por seguro que esta nueva especie llevará tu nombre… ―Hizo una pausa y gritó―: ¡Encontradle una vía ya! ¿Viene ya ese puto hilo de sutura o qué? ¡Se nos está yendo! ¡Araceli se nos está yendo!

    «Una nueva especie, un insecto gigante, con mi nombre… Al fin tendré lo que me merezco, al fin…», pensó, esbozando su última sonrisa.

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