Relato 103 - EL PROFANADOR

 

 

Salió de la taberna en el preciso instante en el que el cortejo pasaba por delante de la misma. La lluvia caía persistentemente sobre el pequeño mar de paraguas que formaban el grupo de los acompañantes, un grupo que avanzaban lentamente tras el coche de caballos que portaba el ataúd en dirección al viejo cementerio de la localidad.

El mudo testigo ajustó su gorra y hundió las manos en los bolsillos. Siguió observando al cortejo hasta que este desapareció por el fondo de la calle. Sabía perfectamente de quien se trataba. Era una de las mujeres más ricas de la población. La viuda de un antiguo terrateniente que había dominado durante años la economía de gran parte de la localidad.

La muerte la había llegado tras una larga enfermedad. De hecho, nadie podía precisar cuando ésta había comenzado. Ya en los tiempos en los que su marido regentaba la empresa no era frecuente su presencia en ningún acontecimiento social. En un principio sus ausencias dieron motivo de muchos comentarios, incluso algunos de ellos maliciosos, pero con el tiempo, aquella misma gente que la había profesado una cierta amistad acabó por olvidarla.

Sin embargo, la noticia de la muerte de la vieja dama pareció reabrir el contacto entre la añeja y caduca burguesía local y nadie con un cierto estatus social quiso perderse el acontecimiento que volvía a reunirlos, aunque este fuera algo tan sórdido como un sepelio de alguien que había dejado de significar algo hacía mucho tiempo.

La solemne misa de difuntos celebrada en la iglesia de Nuestra Señora fue oficiada por los dos sacerdotes de la localidad y uno venido expresamente desde la capital y todo el ritual litúrgico fue seguido tan rigurosamente como ordenaba la predominante posición social de la fallecida y es que la muerte no nos hace tan iguales como le gente pretende creer.

La oscura idea de profanar el sepulcro había ido fraguándose en su cabeza desde el mismo momento que se enteró de la muerte de la “señora”. Lo haría de noche, cuando el ataúd se encontrara en la cripta familiar. Ciertamente, se dijo a si mismo más de mil veces, quizá para justificar su empresa, que al sitio a donde iba ella no necesitaría sus joyas. Además, sería una tarea limpia. No había que desenterrar a nada ni a nadie. Simplemente había que forzar la puerta de un viejo panteón y abrir el ataúd. El resto del trabajo sería sencillo y el riesgo mínimo.

La parte más complicada de todo el proceso era sin duda el de dar salida a las joyas de la vieja. Sin embargo, sabía perfectamente que siempre era posible encontrar a alguien dispuesto a comprar cualquier tipo de cosa haciendo muy pocas preguntas. Al fin y al cabo, este tipo de “negocios” era una realidad cotidiana entre la gente con la que se movía.

Apuró las últimas copas en la taberna esperando que llegara la hora de “realizar” su trabajo. El alcohol infundió el ánimo que podía haberle faltado en caso que hubiera analizado la acción que pretendía cometer. Calculó mentalmente como se desarrollarían los tiempos y cuales debía de ser movimientos en cada momento. Repasó minuciosamente el plan una y mil veces. Finalmente abandonó el local y se dirigió al cercano bosquecillo que se encontraba inmediatamente en la parte trasera del cementerio. Sabía que tenía que esperar el tiempo prudencial para no dar ninguna posibilidad a encontrarse con alguien que pasara circunstancialmente por allí. Bebió nerviosamente de la botella que guardaba en su chaqueta hasta apurar el amargo licor. Cerró firmemente el puño al recoger el saco que contenía los instrumentos que le ayudarían a forzar la puerta del panteón y que previamente había escondido entre los árboles. Levantó su mirada al cielo. La lluvia y la superstición por el lugar alejarían cualquier visita inesperada. Se dirigió hacia la parte en la cual el muro del camposanto se había derrumbado parcialmente hacía unos años y por el que era más sencillo penetrar en el recinto. El simple pensamiento del botín que le esperaba disipó todas sus dudas y temores.

Contó nerviosamente las monedas que el viejo usurero le había pagado por las joyas de la vieja. Aunque no se acercaban ni remotamente al valor real de las alhajas no le importó demasiado. Había sido todo mucho más sencillo de lo que había planeado durante largas horas. Ni siquiera tuvo que forzar la puerta de la cripta. Fue girar la manilla del viejo portón y éste crujió sin oponer ningún otro tipo de resistencia.

Sin embargo, el dinero que le pagaron por las joyas de la vieja señora cubrió sus necesidades durante un tiempo bastante menor del que él había imaginado. Pronto se vio acuciado por las deudas y la idea de conseguir dinero fácil en el viejo cementerio volvió a acariciar su mente. Al fin y al cabo, pensó detenidamente, no era ningún ladrón. Simplemente se dedicaba a llevarse las alhajas que otros habían libremente abandonado y que ya no eran de ninguna utilidad para los cadáveres que las portaban. Con todo, no sabía de ninguna muerte reciente y la sola idea de buscar alguna pertenencia en un cuerpo que se encontrara en descomposición alejaba de él completamente la idea.

Así fueron pasando los días hasta que, cuando todo parecía ya perdido, se produjo la noticia que durante tanto tiempo había estado anhelando. La hija menor de uno de los comerciantes más ricos de la población había fallecido a causa de la tuberculosis.

Sintió todo un escalofrió que recorrió su espina dorsal cuando escuchó solapadamente la noticia en la taberna. Desde ese mismo instante comenzó a fraguar en su cabeza un nuevo plan que le permitiera el hacerse con las pertenencias de la fallecida.

Ciertamente, sabía con seguridad que los familiares de la difunta no eran tan ricos como lo había sido la vieja señora, pero no le importó demasiado. Apretaría más las clavijas al usurero con el fin de conseguir un mejor precio. Estaba totalmente convencido que lo que encontraría le serviría para subsistir un tiempo hasta que surgieran nuevas posibilidades.

Después de su primer trabajo había reflexionado sobre la idea de establecerse en una ciudad más grande, donde, por lógica, hubiera más fallecimientos y, por consiguiente, más posibilidades de encontrar riquezas en las tumbas. Pero sabía perfectamente que en esos lugares los cementerios contaban con vigilancia nocturna, por lo que rápidamente desechó la idea.

Como hiciera anteriormente, se apostó en la puerta de la taberna para ver pasar el cortejo fúnebre camino del cementerio. Al igual que pasara con anterioridad, la lluvia acompañó a los asistentes que desfilaban tras la carroza.

Permaneció en silencio mirando la comitiva hasta que esta desapareció calle arriba. Levantó los ojos hacia el cielo. No tenía pinta que dejara de llover. Eso le facilitaría en cierta manera el trabajo. El comerciante carecía de panteón, por lo que su hija seria enterrada en tierra bajo una lápida de mármol. El trabajo más duro sería el de mover la losa. El agua caída le facilitaría la labor a la hora de remover la tierra y ocultaría tras colocar de nuevo el mármol en su lugar que el terreno había sido profanado. Debía de ser cauto y no levantar sospechas. Indiscutiblemente en esta ocasión el trabajo sería mucho más largo y complicado. Hubiera preferido, sin duda, que fuera otro panteón en donde hubieran enterrado a la joven. Pero, la necesidad le apremiaba y sus acreedores resultaban ser cada vez más insistentes.

Esperó a que fuera noche cerrada para penetrar en el camposanto. Al igual que la vez pasada evitó la puerta principal. No tardó en encontrar la preciada tumba de la desafortunada joven, las flores frescas sobre el mármol mortuorio descubrían lo que allí había sucedido no muchas horas antes.

Apartó las coronas que cubrían la lápida con todo cuidado. Una vez que hubiera acabado debería volver a colocarlas en su sitio tratando de borrar la más mínima huella de lo que allí había sucedido. Miró de nuevo hacia el cielo. La lluvia parecía arreciar a medida que pasaban las horas. Debía de ponerse a trabajar de inmediato. Calculó que tardaría unas cuatro horas en concluir lo que le había llevado hasta la necrópolis.

Para su fortuna, el mármol del sepulcro todavía no se había asentado en la tierra, por lo que no le fue demasiado complicado apartarlo valiéndose de una palanca.

La lluvia continuaba intensificándose y aunque el viento comenzaba a soplar sobre las tumbas del camposanto, el profanador no dudó un instante en despojarse de su chaqueta y abrir completamente su camisa para trabajar lo más cómodamente posible. No tardó mucho tiempo en sacar la primera palada de tierra húmeda y detrás de esa la siguieron muchas más.

Se encontraba a mitad de su oscura labor cuando le pareció escuchar algo que procedía de la parte más profunda y lejana del cementerio. Interrumpió su trabajo y trató de agudizar su oído. Por un momento pareció volver a escuchar aquel sonido. Era como una especie de gemido que se extendía por algunos segundos, aunque no podía precisar su naturaleza o del lugar exacto del que procedía. Una extraña y nueva sensación de intranquilidad parecía querer atenazarle. Movió violentamente la cabeza de lado a lado como si tratara de deshacerse de aquel pensamiento y trató de comprobar si el sonido volvía a repetirse. Nada. El natural silencio del lugar solo se veía roto por el monótono choque de las gotas de lluvia contra los viejos sepulcros. Era su imaginación, se dijo mientras trataba de conservar la calma. Y aferrándose con toda fuerza a esta idea continuó su macabra tarea.

Finalmente, y tras largos esfuerzos, su pala chocó contra algo. El profanador no pudo por más que esbozar una sonrisa. Era el ataúd de la joven. Por fin y después de varias horas había llegado a su sombrío objetivo. Secó con el antebrazo el sudor pegajoso y frio que mezclado con la lluvia resbalaba por su frente y lanzó, no sin esfuerzo, el pico y la pala para sacar las herramientas de la fosa. Inmediatamente después, escaló hasta la superficie para buscar en su saco el hierro que le ayudaría a violentar el cierre del sarcófago.

Tras unos minutos de forcejeo que a él le parecieron eternos, la tapa del ataúd acabó por ceder. Tan solo una tapa de madera separaba al profanador del cadáver. Finalmente y con un considerable esfuerzo logró abrir la caja. Solo entonces se atrevió a encender la lámpara de aceite que había traído.

Dentro del sarcófago pudo contemplar el cadáver de una joven, casi podría pensarse en una niña que no debía de tener en ningún caso más de 17 años. Aunque había sido hábilmente maquillada para que pudiera ser contemplada en el velatorio por los suyos, los estragos de la enfermedad habían dejado una fiera marca en sus rasgos. Sin embargo, y pese a las inequívocas huellas de la tuberculosis, una apacible quietud parecía invadir su cuerpo y su rostro emanaba una profunda serenidad.

El cuerpo de la muchacha tenía las manos dulcemente entrelazadas sobre su vientre. En sus rígidos dedos destacaban bajo la temblorosa luz del candil tres anillos que desde un principio él catalogó como de gran valor. También llamó de inmediato su atención un colgante que descansaba sobre el inerte pecho del cadáver, colgante que arrancó de un fuerte tirón.

Los anillos fueron más difíciles de extraer, el rigor mortis que conservaba el cuerpo había hinchado los dedos de la muchacha y su grosor impedía sacarlos con facilidad. Mientras pensaba apresuradamente una solución para el problema que se le había planteado se maldijo a sí mismo por no haber recordado traer algún tipo de herramienta con la que poder haber amputar los dedos de la joven y poder sacar así las joyas más fácilmente. Finalmente tomo la determinación de partirlos, con los que el trabajo de sacar las alhajas se simplificó considerablemente.

Acercó la lámpara de aceite hasta su mano, en su palma se encontraban las joyas recién robadas que lanzaron cientos de destellos en cuanto entraron en contacto con la luz. Hubiera sido un crimen, se dijo a sí mismo, que algo tan hermoso quedara eternamente oculto dentro de un ataúd. De inmediato determinó que en esta ocasión no se dejaría embaucar por el usurero. Lo que allí tenía saltaba a la vista que era de gran valor. No actuaría como la pasada vez, que permitió que se quedara con todas las alhajas de la vieja a cambio de unas pocas monedas.

Fue entonces cuando le pareció volver a escuchar aquel gemido. Procedía de fuera de la fosa y en esta ocasión lo había podido escuchar con toda nitidez. No cabía la menor duda, se trataba de un gemido, aunque seguía sin poder determinar quien lo emitía. Metió las joyas en su bolsillo y tras cerrar la tapa del ataúd trató de comenzar a subir al exterior.

En el preciso instante de comenzar a subir notó que algo o alguien habían atrapado su camisa. El sentimiento primero de incredulidad y después de pánico hizo que en su loco forcejeo por liberarse la lámpara de aceite cayera de sus manos rompiéndose al chocar con la tapa del ataúd.

De inmediato se produjo un pequeño incendio dentro de la fosa. El fuego comenzó a extenderse rápidamente convirtiendo el lugar en un auténtico infierno. Fue solamente entonces cuando se dio cuenta que nadie había estado agarrando su camisa y que esta había quedado atrapada al cerrar apresuradamente la tapa del ataúd.

No tardó más de un segundo en liberarse de la camisa que le atrapaba y comenzar a trepar frenéticamente por la pared de la fosa. A cada centímetro que avanzaba el fuego parecía querer abalanzarse sobre él.

Alcanzó desesperadamente el borde de la tumba en el mismo momento que la misma se había convertido en un auténtico infierno a causa del fuego. Saltó desesperadamente hacia adelante con la intención de escapar de las últimas llamas que parecían perseguirlo.

De repente la noche pareció volverse mucho más oscura. Tumbado sobre su espalda el profanador se encontró mirando hacia el oscuro cielo. Sintió la lluvia caer sobre su rostro al mismo tiempo que percibió la calidez de su propia sangre borboteando al salir de su pecho.

Comprendió, al tiempo que se cernían sobre él las tinieblas, que se le escapaba la vida y que nada ni nadie podría ser capaz de ayudarle. Y es que al tratar de huir apresuradamente de una muerte segura, de una muerte que el mismo había creado en el interior de la fosa. En su loca escapada había caído sobre el pico, el mismo pico que había utilizado para abrirse paso hasta el ataúd de la joven. El mismo pico que ahora se encontraba clavado en su corazón.

El murmullo del viento volvió a dejarse oír en todo el camposanto rompiendo la monótona oscuridad de la noche. Una noche que ahora se presumía claramente como eterna, una noche de muerte y de olvido. Las ráfagas que se deslizaron sutilmente por entre tumbas y los olvidados panteones parecieron convertirse en el lejano lamento de los muertos. Un lamento que parecía recorrer toda la estancia para volverse a perder de manera inmediata en lo más profundo del camposanto.

Un gemido que parecía querer recordar de una manera tan firme como amenazante hacía cualquiera que pretendiera adentrarse por entre aquellos muros, que los muertos no están solos.

 

 

 

 

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