Relato 101 - Aquello

AQUELLO

 

                                                                                  

 

 

         Cuando Samuel despertó no escuchó ni el canto de las aves ni el ruido de los vehículos pasando por la calle principal. Se levantó de la cama y abrió la ventana de su pieza. Vio en las casas contiguas a algunos vecinos dando vueltas por sus patios traseros. Parecían consternados. Nerviosos. Al bajar las escaleras para llegar al comedor, vio a su madre y a su hermana sentadas a la mesa. La madre lloraba mientras que su hermana observaba hacia la mesa con la mirada perdida. Se acercó hacia ellas.

         -¿Sucedió algo?- su pregunta apenas hizo que las mujeres torcieran un poco la vista hacia él. 

         

         No recibió respuesta. Entonces Samuel se dirigió hacia la ventana del comedor para ver si todo estaba bien allá afuera. Sin embargo, una mano le aferró del brazo y lo detuvo.

         -Ni se te ocurra dar un paso más- era su madre quien se había levantado de sopetón del asiento con el solo propósito de impedir que avanzase.

         -Solo quiero mirar…

         -No, por favor- la hermana se llevó las manos al rostro. Ahora parecía despertar de su letargo- ¡No lo hagas!

 

         La madre invitó a su hijo a sentarse a la mesa al igual que ellas. Así lo hizo. Por unos minutos no quiso hacer preguntas. Intentó él mismo entender qué estaba sucediendo. Observó con detención a las mujeres. Hacía tiempo no las veía tan tristes. La última vez había sido cuando entre todos estaban viendo una película. 

         -Si me explicaran lo que está pasando- preguntó él.

 

         La madre sonrió con una mirada dulce. Tanto, que hizo que Samuel sintiera un sobresalto en su cuerpo. La hermana le tomó de una mano.

         -Si lo hiciéramos, tampoco entenderías.

         -Hijo- la madre se enjugó las lágrimas- Nosotras tampoco entendemos qué es.

 

         Samuel se detuvo en aquel qué es, dicho por su madre. ¿Se trataba de algo que estaba ahí afuera, esperando por ellos? ¿Algo que les impedía moverse con libertad? ¿Entonces era un algo o un alguien?

         -¡Debo verlo!- exclamó él.

         -¡No!- dijeron a un mismo tiempo las dos mujeres.

         -No lo soportarías- dijo la hermana.

         -Es horrible- agregó la madre, quien de nuevo volvía a llorar.

 

         Samuel se sintió tan mal por ver a las dos mujeres así de apenadas, que poco a poco se apoderó de él una tristeza tan profunda que le pesaba en todo el cuerpo. Quiso ponerse de pie y correr hasta la ventana y entender de una vez por todas lo que había ahí afuera, pero la morriña pudo más y se quedó tumbado en el asiento.

         -¿Te has preguntado alguna vez lo que somos?

 

         La pregunta de su madre le hizo sentir un escozor en la espalda. De pronto, le pareció que desde la calle venía el ruido de algo que jamás había escuchado en su vida.

         -¿A qué te refieres con eso, mamá?

         -¿Somos materia, somos espíritu? ¿Qué somos?

 

         Samuel estaba horrorizado. Jamás había escuchado hablar así a su madre. Recordó su última conversación con ella. Fue cuando los tres estaban haciendo el almuerzo del día anterior. La madre le explicaba a Samuel que las papas en una cazuela debían cocinarse aparte y no junto a las presas de pollo. Él le rebatió que eso le quitaba el sabor especial que tenía una cazuela. Pero ahora su madre estaba ahí, con lágrimas en los ojos, hablándole sobre algo que él no comprendía.

         -Quizás siempre hemos estado tan equivocados- dijo la hermana ahora observando el techo.

 

         Samuel dirigió su mirada hacia arriba para descubrir qué tanto observaba su hermana. Solo halló que la pintura se estaba descascarando. Pensó que quizás aquello creaba alguna figura en especial. Pero nada.

         -No entiendo qué está pasando- dijo él, apesadumbrado.

         -Ojalá lo entendiéramos nosotras- dijo la madre.

         -Yo creo que hay cosas que es mejor no saber- la hermana ahora sonreía. Pero era una sonrisa triste como si hubiese recordado algo demasiado íntimo. Un recuerdo de aquellos que jamás volverán a repetirse.

         -Depende qué cosas- dijo Samuel en un tono burlón, cansado ya de tanta palabrería sin sentido.

         -¿Por qué estamos tan seguros que nos conocemos? ¿Tienes una respuesta a eso?- preguntó la hermana.

 

         La madre, de pronto, dio una risotada.

         -¡Jamás había visto algo tan horrible!- exclamó- Es como ver lo más feo que habita en ti, en un espejo.

 

          Samuel frunció el ceño.

         -¿De qué hablas, mamá?

         -Yo no sé bien quién es ella- siguió hablando la hermana más para sí misma que para el resto- Y menos sé quién es este hombre. Y lo peor es que ni siquiera sé bien qué cosa soy yo.

         -Lo de afuera… Es algo tan raro. Me hace sentir como cuando era niña y caminaba por el campo… Cuando me perdía en el bosque- la voz de la madre sonaba quebrada.

 

         Él sintió un dolor. Pero no era algo físico. Lo sentía dentro suyo, en algún lugar de la mente. Empezó a recapitular desde el momento en que tuvo uso de razón hasta ese entonces. Y pensó en el árbol de la calle. La primera vez que se mudaron a la casa le llamó la atención aquel árbol. Parecía estar ahí desde siempre, vigilando la construcción. Su tronco custodiado por una fila de hormigas que se movía por él, estaba descascarado y ello le hizo pensar en lo antiguo que podía ser aquel árbol. Porque las casas recién habían sido levantadas. ¿Pero ese árbol desde hace cuánto había estado ahí? Recordó una vez, cuando era pequeño: jugaba en la calle a la pelota con los otros niños, vecinos del barrio. Pateó la pelota de forma tan fuerte que rebotó en el árbol sacudiendo sus hojas. Varias fueron a caer al suelo. Entonces sintió algo raro. Sintió que en cualquier momento aparecería alguien desde alguna parte, quizás desde la copa o desde las raíces, y le increparía por haber golpeado el tronco. Por primera vez en su vida tuvo una sensación extraña. Era una especie de temor. Sintió vergüenza de sí mismo. No estaba aterrado de un payaso, de una araña o de un monstruo. Era un árbol. 

         En otoño sus hojas tapaban la entrada de la casa, por lo que como familia salían juntos a barrer. Era un momento que recordaba con mucho cariño pues todos parecían muy felices. Su padre aún vivía con ellos y disfrutaban de su mutua compañía. El árbol desnudo, parecía no causarle ningún tipo de incomodidad. Sin embargo, ahora, en el tiempo presente, al recordar aquellos momentos otoñales, sí sentía algo amargo: el sentimiento de tristeza de saber que aquellos buenos momentos no iban a volver. Que aquellos instantes incluso fueron demasiado ilusorios. Estaba él ahí, junto a unas personas que decían ser su familia pero que en realidad no las conocía. ¿Y para qué? ¿Qué significaba conocer a alguien? Pensó en aquello y le pareció horrible.

         -Aquellas veces, en otoño… Nos juntábamos a recoger las hojas del árbol- al mencionar a este último, las mujeres se observaron horrorizadas- Era todo muy genial. Pero ahora que lo pienso, es el único recuerdo que tengo de nosotros riendo. ¿Por qué?

 

         La hermana sonrió. Miró a la madre con complicidad.

         -Hermano, te voy a confesar algo. Yo recuerdo más las fiestas con mis amigas que las conversaciones contigo.

 

         De pronto, se escuchó algo provenir de afuera. Un sonido hueco, metálico. Resonó dentro de la casa. 

         -Yo los veía a ustedes tan entusiasmados en el computador, en el celular, que me parecía una molestia tener que hablarles- dijo la madre.

         -Yo ni siquiera recuerdo cuándo murió papá- luego de decir esto la hermana, desató una risa nerviosa.

 

         Samuel tenía la intención de moverse del asiento pero un cansancio se apoderó de su cuerpo. Se juró en algún instante observar lo que sucedía allá afuera.

         -¿Es el árbol, cierto?

 

         Ninguna de las mujeres contestó.

         -Ese árbol nos vio llegar. Nos vio compartir momentos. Él sabe más de nosotros, que nosotros mismos. ¿Estoy en lo correcto?

         -¿Cómo saber eso?- preguntó la madre.

         -¿Acaso quieres ir a preguntarle?- dijo la hermana.

 

         La madre observó a su hija con molestia. Samuel intentó levantarse del asiento.

         -Tienes razón, voy a preguntarle.

         -¡No!- exclamó la madre con desconsuelo.

         Samuel abrió la boca. Jamás la había visto tan aterrada.

         -Hijo, no sé si alguna vez te hablé de mis días en el campo. Me gustaba tanto perderme en el bosque. Era como si eso me diera cierto poder. Sentía que tenía una conexión con la naturaleza, algo único que solo me pertenecía a mí. Ni siquiera a mi familia que vivía en aquel sitio. Eran los árboles y yo. O los árboles y todo lo extraño que ahí había y yo.

         -¿Todo lo extraño?- Samuel se mostró inquieto.

         -Siempre me sentí observada. Había algo ahí que siempre me estuvo mirando. A lo mejor es lo mismo que está ahora, ahí afuera.

         -¿Dices que ese algo te ha seguido desde tu infancia hasta este momento? 

         

         La madre sonrió con ternura.

         -No, hijo. Yo creo que ese algo nos ha seguido a todos. A cada uno de nosotros. Pero nunca nos habíamos detenido a darle el tiempo para que se manifestase.

 

         Entonces Samuel recordó otra escena de cuando era niño. Su padre estaba cortando las ramas del árbol y él lo observaba desde abajo.

         -¡Cuidado, Samuel! Te puede caer una rama.

 

         El hombre, al ver que su hijo no le hacía caso, bajó por la escalera y se acercó hasta él. 

         -Si te cae una rama sobre la cabeza, podrías hacerte daño.

         -¿Podría morir?

         -No hables de eso. Pero es peligroso. Mejor entra.

         -¿Estás preocupado de que me pase algo?

         -Obvio.

         -¿Me quieres entonces?

 

         El hombre colocó un rostro desencajado. Quiso decir algo pero las palabras no le salieron de inmediato.

         -¿Por qué dices eso?

         -No sé. Solo preguntaba.

         -Tú mamá te ha dicho alguna tontería, ¿no?

         -No sé, no hablo mucho con ella.

 

         De pronto, se escuchó un ruido venir desde la copa del árbol. Una de sus ramas cayó a un costado. El padre de Samuel se tiró hacia un lado y dejó a su hijo solo. Este le observó confundido.

          -Hijo, oye… Mejor vete adentro.

 

          Samuel desoyéndolo, se acercó a la rama caída. Había un nido con unos huevos oscuros, alargados y deformes.

          -¿Qué es eso?

          

          El hombre se acercó al nido. Se llevó las manos a la boca.

          -Eso… Eso es asqueroso.

 

         El hombre se puso a llorar.

         Samuel dejó sus recuerdos a un lado y volvió a su realidad. Se levantó con dificultad del asiento.

         -¡No, por favor!- exclamó la madre.

         -Si lo haces no lo soportarás- le dijo su hermana.

         -Debo verlo- dijo él.

 

         La madre se tiró al piso y lo agarró de una pierna.

         -De nada sirve ver eso, deja las cosas como son. Sigamos viviendo esta vida. La que siempre hemos llevado. ¿Por qué tener que ir un paso más allá?

         -Hermano, ¡no sabes el daño que te harás!

         -¿Y por qué tendría que hacerles caso?- preguntó con un tono exasperado- Ni siquiera sabemos quiénes somos. ¿Una familia? ¿Eso? A lo mejor ese árbol es lo que más nos une.

         -¡No digas eso!- gritó la hermana.

         -¡No dejes que esa cosa te nuble el juicio!- exclamó la madre- ¡Si nos quisimos o no, si nos entendimos o no, si hubo conexión entre nosotros, da lo mismo! Lo que importa es que aún estamos aquí, sentados a la mesa.

         -¡Suéltame!

 

         Se volvió a escuchar un ruido horrendo provenir de la calle. Un viento azotó las ramas del árbol. Samuel pudo escuchar cómo estas iniciaron un ir y venir furioso. Avanzó paso a paso. Sus piernas le pesaban. Algo dentro suyo temblaba y no era su esqueleto. Las mujeres se abrazaron. Gritaron y lloraron. Cuando Samuel llegó hasta la ventana, dio un grito. Se hincó de rodillas y empezó a llorar.

         -¿Qué es esa cosa?- se preguntó temblando.

 

         Se agarró la cabeza. No quería seguir viendo aquello. De pronto escuchó algo que avanzaba desde el árbol hasta la puerta de la casa. No quiso ver. Las mujeres aumentaron sus gritos. Samuel se tapó los ojos con los brazos. Se escucharon unos golpes en la puerta. Luego de unos segundos, algo había entrado. Algo tocó el hombro de Samuel. Entonces, de pronto, comprendió que no había recuerdos, que no había familia, que no había nada que le hiciera sentir seguro en su vida.

 

 

 

 

 

 

***

 

         

         

 

         

 

 

        

 

 

 

          

 

 

 

         

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