Relato 72 - Bajo la montaña dorada

 

“Hay motivos para abrigar la esperanza de que mi experiencia haya sido, al menos en parte, una alucinación, desde luego justificada por las circunstancias. No obstante, la impresión de realidad fue tan terrible, que a veces pienso que es vana esa esperanza”

 

H. P. Lovecraft – En la noche de los tiempos

 

 

 

 

 

I

 

Lo único que me mantiene en este estado de precaria cordura es pensar que todo lo que me ha ocurrido en los últimos meses no sea más que una macabra pesadilla. Albergo en mi interior la baldía esperanza de despertar una mañana y comprobar que todos estos sucesos no han sido más que fantasías o inventos de una mente enferma, sin embargo la terrible impronta de la más dura realidad me golpea cada día con su evidencia. Las razones por las cuales he sufrido este deterioro tanto físico como mental son tan demenciales que no culparé en absoluto a todos aquellos que no crean una palabra de lo que me dispongo a relatar pero en mi interior se que todo es escrupulosamente cierto. No quiero quitarme de encima la responsabilidad que tengo en todo ello, en parte por sed de conocimientos en parte por la más mezquina avaricia, pero los remordimientos me acompañaran durante lo poco que me queda de existencia atormentándome cada día y creo que esto por si solo sería ya una justa penitencia. Mi objetivo es dedicar las pocas fuerzas que me queden en dejar constancia escrita de todos los horrendos hechos que he vivido y, aunque sé que la mayoría lo tomará solo como desvaríos de un demente enfermo, confío en que alguien sepa apreciar la verdad que se expone a continuación y sepa ver la amenaza implícita en ellos.

Sería justo situar el comienzo de este sinsentido en el momento en que Pierce, mi buen amigo Robert Pierce, me hizo partícipe de la historia correspondiente a su último viaje a la Amazonía. Mi relación con Pierce comenzó en los días de Universidad hará unos diez años y, mientras él ha sido uno de los antropólogos más reconocidos del país, en mi caso los estudios eran solo una forma de pasar mi tiempo, además de invertir la fortuna que disponía mi familia en algo de demostrable utilidad. Al terminar los estudios, con notable brillantez, Robert se especializó en civilizaciones precolombinas: aztecas, incas, mayas y de una manera especial en los pueblos indígenas que aún hoy habitan incomunicados de la civilización en el interior de la selva amazónica. No obstante los intereses de Pierce con respecto a estos pueblos iba más allá de lo puramente antropológico, su búsqueda en estas latitudes estaba promovida más bien por ciertos tesoros que, según sus averiguaciones y estudios, quedaron olvidados en el interior de la selva en tiempos de los conquistadores españoles. Diciéndolo de una forma más directa era uno de tantos buscadores de El Dorado. En lo que a mí respecta no eran más que fantasías y ensoñaciones más la gran cantidad de evidencias que me proporcionó aquella tarde de hace seis meses logró interesarme sobremanera. También influyó en este repentino interés mi estado habitual de aburrimiento y hastío cotidiano, la historia que me relató el bueno de Robert respaldada por gran cantidad de información hizo que mi lado aventurero despertase y quisiese ser protagonista. Para no dar una idea equívoca sobre Pierce he de dejar constancia que, aunque obsesionado con la idea de oro y riquezas, no se movía un metro sin tener una amplia base de conocimiento y datos fehacientes sobre aquello que se dispusiese a buscar; no pertenecía a esa clase de arqueólogos que atraviesan medio mundo a causa de un rumor difundido en una taberna.

La historia que compartió conmigo aquella tarde del 21 de marzo del corriente 18.. versaba sobre su último viaje, uno de tantos, a Sudamérica. Me explicó sin mucho detalle como consiguió hacerse con ciertos mapas y otros pergaminos referentes a un lugar que se hallaría en lo más escondido de la selva amazónica. Ante mis preguntas sobre la manera en que consiguió tales escritos Robert respondió con evasivas, claramente molesto con mis inquisiciones, por este motivo deje de lado tal cuestión. Los mapas mostraban una pirámide irregular perdida en la espesura de la selva amazónica así como la ruta a seguir para llegar hasta ella. Manuscritas sobre la pirámide se leían las palabras ‘MONTANHA DOURADA’. Pierce apuntó, oportuno, que esta construcción podría ser el germen de la leyenda de ‘El Dorado’. Estaban perfectamente detallados y cartografiados con múltiples anotaciones en portugués, idioma que Robert dominaba a la perfección. No obstante el resto de documentos eran mucho más desconcertantes. Se trataba de dos pergaminos, avejentados, repletos de gran cantidad de signos y símbolos desconocidos para mí. Al preguntarle a mi amigo sobre ellos me respondió que nada había podido averiguar sobre tal escritura, sus pesquisas y consultas a especialistas en lenguas perdidas no tuvieron resultado alguno. En un primer vistazo tales signos pudieran tener alguna similitud con los jeroglíficos egipcios pero al hacer un examen más minucioso incluso un profano como yo se daba perfecta cuenta que nada tenía que ver con dicha escritura. La exposición que hizo Pierce sobre la fiabilidad de los mapas y su certeza sobre donde llevaban, no le cabía ninguna duda que tal pirámide existía y guardaba algo de mucho valor, me convencieron para formar parte de la futura expedición y costearla. Cabe resaltar que, aunque Pierce valoraba mucho mi compañía en sus expediciones, lo que más necesitaba de mí era la financiación de las mismas. Por mi parte, además de unos días de aventura que me liberasen de mi tedio aburguesado ante el que me enfrentaba de forma cotidiana, quizás consiguiese algo más de capital que engrosara mi ya saludable economía.

 

 

 

 

 

II

 

 

Partimos apenas una semana después en el Clipper ‘Eagle’, enorme velero que nos llevaría hasta costas caribeñas. Robert, con previsión, tenía reservados dos pasajes en primera clase. Los días que transcurrieron durante nuestro viaje los pasamos elucubrando acerca de que encontraríamos al final de nuestro viaje. Los mapas no eran nada concretos a este respecto, señalaban únicamente un amplio claro en medio de la espesa vegetación y en ese claro la enigmática ‘Montanha Dourada’. La procedencia de mapas y pergaminos suscitaba mi curiosidad en grado sumo y gracias a mi insistencia, y a la inestimable ayuda del buen vino que Pierce degustó aquella noche durante la cena de forma más que generosa, conseguí que mi buen amigo soltase un tanto su recatada lengua. Me explicó como durante su anterior viaje a Sudamérica recibió un mensajede un reputado arqueólogo portugués con el que Robert había compartido varias expediciones al interior de la Amazonía. El nombre de dicho arqueólogo era  Tiago Rui-Vento y el mensaje que envió a Pierce le citaba en el pequeño hospital de Vila da I....., la pequeña localidad en la que ambos se encontraban en tales fechas. Le explicaba el portugués, además, que se encontraba en el hospital por contraer unas fiebres en su última incursión a la selva y quería compartir con Pierce algo valioso. Al realizar esta visita a  Tiago Rui-Vento –continuó exponiendo Pierce- este le entregó los mapas, que el mismo confeccionara, y los pergaminos que obraban en su poder desde hacía años. Sobre el significado de la extraña escritura que mostraban los pergaminos el portugués se hallaba tan desconcertado como ahora nosotros. Lo que sí certificaba era la existencia de oro en el interior de la montaña a la que conducía su mapa. Al preguntarle a Robert si daba crédito a esta afirmación se dibujo una sonrisa triunfal en su rostro, buscó en el interior de una bolsa de cuero que, por cierto, llevaba consigo a cualquier parte del barco que fuese y me mostró un pedrusco del tamaño de un puño en el que, entre otros minerales, había una respetable cantidad oro.

- Me aseguró que en el interior de la montaña hay paredes enteras de esto – dijo Pierce.

- Si en verdad existe todo ese oro, ¿cuál es el motivo que le lleva a entregártelo y no se lo queda para sí mismo? – pregunté.

- A causa de las fiebres que te he descrito no se encuentra en condiciones de ocuparse de este asunto y prefiere delegar en mí antes que algún otro se nos adelante. – Hizo una pausa antes de continuar. – Como es lógico una buena parte de lo que hallemos le pertenece, aparte de de los reconocimientos pertinentes en el caso de que encontremos hallazgos arqueológicos de interés. Además, ten en cuenta que somos buenos colegas y hombres de palabra.

- Resulta obvio – dije a modo de aprobación.

Como he apuntado antes Pierce y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, por este motivo me di cuenta que parte de la historia no ocurrió tal y como él me la hizo llegar. Me di por satisfecho con lo que me relató, opté por no preguntarme el porque no me dijo nada antes acerca de la piedra ni del portugués.

 

 

 

III

 

Una semana después de desembarcar llegábamos a Vila do I...., un pequeño pueblo en los límites de la selva amazónica. Vila do I.... no tenía mas que una cincuentena de casas construidas a base de adobe, arcilla y paja. Contaba con una iglesia y un pequeño hospital. Al llegar recordé que era en el hospital de este pueblecito donde se encontraba Rui-Vento. Pregunté sobre tal cuestión a Pierce quien me respondió que el arqueólogo portugués murió a causa de las fiebres contraídas poco después de entregarle los mapas. Indignado reproché a Robert que no me hubiese informado de ello con anterioridad pero él se puso a la defensiva no queriéndome dar explicaciones sobre el fin del portugués. Preferí no preguntar más, en ocasiones Pierce tenía estos arrebatos de irritable secretismo que le hacían insoportable.

Nos hospedamos en una acogedora posada donde, tras cenar un delicioso guiso, Pierce me adelantó como sería nuestra expedición a la Montaña Dorada. Constaría de  cinco jornadas selva a través hasta llegar a nuestro objetivo, contaríamos con la ayuda de dos guías expertos en esta parte del Amazonas. Como yo suponía Robert no había dejado nada al azar y cuando fue a Boston a pedirme que me uniera a su busca sabía de antemano cual sería mi respuesta. Era perfecto conocedor de mi curiosidad y avaricia. Me informó asimismo que partiríamos al amanecer. Aún me quedaba alguna pregunta por formular pero sabía que resultarían infructuosas. Nos retiramos a descansar.

A la mañana siguiente conocí a Rubén y Felipe –nuestros guías- quienes ya tenían preparado todo lo que nos podía hacer falta en nuestro viaje. Felipe hablaba inglés de forma fluida sin embargo Rubén apenas conocía un puñado de palabras de uso frecuente. Me extrañó un tanto este hecho, parecióme un contratiempo importante contar con un guía que no hablase nuestra lengua. El asunto me quedó explicado esa misma tarde en el interior de la selva. Partimos tras dar cuenta de un buen desayuno Apenas medio kilómetro después de abandonar Vila do I.... la jungla nos engulló por completo. Rubén era el que portaba el plano al que dedicaba estudiosas miradas; en ocasiones le hacía observaciones en portugués a Felipe sobre las características del camino que íbamos a afrontar y este nos lo traducía al inglés. Aunque Pierce tenía un buen dominio del portugués, entre otros idiomas, las traducciones que hizo Felipe resultaron más exactas. Caminamos durante todo el día con gran esfuerzo por entre el denso follaje, Pierce me explicó que Rubén escogía siempre la ruta más sencilla pero aun así resultó agotador. Al anochecer acampamos en el interior de una cueva conocida a la perfección por nuestros guías y pasamos allí la noche. Los dos días siguientes fueron casi un calco de este primero, un monótono y fatigoso caminar entre la vegetación.

Fue al mediodía de la cuarta jornada cuando llegamos a un poblado de chozas situado en la orilla del río. Robert me había advertido de ello por lo que no me tomó de improviso, me explicó que en este poblado recabaríamos más información acerca de la Montaña Dorada. Al acercarnos nos salieron al paso varios indígenas con lanzas, vestidos solo con un taparrabos. Pierce ordeno que nos detuviéramos y, haciendo un gesto amistoso, se acerco a los indios. Les habló pausadamente en una lengua extraña para mí –luego supe que se trataba de la lengua arawak-. Uno de los indígenas más ancianos fue su interlocutor, conversaron durante unos minutos tras los cuales Pierce nos hizo un gesto indicando que todo iba bien.

- Nos han invitado a comer – me dijo Pierce.

- ¿Qué...? – respondí.

-  No podemos rechazar su invitación, si lo hiciéramos se lo tomarían como un gesto hostil – explicó Pierce mientras me cogía del brazo y me instaba a caminar. Tuvo que notar cierta inquietud en mi rostro por lo que añadió. – Tranquilo, he estado más veces con ellos, no son peligrosos.

Seguimos a la comitiva de bienvenida encabezada por el anciano. Nos condujeron al interior de la aldea hasta llegar a un gran perol de barro en cuyo interior bullía un guiso de color marrón oscuro que impregnaba el aire con un fuerte olor cárnico. Varios niños desnudos correteaban entre nosotros, curiosos ante la novedad, pero fueron dispersados con rapidez por los adultos. Ante la indicación del viejo indígena -ya no me quedaba duda que era el jefe de la tribu- nos sentamos en el suelo y al momento nos ofrecieron a cada uno de nosotros cuatro una generosa ración de guiso en un cuenco de madera. Los indígenas hicieron lo propio, sentándose con nosotros en rededor de la gran cazuela. En silencio degustamos el guiso. Aunque el olor que despedía el estofado era fuerte se trataba de una carne muy fina y sabrosa guarnecida con verduras. En voz baja le pregunté a Pierce de que se trataba, a modo de respuesta se encogió de hombros. Al terminar la comida Pierce y el viejo jefe indígena tuvieron una larga conversación después de la cual una joven nos ofreció –solo a Pierce y a mí- unos cuenquitos que contenían un liquido oscuro, el resto de comensales se levanto y dispersó por la aldea –excepción hecha del jefe que se mantuvo sentado a nuestro lado-.

- ¿Qué es? – pregunté susurrando a Robert.

- Un licor propio de esta gente. Aguántalo en el estomago para que funcione, merece la pena.

- ¿Para que funcione?

Pierce no me contestó. El jefe indígena canturreó unas extrañas palabras, al terminar nos hizo un gesto para que bebiésemos nuestros cuencos. Robert y los guías se lo bebieron de un trago, tras un segundo de duda yo hice lo mismo. El bebedizo entró en mi cuerpo abrasándome la garganta para llegar al estomago y dar vueltas allí con gran violencia. Me lagrimearon los ojos y con dificultad evité que las arcadas surtiesen efecto. Estuve así unos minutos, cuando logre dominar estos efectos solo me quedó un sabor áspero en el paladar. Una extraña paz me invadió. Cerré los ojos, abandonándome a tan grato estado. Me hundía más y más en esa placentera oscuridad. Dejé de escuchar sonido alguno y llegué a un punto en que no sentía mi propio cuerpo. Cuando abrí los ojos no pude dar crédito a lo que vi. Me encontraba flotando unos diez metros por encima del suelo. Puede ver mi cuerpo allá abajo sentado, quieto y con los ojos cerrados. A mi lado se encontraba Pierce, también quieto y sentado. No entendí lo que ocurría, no obstante este estado incorpóreo era muy agradable. Podía flotar, moverme de un sitio a otro y, cuando logre dominar este estado, incluso pude ir a lugares remotos con solo pensarlo ¡Qué maravillosa sensación de libertad y ligereza! No se cuanto tiempo disfruté de esta experiencia, ni tampoco a que se debía. Es posible que fuese solo una alucinación producida por el extraño brebaje, lo cierto es que en un momento dado llegó a mí un pensamiento alarmante, ¿cómo regresaría a mi cuerpo? Y, si no conseguía regresar, ¿vagaría como un espíritu errante? Un miedo atroz se apoderó de mí e intente con prisa y torpeza entrar en mi cuerpo dirigiéndome hacia él, pero no era posible. Sentí ansiedad y note como perdía la visión. Todo a mí alrededor se nublaba, cada vez más...

Abrí con lentitud los ojos y, aliviado, me encontré de nuevo sentado en la aldea. Respiré hondo aún maravillado por la experiencia vivida. De pie, Pierce me miraba con atención. Al ver mis ojos abiertos dijo sonriendo:

-¿Ya estas de vuelta?

Según recuperaba la sensibilidad de mi cuerpo observé que tanto Felipe como Rubén y el viejo indígena estaban en pie mirándome. Permanecí sentado un minuto intentando asimilar la experiencia vivida a la vez de recuperarme de ella. Cuando me sentí capaz me incorporé y le dije con torpeza a Pierce:

- No te vas a creer...

- Sí, mi buen amigo, seguro que me lo creo – interrumpió Pierce sonriendo, al tiempo que me daba una palmada en el hombro.

Al mirarle a los ojos descubrí que él había tenido una experiencia similar a la mía y muy posiblemente no fuera la primera.

- ¿Ten encuentras bien? – me preguntó.

- Sí – le respondí.

- Bien, hemos de continuar entonces. En un par de horas anochecerá.

Recogimos nuestras cosas, tras una breve despedida del jefe indígena, abandonamos la aldea. Como bien dijo Pierce nos quedarían dos horas de luz. Mientras atravesábamos la selva relaté, emocionado, mi experiencia ultra-corpórea a Robert.

- Lo que has sufrido es un estado alterado, a causa de la pócima que bebiste tu mente abandonó tu cuerpo – me explicó Pierce.

- Entonces, ¿lo que he sentido fue real?

- Sí.

Todavía intentando digerir la explicación pregunte:

-  En mi caso he podido desplazarme a lugares lejanos con solo desearlo ¿Tu también lo has hecho?

- Sí – respondió Pierce.

- ¿Donde fuiste? – pregunté con animosa curiosidad.

Una enigmática sonrisa se dibujó en su rostro, sin apartar la mirada del frente respondió:

- A la Montaña Dorada.

 

 

 

IV

 

La mañana del quinto día de viaje nos dedicó una fina lluvia que nos acompaño durante un par de horas. La inminente llegada a nuestro destino añadido a la, para mi, mágica experiencia del día anterior provocó que mis pensamientos girasen en torno a ambas cosas. Tal fue mi grado de ensimismamiento que no sería hasta el mediodía cuando mi mente decidió abandonar tal estado de concentración. El efecto de la lluvia había dejado en el ambiente un agradable olor a tierra mojada, sin embargo me percaté de otro detalle que me produjo inquietud y temor. Un extraño silencio nos rodeaba, no se escuchaban ninguno de los sonidos habituales de esta espesura. La algarabía propia de los animales autóctonos de estas latitudes había desaparecido y en su lugar no quedaba más que silencio. Un silencio opresivo, malsano. Lo único audible eran nuestras pisadas en la tierra húmeda y una leve brisa silbando entre los árboles. La vegetación en esta zona era un tanto distinta al resto: extrañas plantas asilvestradas se enredaban unas con otras en formas pesadillescas y los árboles, por su parte, habían perdido su estado saludable; parecían enfermos. Absorto como me encontraba en mis pensamientos no tuve conciencia de cuando se produjo el cambio de entorno.

- ¡Hemos llegado! – gritó Pierce, sacándome de mis meditaciones.

Unos metros más adelante el terreno se escarpaba un tanto, en la cima de dicha elevación Felipe se abría paso a golpe de machete por entre la densa vegetación. A su lado, Pierce observaba con satisfacción lo que se encontraba al otro lado de la loma. Rubén y yo corrimos hacia ellos para descubrir que al otro lado de la elevación se hallaba el enorme claro que indicaba el mapa de Rui-Vento, en su centro se levantaba la Montaña Dorada. Al instante supimos a qué debía tal nombre. La luz del sol hacía brillar el polvillo de oro diseminado por sus laderas, dando la sensación de emitir luz propia. De no haber estado rodeada por la tupida jungla su fulgor se vería a kilómetros.  La montaña era en realidad una enorme, tosca, irregular y deslucida mastaba. Por su fisonomía quedaba claro que no era un accidente geográfico natural sino que fue construida por las manos del hombre. Podría medir unos cuarenta metros de alto y ochenta de lado, su forma era vagamente piramidal aunque no puede compararse de ningún modo a las bellas y armónicas construcciones aztecas, incas o mayas. Era una edificación construida con poco esmero: salientes aquí y allá con distinto tipo de materiales –grandes rocas, adobe, o piedras más pequeñas apiladas-. Pudiera parecer que tal amalgama de materiales hacía que la montaña fuera endeble sin embargo era todo lo contrario; transmitía sensación de seguridad y fuerza. Todo el poco cuidado que los constructores pusieron en la faceta estética lo de dedicaron a la practicidad de la construcción.

Descendimos la corta ladera hasta el comienzo del amplio claro. Pierce sugirió detenernos para comer algo antes de internarnos en la montaña. Estuvimos todos de acuerdo. Tras dar cuenta de una opípara comida y descansar un par de horas atravesamos el claro en busca de la entrada al interior de la pirámide. Encontramos dicha entrada oculta con eficacia tras una capa de musgo, gracias a las claras anotaciones de Rui-Vento dimos con ella sin mayores dificultades. Retiramos la capa de musgo, nos dejó al descubierto la entrada de un túnel que se perdía de forma ascendente en el interior de la montaña. Encendimos nuestras antorchas y candiles y comenzamos a internarnos en el oscuro pasadizo. El calor y la humedad se tornaban insoportables a medida que nos internábamos. Según las notas del portugués el túnel que penetraba en el montículo solo tenía un camino posible. Esto, en esencia, era correcto; sin embargo en varias ocasiones tuvimos que volver sobre nuestros pasos al encontrarnos que el pasillo terminaba de forma abrupta y descubrir que habíamos pasado por alto una rendija en la pared –por la cual solo se podía pasar caminando de lado- o bien una pequeña abertura a ras de suelo de no más de cuarenta centímetros de alto que únicamente pudimos atravesar gateando. Las notas de Rui-Vento no hacían referencia a la variedad de tamaños que sufría el túnel a lo largo del recorrido: desde amplias galerías de varios metros de anchura y altura a pasillos angosto en los que teníamos que pasar de uno en uno y en ocasiones, como he referido, meras grietas en la pared o agujeros a ras de suelo. Tampoco describían dichas notas los continuos cambios de desnivel pues en la mayoría de las ocasiones los túneles presentaban fatigosas cuestas que hacían más lenta y penosa la marcha. Se hace difícil calcular la distancia efectiva que recorrimos hasta llegar al corazón del monte, quizás un par de kilómetros en los que invertimos unas dos horas.

Llegamos, al fin, a una enorme sala que estimamos de uno veinte metros cuadrados y no menos de diez metros de altura. El espectáculo que se nos reveló fue maravilloso. Miles de pepitas de oro recubrían la abovedada cámara y al reflejar la luz de las antorchas tenían la apariencia de estrellas brillando en la noche. Me senté en el suelo para disfrutar de tan soberbio prodigio, en ese momento pensé que aquello era lo más hermoso que jamás había visto. Una punzada de culpa se abrió paso entre la alegría que me extasiaba. Para ser sincero he de decir que durante parte del viaje pensé que Rui-Vento mentía o exageraba sobre lo que contenía la pirámide pero viendo el grandioso espectáculo que teníamos delante no solo no era así sino que incluso se quedaba corto ante la magnitud de la riqueza hallada ¡El portugués no mentía! Me sentí decepcionado conmigo mismo. No duró mucho tal sentimiento puesto que la voz de Felipe me sacó de mis pensamientos:

-¡Sr. Pierce! – Felipe estaba junto a una grieta en la pared opuesta al túnel por el cual entramos, miraba ensimismado al interior donde se apreciaba una agradable fosforescencia.- ¡Sr. Pierce! – Repitió Felipe.

Nos acercamos a la abertura, tenía la altura de una hombre y medio metro de ancho, conducía a un pasillo que describiendo una leve curva desaparecía unos metros más adelante. Las paredes y techo de este corredor eran lisos, en contraste con las terrosas paredes del resto de túneles, de un material que al tacto parecía algún tipo de metal. La fosforescencia emanaba de las propias paredes e iluminaba de forma precisa el pasillo. Pierce y yo nos miramos confundidos ante tal hallazgo, momentáneamente el interés por el oro desapareció y toda nuestra atención se centró en el peculiar pasillo. Azuzado por la curiosidad y la euforia dije:

- Vamos.

Sin sentirme por completo seguro de lo que hacía comencé a internarme en tan extraño corredor, el resto del grupo me siguió.

 

 

 

V

 

 

El pasillo proseguía durante gran trecho siempre manteniendo la ligera curva a la derecha. La temperatura en este conducto era varios grados inferior al resto de túneles, hecho que agradecimos tras sufrir el agobiante calor de la roca. Según avanzamos por el pasillo metálico vimos en las paredes grabados idénticos a los símbolos que aparecían en los pergaminos de Rui-Vento, como resulta obvio no supimos cual era su significado. La blanca luz que emitían las paredes propició que apagásemos las antorchas para economizar recursos. Únicamente mantuvimos encendido el candil que, en ese momento yo portaba. Este detalle, como se verá más adelante, resultaría vital.

El pasillo terminaba en lo que parecía una puerta hecha del mismo metálico material que las paredes, no tenía ni picaporte ni cerradura visibles. Nos detuvimos a unos metros de ella, nadie dijo nada ni se movió, solo mirábamos la extraña puerta. Supongo que, al ser el instigador de la inspección del pasillo, me sentí en la obligación de ser yo quien se acercase a la puerta y la inspeccionara con más detalle. Avancé unos pasos con este propósito. Nadie pudo imaginar lo que sucedió entonces. Sin ni siquiera tocarla, con un intenso zumbido, la puerta se abrió. Más no se abrió con el movimiento pendular de una puerta convencional, sería más correcto decir que se deslizó hacia la derecha desapareciendo en el interior de la pared. La inesperada apertura de la puerta nos dejó sobresaltados y confusos unos segundos. La dubitativa voz de Felipe nos sacó de este estado:

- ¿Qué... qué es eso?

El hueco de la puerta dejaba ver del otro lado una estancia circular de paredes metálicas, idénticas a las del pasillo. La sala emitía la misma suave fosforescencia blanquecina. Sentí un poderoso deseo de dar media vuelta y salir de allí sin embargo una fuerza aún mayor me hizo sobrepasar la puerta. Los demás hicieron lo mismo. Caminamos por dicha sala cada cual por un extremo, vagando sin rumbo aparente, observando hechizados las desnudas paredes de la vacía estancia. Es difícil describir el estado en que nos hallábamos. Tenía la sensación de estar tomando mis propias decisiones pero ahora comprendo que algo superior nos controlaba, al menos a mí, convirtiéndonos en vacuos paseantes. Pasamos así unos minutos, como si buscáramos algo, hasta que la fosforescente luz cambió del pálido blanco a un rojo intenso dando a la sala la apariencia del mismísimo infierno. Una enorme puerta, en la que no había reparado hasta ese momento, se abrió y algo salido de la más profunda negrura de los tiempos salió por ella.

El ser que irrumpió en la sala desafiaba toda regla de zoología y entendimiento humano. Tenía el tamaño de tres hombres, era bípedo y lo que deberían ser las piernas se asemejaban a las patas traseras de los saltamontes. Poseía dos brazos musculosos, enormes, rematados en garras de tamaño exagerado, con tres dedos. Carente de cuello la cabeza emergía de su torso atravesada por una gran boca en posición vertical que semiabierta dejaba ver decenas de afilados dientes al tiempo que vertía baba viscosa, verduzca. Plegados a su espalda, descansaban dos élitros que protegían sendas alas propias de los insectos... Pero lo más repulsivo de este ente de pesadilla eran sus ojos, amarillos, uno a cada lado de la boca, de aspecto casi humano destilaban una nefanda malignidad. Aquella monstruosidad emitió un graznido agudo y estridente que retumbo en la sala.  

Los siguientes momentos, o al menos así lo recuerdo, sucedieron en la secuencia de un sueño; irreales y a una velocidad antinaturalmente lenta. ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo describir lo que ocurrió entonces? Con un movimiento preciso la criatura agarró con ambas zarpas a Pierce levantándolo en el aire para, acto seguido y con un desagradable crujido, partirlo en dos como si fuese un junco seco. Las vísceras de mi amigo cayeron al suelo produciendo un sonido similar al de un chapoteo, sonido que se impregnó en mi alma y me acompañará hasta el fin de mis días. Aquel espanto comenzó a devorar el cuerpo de Robert con inhumana voracidad, masticando con estrépito. Por entre sus fauces resbalaba baba verde mezclada con sangre. En segundos dio buena cuenta de Pierce y sus malignos ojos buscaron otra victima. Giró su cabeza hacia Rubén. Al igual que a mi, el terror mantenía paralizado a Felipe que se encontraba situado entre el ser y yo. Sin embargo Rubén quedo atrapado tras el monstruo quedándole como única salida la puerta por la que apareció la criatura. Sin quedarle otra opción corrió hacia el interior de dicha puerta, dando espeluznantes gritos que se apagaban a medida que se alejaba. Jamás supe cual fue su suerte. El ser fijó entonces su atención en nosotros dos; dando una poderosa zancada llegó hasta Felipe cogiéndolo como hiciera antes con el finado Pierce. Fue en ese instante cuando recuperé el controlo de mis sentidos y el profundo terror que sentía me liberó dándome la oportunidad de huir. Todo parecía recuperar su cadencia correcta y la sensación de irrealidad se disipó un tanto. Me giré y corrí hacia el pasillo que nos condujo a tan nefasta sala. Mientras huía por el corredor aún pude escuchar a mi espalda el ruido de un crujido y un chapoteo.

 

 

 

 

VI

 

Atravesé la cámara del oro y entré al túnel por el que vinimos. A duras penas conseguí dominar las nauseas, la palpitación de mis sienes se acrecentaba hasta el punto de ser insoportable. Noté un calor húmedo en la entrepierna, el inmenso terror causado por la espantosa criatura hizo que me orinase encima aunque no recuerdo el instante exacto en que esto sucedió. Recorrí los túneles por los que accedimos en sentido contrario buscando la salida y según avanzaba se adueño de mí una rara sensación: me sentía un espectador de todo aquello, ajeno, encerrado en un cuerpo que no era el mío. Un cuerpo que huía. Mientras corría por los arcillosos túneles escuché risotadas ¿Eran mías? Sí. Yo era quién me reía. Continué carcajeándome cada vez con más fuerza, sin poder dominarme, al tiempo que escapaba de esa montaña maldita ¿Era esto acaso la antesala a la locura? Tropecé cayendo de bruces, por suerte el candil no se rompió. Allí, tirado en el suelo, mi cuerpo tomo la terapéutica decisión de desmayarse.

 

...Sumido en esa inconsciencia tuve visiones. Oníricas imágenes donde cientos de indígenas trabajaban frenéticos en la construcción de la vetusta pirámide en cuyo interior me encontraba. Pude ver como una vez construida los indígenas esparcieron polvillo de oro sobre ella, para que se pudiera divisar desde lejos sin duda, y se marcharon lejos, al interior de la selva...

 

Recuperé el conocimiento más calmado y con mayor control sobre mis acciones. Era plenamente consciente de los hechos ocurridos pero ahora mi mente parecía regir con cierta normalidad. Me sentía algo más tranquilo al pensar que aquella criatura no podría atravesar alguno de los angostos pasillos que había dejado atrás, sintiendo una relativa seguridad me puse en pie. Recogí el candil y continué el camino hacia la salida. En varias ocasiones reconocí lugares por lo que pasamos unas horas antes lo que me hizo recuperar parte de la confianza perdida al encontrar referentes conocidos a los que aferrarme. Creo que fue la necesidad de salir de allí lo que provocó que me olvidase momentáneamente de los horrores vividos en el interior de la montaña y propició que no perdiese el raciocinio. Si el camino para entrar a la montaña resultó  penoso para salir fue insufrible. Mi ánimo recobró gran parte de su templanza cuando vi al fondo del pasillo la salida.

Al salir al exterior comprobé que ya era noche cerrada, una esplendida luna llena iluminaba con frialdad el amplio claro donde se encontraba la montaña de la cual acababa de salir. De nuevo aquel malsano silencio me golpeó con fuerza. Intenté caminar con rapidez para adentrarme en la selva pero no llevaría más de cincuenta metros andados cuando escuché un estridente graznido que me heló la sangre. Giré la cabeza y contemplé una imagen digna del averno. La blanca luz de la luna, fantasmagórica, se extendía como un manto sobre la ladera del monte. En la cima, como si fuese una enorme gárgola, estaba el inmundo ser que acabó con Pierce. Con los brazos abiertos movía su repugnante boca emitiendo atroces graznidos. No podía moverme, el terror más absoluto me paralizó condenándome a contemplar tal escena. El ser dejó de graznar, oteó alrededor e –impulsado por sus fuertes patas traseras- dio un salto enorme. Mientras ascendía abrió sus transparentes alas realizando un efectivo planeo para caer y perderse a lo lejos entre la espesura. No daba crédito a la distancia que alcanzó aquella aberración con su salto ¿Quinientos metros? ¿Un kilómetro? Mientras pensaba esto escuché ruido de piedras rodando por la ladera del monte. Miré hacia la cima buscando la causa, otro espanto igual al anterior emergía por alguna salida que, sin duda, existía en esa zona de la montaña. La segunda criatura realizó el mismo ritual grotesco que la anterior: graznó durante unos instantes con los brazos abiertos para saltar después y perderse en la maleza. Y luego vino una tercera criatura... Y una cuarta... Grité. Grité como jamás lo había hecho sin importarme si las criaturas me oían y comencé a correr hasta internarme en la espesura. La maleza me produjo gran cantidad de cortes y laceraciones acrecentando el grado de demencia en el que me sumía de forma irreversible. Este es el último recuerdo claro que guardo de la selva amazónica, el resto no son más que fragmentos inconexos... Recuerdo que caí varias veces, levantarme y seguir corriendo. Recuerdo como el plomizo silencio dio paso a la usual algarabía de sonidos producidos por la jungla. Recuerdo el amanecer y una última caída de la que no me puse en pie; exhausto abandoné toda esperanza, cerré los ojos...

 

...Intenté abrir los ojos. Una luz intensa, ruido de pasos en la distancia, la luz me ciega, cerré los ojos...

...Escuché dos voces cerca de mí, hablaban en voz baja, un hombre y una mujer. No comprendía que decían pero el idioma me resultó familiar, portugués. Entreabrí los ojos, la luz era más suave que la vez anterior y pude ver a las dos personas que hablaban, eran médicos. De nuevo, cerré los ojos...

...Noté como la habitación se movía con un agradable vaivén. Deduje que me encontraba en un barco, incluso era capaz de oír el oleaje golpeando contra el casco. En esta ocasión sentí que encontraba tumbado, invadido por una placentera sensación. Sin ni siquiera abrir los ojos me abandoné al sueño y dormí placidamente...

 

 

 

 

VII

 

Desperté de nuevo ya en mi residencia de Boston, tendido en mi cama. Me encontraba turbado y ausente por lo que deduje que estaba bajo los efectos de una fuerte medicación. A mi lado, sentada en una butaca, se encontraba una joven enfermera. Al ver que yo quería incorporarme se levantó, con suavidad puso la palma de su mano en mi frente y me obligó a recostarme.

-No se levante, Sr. Phillips – dijo la joven con dulzura. Me ofreció una pequeña pastilla que tragué con dificultad. Acto seguido salió por la puerta.

Quién entró al poco fue mi abogado y amigo Forbes. Forbes se encargaba de administrar y aumentar mi fortuna, asignándose un suculento salario. Mi relación con él iba más allá de lo meramente laboral, con el paso del tiempo se había forjado entre nosotros una intensa y sincera amistad. Fue él quien me puso al corriente de como regrese de nuevo a Boston: dos botánicos holandeses me encontraron vagabundeando delirante en la jungla. Gracias a su conocimiento de las plantas consiguieron sedarme y atajar la fiebre. Me llevaron al hospital más cercano donde, sus acertados cuidados, lograron salvarme la vida. Inconsciente pero estable pasé en ese hospital dos semanas. Las autoridades médicas pudieron contactar con la embajada americana –por suerte tenía toda mi documentación intacta- quienes a su vez informaron a Forbes de mi estado. Forbes, con diligencia, se encargó del traslado a mi residencia de Boston asegurándose, asimismo, de que recibiese la mejor atención médica durante el viaje. Mi estado cuando llegué a Boston era deplorable, el extraño mal que me devoraba se encontraba muy avanzado y los médicos, aunque ignorasen de qué se trataba, dudaron que me recuperase.

Escuché todo lo que me dijo mi buen amigo y abogado, al oírlo me sentí con el ánimo suficiente para hacerle participe de los hechos acaecidos en lo recóndito de la selva amazónica y así intentar explicarle como había llegado a ese estado. Mi amigo atendió con la mayor atención hasta terminar yo de exponer mi relato. Una vez concluí, las palabras que me dirigió fueron conciliadoras y condescendientes pero me di perfecta cuenta que su impresión ante lo que había escuchado era de incredulidad y lástima. No le culpo en absoluto. Lo más sencillo era creer que todos aquellos desvaríos fuesen fruto de esta ignota enfermedad a pensar que pudiese existir un atisbo de verdad en ellos. Entré en un estado de desesperanza y desánimo, sin embargo otro tema me preocupaba más en ese momento. Pregunté a Forbes cual era ahora mi estado exacto de salud, un silencio incomodo fue su respuesta. Ante esta reacción le pedí que acercase el espejo de pie para poder verme. Forbes intentó disuadirme pero mi insistencia fue tal que no le dejé opción. La imagen que me devolvió el espejo fue devastadora: hundido en el almohadón mi aspecto era el de un anciano, casi calvo, desdentado, cansado en extremo. Mi capacidad de sobresalto quedó agotada en la selva amazónica, asumí la visión de mi cuerpo con una naturalidad pasmosa. Me encontraba débil, hice un gesto a Forbes para que abandonase el dormitorio, necesitaba descansar.

Cuando volví a despertar la joven enfermera que me atendió con anterioridad me ofreció un oloroso caldo. Lo tomé a duras penas. Al terminar la joven abandonó el dormitorio. Unos minutos después entró Forbes acompañado de tres doctores. Los médicos me expusieron la situación sin tapujos: no sabían cual podía ser el origen del mal que me consumía pero, aunque ignorasen este punto, me aseguraron que no me quedaba más de un mes de vida. No me importó, el peso del mal que había hecho me hizo asumir la noticia como justa. No me merecía otro destino, lo que sí rogué a los doctores fue que ese desenlace llegara con el menor sufrimientos posible. Los tres me lo prometieron así, pondrían a mi disposición todos los fármacos de que disponían para evitarme todo el dolor posible.

Gracias a esa medicación he podido vivir sin el dolor que, de otra manera, me produciría esta lenta muerte, aunque la extrema debilidad en que me encuentro me tenga postrado en mi lecho casi la totalidad del tiempo. Soy consciente de que la degradación de mi cuerpo afecta a mi mente torturada que mezcla realidad con recuerdos y visiones. Visiones de insectos gigantes que puedo ver por la ventana, saltando sobre los tejados de Boston a la luz de la luna. Visiones de ojos amarillos, malignos, casi humanos, que me vigilan desde los oscuros rincones de mi dormitorio.

Tampoco puedo ignorar las pesadillas, recurrentes, que desde mi regreso me atormentan cada noche. Sueños de un paisaje inhóspito, de altas montañas negruzcas, de un áspero cielo oscuro dominado por una colosal luna ocre. En ese mundo cientos de criaturas, idénticas a las que tuve el infortunio de encontrar bajo la Montaña Dorada, extienden sus recios brazos mientras algunas de ellas revolotean sobre el resto. Y todas graznan al unísono. Graznidos que forman una palabra: ‘Nyarlathotep’. Palabra desconocida para mí, que repiten una y otra vez.

No me encuentro capaz de interpretar dichos sueños pero dejaré constancia escrita de ellos por si alguien, más inteligente y lucido que yo, comprende su significado último. La agonía de esta lenta enfermedad no ha permitido más que incorporarme un par de horas al día de mi lecho, tiempo suficiente para escribir estas letras. Así como he agotado mis fuerzas en narrar estas vivencias invertiré gran parte de mi fortuna en divulgarlas –ya he dejado instrucciones precisas a Forbes sobre este punto-. Se que la mayor parte de lectores pensarán que no son más que dislates de un loco enfermo o fantasías sin más, ojala fuese así, pero lo cierto es que todo ocurrió tal y como se cuenta en estas líneas.

 

Henry Phillips

 

 

Boston, Massachussets, 13 de Diciembre de 18..

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