Relato 43-Fisterra

Los Guanajatabeyes, eran un pueblo pacífico. Vivían al raso, pescaban, cazaban, y habían sido nuestra familia durante los últimos noventa y ocho días. Caminaba lentamente por el poblado, hasta que llegué al lado de Lhemu, el jefe de los indígenas. Con un gesto del brazo me invitó a acompañarle y me senté junto a él. Me había costado enormemente aprender su idioma, ahora era capaz de hablarlo con cierta fluidez. Antes de despedirme quería hablar con él por última vez. Quería contarle mi historia, tal vez no hubiera oportunidad de que nadie más la escuchara.

I

Desde primera hora de la mañana se podía notar que era un día diferente. El Castro había sido invadido por el olor a pan recién hecho. Pero no pan de bellotas como el del resto del año, pan de habas recién recolectadas, enormes pucheros con sopa de guisantes. Y para la gran cena, ese magnífico cerdo que había sido alimentado todo el invierno para este día.

Mientras la mitad de la gente ya se encontraba en la pequeña playa a orillas de la ría de Lires, el resto caminaba impaciente colina abajo. Se celebraba el Beltaine. La fiesta de la primavera, que traería el fin de los días fríos, el despertar de los animales, con nueva caza y más pesca. Llegaba una nueva época de fertilidad y romance.  

Llevaba encima cuanta leña podía cargar. Había que hacer un enorme fuego por el que saltarían las jóvenes para asegurarse un año fértil. Desde primera hora de la mañana varios hombres mariscaban entre las rocas, otros tendían sus cañas de pescar, risas y música por todas partes.

El camino entre los helechos y abedules era sinuoso. No era demasiado peligroso, pero tan cargado de leña me costó enormemente mantener la verticalidad. Nada mas descender la empinada pendiente, la encontré entre el tumulto festivo. Allí estaba Alda, trenzaba sus cabellos negros como el carbón con ayuda de sus hermanas. De piel nívea y ojos verdes, recibía la primavera entre risas y bajo la mirada de todo aquel con el que se cruzaba. Era el ser más maravilloso que había visto nunca. No tenía ninguna duda de que sería declarada la reina del Beltaine.

— ¡Eoghan! Despierta y trae la leña— Elar, mi padre, me dirigió una fría mirada mientras tendía la mano esperando recibir la leña para apilarla. Habría que esperar bastante para que las mujeres pudieran saltar sobre ella, ya que la montaña de leña era descomunal.  

El sol había comenzado su descenso, la cerveza comenzaba a correr entre todos los hombres. Unos pocos eran soldados. Casi todos los demás se dedicaban a la pesca, la caza o la minería. Algunos, los más mayores y menos dotados físicamente, cuidaban del poco ganado con el que contábamos después del duro invierno, que tocaba a su fin. Las mujeres criaban de sus vástagos, mientras recolectaban y trabajaban la tierra. Esa era la rutina habitual, pero hoy no, hoy era un día especial.

Algunos de los jóvenes peleaban entre sí tratando de expulsar al rival de un círculo trazado sobre la tierra. Las chicas solteras miraban a los posibles candidatos a algún día ser sus maridos. Unos metros más lejos los hombres más fuertes competían golpeando con una maza una roca, luego contaban los trozos en los que se había partido de un sólo golpe.  

Los niños correteaban y bailoteaban al ritmo de las flautas, unos peleaban con espadas de madera, mientras que un grupito corría agarrando las faldas de una oronda mujer, que llevaba panecillos.  

El sol continuaba su inexorable camino, la pira ardía con unas llamas de más de 4 metros. Habían comenzado las primeras peleas de los borrachos, estas eran acompañadas de vítores y risotadas de los demás, que apostaban por el vencedor.

Harto de seguir con la mirada a Alda, hice acopio de valor para ir a hablar con ella. La verdad es que había disfrutado bastante, viendo como ella rechazaba uno tras otro a todos cuantos se le habían acercado. Alda reía mirando la pelea en la que su hermano. Alan, golpeaba al hijo del herrero, un gordinflón, que se reía con cada golpe que recibía.

— Buena pelea—Alda apenas levantó la vista.

—Sí. ¿Tú no peleas no?— Dijo mientras tanto ella como sus amigas se reían.

Sentí el enorme calor de la vergüenza incendiar mis mejillas, negué con la cabeza y antes de volver a abrir la boca seguí la dirección de su mirada. Permanecía fija en Cado, probablemente el hombre más fuerte del pueblo y uno de los pocos guerreros.

Sin tan siquiera despedirme me giré y me marché avergonzado y furioso, suponía que algún otro como yo esperaba su oportunidad y ahora se reía al verme rechazado. Estaba seguro de que en un combate Cado no sería capaz de alcanzarme, pero de la misma forma sería imposible que yo derribara una mole de tal tamaño. En mitad de mi camino pude ver a mi hermana Eilena, que con la mano sobre los ojos tratando de darse sombra miraba fijamente hacía el sol.

— ¿Qué haces?— Le pregunté arrodillándome junto a ella.

— ¿Que es eso?— Contestó mientras señalaba hacia el sol.

Traté de mirar hacia el sol, y con los ojos entrecerrados me pareció ver cuatro grandes sombras rectangulares, que se acercaban velozmente por el rio. Habían aparecido de la nada, y ahora cada vez más gente se daba cuenta de su presencia.

Un silbido, y tras este comenzaron los gritos. Cientos de flechas surcaban el aire y sin objetivos fijos caían por doquier. La gente comenzó a correr chocando entre sí, sin saber muy bien hacia donde dirigirse. Cogí fuertemente a Eilena del brazo, ella permanecía inmóvil presa del pánico, comencé a correr hacia le empinada ladera arrastrándola conmigo. No dejaba de pensar en cómo nadie había dado la alarma al ver acercarse esos malditos barcos. Al dirigir la mirada hacia la cima amurallada pude ver la respuesta. Cientos de reflejos sobre ella, destellos cegadores de relucientes armaduras al sol del ocaso. Los primeros que habían comenzado a subir la ladera, eran recibidos con el mismo trato que a orillas del rio. Giré bruscamente cambiando de dirección y me encaminé a la arboleda que bordeaba el rio. Al igual que nosotros, diferentes grupos corrían en esa dirección, al abrigo de los saúcos y los sauces. No pude evitar girarme y observar con horror, como una hilera de soldados que avanzaba impasible acababa con todo lo que encontraban a su paso. Todos vestidos con cotas de malla, y yelmos semicirculares de bronce. Llevaban una espada corta enfundada, en una mano un escudo y en la otra una fina lanza. Tras ellos, dos hileras de arqueros seguían lanzando flechas sin parar.  

La visión del hijo del herrero tratando de mantener dentro de sí sus intestinos, me hizo reaccionar. Apreté el brazo de mí hermana tanto, que la hice llorar. Al comenzar la carrera, pude escuchar mi nombre tras de mí insistentemente. Paré y mi madre se abalanzó sobre nosotros.

—Vete con Eilena, corre hacia el rio y subiros a uno de los barcos, protégela—La voz sonaba rota. Negando con la cabeza como leyendo mi pensamiento, se alejó un paso y me tendió la mano. —Yo sólo os retrasaría, esta es la espada de tu padre. Corre.

Tomé en silencio la espada, estaba ensangrentada, no me hizo falta preguntar que había sido de él. Abracé a mi madre con fuerza y mientras se humedecían mis mejillas, sentí una fuerte punzada en el pecho. El cuerpo de mi madre se me escurrió de entre las manos, de su pecho asomaba la punta de una flecha. Me llevé la mano al mío y noté el calor de la sangre que brotaba de una pequeña herida. Agarré a Eilena que permanecía de pie llorando, y corrí. Esta vez sin mirar atrás, dejando allí los atronadores gritos, ruidos metálicos de combate y ese olor de sangre y miedo. Corrí todo lo que pude.

En apenas unos minutos mi pueblo había sido masacrado. Entrar al bosque había sido como acudir a la noche oscura, prácticamente había anochecido y era difícil avanzar en la negra espesura.

No estaba seguro de la distancia que nos separaba de los barcos, pero sí sabía que la dirección en la que iba debía ser la correcta. Al igual que nosotros no menos de veinte personas seguían ese camino. Todos avanzábamos aterrorizados esperando ver en cualquier momento más legionarios, llegar con sus espadas a darnos muerte.

II

Noche de luna creciente. En silencio llegamos al borde del bosque, desde donde podíamos ver los barcos que serian nuestra salvación, y que esperaban pacientes en la orilla sur del Lires. Apenas si se podían distinguir las siluetas de los pequeños barcos de pesca. Una vez el primero se decidió a avanzar en dirección a los barcos, comenzó una carrera nerviosa por llegar a ellos y subir a bordo. Las barcas hechas con trenzados de mimbre sobre madera y recubiertas con piel de buey, disponían de una pequeña vela cuadrada y cuatro remos. No eran muy grandes pero si bastante rápidas y fácilmente gobernables, aparte de estables. La gente se agolpó en ellas sin dejar subir los unos a los otros. El rechoncho herrero que acababa de perder a su hijo destripado, me dio un empujón mientras me gritaba que subiera bordo a la niña. Eilena se atenazó sobre mí y ante la imposibilidad de soltarla subí al barco con ella. El barco comenzó a zarandearse peligrosamente y estuvo a punto de volcar. Cado empezó a empujarlo liberándolo de la orilla y subiendo en él. Luego se dedicó a apartar todo aquel que se acercaba a intentar subir, mientras nos alejábamos. De igual manera otros barcos había comenzado a moverse rio arriba. Los gritos en la orilla hicieron que dejáramos de remar. Llegaron nuevos gritos, esta vez desde otro barco que había quedado encallado en un saliente de rocas. Como si de estrellas fugaces se tratara, numerosas flechas en llamas fueron a parar a la zona rocosa. La vela comenzó a arder, y con ella dos de los tripulantes que se arrojaron al agua.  

 Dagan, el pescador dueño de nuestro barco, hizo que en silencio no alejáramos a la orilla norte y lentamente viró. Podíamos ver la patrulla correr rio arriba por la orilla, buscando los demás barcos. Permanecíamos allí, quietos, en silencio. Un zarandeo en el barco nos sobresaltó, una mano se aferró fuertemente a Eilena. Esta apenas pudo contener un grito, sofocado rápidamente por la enorme mano de Cado. La otra mano tiraba fuertemente de ella desde el agua, tratando de subir a la barcaza, pero lejos de conseguirlo iba a tirarla a ella. Entonces el sonido de un fuerte golpe metálico contra la madera detuvo el zarandeo, y un chorro de sangre salpicó la cara de la pequeña. Todos me miraron fijamente mientras guardaba la pesada espada de mi padre. Dagan comenzó a remar y con la oscuridad como única ayuda y lentamente nos alejamos todo lo que pudimos. Huíamos de los gritos del hombre manco que luchaba por no ahogarse, del barco en llamas, de la patrulla, de todo. Cuando nos hubimos alejado bastante comenzamos a aumentar la fuerza en la remada, intentando mantener la línea lo más recta posible. A lo lejos en la playa, cientos de soldados bailaban alrededor del enorme fuego. Estaban celebrando una gran fiesta, una fiesta de sangre en la playa, bebiendo cerveza, violando y matando mujeres, hombres y niños.

Al despuntar el alba, con los primeros rayos de sol, sentí como Eilena tiraba de mi camisola. Presa del cansancio me había quedado dormido. Ahora, al abrir los ojos, sentí aún más pánico que el que había sentido la noche anterior. El barco permanecía a la deriva, y ante él y en cualquier dirección, la inmensidad del océano atlántico.

En la oscuridad de la noche y debido al tumultuoso embarque, sólo había reparado en que Cado era uno de los tripulantes. Ahora podía mira quienes iban a bordo del pequeño barco de cuero.

Inmediatamente mis ojos repararon en Alda, incluso en estos momentos de dolor, con el pelo revuelto y la cara sucia resultaba hermosa. A su lado Irena, una de sus amigas. Estaba a bordo, Fagan el herrero, parecía increíble que un hombre de sus dimensiones hubiera sido capaz de subir al barco. En los remos además del propio Cado, se encontraban Bran, un joven soldado. Dagan, el dueño del barco y uno de los mejores pescadores del pueblo y Nazer el amigo inseparable de Cado, que miraba a todos con sus pequeños ojos y su cara de rata.

Devolví mi vista al mar hacía la proa del barco, entonces recibí una ligera patada en la espalda.  

—Colócate ahí— me dijo Nazer indicándome el remo que estaba junto a él y que en ese momento ocupaba Bran. El soldado estaba totalmente pálido, parecía mareado. Al incorporarse dejó ver una mancha de sangre en el banco, así como en su costado, se dirigió al lugar donde yo me encontraba y se acurrucó en el suelo.

— ¿Que vamos a hacer?—preguntó Irena. — ¿Donde estamos?

—Remar. Sólo podemos hacer eso, y desplegar la vela en los momentos que el viento lo permita. También podemos rezar. Para que no nos demos de frente con ningún barco de soldados— Dagan soltó el remo y abrió una bolsa que se encontraba en el suelo, y en la que había diferentes aparejos de pesca. Comenzó a hacer acopio de todo lo que había de útil en el barco. Bran el soldado herido permanecía tumbado. Nazer había comentado que tenía mala pinta, no sabía cuanto podría aguantar. Irena había conseguido parar la hemorragia, aunque tampoco le quedaba mucha sangre más. Alda permanecía junto a Eilena, cantándole canciones con un delicioso susurro.

—Tenemos dos cantimploras de bronce, y varios pellejos de cuero con agua. Aparejos de pesca, que todavía no sabemos si serán útiles—Cado dirigió una mirada a Dagan—Nada más.  

—Debemos volver—Fue lo primero que dijo Alda desde que el barco había abandonado la costa. Abrazó a Eilena y siguió acariciándola el cabello.

— ¿Volver? ¿Acaso viste que hicieran prisioneros? Prefiero morir aquí, que bajo su espada. —Le increpó Dagan.

— ¿Aquí? Al menos allí tendríamos una oportunidad. Aquí la muerte es segura— Alda rompió a llorar. Verla así me partió el corazón, mis siguientes palabras salieron de mi boca casi sin pensarlas.  

—Mi padre estuvo en Eire y Breizh, dice que hay canciones que hablan de Terranova, un nuevo mundo al final de este océano—Todos me miraron y permanecieron callados.

—Pongámonos en marcha, yo también he odio hablar de esa nueva tierra. He visto gente partir hacia ella, y si no ha vuelto nadie debe ser porque merece la pena—Dagan soltó una carcajada mientras recogía los aparejos de pesca.

—Pidamos a Nabia que tengamos un buen viaje—Irena dirigió la mirada hacia el cielo y cerró los ojos. Dagan volvió a ocupar su puesto al remo. Ni la más ligera brisa mecía la vela, así que los cuatro comenzamos a remar.

 

III

Los azules intensos habían mudado en turquesas. El agua parecía con cada día que pasaba más cálida. Al borde de la locura. Quemado por el sol y sin apenas agua, no recordaba los días que llevaba en alta mar. Si bien el tiempo nos había acompañado, estábamos llegando al límite de nuestras fuerzas. Prácticamente ya no remábamos nunca, ya no teníamos fuerzas para hacerlo. El barco era veloz con buen viento. Habíamos visto dos lunas llenas desde que decidiéramos emprender el viaje. Respondiendo a Eilena, le había dicho que debíamos llevar unos cuarenta días. Tal vez fuera verdad que no había nada más allá de Fisterra, sólo el mar. Este, acabaría repentinamente en una terrible cascada, que nos lanzaría al abismo del fin del mundo.  

Bran, el soldado herido, había muerto durante la primera semana del viaje. Dagan se las arregló para cortarle una buena porción de carne, antes de arrojarlo por la borda. Con esta mejora en el cebo la pesca aumentó, nos habíamos acostumbrado a comer pescado crudo día y noche. Cado mostraba constantemente su mal talante, esto había provocado que Alda cada vez quisiera pasar menos tiempo con él. Casi todo el tiempo lo pasaba con Eilena, y por consiguiente conmigo.  

Comenzaba a caer la tarde, el sol estaba justo acostándose sobre el mar, y allí apareció como dibujada, una pequeña línea verde en el horizonte. A pesar de los intentos de avanzar con los remos se echó encima la noche. Decidimos ser cautos y esperar al alba para ver el lugar al que nos acercábamos. El pequeño barco se llenó de optimismo por primera vez. Fantaseábamos con que sería lo que encontraríamos al tomar tierra. Una ligera brisa comenzó a soplar, sacudió levemente la vela y comenzó a propulsar el barco aunque lentamente. Una neblina cada vez más densa fue invadiéndolo todo, el viento aumentó su fuerza, pero esta vez no siempre soplaba a favor sino de forma racheada. Apenas si podíamos ver algo, el mar comenzó a agitarse, y el barco comenzó a girar sobre sí mismo. Todos los intentos de Dagan por gobernar la dirección fueron vanos. Abracé fuertemente a Eilena, comencé a sentir unas fuertes arcadas al igual que el resto. La presión en la cabeza se hacía insoportable, el barco giraba cada vez más deprisa, pensé que después de tanto sufrimiento era triste acabar ya tan cerca de la costa. Me llevé una mano al pecho, acaricié la herida en la que la sangre derramada de mi madre fluía ahora junto con la mía. Comencé a sentir un dolor insoportable, como si un gigante me abrazara resquebrajando todos mis huesos. Dos fuertes bandazos del barco me hicieron perder el sentido, lo último que noté, fue como la mano de Eilena se separaba de la mía, poco a poco, hasta que tan sólo la rozaba con las yemas de los dedos. Y se fue.

Despertar y desear la muerte. Esa fue la sensación cuando conseguí abrir los ojos, Eilena ya no estaba allí. Alda parecía ser la única que había recobrado el conocimiento. Me quedé fijo mirándola, lloraba nerviosa. Antes de que la pudiera decir nada, mientras que con una de sus delgadas manos tapaba su boca ahogando en parte su llanto, levantó la otra señalando a mi espalda. Me giré y allí estaba. Tierra.

A pesar del nudo en el estomago remaba fuertemente, no creía haber deseado nunca nada tanto como abandonar la embarcación. Entonces fue cuando los vimos acercarse a nosotros, se acercaban por ambos flancos, había muchas pequeñas canoas. Parecían esperarnos, al llegar a su altura ninguno salía de su asombro. Aparentemente humanos, el color de su piel lejos de ser rosáceo, era casi gris, tenían unos pequeños ojos oscuros y eran bastante más altos que cualquier persona que hubieran visto nunca. Estaban armados con finas lanzas. En todo caso no parecían ser peligrosos ni se mostraron hostiles. Más bien todo lo contrario, sus bocas dibujaba afiladas sonrisas. Al llegar a la orilla y desembarcar, más de estos seres nos esperaban. Visiblemente contentos no apartaban la vista de las dos mujeres del grupo, que rápido, se colocaron entre nosotros con cierto miedo. Cado se mostraba receloso y asió el mango de su espada, miraba de un lado a otro tratando de contar cuantos eran. A pesar de ser más altos, sus cuerpos eran bastante delgados por lo que pensó que sería capaz de matar a bastantes, pero no tal cantidad.

Andamos con todos ellos rodeándonos, nos miraban incluso nos palmeaban la espalda. Fueron indicando con gestos el camino por el que nos teníamos que dirigir y por el cual llegamos a la pequeña aldea. Todos miraban maravillados las enormes cabelleras de Alda e Irena. Al llegar a la Aldea la gente les recibió entre vítores ininteligibles.

Permanecimos un rato sentados en el centro de lo que parecía ser la zona principal de la aldea. Nos acercaron pequeños cuencos cerámicos con agua, nos ofrecieron frutos, pero ninguno de ellos me resultaba conocido. Los comimos hasta hartarnos. Nos condujeron a una de las pequeñas chozas, una vez allí ninguno opuso resistencia al sueño y al cansancio, que harto de hacer mella en nosotros nos venció por fin.

A la mañana siguiente, nos dejaron pasear a nuestro antojo. Curioseábamos por todos lados, pero siempre nos acompañaba un grupo de ellos. Eran seres trabajadores, serios mientras realizaban sus tareas diarias. No tenían pelo y eran bastante más fuertes de lo que aparentaban en principio. De trato fácil, no nos obligaban a trabajar, pero estaban dispuestos a enseñarnos sus trabajos. Así pasaron los siguientes días.  

El sexto día fui con el grupo de recolectores, me limitaba a observarlos un rato y luego realizaba el trabajo de la misma manera. A veces trataban de hablarme, pero era imposible descifrar que pretendían decirme, escuchando esa serie de gruñidos y silbidos que intercambiaban unos con otros. Me senté a descansar a la sombra de un árbol de fino y largo tronco, con una inmensa copa algo amarillenta. Fue la primera vez que reparé en él. De una de las chozas apareció un anciano, evidentemente como nosotros no pertenecía a aquel lugar. Se sentó junto a mí. Le saludé con la cabeza y me aparté un poco para dejarle sitio.

—Hola—Aunque no reconocí el acento le entendí perfectamente. Tras ver mi cara de sorpresa sonrió. — Sí hablo tu idioma.

—Pero, ¿Cómo?

—Soy Aghan, era el Druida de una pequeña aldea, al sur del Hallstat. Nuestro idioma no es exacto pero si muy parecido.

— ¿Que sitio es esté? ¿Son humanos? ¿Cómo llegaste aquí?

—Realmente no sé donde estamos, sí te puedo contar lo que se de ellos, también cómo y cuando llegué aquí. Sígueme—Mientras caminaba comenzó a contarme su historia.  

—Embarqué en un barco mercante con dirección al sur, bordearía toda la costa hasta llegar a África. Llevaba muérdago de la encina sagrada, que es imposible de encontrar tan al sur. Mi objetivo era cambiarlo por otras hierbas imposibles de encontrar en mi lugar de origen y adquirir conocimientos. Fuimos asediados por otros barcos, uno de ellos consiguió abordarnos y hacerse con el mando. El guerrero de la Galia que se hizo cargo del barco, ambicionaba llegar hasta ese nuevo mundo del que hablan las canciones, y aquí llegamos. Una noche de tormenta, en la que el cielo se oscureció por completo, el mar nos engulló y aparecimos frente a estas costas donde estos seres nos encontraron. En los siguientes días uno de sus soldados enfermó. Tomé la decisión de intentar sanarle y le ofrecí el muérdago. Pude sanarle, su mal se purgó y mi condición de Druida me mantuvo aquí seguro. El resto de los tripulantes partieron, y como otros muchos nunca volvieron—.

Aghan se detuvo, señaló con la mano colina abajo hacia una pequeña playa entre las rocas. Allí había más barcos de los que había visto en mi vida. Entre ellos pude ver el nuestro. Algunos de estos delgados, y extremadamente altos hombres, cogían las velas, remos y demás madera que encontraban de utilidad.

— ¿Nunca volvieron? ¿Sabes donde los llevan? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?— Un mar de dudas asolaba mi cabeza.

—Llevó aquí varios años, si mis cálculos no fallan. En apenas dos semanas se inicia el periodo del roble, y con él un nuevo año.  

Traté de hacer un rápido cálculo mental, pero desistí ya que estaba algo cansado, aún así asentí .

—He desarrollado una teoría. Después de sanar a aquel guerrero, los que habían sido mis compañeros al llegar aquí, fueron obligados a partir. Al día siguiente de su partida, el cielo se oscureció la tierra tembló, un zumbido atronaba nuestras cabezas. Al igual que el día del naufragio algunos perdimos el conocimiento. Al día siguiente, los hombres que había ido custodiando a la tripulación, volvieron. Pero solos. La mitad de los guerreros salieron con sus barcas. Cuando regresaron traían consigo un nuevo grupo de personas. El barco en el que habían llegado era varado ahí abajo, como todos esos—Señaló la pequeña cala.

Le dirigí mi mirada incrédula ante lo que me contaba, trataba de escuchar atentamente para entender todo lo que me decía, pero se me hacía difícil.

—Por qué me cuenta a mí todo esto— Sin mirarme siguió hablando.

—Esto se repetía invariablemente, por lo que conté los días entre cada una de estas tormentas. Ahora soy capaz de saber qué día tendrán lugar. No siempre vuelven con nuevos barcos cuando salen a buscarlos. Cuando esto pasa, todo está agitado. Entre discusiones deciden la partida que abandonará el poblado cuando llegue la fecha, pero en este caso nunca vuelve.  

— ¿Que quiere decir?—

—Al igual que nosotros sacrificamos, toros blancos, lobos, e incluso a veces humanos. He llegado a la conclusión de que eso hacen ellos, invocan a sus dioses y llevan a un grupo para su sacrificio.

—Por eso los vítores cuando nos encontraron, nuestra llegada es la salvación de los suyos— Aghan asintió con la cabeza.

—Los vítores son además para celebrar que ellos os encontraron primero. —

— ¿Primero?

—Sí, existe otra etnia más allá del cabo, son pequeños, de piel morena. Similares a nosotros. A pesar de dejarnos cierta libertad, nunca dejan que lleguemos tan cerca como para entrar en contacto con ellos. También salen a buscar estos barcos, lo vi en unos grabados en la aldea.  

—Por qué me cuenta todo esto a mí— Volví a formular la pregunta que antes quedó sin respuesta.

—Soy viejo. No quiero morir aquí. Necesito alguien capaz de remar que me saque de este sitio.

—Cree que seriamos capaces un viejo y un crio de robar un barco. Cree que podríamos remar lo bastante rápido, como para evitar que una multitud de barcos de dos pueblos nos localicen. Está loco.  

—Aún no te he contado todo. Los grabados que antes te dije, muestran la llegada de los dioses. Seres grandes y fuertes con cabeza de reptil. Los grabados muestran una espiral, un tornado en el que se mezclan cielo y mar. En el centro aparecen ellos, dentro de una figura similar a una triqueta. Y junto a ellos pequeños barcos surcando las aguas.

No me hizo falta decir nada, la expresión de mi cara totalmente empalidecida habló por sí sola.

—Estos dioses al llegar provocan que los barcos acaben aquí. Abren la puerta de nuestro mundo hacia este— Yo negaba con la cabeza— Me preguntaste si eran humanos ¿A ti te lo parecen? ¿Has visto este mar? ¿Acaso has visto los peces que lo habitan? Ni siquiera es tan salado. Sea esto lo que sea, no es nuestro mundo. Es la primera vez, desde que descubrí la secuencia de los días, que alguien con quien puedo hablar viene. ¿Crees que podría decírselo a esos guerreros que viene contigo? Al necio pescador, al otro que no es capaz de levantarse sin ayuda. Acaso quieres que se lo diga a las mujeres. Debemos ser tú y yo.

De vuelta al poblado ante la atenta mirada de los tres escoltas que nos habían acompañado todo el trayecto, no paraba de darle vueltas a todo lo que me había contado Aghan. Así fue durante los siguientes días. Aghan me dijo que tenía que hablar con Cado, convencerle de que el día que nos trasladaran sería para matarnos. Era imposible que Cado confiara en mí, yo para él era una mierda, que puede enseñarle un cazador al mejor guerrero. Fue Aghan quien poco a poco se fue ganando su confianza. Se acercaba todos los días y conversaba durante unos instantes con él. Cado le contaba todo a Nacer, con el paso de los días se les hacía cada vez más difícil disimular la tensión bélica que se apoderaba de ellos.

En estos días aprovechaba todo el tiempo que podía para estar cerca de Alda. Hacía tiempo que ambos nos buscábamos para pasar tiempo juntos. Su mirada hacía mí, había cambiado con respecto a aquella mirada altiva de la fiesta del Beltaine. Me sentía culpable, ya que no le había contado los planes que junto con Aghan había tramado. Pensé que cuanto menos supiera sería mejor para ella. Aghan no quería que nadie supiera de sus planes, me hizo prometer que no lo contaría. Y así lo hice.

Dos días antes de que se cumpliera el plazo, Aghan me enseñó los grabados de los que me había hablado. Una serie de anillos cada uno más grande que el anterior, y apareciendo desde el centro un triangulo. Sólo quedaban dos días más para comprobar si la teoría de Aghan era correcta o si moriríamos en manos de esos seres o de sus temibles dioses.

IV

La algarabía en el poblado era enorme, preparados para abandonarlo Aghan no había dejado nada al azar. Sin contarme la mayoría de sus planes se había pasado las últimas semanas hablando con unos y con otros, y se mostraba bastante satisfecho. Estaba convencido de que todo saldría bien. Comenzamos a andar rodeados de guardias, hoy al contrario que en todos los días anteriores no se mostraban tan afables. A nuestro grupo se habían unido siete hombres y un niño pequeño. Tenían la de piel morena, ojos oscuros y algo rasgados, con el pelo largo y un escaso harapo cubriéndoles. Evidentemente el trato dispensado con ellos, no había sido el mismo que el que nos habían dispensado a nosotros. Los observé durante un instante, eran sin ninguna duda mucho más parecidos a nosotros que a los guerreros de piel grisácea, y ahora, parecía que compartiríamos el mismo destino.

Caminábamos sedientos pero apenas si nos dejaban detenernos unos segundo a recuperar el aliento. El camino se había formado de los incontables viajes que cada 100 días habían hecho por él, tal y como me había contado Aghan. El sol había comenzado a ponerse, Fagan el herrero se dejó caer al suelo, mientras se retorcía fingiendo un dolor de forma muy convincente. El guardia más cercano se acercó y le pateó el trasero. No fue un golpe fuerte, sólo un aviso para que se incorporara. Dagan se abalanzó sobre el orondo herrero, como recriminándole permanecer en el suelo y comenzó a golpearlo. Entre risas dos de los guardias fueron a separarlos. Uno de ellos pasó junto a Cado que en un instante se hizo con la fina lanza que portaba. Un instante después la lanza estaba clavada en el cuello del guardia. El resto de los guardias dirigió su mirada a Cado, que en estos momentos parecía fuera de sí. Las venas del cuello inflamadas, la boca abierta con los dientes apretados. Trataba de calcular a cuál de los guardias debería embestir primero. Trató de golpear a uno de ellos a su izquierda, pero esta vez con el guardia esperando el envite fue imposible hacerlo. Se movía mucho más rápido de lo que había pensado. Nazer se abalanzó sobre el que más cerca estaba de él. Este se agachó y lo esquivó con facilidad. Dagan hizo lo propio con el suyo, pero antes de darse cuenta tenía una lanza clavada en el costado y notaba como entraba en él hasta atravesarlo. Los indígenas corrían abandonando el camino cada uno en una dirección. En medio del caos, agarré de la mano fuertemente a Alda y salí corriendo colina abajo tal y como había hablado con Aghan. Alda gritó llamando a Irena, que al vernos salió corriendo en nuestra dirección. Pude ver como Cado confuso luchaba el sólo con seis de aquellos seres, parecía buscar algo entre la maleza, como si nada estuviera pasando como debía. Recibía pequeños pinchazos, los guardias le pinchaban y se alejaban, su fuerza se iría con la sangre que abandonaba su cuerpo.  

Seguíamos corriendo aunque más despacio esperando que Irena se uniera a nosotros. A cada paso Alda volvía la cabeza. Alda emitió un quejido, antes de girarme a ver qué pasaba escuché el grito de Irena. Con el pelo de Irena apresado en una mano y la lanza en la otra, el guardia nos dirigió una mirada desafiante. Mi primera intención fue seguir corriendo colina abajo, poner a Alda a salvo. Pero ella era mucho más valiente que yo, y frenó en seco para volver por su amiga. Apenas nos habíamos acercado unos pasos vimos la lanza aparecer por su pecho, una pequeña sonrisa se dibujo en el rostro del guardia. Irena agarró la lanza como acto reflejo y cayó de rodillas. Corríamos en su dirección, el guardia comenzó a tirar de la lanza para sacarla pero Irena la sujetaba con fuerza. El delgado ser levantó la mirada y antes de poder reaccionar nos abalanzamos sobre él, cayó al suelo golpeándose la cabeza. Golpeé su cabeza hasta que la misma se deshizo entre mis dedos.  

Escuchamos el grito sobrecogedor de Nazer, teníamos que seguir corriendo o también nosotros moriríamos allí en ese momento. Alda apenas si veía por donde caminaba, tenía los ojos desbordados por las lágrimas que caían por sus enrojecidas mejillas. Impaciente al borde del pequeño cortado esperaba Aghan. La noche estaba a punto de caer. Aghan miró con desaprobación a Alda, esa misma mirada le dirigí yo, había manipulado a todo el mundo para seguir su plan.  

Aghan aun con cara de disgusto, hizo un ademán a la vez que se disponía a hablar. El movimiento de mi mano aplacó sus palabras. Alda se asomó examinando la altura desde la que deberíamos saltar al agua, donde un pequeño barco nos esperaba. El ruido de la maleza abriéndose bruscamente hizo que nos giráramos. El niño que antes había huido apareció corriendo hacia nosotros. Un instante después pudimos escuchar el grotesco sonido de las costillas de Aghan astillándose, mientras la lanza se abría paso en su pecho. Cayó de espaldas sobre mí y ambos fuimos a parar al agua, de mi mano caía Alda. El pequeño Jeiví, que más tarde nos diría su nombre saltó junto a nosotros. Tras mucho esfuerzo acabamos con nuestros cuerpos en el barco bajo los gritos del guardia, que por un momento pensé se lanzaría a por nosotros. Comencé a remar, remé con toda las fuerzas que pude, me alejaba de la costa mientras Aghan temblaba. Entre susurros me suplicaba que remara más rápido. Con los ojos clavados en la costa, mi mirada se dirigió hacía estribor. Allí en la zona más alta y escarpada, un grupo de pequeños hombres observaba la escena de nuestra huída. Fue entonces cuando entre todos ellos la vi, su pelo castaño y rizado, meciéndose bajo el viento, Eilena. Era ella, miré al moribundo Druida, recordé mi promesa de sacarle de allí, Alda lloraba asustada hecha un ovillo. Entonces el cielo comenzó a oscurecerse, el mar se agitaba, balanceándonos de un lado a otro. Traté de seguir remando, pero un zumbido atronador comenzó a meterse en mi cabeza que parecía iba a estallar. Tuve que soltar los remos para tratar de taparme los oídos. La sensación de mareo, me produjo arcadas casi incontrolables. Noté como si mis huesos se licuaran. Fue entonces cuando a pesar de que el barco estaba girando incontroladamente, me pareció ver un triangulo luminoso sobrevolando nuestras cabezas. Me dolía cada pulgada de mi cuerpo, los huesos comenzaron a recuperar poco a poco su rigidez, el dolor era insoportable.

V

Cuando desperté como de una pesadilla, el barco apestaba al vomito que encharcaba el suelo. Aghan estaba muerto, los ojos abiertos y una expresión de horror indescriptible. Apreté la mano de Alda, que abrió los ojos y quedó fija en los míos.

Miré donde nos encontrábamos pero no lo sabía realmente, remé lentamente hasta llegar a la costa. Instantes después de nuestra llegada, de entre las rocas y tras los arboles cercanos a la costa, comenzaron a aparecer los primeros miembros de la tribu. El pequeño se soltó de la mano de Alda y corrió para acercarse a ellos. Comenzó a hablar con ellos, por sus movimientos les estaba contando con todo lujo de detalles las experiencias vividas estos días atrás y especialmente este último día.

Lhemu, no había apartado la vista durante todo el relato.  

—Ahora comprendo vuestro idioma, he oído vuestras historias sobre los barcos que desaparecen. Es más sé que son ciertas. Muchos de vuestro pueblo viven allí, con mi hermana. Desde que nos acogisteis aquí, hemos sido muy felices. Pero nuestra estancia está por terminar. Llevamos noventa y ocho días con vosotros, dentro de dos días saldré a la mar. Rezaré por la llegada de esos dioses que viajan en su triangulo luminoso, rezaré por que abran la puerta que me permita pasar a su mundo. Rezaré para recuperar a Eilena, y rezaré por algún día regresar y poder volver a Fisterra.

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