Relato 38- Degradación

¿Qué ha pasado? De repente se ha hecho todo más grande. Estoy tumbado, boca arriba, mirando hacia el techo. Siento mi cuerpo rígido y frío. No puedo moverme ¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? “¡Socorro!”. He gritado con todas mis fuerzas, sin embargo no escucho mi voz. Intento girar la cabeza, no lo consigo. He de mantener la calma. Desde donde me encuentro puedo ver el techo de mi oficina. Observo la lámpara que cuelga de él, se ve enorme ahora. Haciendo un esquema mental, llego a la conclusión que tengo que estar... ¡Oh, Dios! ¡Tengo que estar tumbado sobre mi mesa! Ya lo entiendo, sin embargo es ridículo: no es que se haya agrandado todo, ¡soy yo quién ha menguado! ¿Cómo es posible? Me encontraba en mi oficina, comencé a sentirme mal. Ya voy recordando. Sentí un fuerte mareo, entonces me senté. Creo que después perdí el conocimiento, cayendo sobre la mesa. ¿Qué ha ocurrido entonces? Puede que esté inconsciente y todo esto no sea más que un sueño o un delirio. Lo cierto es que resulta absurdo, pero no encuentro una explicación mejor. Desde aquí puedo ver la parte alta de mi silla, está vacía. ¿Qué es ese ruido? Se acerca un zumbido. Cada vez se encuentra más cerca. El zumbido llega hasta donde me encuentro, se hace insoportable ahora. Noto algo sobre mí. El zumbido ha cesado. No puedo distinguir qué es lo que tengo encima. Es negro, pegajoso. Se mueve con rapidez. Me mira ¡Esos ojos! “¡Dios mío!” Intento de nuevo moverme, sin conseguirlo. “¡Socorro!” La gigantesca mosca me lame con su trompa. Ojala pudiera cerrar los ojos. “¡Vete, bicho asqueroso!” Noto su repugnante baba sobre mi cuerpo. “¡Se va!”. La enorme mosca se marcha. Su horrísono zumbido se pierde en la lejanía. “¡Uf!”, me encontraba a punto de volverme loco. Recobremos la calma. Creo que me he convertido en algo pequeño, y me hallo sobre la mesa de mi oficina. “Ja, ja, ja.” Esto es de locos. Me recuerda a la película esa en que un tío comienza a menguar. ¿Qué es ese estruendo? Es la puerta de mi oficina, abriéndose. Fermín y Dioni entran por ella. “¡Sus voces!” Retumban en mi cabeza.

– ¿Fernández? – escucho preguntar a Fermín.

“¡Aquí, sobre la mesa!” Las palabras sólo están en mi cabeza, no soy capaz de emitir sonido alguno.

– No está – le dice Dioni –. Andará por ahí, escaqueado.

– Es un crack – dice Fermín –. Todo el día sin dar ni palo.

¡Serán cabrones! Cuando no estoy delante me ponen a parir. Se van a enterar cuando... ¿Cuando?

– Estará buscando al qué se tira a su mujer – oigo decir a Dioni.

“¿Cómo?” ¿De qué narices esta hablando?

– Fernández no se entera de nada, el muy pánfilo – dice Fermín –. Rafa lleva tres meses beneficiándose a su mujer y él tan pancho.

– Pues Rafa me ha dicho que está buenísima... – apunta Dioni.

No puede ser. ¿Mónica y Rafa? “¡Será puta!” ¿Con el prepotente de Rafa? ¿Y estos dos capullos...? En vez de decírmelo, se cachondean a mis espaldas. Y yo pensaba que eran mis amigos. “¡Joder!”

– Venga, Fermín, vámonos ya a tomar café. Si el atontao’ de Fernández no aparece, peor para él – escucho decir a Dioni.

– Sí, vamos – dice Fermín.

– Anda mira – dice Dioni.

¿Eh? “¡Qué haces!” Dioni está alargando su manaza hacia mí. Me ha cogido. “¡Suéltame, mamón!” Me mete en su bolsillo. Está oscuro. Siento el roce contra la tela del pantalón. El vaivén mientras camina es insoportable. Me estoy mareando. Los sonidos llegan amortiguados aquí dentro. Sin embargo al salir a la calle se escuchan con claridad las bocinas de los coches. Fermín y Dioni hablan sobre algo. Aunque escucho sus voces, no puedo entender que dicen. “¡Serán hijos de...!”. Parece que me voy acostumbrando al movimiento y la sensación de mareo se va mitigando. El sonido ambiente cambia de pronto. Voces, vasos golpeando en las mesas, el ruido de la tragaperras. Seguro que están en la cafetería del ‘Ruso’, donde desayunamos todas las mañanas.

– ¡‘Ruso’.... dos cafés! – creo que dice a Dioni.

Aquí adentro apenas se entiende nada. Fermín y Dioni siguen con su charla y sus risotadas. “¡Serán cabrones!” Tan tranquilos, tomándose el café. ¿Qué pasa ahora? Es la manaza de Dioni, me coge y me saca del bolsillo. Sigo sin ver nada. Ahora veo. Ha abierto la mano. “¡Joder!” Estoy frente a Dioni, su cabezota llena mi campo de visión. Me tiene en la palma de su mano y me mira fijamente. Ahora me zarandea con el dedo índice de su otra mano. Al moverme con su dedazo, he chocado contra algo, haciendo un ruido metálico que me ha resultado familiar. “¡Dioni, soy yo, Fernández! ¿Es qué no me ves?” Las palabras que creo pronunciar siguen estando sólo en mi cabeza.

– Veinte... – escucho decir a Dioni.

(“...Un sonido metálico...”)

– ...y veinte cuarenta... – sigue diciendo Dioni.

(“...algo que entrechoca...”)

– Y uno, uno cuarenta – continua Dioni mientras me coge de nuevo.

(“...algo metálico que entrechoca... “¡Monedas!”) “¡¿Soy una moneda?!”.

¡Dios cómo me duele! Dioni me ha estampado contra la barra del bar. Todo mi ser es dolor. Ahora, Dioni me desliza con su dedo hasta colocarme al lado de dos monedas de veinte céntimos. El dolor va desapareciendo, muy lentamente. ¿Me he convertido en una moneda? ¿Pero qué mierda es esto?

– Y una cosa te voy a decir – le dice Fermín a Dioni –. Yo, si pudiera, pondría a Mónica a cuatro patas y pim pam pim pam...

Fermín y Dioni se alejan. “¡Eh, chicos, no me dejéis aquí! No os vayáis.” Se han marchado. ¿Y ahora qué? Una mano grasienta me recoge de la barra, junto con las dos monedas de veinte céntimos. Nos echa a cada cual a un apartado de la caja registradora.

 

 

No sé cuanto tiempo llevo aquí dentro. Creo que mi noción sobre el paso del tiempo ha variado, aunque no sé en qué modo. Varias veces la mano grasienta ha removido el apartado de la caja registradora donde me encuentro. Cogiendo monedas en alguna ocasión, dejando monedas en otras. Tarde o temprano llegará mi turno.

“¡Ahora!” La mano grasienta me ha cogido, junto a otra moneda, y me entrega a alguien. Estoy boca abajo, no puedo ver nada. Me encuentro sobre una mano femenina, sin duda. ¡Qué suave! Huele a perfume.

 – Adiós, gracias – dice una voz de mujer, mientras la mano femenina me guarda en el interior de un monedero.

Otra vez la oscuridad. Y el silencio. Y el vaivén...

 

 

Creo que me he dormido durante un rato. O al menos he desconectado de algún modo del mundo exterior. Un zarandeo me ha despertado. Se abre el monedero, la mano femenina me saca de él, junto con alguna moneda más.

– Me parece muy mal – dice la mujer a la que pertenecen la mano femenina. No alcanzo a ver con quien habla. Sólo puedo ver su rostro, que ocupa casi todo mi campo visual. Es una mujer de unos treinta y cinco, bastante mona. ¡Eh! Me ha cogido.

– Otra vez ha subido el Metro. ¡Qué sinvergüenzas! – dice la mujer mientras me zarandea en el aire de un lado a otro, apretándome entre su dedo índice y pulgar.

¿El Metro? “¿Qué vas ha hacer? ¡Espera!” Me introduce por un hueco estrecho, oscuro. Caigo por un tobogán, golpeándome por el camino. Duele. De repente, el tobogán desaparece, caigo al vacío. Más dolor. ¡Cómo duele! He caído sobre monedas, rebotando de un lado a otro. Está oscuro. Creo que estoy en el compartimento de  monedas de una máquina expendedora. Aguzo el oído. Me parece escuchar a lo lejos el sonido de un tren. He de encontrarme en una estación de Metro. ¿Qué ocurre ahora? El mecanismo de la máquina comienza a funcionar, creo que oigo algo deslizarse sobre mí. “¡Joder!” Una moneda me ha caído encima. Esta vez el dolor tarda más en desaparecer.

 

 

Se alternan los momentos en que estoy despierto y dormido. No soy capaz de calcular el tiempo que llevo aquí dentro. El funcionamiento de la expendedora ha ido introduciendo más y más monedas en el compartimento. Estoy sepultado bajo ellas. Tengo sensación de asfixia y el peso empieza a ser insoportable. Es como si me hallara bajo cientos de pedruscos. ¿Llegará esto a matarme? Supongo que en algún momento saldré por la parte inferior de la máquina. Siempre que el peso sobre mí no provoque mi muerte. ¿Muerte? No sé si esto es posible, prefiero no pensar en ello.

 

 

He caído sobre una superficie metálica. ¡Otro golpe! Menudo despertar. “¡Luz!” ¡Por fin luz! Estoy fuera de la máquina. Una mano me coge, colocándome sobre un dedo pulgar. “¡¿Qué pasa?!” Estoy dando vueltas en aire. Caigo sobre la palma de una mano, mi campo visual está ahora copado por un rostro juvenil. El chico no tendrá más de quince años.

– Pa’ dentro – dice el chico, metiéndome en el bolsillo de su pantalón.

Otra vez a oscuras. Por lo que oigo, deduzco que el chaval ha bajado hasta el andén y se ha subido al Metro. Sí, no hay duda. Escucho perfectamente la megafonía: “Próxima parada: Sol.” Se ha bajado en esta estación. Creo que ha salido a la calle. En efecto, puedo oír los habituales sonidos urbanos. Los claxon, las frases entrecortadas de la gente según te cruzas con ella...

 

 

He vuelto a dormirme. Sigo sin poder controlarlo, un segundo estoy despierto y al siguiente estoy dormido. Utilizo las palabras ‘despierto’ y ‘dormido’ porque no encuentro otras mejores para describir estos estados que voy alternando. Quizás fuesen más adecuadas ‘activo’ e ‘inactivo’. No lo sé. Ahora todo esta silencioso, se escuchan coches pasar, pero muy a lo lejos.

‘When you're strange, faces come out of the rain’ – el chico ha comenzado a tararear una canción de sabe dios quién –. ‘When you're strange, no one remembers your name’

Se calla. Creo escuchar unos pasos que se acercan, suenan como si pisaran sobre arena.

– ¿Qué tal? – dice una voz aflautada.

– Bien tronco, aquí aburrido – le responde el chico.

Por lo que parece son amigos. Llevan un buen rato hablando sobre no se qué concierto. Ahora guardan silencio, parece que se han cansado de darle vueltas al tema.

– ¿Gastamos la broma de la moneda? – oigo decir a voz aflautada.

– Vale, tengo una por aquí – le responde el chico.

Noto su mano buscar en el bolsillo, me coge y me saca de él. Fuera es de noche. Estoy en lo que parece un parque. ¿Qué está haciendo ahora? Me ha colocado sobre el brazo metálico de un banco. ¿Qué es eso que tiene en la otra mano? Eh, un momento. “¡No lo hagas! ¡Aarghh!”. Me está quemando con un mechero, aplicando la llama bajo el brazo metálico del banco ¡Dios, no soporto el dolor! “¡Para, por favor!”.

– ¿Está ya caliente? – pregunta voz aflautada.

– Sí – le responde el chico.

– Por allí viene un viejo, corre – dice voz aflautada.

– Pásame un guante – pide el chico.

El chico se pone un guante en su mano derecha y me coge con ella. El dolor no cesa, mi cuerpo metálico mantiene perfectamente el calor. Ahora el chico echa a correr. Me deja en el suelo y se marcha. Sobre mí puedo ver una farola, que ilumina deslumbrándome. Un sonido de pasos se acerca. La imagen de un rostro avejentado irrumpe en mi campo de mi visión. También una mano, que se acerca con lentitud.

– Mia’ tú que bien – oigo decir al anciano.

Me coge cuidadosamente con sus dedos índice y pulgar.

– ¡Ay! – grita el anciano.

Al contacto con mi cuerpo caliente me lanza por los aires. Mientras doy vueltas escucho las risas de los chicos y al anciano blasfemar:

– Cagü’ en. Malditos chicos ¡Sinvergüenzas!

Aterrizo en una superficie blanda y húmeda, que amortigua el golpe y mitiga mi dolor. He caído en el césped. Poco a poco el frescor de la hierba hace que mi cuerpo recupere su temperatura normal. Escucho pisadas, son los chicos, me buscan.

– ¿Lo ves? – pregunta voz aflautada.

– Que va. Nos hemos quedado sin euro – dice el chico.

El chico está ahora sobre mí, escrutando. “¡Uf!”, se marcha. Gracias a la oscuridad, y a que me hallo tapado por varias briznas de hierba, no logra verme. El chico y voz aflautada se alejan maldiciendo mi perdida.

 

 

Luz. Es de día. Continúo tirado en el césped ¡Eh! ¿Qué eso que se acerca? Un perro. “¡Chucho, deja de olisquearme!” ¿Y ahora qué va ha hacer? Está levantando la pata. “¡No! ¡No!” Me ha meado encima. Se va. “¡Puto perro!” El olor a orín es insoportable. Al darme directamente la luz del sol me seco rápido. Menos mal. Alguien me ha cogido, ha sido tan rápido que no he alcanzado a verle. Me guarda en su bolsillo. Mi portador silba una melodía que me es familiar, aunque no soy capaz de reconocerla. Se sube a un coche. Aunque no se que tipo de percepción temporal tengo ahora, me parece que ha tenido que ser un viaje largo.

 

 

Otra vez una mano que rebusca en el bolsillo. Esta sensación se está haciendo ya familiar. La mano recoge, con gesto certero, todo el contenido del bolsillo, yo incluido. La mano se abre, dejando caer su contenido sobre un a mesa: un llavero con llaves, varias monedas y yo. Ahora puedo ver quién me ha traído aquí. Es un tío con barba, de unos cuarenta años. Me coge de nuevo, con sus dedos índice y pulgar. Sale de la casa y camina por un pueblo de casitas bajas.

– Hola, Matías – le dice alguien que no alcanzo a ver.

– Hola Faustino – le responde el tío de barba.

– ¿Vas a quedarte mucho tiempo? – vuelve a decir la voz desconocida.

– Sólo el fin de semana – le responde mi portador.

El tío de barba sigue caminando, hasta abandonar el pueblo. Se interna por un sendero entre árboles. No ha dejado de silbar la misma tonada durante todo el camino, empieza a ser insoportable. Escucho un sonido de agua correr. Ahora el tipo de la barba sube por un puentecito, sobre un río. Se detiene, apoya sus brazos en el puente y se asoma. “¡¿Qué haces?!” Me sostiene sobre el río. Puedo ver su cara, tiene el gesto más estúpido que jamás he visto. Parece que está pensando o recordando algo.

– Quiero que Marta se enamore de mí – oigo decir al tipo de la barba.

¿Con quién narices está hablando? “¡Socorro!” Me ha soltado. Caigo a plomo, hasta aterrizar en el agua. Me hundo con rapidez. El agua está helada, estoy aterido. He llegado al fondo. A pesar del agua, puedo ver al tío de barba, allí arriba en el puente. Mira hacia ninguna parte y conserva el gesto estúpido. Se marcha. Por el efecto de la corriente, la arenilla comienza a cubrirme, hasta sepultarme por completo.

 

 

Es imposible saber el tiempo que llevo aquí abajo, sin luz, helado, sepultado bajo la arena. Una eternidad. Los estados de ‘sueño’ y ‘vigilia’ se suceden uno tras otro, aunque lo cierto es que ya casi no diferencio uno del otro. Lo único que los distinguían eran los sonidos propios del fondo del río, pero hace tiempo que todo está en silencio. Sabe Dios que habrá ocurrido arriba. Lo único que puedo hacer en esta situación es pensar. Pero, ¿en qué? Y, ¿hasta cuando? Tiempo atrás perdí la cordura, eso lo tengo claro. Quiero creer que todo esto tendrá un fin. Quién sabe, quizá despierte en mi oficina y todo haya sido un mal sueño.

 

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