Relato 36- Nave

Nave

 

La nave esférica se adentró en la Galaxia NGC 3621 con el objeto de encontrar inteligencia, como ya había hecho en otras misiones. Su único ocupante, Rodal Set, se encontraba profundamente dormido, soñando con una partida interminable de Tetris de nivel 1; los tetrominós se sucedían unos a otros, y caían apaciblemente desde la parte superior de la pantalla, acoplándose unos con otros hasta formar líneas horizontales en la parte inferior y desapareciendo. De repente, sonaron las primeras notas de Hey Bulldog, y Rodal despertó.

El tripulante de la nave se incorporó, se restregó los ojos con los puños y leyó el mensaje en la pantalla cóncava que tenía enfrente: “Señor Set, ha llegado a su destino. Inicie su búsqueda. Suerte.” Este lacónico aviso le provocó un estremecimiento como el que suele acompañar a todo artista cuando sube al escenario a interpretar una nueva obra que no sabe si tendrá aceptación. Rodal se levantó del camastro, evaporó el mal olor con unas gotas de la redoma que tenía en el anaquel colgado a su izquierda a modo de mesita de noche y observó en la pantalla el reloj digital, que siempre marcaba la hora terrestre: las doce del mediodía. Aun sentado, giró su torso hacia la derecha y empuño el mando a distancia. Pulsó, y la pantalla cóncava avanzó hacia él; pulsó de nuevo, y ésta se detuvo a pocos centímetros de su rostro. Levantó su mano derecha y tocó el icono con forma licantropomorfa. En el centro de la pantalla se abrió una ventana, cuyo fondo era de color amarillo, que se fue expandiendo hasta abarcarla, y de ella surgieron algunos puntos rojos intermitentes: la búsqueda había comenzado. Rodal dibujó con la punta de del dedo índice de su mano izquierda el texto hola, y abandonó su catre.

Al incorporarse comprobó que sus músculos y sus huesos estaban en perfecta forma bailando unos pasos de cumbia peruana que recordaba de su etapa anterior como animador de grupos de viajeros intergalácticos. Fue por su estupenda labor en estos menesteres, es decir, por su buen ánimo y su imperceptible decaimiento en esta ardua tarea por lo que fue nombrado Explorador de Inteligencia Intergalácita (E.I.I.): un cargo bien retribuido, y difícil de conseguir si no se tiene un buen enchufe. Claro que, a Rodal, enchufes fueron los que menos le faltaron, pues las señoronas de los altos cargos, aburridas como estaban de sus maridos, no dudaban en buscar su compañía en cualquier ocasión que se les presentara, sobre todo durante las clases de Bailes Agarrados.

“Señor Set, no olvide desayunar, recuerde que su desayuno se haya congelado en el exterior de la nave, por lo que deberá abrir la trampilla que hay en la parte inferior de la nave con precaución y controlar que el compartimento estanco no quede abierto con posterioridad”. Rodal leyó el aviso en la pantalla cóncava, que se anunció acompañado de la melodía de A mil años luz, se rascó la barbilla y, sin más dilación, abrió la trampilla que había a sus pies, pues tenía más hambre que el que se perdió en la isla, expresión popular muy usada en la región terrestre de donde él era originario, y nunca más acertada.

Una vez hubo recogido el desayuno, se aseguró que había cumplido las advertencias leídas con anterioridad, y se dispuso a deglutirlo. Ya casi había terminado de devorar la rebanada de pan con aceite de oliva remojada en café con leche, cuando oyó el frenético piano de Slow Down. Alzó sus ojos perrunos y leyó hola resaltado sobre el fondo amarillo de la pantalla. “Vaya, parece que hay alguien por ahí”, pensó. Se tragó el último bocado, acompañado de un buen buche de café con leche, y dirigió su mano izquierda hacia la pantalla.

Nada más empezar a recibir mensajes a través de su equipo pudo darse cuenta de un hecho: “Vaya, parece que aquí no conocen bien el idioma, pues omiten letras y quién sabe qué más incorrecciones cometen; tendré que andar avispado para entender a ésta, o a éste, tal… Estrella”, pensó nuestro protagonista. Y continuó escribiendo… La conversación se desarrollaba por los cauces normales: todas eran preguntas y respuestas de lo más rutinario. “Esta... Estrella se comunica conmigo con demasiada confianza, como si ya me conociera...”, pensó nuestro E.I.I. Entonces, Rodal recordó que ¡todavía no había encendido un cigarrillo desde que se despertó en mitad de la Galaxia NGC 3621!, ¿lo habría conseguido?, ¿habría dejado de fumar? Entretanto dilucidaba la respuesta, el señor Set encendió un cigarrillo. De pronto, emergió una foto. Rodal, boquiabierto, no daba crédito a lo que veía: aquel ser, que se identificaba con el nombre “Estrella” era muy hermoso, no había visto nada igual en su vida, y además tenía aquellas formas femeninas terrestres que podía transformar a un hombre de ser un manso cordero, a un toro semental que ha encontrado donde depositar sus valiosos genes: un trasero firme y redondeado, unas caderas amplias y modeladas, y unos turbadores pechos que mostraban una extraordinaria lozanía sobre el breve escote que los englobaba. “Bueno”, se preguntó, “¿dónde estoy?, ¡a ver si me ha pasado lo que a los protagonistas de aquella película, que creían estar en la Luna cuando, en realidad, estaba en el desierto de Almería…!” Además, se diría que flirteaba con él… Rodal se vio en la obligación de seguir la corriente a la habitante de la Galaxia NGC 3621; no tenía otra opción: era la única manera de comprobar si aquel ser era inteligente.

Obstinándose en resolver su investigación, el señor Set escudriñó en la pantalla con los diez dedos de sus manos: debía encontrar el origen de aquellos confusos mensajes; y no transcurrió mucho tiempo, más bien poco, en descubrirlo, lo cual le supuso una decepción. Recordó al anterior usuario de la nave esférica, y no le extrañó lo que se le revelaba. “Hay que ver a lo que se dedica Nitsul en estos viajes intergalácticos, ¡vaya tela!, ¡pierde miserablemente el tiempo…!”, pensó Rodal, seriamente decepcionado tras haber averiguado que los mensajes procedían del planeta Badoo: ya se sabía desde hace tiempo que en el planeta Badoo no existía vida inteligente. Concluyó que Nitsul había estado enviando y recibiendo estúpidas frases, con el fin de relacionarse con algún habitante de aquel planeta, y que había dejado la línea de conexión abierta; y que por este motivo la tal Estrella había estado flirteando con él. “Con razón Nitsul pedía tantas indisponibilidades…”, concluyó Rodal.

Así que nuestro E.I.I. aflojó sus músculos y se distendió; y, tras pasar media hora jugando a Block Breaking, volvió a escribir, con el dedo índice de su mano izquierda en la pantalla amarilla salpicada de puntos rojos, el siguiente mensaje: “Allo, galaxia NGC 3621, les saluda Rodal de la Tierra”; y se acostó.

Un ensordecedor bramido sacó a Rodal de un comprometido problema de matemáticas, inducido en su mente por la nave esférica para evitar que cualquier tripulante se mantuviera ocioso, y lo hizo incorporarse como un perro al que se le mostrara una rodaja de mortadela a pocos centímetros por encima de su hocico. “¡Qué pasa, qué ocurre, qué sucede!” Me parece que el autor ha consultado la página WordReference para encontrar sinónimos, diría alguien.

El señor Set observó en derredor y no vio ninguna aparente alteración, sin embargo las incómodas ondas sonoras seguían golpeando sus tímpanos, dándole la tabarra. “Vaya, señor Set, ya se ha despertado, no sabemos sí se ha dado cuenta pero tiene un mensaje en la pantalla, y esta vez no es del planeta Badoo”, leyó en la pantalla cóncava, cuando se percató de la procedencia del molesto sonido. Acercó automáticamente el ahuecado monitor, y, bastante cabreado arañó las siguientes palabras: “¿Por qué no usaron esta vez la música para despertarme?”; “Sí, usamos la música, señor Set, de hecho hemos usado los instantes finales de Helter Skelter para poder despertarlo, creímos que estaba incluida entre sus preferidas”; “Sí, así es, así es”, terminó Rodal.

Después de este breve conato de insurrección, en fin, una banal protesta en los tiempos que corren, no digo en los que transcurre el relato que nos interesa, sino en los actuales años iniciales del siglo XXI, pues eso, una vulgar queja es un signo de rebelión, y, continuando con nuestra narración, así, después de haber intercambiando opiniones sobre la manera de despertar a un ser humano que se encuentra sumido en un corto letargo, Rodal se dispuso a leer el mensaje que había anunciado la estridente algarabía de instrumentos de rock.

“Bueno, bueno”, se dijo nuestro viajero, “esto es interesante… activaré el traductor porque no me entero ni papa de lo que pone aquí… ¡vaya!”, continuó el señor Set con su monólogo, “aquí dice que… ¡me asome por el ventanal de popa, que por cierto lo tengo cerrado, y observe el espectáculo de bienvenida que se me ofrece…!” Raudo, como un jugador de ajedrez que cierra una partida que tiene ganada desde antes de que el adversario haga su último movimiento, Rodal se colgó de la palanca que abría la persiana cromada del ventanal de popa. Y, sí, lo que allí se exhibía le provocó un inmenso estupor: miles, decenas de miles, centenares de miles, de naves esféricas como la suya, se arremolinaban en torno a su embarcación galáctica, formando multitud de formas geométricas curvas. Desde el interior de la nave sonó Tormenta de verano: un nuevo mensaje de la Tierra; “Señor Set, Señor Set, es una estratagema, es una estratagema, una superchería en grado sumo”; “¡Cómo!, ¿a qué se refiere?”, garabateó Rodal; “Todas esas naves, señor Set, todas esas naves, a través de la cámara externa de la nave esférica, hemos descubierto que son…” En ese momento la pantalla cambió de color: el fondo amarillo se tornó púrpura, los puntos rojos desaparecieron, y los iconos se transfiguraron.

Rodal no supo qué hacer; igual se desplazaba hacia el ventanal, que se acostaba, que observaba el silencioso monitor… La alarma crecía en su fuero interno. Entonces, recordó que tenía un último recurso para poder contactar con la Tierra: el planeta Badoo. Esperó a que Estrella viniera a su nave, pues él no se pudo resistir a los exuberantes encantos de aquel cuerpo, capaz de excitar al más frígido espécimen masculino, y, haciéndose pasar por Nitsul, había establecido una cita posterior de carácter netamente sexual. Así que dejó pasar el tiempo, hasta que pudo oír la melodía de Fascinado, proveniente de la escotilla de la parte superior de la nave esférica. No dudó un instante: desplegó una escalerilla y abrió la escotilla y el compartimento estanco, tomando las debidas precauciones. Por allí se deslizó la figura de Estrella, que semidesnuda penetró en el cubículo.

“¡Wau!”, exclamó Rodal; “¡Qué pasa!, ¡tú no eres Nitsul...!, da igual, a lo que iba, ¿nunca has visto a una mujer Badoo en ropa interior?”; “Pues, ¿la verdad?, no”; “Claro, lo entiendo, vosotros los de la Tierra… ¡siempre con vuestro prejuicios!, y… ¿qué es esta fiesta que tienes organizada alrededor de tu nave esférica?…”; “No sé, se cortó la comunicación con la Tierra en el preciso momento en que me iban a prevenir de algo”; “Claro, no conocéis la galaxia NGC 3621… vosotros, los de la Tierra, andáis buscando vida inteligente pero no tenéis idea de qué es lo que buscáis”, argumentó Estrella mientras se despojaba del sujetador, dejando ver dos senos redondeados coronados por un pezón erecto y una aureola, ambos de color marrón oscuro, “vosotros pensáis, por ejemplo, que en mi planeta no hay vida inteligente, pues bien, ahora que me tienes delante, ¿crees que no soy inteligente?”, y mientras hacía esta pregunta, agarró con su mano derecha la cabeza de Rodal por la nuca y la atrajo hacia su torso; Rodal, entre dientes, murmuró: “Sí, creo que sí eres inteligente”. Y gozaron.

Cuando terminó el placer, ambos se sentaron en la cama, desnudos, con las piernas cruzadas bajo sus cuerpos. Estrella rompió el reposado silencio: “Mira, Rodal, ¿así te llamas, verdad?”; nuestro protagonista asintió; ella continuó: “Pues verás Rodal, en esta galaxia, la NGC 3621, hay un planeta habitado, estos habitantes son los que están organizando todo este jolgorio que hay alrededor… nosotros, los de Badoo, los conocíamos ya… los habitantes de este planeta son invisibles y toman las formas de todo lo que se acerca, se diría que su ansia de ser reconocidos los hace identificarse con cualquier objeto cercano, esté vivo o no, y comparten y comparten hasta que se multiplican y… ¿ves esas naves esféricas que hay fuera?”, dijo Estrella, señalando hacia el ventanal de popa, “pues son todas iguales a ésta, ¡todas!, y sus ocupantes son iguales a tí y a mí, y estarán haciendo lo mismo que estamos haciendo nosotros…”; “Y ¿cómo se llama ese planeta?”, interrumpió Rodal; “Facebook”, respondió Estrella.

 

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