Relato 34 - Nunc

NUNC

 

1

 

La superficie del colchón forma aristas y empieza a vibrar. Nunc abre los ojos a tiempo para ver como termina de titilar el techo, se levanta y espera a que se repliegue la cama. Un nuevo día da inicio, el último de este ciclo, una de las pocas cosas que encrespa el ánimo estólido de Nunc: los cambios de rutina.

 

Quizás por ello tarda más de lo habitual en prepararse; evacuar, ser aseado en el ángulo baño, retirar el nuevo mono y vestirse, el compartimento del calzado aparece vacío. Cuando termina y activa la puerta, se encuentra de cara con otro básico, probablemente una hembra, que lo saluda, “Buen día”, y sonríe correctamente haciéndose a un lado. Nunc sonríe automáticamente y corresponde, “Buen reposo”. No lo conoce. No es importante, tiene que alimentarse. Instantes después, ya de camino hacia las escaleras, oye como la puerta se ocluye. Se gira sin saber por qué y ve el pasillo vacío. Levemente irritado, reemprende la marcha alargando el paso, el turno comenzará en breve.

 

Al entrar, encuentra el refectorio prácticamente vacío, solo unos pocos básicos comen en los bancos, casi todos tan maduros como él, ninguno conocido. Se sirve la comida y se sienta en el primer puesto libre. Se alegra al abrir los recipientes: bebida amarilla y pasta verde, sus favoritas. Come deprisa, incluso con ganas, recuperando casi todo el tiempo perdido. Acaba, siente el acostumbrado hormigueo en las manos mientras recoge y se dirige al enlace siguiendo las luces guía azules, del mismo azul que su mono. Cuando llega, resulta no ser el último de su escuadra, el capataz especializado no debe reprenderle.

 

Un transporte se posa a pocos metros del grupo antes de que haya podido reconocer alguna cara. No es importante (¿o sí?) pero siempre trata de hallar un rostro ya visto, en este ciclo o en otro; por alguna razón que se le escapa, no le basta ver un mar de cuerpos uniformados como el suyo, desea encontrar unas facciones que recuerde.

 

Un silbido de apertura le distrae de su búsqueda. La puerta delantera del transporte, expandida, admite a dos especializados que acaban de llegar. La cruzan cogidos de la mano, hablando animadamente con palabras que Nunc no siempre entiende.

 

—¿Ya se puede visitar la nueva cúpula?

—¡Pero que impaciente! No, todavía la están terminando de limpiar los básicos, quedan demasiados residuos de espuma. Tendrás que conformarte con mirar desde... —la abertura se ocluye.

 

Nunc comprende “limpiar” y “básico”. Nunc es “básico” y hace “limpiar” en este ciclo que ya finaliza. Limpiar no le gusta, siente que nunca respira suficiente aire por más que hinche el pecho. Y le cuesta entender al capataz cuando le habla con la cabeza cubierta con plástico transparente. También sabe que es “espuma”, nota su sabor oyendo la palabra. Pero hoy (¿por qué hoy?) siente que el resto de esos sonidos está a su alcance, como si fueran objetos que pudiera atrapar y examinar.

 

Un segundo silbido interrumpe su ensoñación y ve abierta la entrada trasera del transporte. El capataz especializado grita:

 

—¡Básicos, en... —su voz se pierde en el estruendo producido por una gran máquina, una inmensa boca de recogida y tratamiento de desperdicios que pasa mugiendo junto al transporte.

 

—¡Básicos, entrad! —Termina el capataz. La escuadra ocupa el compartimento posterior, casi sin ruido, únicamente se oyen las peticiones y respuestas rituales que intercambian los básicos, los pequeños rumores de los cuerpos acomodándose. Apenas el alto especializado ocupa su puesto, el vehículo se sella y parte.

 

Nunc no necesita aferrar una barra para evitar caer, viaja oprimido por los cuerpos entre los que está estibado. Y mientras, busca. No reconoce las caras de los más cercanos (¿por qué es importante? ¿por qué hoy?) y, pese a ser el más grande del grupo y poder ver muchos de los rostros presentes por encima del mar de cabezas (y ver los ojos del especializado, me mira), no halla a nadie familiar, son todos nuevos.

 

Desiste. Sabe que pronto el transporte frenará, notará un dolor agudo en los oídos y, al poco, la puerta se abrirá a un mundo a medio hacer, donde los sonidos son más agudos y los módulos están medio cubiertos por una fina costra de espuma gris. Un mundo que terminará su escuadra, él no.

 

2

 

La luz no proviene del cielo sino de unos pocos puntos que Nunc no puede mirar largamente. En este turno trabaja en el exterior de los complejos, despellejándolos poco a poco hasta que el blanco opalino queda libre de su placenta gris. Trata de concentrarse sin éxito en limpiar un rincón que cubre con su sombra. No ayuda tampoco la cercanía del capataz, su voz de especializado, grave incluso aquí, dirige la escuadra con frases secas; hoy ya le ha reconvenido varias veces. Nota su cuerpo extraño, tirante, su garganta traga con más dificultad que otros días (que nunca) y percibe su cuerpo de una forma fuera de lo común: lo siente. Nunc diría que está nervioso si supiera reconocer ese estado.

 

Pero sí sabe que no ha comido, puede que por primera vez. Después de la distribución, al sentarse y desprecintar los paquetes, una capa gris cubre completamente los alimentos. Siente algo (el estómago se le revuelve) y vacía los recipientes en un contenedor de detritos. Aunque Nunc no lo recuerde, jamás había hecho nada así. Y ahora (ahora), mientras raspa gris sobre blanco, le parece ver imágenes translúcidas que se le aparecen delante de sí, oír sonidos fantasmas que nadie produce. Rememora sin darse cuenta.

 

Una voz grave a su espalda, real. No se gira.

 

—Mastro Anton —oye.

—¡Yin, qué placer! —responde el capataz—. ¿O debo decir Cortador Chang? ¿Vienes a elegir un módulo o a cosechar un mocoso?

 

(

... el mocoso parece una bestia, Celador, no para de...

¡Qquiero v-volver AHOORA!

)

 

—¡Anton, por la Madre! Controla tu lengua cuando hables de los básicos, no hablarías así de un bot.

—Yin, tu función quizás te haya inmunizado, pero yo solo trato con los básicos en los turnos de servicio. Y te recuerdo en el Jardín, tu aspecto era el de uno de estos nuevos.

 

(

¡Llévame al-l jardÍN AHORA!

Sssh, nuevo, aquí tu ahora se parece mucho a nunca.

¡AHOOORAA!

Podría ser un bonito nombre, ahora y nunca. Nunc. Sí, creo que serás Nunc — el celador lo sujeta firmemente y le aplica un dermo en el cuello.

¡AHOOoo...!

)

 

—Lo que nunca lograré entender es cómo superaste el Corte, Anton. —comenta en tono irritado—. Y basta, no he venido a tontear contigo. Te señalo que hay que consignar un básico a los Celadores cuando termine el turno, encontrarás su id en tu pad de servicio apenas se vuelva a conectar con el Centro.

—No creo que haga falta, solo ha resistido el ciclo un único maduro. Debería ser ese de ahí atrás.

—¡Anton! ¡Sigue el protocolo! Identificarás el básico, desactivarás su trans en el transporte y traspasarás su custodia a los Celadores que encontrarás en el enlace.

 

(

No sabe que le ocurre, ha desaparecido la camada y en su lugar está el Celador. Le lleva a una sala llena de niños silenciosos, le sienta en un banco y abre dos recipientes delante de él. Contienen un líquido amarillo y una pasta verde. Su olor le revuelve el estómago.

Come, te harán un básico fuerte y productivo.

Nunc, ahora es Nunc, empieza a comer asustado. Logra terminar a duras penas. Y, por primera vez, siente un hormigueo en las manos.

)

 

—Lo haré, Yin ¡Maldita suerte! ¿Por que los Padres tuvieron que perder precisamente el banco genético?

—Solo la Madre lo sabe. Pero ahora es nuestro deber seleccionar y chequear el material que crean los Ensambladores. El futuro de Colonia depende de nuestra resolución, de nuestra intransigencia.

—Lo sé, Yin. Ve, ten un buen día.

—Buen día, Anton.

 

3

 

Cuando la compuerta se sella, se despojan de sus monos de trabajos y los introducen de uno en uno dentro de los depósitos metálicos. Con el último empieza a llover desde el cielo raso, llevándose los granos de espuma adheridos a su piel y a su pelo. Algún nuevo parece asustado. Nunc está aterrorizado: creer notar de forma distinta cada gota que cae sobre su cuerpo, los ruidos de succión en los rincones le resuenan como cascadas, los susurros de los movimientos parecen lija sobre cristal; cuando el agua cesa y se activan los fuertes chorros de aire caliente, Nunc se tapa los oídos y se agacha, se muerde los labios para no gritar.

 

Es el mismo final de turno por él que ha pasado todas las jornadas de este ciclo, pero es el primero que vive realmente. El mundo se ha llenado de puntas, los colores son duros, los sonidos claros, su carne parece agrietarse debajo de sus dedos. Son sensaciones tan nuevas que a veces no tiene nombres que darles y quizás sea esto lo que le aterra más.

 

El portón interno parece estallar cuando se activa y los básicos atravesándolo se confunden con un ejército que carga para entrar en el vestuario. Nunc tiembla al retirar el mono limpio, no sabe como podrá vestirlo sobre su nueva piel. La rutina asimilada durante tantos ciclos lo ayuda y después lo guía hasta el transporte, rodeado por una horda de básicos tan silenciosos como asordantes. Y allí le espera el capataz.

 

—¡Básico! —consulta el pad —¡Nunc, aquí!

 

Nunc se acerca al especializado, su voz nunca le había parecido tan grave.

 

—Habría apostado a que eras tú —murmura.

 

El capataz le da la vuelta y sitúa el pad sobre su nuca, verificando su id y desactivando el trans. Asiente satisfecho a lo que ve en la pantalla y ordena:

 

—Ve al fondo y no te muevas de allí hasta que vaya a buscarte ¿entendido?

—Sí, Mastro —musita Nunc, obedeciendo automáticamente. Mientras el transporte parte, se hace paso entre la masa de cuerpos hasta llegar al rincón más alejado de la entrada. Los básicos se apartan de él como si intuyeran algún peligro. Nunc también lo presiente. O lo haría si la prensa que le oprime los oídos le permitiera articular alguna idea coherente. Han regresado al Centro.

 

4

 

Los Celadores lo esperan en el enlace, controlan su id en la misma puerta del transporte y le ordenan “Síguenos”. Encajado entre ellos, Nunc ve que se encaminan en dirección contraria a la entrada de los módulos, hacia un exterior que solo ha visitado contadas veces durante la reubicación con la que concluyen los ciclos. Un mundo aún más inmenso que el que ha visto nacer debajo de la espuma, el mundo de los especializados. Cuando atraviesan el acceso las piernas le flaquean. Nunc se satura.

 

Especializados multicolores que caminan, hablan, gesticulan, se unen y se separan, altos, todos tan altos y tan diferentes. Trata de no ver nada mientras marcha, mira únicamente la acera donde posa los pies; pero el oído sigue abierto a los silbidos perforantes de los bots y las tablas, a los mugidos sordos de los transportes y las bocas que lo transforman en un diapasón. Y los olores. Lo peor son los olores, conjuran recuerdos olvidados con la fuerza de bengalas, imágenes sin contexto ni ligazón aparente por la rapidez con que vienen evocados.

 

Abrumado, avanza emparedado entre los Celadores que caminan a grandes trancos difíciles de seguir, haciéndose paso entre hombres, por la autoridad de sus uniformes negros, y maquinas, que se detienen o recalculan la ruta para evitarles, subyugadas por la prioridad que emiten sus trans.

 

Cuando llegan Nunc recuerda: ya ha estado allí; allí fue separado de la camada, allí nació como básico, un uniforme blanco entre los negros Celadores.

 

Y escapa.

 

Da una media vuelta ciega y se lanza sobre sus pasos hacia la seguridad de los módulos. Corre, esquiva piernas, se escabulle bajo brazos, dobla esquinas; oye cada vez más cerca el tableteo de pasos que le persiguen. Siente al fin que lo aferran por el mono. Frenético, se revuelve, se zafa y salta de la acera haciendo un gran esfuerzo. Que es el último: una boca lo golpea y lo traga sin variar su trayectoria. Desaparece tras un quejido hidráulico ante la mirada disgustada de los pasantes.

 

5

 

La puerta se activa y admite a los dos Celadores.

 

—Cortador Chang— dice uno.

—Buen día, Celadores. ¿El básico?

—Lo sentimos, Cortador, ha sufrido un accidente durante la transferencia... no tenemos excusa, de improviso escapó y fue absorbido por una boca al tratar de cruzar un corredor. No pudimos detener el dispositivo.

—¡Por la Madre! El perfil indicaba un resistencia cada vez mayor a los hipnóticos, pero no hasta ese punto —se gira y selecciona un icono en su pad. El aire frente a él se ilumina con la información solicitada. —El volcado de datos de su trans se completa poco antes de su desactivación, no hay pérdida de información... y sí, el registro durante su último turno es muy irregular. Creo que fueron a recoger un básico subcrítico y les estalló en las manos.

—Aún así...

—Es suficiente.

—Dicúlpenos de nuevo, creíamos que había sido usted en persona quien había indicado la conveniencia de llevar a cabo una última evaluación directa.

—Es cierto, fui yo. A veces analizar los datos adquiridos en remoto no es lo mismo que observar sin intermediación un experimento, sobre todo cuando se ha prolongado mucho más de lo habitual. Y quizás... quizás... no, es solo una emoción absurda, está bien así. El archivo pasará ahora a la atención de los Ensambladores para uso futuro.

—¿Y el básico?

—Consignen en el informe que su reciclaje se efectuó de forma anómala.

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