Relato 21- La Siesta En La Que El Cielo Oscureció

Ustedes saben lo que es el calor, saben lo que es el frío; pero, ni imaginan lo que es el calor y el frío en Lago Cristalino. Tampoco imaginan la alegría que produce vivir en tan mágico sitio. Ese día, en pleno verano, en plenas vacaciones, todo el pueblo se encontraba en la fiesta anual. Había comenzado antes, pero yo llegué como a las dos de la tarde; estaba cantando una chica joven, rubia y bonita. El lago lucía espléndido con su imponente tono verdoso, algunos niños jugaban a orillas, otros, no mucho más grandes, nadaban con flotadores inflables de plástico sujetos a la cintura. Los ribetes colorinches de papel maché ornaban el lugar junto a los inmensos eucaliptos de la circunferencia. Y ubicada en la planicie una mesa larga con pequeños tazones de comida que habían empezado a ser asediados por las moscas; por eso, las mujeres recogían los platos. Yo había abierto una lata de cerveza para refrescarme, y cuando iba por la mitad fue el momento… aquel terrible instante en que todo comenzó.

 

Fue tan repentino cuando el cielo oscureció, y fue tan oscuro que por ese instante reinó un silencio total. El pánico empezó a incrementarse gradualmente. Los niños lloraban y las madres se aferraban tenazmente a ellos con una terrible expresión de asombro y horror. Vi como Héctor cayó de rodillas con la boca abierta, el tano Vicentti dejó caer el vaso que tenía en su mano. como si hubieran olvidado  todo excepto esa extraña y tétrica panorámica que mostraba aquel cielo.

 

Creo que fui el único que buscó explicaciones en expresiones ajenas, pues todos tenían la mirada clavada en ese incesante fluir de espesas… ¿nubes?  En un momento, cuando levanté la vista, vi la impresionante velocidad con la que las nubes pasaban, y vi la densidad de las nubes y cómo kilómetros de filamentos eléctricos jugueteaban entre ellas. Parecía el humo de un incendio, un inmenso e inconmensurable desastre en donde el mismísimo cielo se incendiaba. El lago fue como un espejo de sombras.

 

El frío que llegó con aquel oscuro temporal de ensueño fue tal que, mientras corría buscando a mi esposa y mi hijo noté que algunas personas habían adquirido un tono lila en su piel, y en sus labios un extraño morado. En eso, divisé un grupo de personas en un abultamiento, entonces hasta allí me acerqué. Algo me dijo que ya sabía lo que estaba a punto de ver, pero el impacto de caer en cuenta definitivamente, con pruebas visuales, fue horroroso.

 

Mi pequeño hijo Jeremías de tan sólo cinco años de vida yacía inerte, su tes había adquirido un suave lila y sus ojos verdes estaban rodeados de un oscuro rojo sangre. Miré a mi alrededor y observé que más de uno estaba llorando a sus seres queridos muertos, fue entonces que me armé de valor para no caer en un pozo nervioso. Entonces, pude advertir que una especie de ráfagas de viento, unas extrañas ráfagas de humo negro eran las culpables.

 

Estábamos en medio del campo, sólo estaban cerca los quinchos, y algunas personas corrieron a refugiarse. Por esos momentos, las ráfagas aumentaban y parecían pequeños remolinos amenazando con dejarnos secos, entonces grité:

 

- No corran hacia los quinchos, no tiene sentido. Esos… gases venenosos o lo que sea tienen vía libre allí.

 

-Y entonces que dices que debemos hacer, Gustavo -preguntó el Dr. Suárez.

 

-Creo que será más seguro correr hacia la iglesia… está un poco alejada, pero es lo más cercano para refugiarnos… y, a propósito, deberíamos apurarnos… a medida que pasa el tiempo se incrementan esas nubes de humo o gases o lo que sean. Y el frío… este frío puede ser letal.

 

A esa altura el caos generalizado estaba encendido. Un grupo se vino conmigo, otros testarudos siguieron camino al pueblo, a sus casas.

 

Marina mi esposa, llevaba en sus brazos a nuestro hijo, yo traté de evitar verla sufrir de esa manera, sólo me restaría energías para intentar a ayudar a otros. Ella lo tomó como un abandono, una desavenencia de mi parte. Una parte de mí decía que ella era la culpable de la muerte del niño, y otra parte me recordaba que Jere era inquieto y escurridizo, pero también muy miedoso cuando le asustaba un asunto. Era mi mujer, pero desde ese momento supe que le odiaría para siempre…

 

Llegamos hasta la capilla. Nunca antes había visto a la gente del pueblo tan asustada, y con tanta incertidumbre. El padre Victorio nos abrió la puerta, nos acomodamos como pudimos. Pasaron dos minutos. El silencio allí adentro era, efectivamente, un silencio de misa; fue perceptible un terrible estado de shock colectivo. Me levanté apurado para no contagiarme de esa debilidad extra en lo anímico. Primero le pedí unas mantas al padre Victorio y envolví los cadáveres, que eran mi hijo y otros dos niños. Los llevé a una habitación trasera desocupada, fui solo. Al taparle sus caras sentí calofríos y cuando fue la de mi hijo… me costó como nunca, pero, finalmente, le miré a la cara; un llanto se escapó de mi pecho. Pronto logré controlarme, a continuación cerré la puerta con una mano y con la otra me limpié la cara. Regresé junto a los demás.

 

Éramos un grupo de treinta y cinco personas: mujeres y jovencitos en mayoría. Poco a poco se empezó a escuchar murmullos, ya estaban cayendo en la realidad, en el horrible presente. Los ruidos ahí afuera eran tan atemorizantes como raros.

 

- Un ataque nuclear, ya no tenemos salvación… será cuestión de minutos -dijo un jovencito turista.

 

-El juicio final, la ira de dios contra los impíos - gritó la vieja Susana.

 

Con todo esto se armó una desordenada discusión, entonces tuve que elevar la voz.

 

-Es un temporal… -dije, poco convencido.

 

-¿Un temporal? Este tipo está de coñas… -contestó uno de los veraneantes.

 

-Creo que sea lo que sea es peligroso, estaremos más seguros aquí dentro. Pero, tú puedes hacer lo que te plazca, tío. Ni siquiera te conozco.

 

El tipo quedó mudo, pero lo vi masticando bronca.

 

Pasaron diez minutos, yo estaba sentado conversando con el padre Victorio, entonces los tres hombres veraneantes que estaban de vacaciones en nuestro pueblo decidieron perder la calma. Ponían nerviosa a la gente. Allí a fuera podía oírse el ruido como de rayos eléctricos, pero era un ruido inédito, espeluznante. Los veraneantes no estaban en sus cabales, el susto los había desquiciado. Por eso, se armó una pelea en donde, lamentablemente, tuve que romperle la nariz a uno de ellos; los otros dos también recibieron una tunda. Seguimos en lucha hasta que se produjo un pequeño temblor: inconstante, pero largo; unos jarrones con flores cayeron al suelo, haciéndose añicos.

 

Los veraneantes, luego de proferir amenazas, encararon como para salir. Intenté disuadirlos de que no lo hagan, que no estábamos seguros ni a que nos enfrentábamos. El tipo me miró con desprecio, miró con desprecio alrededor y escupió sangre en el piso, luego salió junto a sus compañeros.

 

Los ruidos extraños y los temblores continuaban. Había pasado aproximadamente una hora del momento en el que el cielo oscureció y se desató la catástrofe. La incertidumbre, el miedo y el dolor sentimental, ese efecto corría en mis venas. Era el comienzo del fin del mundo, siempre lo supe. Y los demás también lo sabían porque indudablemente sintieron esa sensación inexplicable.

 

                                                            **

Decidí salir a investigar, los temblores eran cada vez más enérgicos.

 

A fuera todo seguía oscuro, todo parecía un sueño del que no podía salir, rogaba a Dios que me sacará de allí, que volviera todo a la normalidad. Me sentía extrañamente confundido, pero traté de no enviciar mi mente con el sabor de las debilidades y seguí caminando.

 

El  cielo permanecía abundado de esos oscuros nubarrones. La vislumbre del lugar era de un color rojizo, a mi alrededor todo se estaba quemando. Vi cómo se abrían unas compuertas entre gruesas corrientes eléctricas. Desde la oscuridad del cielo empezaron a brotar unos platos metálicos que giraban dos veces en torno a si mismos y avanzaba a propulsión. De estos platos voladores emergían una especie de robots que se posaban en tierra firme; esas cosas eran verdaderas armas mortales. No los veía con claridad debido a mi mala vista y a que estaban lejos, pero pronto se asomarían a por nosotros, de eso no tenía dudas. Después de pensarlo, busqué en derredor algo que me sirviera como defensa y encontré un tronco de madera maciza, era grueso…

 

No cedí al miedo, pero, sin embargo, sabía bien que yo no podía hacer nada por nadie, ni siquiera por mí, miré el tronco en mi mano y se me escapó una risilla histérica. Sabía muy bien que era el fin de todo.

 

Cuando quise volver a la capilla me percaté de que uno de los robots destructores se acercaba devorando con fuego todo a su paso. Me escondí acertadamente entre una maraña de arbustos, luego me trepé a un árbol cercano hasta que esa… cosa… llegó.

 

No puedo detallar nada debido a la ingente oscuridad que invadió Lago Cristalino, sólo alumbraban los múltiples incendios en toda dirección cardinal. Puedo dar una contemplación… El robot medía unos dos metros, con las extremidades inmensas en proporción al cuerpo. De sus hombres lanzaba densas llamas y un líquido combustible. En la parte del pecho sobresalía un trapezoide de cristal, allí noté al asqueroso ser que manipulaba al robot. Era de tes amarillenta, ojos grandes y oscuros, brillaba; lo primero que me vino a la mente fue que esa cosa era mitad hombre y mitad pez, una horrible mutación de la naturaleza.

 

Cuando estuvo a tiro, le salté encima y traté de romper el vidrio para batirme con el pez humanoide. En un solo y sencillo movimiento, el robot, me sacó de encima. Me golpee el cuello al caer, tanto que casi me desnuco. El robot se acercó hasta mí, y entonces tuve al extraterrestre de frente; me quiso aplastar con los  gruesos puños del robot, entonces me moví rápidamente esquivando el golpe, pero el impulso de la mano me tocó y fui a parar cincuenta metros más allá, reboté por el terroso suelo. Milagrosamente, sólo sufrí unos raspones… terribles raspones, pero nada mortal.

 

Sin embargo, me quedé estático en el suelo, simulé mi muerte. Con los ojos semi-cerrados alcancé a ver al robot acercándose a mí,entonces se detuvo, yo no me moví ni un milímetro, de uno de sus hombros brotó una bola de fuego que se extinguió en seguida en el mismo lugar. A continuación dio media vuelta y marchó rumbo a la capilla, entonces suspiré ampliamente.

 

Cerré los ojos para no ver arder la capilla. Nublé el pensamiento para no ver a mi esposa y a toda esa gente derritiéndose a causa del ataque lanzado por el pirómano robot. Fue entonces cuando me di cuenta de que no podía levantarme, estaba semi conciente. ¿Si el desmayo duro un minuto o dos horas…? no lo sé.

 

Costosamente logré reincorporarme para acercarme hasta el lugar de los hechos. La vista se me nubló momentáneamente, sentí un punzante dolor en el cuello, caí a los pocos metros, y antes de volver a desmayarme, vi como los robots reclutaban a todas las mujeres, y a los hombres les mataban como a animales sin importancia.

 

Cuando desperté seguía el cielo negro, y no se trataba de un sueño, la iglesia del pueblo se había reducido a cenizas, todo era real y estaba ocurriendo.

 

Caminé hasta mi pueblo, éste parecía el mismo infierno; las llamas devoraban todo: casas, vehículos, árboles. El bosque ardía, las llamas se perdían de vista junto al horizonte. Los platillos voladores revoloteaban por todo el cielo, algunos cercanos, otros más distantes. Y ese extraño resplandor rojizo seguía en el ambiente.

 

Pude entrar en mi casa, que era una de las pocas que no había terminado de incendiarse. Bajé al sótano y alisté todo mi arsenal. Saqué el coche del garaje y cargué el armamento. Ahora estoy a punto de salir a… patearles el culo a esos extraterrestres de mierda, a buscar sobrevivientes, a intentar poner mi valentía y mi inteligencia al servicio de una resistencia a estos malditos invasores del espacio.

 

Tal vez sea la simple utopía de un desesperado, tal vez me asesinen cinco minutos después, tal vez no encuentre a nadie, tal vez no quiero aceptar la perdición. Pero, ciertamente, me marchó… guardo la esperanza como última carta y arma.

 

Dejo este escrito a modo de orientación para quién no sepa lo que está sucediendo… suena un poco absurdo, más bien es un desahogo para descomprimir de mi mente aquellos hechos que empezaron un hermoso día de verano en el que la luz se hizo sombra, trasformándose en el inicio de la peor pesadilla.

 

 

 

FIN.-

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