Relato 18 - La luz de Elver

 

La Luz de Elver

 

Caminaba en compañía de su fiel amigo, como siempre hacía; de pronto, de uno de los grandes árboles del bosque apareció un extraño ser deforme que les impidió el paso.  Ambos jóvenes elfos, frente al ser, quedaron callados y quietos, sin saber qué  hacer ni qué decir. Tras unos segundos el monstruo abrió la boca, para mostrar en su interior unos dientes afilados y amarillos. A continuación, el repugnante ser se colocó en posición de ataque y se lanzó hacia sus víctimas mientras rugía de hambre.

Elver, de cabellos rubios y mirada felina y Zajú, con una mata abundante de cabello rojizo, se quedaron paralizados, sin poder reaccionar, pero entonces, algo ocurrió, pues Zajú se quedó contemplando a su amigo, como si fuera algo divino, mágico.

— ¿Y esto?— preguntó Elver, con el corazón a punto de salírsele del pecho—.  ¿Qué es esta luz?

—Es la luz de la magia—susurró Zajú asombrado—. La luz de la magia que hay dentro de ti.

Una luz, una luz pura y cálida, cegó al ser demoníaco, que cayó al suelo presa del dolor. Los dos amigos aprovecharon la ocasión y se alejaron rápidamente del lugar. Corrieron lo más rápido que pudieron, mientras Elver seguía resplandeciendo mágicamente.

Cuando hubieron llegado a una zona remota del bosque se detuvieron.

Con la respiración entrecortada por la carrera ninguno podía hablar, aunque en sus mentes ninguno podía dejar de hacerse preguntas.

Elver se tocó el pecho y sintió la calidez de la luz que seguía saliendo de su ser. Cerró los ojos e intentó tranquilizarse, pues estaba tan nervioso que sentía que se desmayaría por la impresión de lo ocurrido.

—Tranquilízate, estúpido—se regañó. Y fue entonces cuando sintió a Zajú tirar de la manga de su camisa.

—Ya está. El resplandor se ha apagado—dijo Zajú, mirando el cuerpo de su amigo, que volvía a estar normal.

Elver se sentó en la mullida hierba y se limpió el sudor que le caía por la frente.

— ¿A qué te referías con la luz de mi magia?—preguntó entonces el joven. Su amigo le miró sonriente.

—La magia que hay dentro de ti salió en nuestra ayuda cuando ese ser intentó atacarnos. ¡Ha sido increíble!—exclamó Zajú, entusiasmado.

— ¿De dónde has sacado una idea semejante?—Elver seguía nervioso y no comprendía cómo de un día para otro una magia así podía haberse manifestado en él; pues sus padres, ya fallecidos, nunca le habían hablado de nada parecido.

—Fuiste tú el que lo encontró, ¿no te acuerdas? Ese viejo pergamino… No fue una casualidad… estaba destinado a ti. —Elver miró los oscuros ojos de su amigo y entonces entendió:

 

Había ocurrido hacía un par de semanas. Él y Zajú se encontraban en La Torre de Hechicería élfica, en donde se estaban instruyendo en el arte de la lucha, la sanación y la videncia.

Pasaban allí innumerables horas y conocían todos los rincones de la torre, o casi todos, pues una mañana muy temprano se encontraban en la enorme biblioteca del último piso cuando algo captó la atención de Zajú.

El joven observó a un grupo de ratones caminar en grupo y con el destino claramente establecido, ya que el primero de todos guiaba al resto hacia lo que parecía ser un pequeño hueco en uno de los tablones del techo de la sala. El grupo de roedores se fue introduciendo por él poco a poco, hasta que todos hubieron desaparecido.

Zajú miró a su alrededor y cogió la gran escalera que se disponía para lograr alcanzar los libros de las estanterías más altas. Se subió a ella, con gran pesar, pues las alturas no le hacían demasiada gracia y comenzó a subir de uno en uno todos los escalones, ante la atenta mirada de Elver, que no sabía qué  pretendía hacer su amigo.

Una vez subido en lo más alto, Zajú observó el hueco por el que los ratones habían desaparecido. Dio unos cuantos golpecitos en las maderas con los nudillos y el ruido sonó hueco.

— ¿Se puede saber qué haces?—preguntó Elver, intrigado.

—Aquí hay algo…—respondió su amigo, intentando mirar a través de los resquicios que había entre los tablones.

—Claro que hay algo, se llama techo y te vas a dar un buen mamporro como te caigas de ahí arriba, so burro. —Elver se atusó el cabello que le caía sobre los ojos y posó la mirada nuevamente en el libro que estaba leyendo.

Zajú le ignoró y continuó con su investigación. Tras un par de minutos, en los cuales casi cayó al suelo al resbalarse de la escalera, encontró una madera más suelta que las demás.

— ¡Lo sabía!—exclamó, emocionado.

Entonces, un profesor de largos cabellos oscuros entró en la biblioteca, portando un montón de libros en su regazo. Observó a Elver, que le miró también, con una media sonrisa, y después a Zajú, que había cogido un libro para disimular.

— ¿Puedo ayudarte, joven?—preguntó el profesor.

—No se preocupe, profesor, Zhisen, ya tengo lo que andaba buscando. —Sonrió Zajú de manera nada convincente. El profesor le miró con el ceño fruncido, más después de colocar los libros en sus lugares correspondientes volvió a marcharse.

— ¡Quieres bajar de ahí de una vez! ¡Te vas a meter en un lío!—urgió Elver una vez se hubieron quedado a solas de nuevo.

—No, no, amigo, pues mira lo que mi astucia y curiosidad han encontrado. —El joven tiró del tablón que había cerca de su cabeza, y éste se descolgó del techo fácilmente. Lo colocó sobre una de las baldas de la estantería, y después quitó otro madero.

Zajú se subió al último escalón de la escalera y asomó la cabeza a través del agujero.

— ¡Baja de ahí, loco!—exclamó Elver, comenzando a ponerse muy nervioso.

— ¡Ven, Elver, tienes que ver esto!—respondió Zajú emocionado al tiempo que su cabeza volvía a aparecer a través del hueco del techo.

Su amigo le miró con cara de pocos amigos, pero al fin accedió. Zajú sonrió triunfante y al ver que su amigo se dirigía hacia él escaló hasta conseguir desaparecer por completo por el techo de la alta biblioteca.

Elver resopló y corrió al oír pasos aproximarse. Subió lo más rápido que pudo por la escalera hasta que consiguió asomar la cabeza por el hueco que las maderas desprendidas habían dejado.

Observó a su alrededor y vio a Zajú mirarle satisfecho. Una sala iluminada tan solo por los escasos rayos de luz que se filtraban por entre las grietas de la piedra apareció ante él. Era amplia, y el único mobiliario consistía en una gran mesa llena de libros y pergaminos y un par de sillas, tiradas en el suelo. Todo estaba cubierto de polvo y telas de araña, y los ratones que Zajú había visto, corrieron de un extremo al otro al llegar ambos jóvenes.

— ¿Vas a subir de una vez o te vas a quedar a mirar desde ahí?—preguntó Zajú mientras se acercaba a su amigo—. ¡Arriba!—Tiró de él y Elver cayó sobre el suelo, que crujió bajo su peso.

— ¿Qué demonios es este lugar?—Elver se quitó el polvo de los pantalones y caminó hacia la mesa en donde reposaban los escritos. Cogió un libro, sopló el polvo que lo cubría y leyó la inscripción: Los días antiguos: La realidad de la declive. Lo abrió y lo ojeó durante unos instantes hasta que sus ojos se posaron, sin poder evitarlo y como atraído por él, sobre un viejo pergamino, enrollado con una cinta de color rojo, ya envejecida y roída por los ratones. El joven quitó la cinta, y desenrolló el pergamino.

— ¿Tienes luz, Zajú?—preguntó Elver, sin poder apartar la mirada del escrito.

—Por supuesto, amigo. Mira, chasco mis dedos y aquí, por arte de magia, hago aparecer fuego. —Zajú chascó los dedos en un gesto cómico, frente al rostro ceñudo de su amigo, que le miró con cara de pocos amigos.

Elver se alejó hacia el agujero por el que habían trepado y se agachó para conseguir algo más de iluminación.

“El tiempo del caos volverá a los reinos divinos, pero aquel que posea el poder hará brillar la mágica luz que habita en él, para así conseguir apagar las tinieblas hasta que el momento en que todo se tendrá que decidir llegue”

— ¿Y eso?—preguntó Zajú, mirando por encima del hombro de su amigo.

—No tengo ni idea—contestó el joven elfo, volviendo a leer el escrito.

—Esto es genial, pero tenemos que salir de aquí o nos quedaremos sin sesión de entrenamiento. —Zajú apremió a Elver a que se marchara.

— ¿Ahora te ha entrado prisa?

—Claro, ya casi es la hora de la primera clase, y ya sabes quién nos pillará si no nos vamos de inmediato—comentó Zajú mientras se adelantaba a su amigo y comenzaba a escabullirse por el hueco del suelo.

Elver asintió, enrolló el viejo pergamino y se lo guardó en el cinto.

 

Esto era lo que había ocurrido entonces, y aunque había pensado mucho en ello jamás pudo imaginar que nada tuviera que ver con él. Y ahora…. Ahora que su cuerpo había resplandecido de esa manera no se había dado cuenta de que tenía que ver con el extraño escrito.

Sacó el pergamino de su cinto y lo desenrolló como tantas veces en los últimos días.

—Así que, lo guardas ahí, ¿eh?—preguntó Zajú, sonriente. Alargó la mano y con gran agilidad y velocidad le arrebató a su amigo el escrito—. “El tiempo del caos volverá a los reinos divinos, pero aquel que posea el poder hará brillar la mágica luz que habita en él, para así conseguir apagar las tinieblas hasta que el momento en que todo se tendrá que decidir llegue”.  Está claro que habla de ti—dijo, mirando a su amigo a los ojos, cuyos iris verdes quedaron reducidos al dilatarse sus pupilas. Sin duda aquellas palabras y lo que acababa de ocurrir le hacían emocionarse.

—Debe de haber un error. El plano en el que vivimos está bien, todo está en paz…—Elver, en el fondo, parecía no creer que pudiera ser alguien especial.

—Entonces, ¿para qué nos enseñan a luchar?—preguntó Zajú, con gesto de cansancio.

Elver calló, al darse cuenta de que la pregunta de su amigo tenía mucho sentido.

—Bueno… Para estar preparados… Por si algún día ocurriera algo—respondió, de manera poco convincente.

—Claro… Y el bicharraco que hemos visto antes tan solo era un señuelo puesto por nuestros profesores como método de aprendizaje efectivo, ¿no?—Elver se quedó en silencio, sin poder decir una palabra que no sonará absurda.

— ¿Y qué se supone que debo hacer ahora?— Elver miró a Zajú y éste se quedó pensativo durante unos instantes.

—Preguntar a la elfa más anciana y sabia del lugar, por supuesto—respondió al tiempo que devolvía el pergamino a su amigo—. ¿Y esa es…?

—Mi abuela, claro…—resopló Elver.

—En efecto, así que, ¡en marcha!

Ambos amigos emprendieron el viaje hacia el poblado, construido en uno de los bosques más hermosos de todo el plano, mientras innumerables pensamientos surcaban sus mentes. ¿A qué se referiría el pergamino con que el tiempo del caos volvería? ¿Qué daría lugar al caos? ¿Quién lo haría regresar? ¿Por qué? ¿Y qué podría hacer Elver para impedirlo? ¿Aquella luz en verdad era tan poderosa?

 

Elver miró el horizonte y observó el sol, que comenzaba a desaparecer. Hacía viento, pero era suave y agradable, más un escalofrío recorrió su cuerpo de los pies a la cabeza al darse cuenta de que su vida había cambiado en el momento en que sus ojos habían leído las palabras del viejo pergamino.

Zajú observó a su amigo de manera furtiva y sonrió, pues sabía que algo grande llegaría a pasar, y sabía que él formaría parte de aquello que un día, hacía tal vez cientos de años, había sido escrito en aquel pergamino para avisar a generaciones futuras.

Tras media hora, Elver vislumbró su casa y movido por la duda y el ansia de conocer comenzó a correr, en compañía de Zajú, que no se separaba de él más de lo necesario.

Llamó a la puerta para avisar a su abuela de su llegada y se adentró en la bonita casa de madera que la naturaleza y la mano élfica habían creado para otorgarles un hogar.

El joven se dirigió hacia la sala en donde sabía que estaría la anciana y, como siempre, la encontró leyendo un viejo libro. A su alrededor docenas de ellos se amontonaban. Había tantos que casi no cabían en la habitación y muchos habían sido donados a la biblioteca de La Torre de Hechicería.

—Buenas tardes, hijo. Hoy llegas temprano—saludó la anciana, sonriente mientras se levantaba de su cómodo sofá.

—Hola, abuela. Hoy Zajú viene conmigo.

—Hola, jovencito, ¿quieres tomar algo?—preguntó la anciana, tan amable como siempre.

—No se moleste, señora Kaleza— respondió el joven, algo impaciente.

— ¿Puedes sentarte?—preguntó Elver, instando a su abuela a que lo hiciera. La anciana le miró dubitativa, pero al ver la expresión de su rostro aceptó, intrigada.

— ¿Qué ocurre, hijo?

—Verás, es que hoy… Hoy nos ha ocurrido algo raro—habló Elver, un tanto nervioso.

—Si, bueno, cuando dice raro quiere decir mágico—comentó ahora Zajú. Kaleza miró al joven y la expresión de su rostro se tornó relajada.

—En este plano todo es magia, hijo, ¿por qué si no se llama el Plano de la Magia el lugar en el que vivimos?—Elver y Zajú se miraron y la frustración se reflejó en sus rostros.

—Si, abuela, lo sé, vivo en él… Pero, no, no quería decir eso. Es que… hace unas semanas estábamos en la biblioteca y el tonto de Zajú comenzó a seguir a unos ratones. Entonces, aparecimos en el techo y encontramos un viejo pergamino, más tuvimos que irnos rápido… Y de pronto un ser endemoniado apareció, pero la luz lo cubrió todo y yo me quedé casi sin respiración, y…—La anciana miraba a su nieto con gesto de incomprensión, y con cada nueva palabra que el joven dejaba escapar por su boca ese gesto se hacía mayor.

—Eh… Bien. Perdone a su nieto, Kaleza, está algo nervioso, por lo que será mejor que yo aclare el asunto. —Zajú golpeó el costado de su amigo con el codo y cogió el pergamino del cinto del joven.  Lo desenrolló y comenzó a leer. La expresión de Kaleza cambió al instante.

— ¡Déjame eso!—pidió, con el rostro contraído por la sorpresa. Zajú le entregó el pergamino a la anciana, sin dudar, y contempló el movimiento de sus ojos al leer las líneas—. ¿Dónde lo habéis encontrado?

—En un hueco que había más allá del techo de la biblioteca de la torre—respondió Elver—. Encontramos una habitación secreta, por casualidad; vi el pergamino y lo leí. Me llamó la atención, así que me lo llevé y entonces, hoy…—Elver calló, ante la atenta mirada de su abuela.

—Entonces, ¿qué?—preguntó Kaleza, poniéndose en pie de nuevo.

—Entonces, algo nos atacó en el bosque. Era un ser deforme, repugnante y malvado, como jamás había visto. Zajú y yo nos quedamos paralizados, pero de pronto, mi cuerpo comenzó a resplandecer y el ser cayó al suelo, como si mi luz pudiera dañarle. Esto nos permitió huir y ya a salvo fue cuando Zajú me recordó el escrito del pergamino, pues yo no había caído en cuenta. — Kaleza se quedó pensativa largo tiempo, hasta que por fin se pronunció, sentándose de nuevo en el sofá que le había dado descanso durante tanto tiempo a lo largo de su vida.

—Hacía cientos de años que no oía hablar de este pergamino—confesó la anciana—. Y al pasar el tiempo pensé que la historia caería en el olvido, que tan solo se convertiría en una leyenda, como tantas otras han poblado el Plano desde el comienzo de los tiempos.—Elver miró a su abuela, sin comprender nada de lo que estaba oyendo—. Será mejor que os sentéis. —Zajú y Elver asintieron y se acomodaron en el sillón que había situado frente a la anciana—. Supongo que conocéis la historia del creador de las tormentas que lo arrasan todo, ¿verdad? De Darkbeing, el señor del Mal, de los truenos y de la oscuridad. —Los dos jóvenes asintieron—.  Pues bien, como ya sabréis, antes de que vosotros nacierais tuvo lugar el Cataclismo, provocado por el robo de la gema mágica, que da estabilidad a nuestro Plano y  a todos los que forman el universo, a manos de Darkbeing.

—Si… Mis padres me contaron la historia cuando era aún un muchacho—afirmó Zajú, recordando los hechos.

—Los que vivimos aquellos tiempos pensamos que el Plano caería en la oscuridad, en las tinieblas; más los Dioses encontraron la fuente de poder que lograría salvarnos.

—Los elegidos—interrumpió Elver.

—Así es. Los elegidos que un día llegaran aquí para acabar con el Mal fueron descubiertos, o más bien fueron descubiertas las almas que un día llegarán a crecer en sus cuerpos. El poder que aún entonces, sin haber sido creados, sin haber nacido, poseían, fue suficiente para que Darkbeing se debilitara. Hecho que fue aprovechado por los Dioses para devolver el equilibrio a la gema, llamada La Gema de Ayala, hasta llegado el momento de la batalla final.

— ¿Estás diciendo…? —Elver miró a Zajú, que observaba a la anciana con la mirada llena de inquietud y duda.

—Estoy diciendo que Darkbeing aún vive y que tú eres el encargado de que nada pase hasta que los elegidos lleguen a nosotros. —Elver miró a su abuela y las dudas, en lugar de menguar, crecieron como una avalancha de nieve.

— ¿Qué? ¿Qué soy el encargado de impedir que Darkbeing ataque?

—Eres el guardián que deberá cuidar la gema hasta que los elegidos puedan hacerlo por ellos mismos, pues aún quedan unos años para ello. —Zajú se levantó del sillón y caminó a la ventana. Necesitaba tomar el aire.

—Esto es más de lo que pude llegar a imaginar…—murmuró sorprendido— ¡Vas a formar parte de la leyenda de los elegidos y Darkbeing! ¡Es asombroso!—Elver miró a Zajú, que irradiaba admiración, y agarró el pergamino más fuertemente aún.

—Pero todo está bien, abuela. No hay peligro, no ha habido señales de Darkbeing desde que tengo memoria y puesto que somos elfos de eso hace ya muchos años. —Kaleza contempló a su nieto con tristeza y alargó su mano para que él la cogiera.

—Eso es lo que la mayoría piensa, y eso es lo que tenemos a nuestro favor—contestó Kaleza, sonriendo débilmente.

—La ignorancia y la confianza de un pueblo juega a favor de Darkbeing, no al nuestro—habló Elver, confuso.

—No. Solo los más ancianos conocemos esta historia, por lo que Darkbeing no sabrá que tú te encargarás de impedirle regresar. ¿No lo entiendes? No sabe que el guardián vive aquí y ahora, por lo que desconoce que su poder no podrá traspasar la barrera mágica de la gema. —Elver asintió.

— ¿Y qué debo hacer entonces?

—Deberás viajar a la Montaña de Ayala, en cuya cima se encuentra la gema con el mismo nombre. Una vez allí, tu magia interior, tu luz, te dirá qué hacer. Más ten cuidado, pues ese ser que visteis en el bosque no será el único. Una puerta se ha abierto, y quién sabe lo que habrá cruzado a través de ella. —

Los dos jóvenes miraron a la anciana y allí y en ese momento, la misión del guardián comenzó.

 

A la mañana siguiente ambos partieron rumbo a la Montaña de Ayala, en donde Elver tendría que utilizar su luz para proteger la gema e impedir así que Darkbeing se apoderara de ella. Debería hacerlo hasta que los elegidos se reunieran y lo eliminaran de una vez y para siempre.

Elver y Zajú caminaban rápidos y emocionados, pues sabían que el destino del Plano de la Magia, de todos los planos que forman el universo, estaba en sus manos.

 

*

 

Los días y las semanas pasaron y la montaña ya podía verse en el horizonte.

No habían tenido ningún problema en el camino, más un día, una tarde en la que habían parado a descansar y comer algo, alguien se cruzó en su camino.

— ¿Qué hacéis aquí?—preguntó una joven centaura, de ojos claros, pecosa y con cabellos castaños atados en una coleta alta.

— ¿Qué que hacemos aquí?—preguntó Zajú, con el ceño fruncido, mientras masticaba un trozo de manzana.

—Estamos descansando—respondió Elver con el semblante serio.

—Estas tierras pertenecen a la comarca de Duren, tierra de centauros, por lo que deberíais marcharos a otro lugar.

—Que Duren sea una tierra de centauros no la hace intransitable para las demás razas que habitan el Plano—respondió Elver, molesto.

—Muy buena—susurró Zajú, masticando otro pedazo de fruta.

— Calla—susurró su amigo malhumorado.

La joven centaura observó a ambos elfos con una mueca de desconfianza, pero tras unos instantes una media sonrisa iluminó su rostro.

—Me llamo Elicea—se presentó, mientras inclinaba una pata delantera en un gesto de educación. Zajú y Elver se miraron confusos.

—Él es Zajú y yo me llamo Elver. —La joven se aproximó a ellos, levantando el polvo con las patas traseras a medida que caminaba.

— ¡Oye, oye, ten cuidado, estás ensuciando mi comida!—se quejó Zajú, enfadado.

—Lo siento, muchachito. Tengo tanta fuerza en mis patas que a veces no me doy cuenta de ello. —Zajú miró a Elicea con la boca abierta y antes de que pudiera contestar, Elver habló:

—Solo estamos de paso, así que no te preocupes. Nos iremos en cuanto empaquemos las cosas.

—Tened cuidado entonces, pues unos extraños seres han rondado el lugar las últimas noches. —Elver miró a la centaura, con gesto de interrogación—. Son demonios oscuros. Negros como la noche, con afilados dientes que desagarran la piel con facilidad. —Los dos jóvenes se dirigieron una mirada temerosa y recordaron el ser que les había atacado hacía semanas.

—Muchas gracias, Elicea. Tendremos cuidado. —Elver comenzó a guardar las cosas y tras hacerlo se colgó los fardos a la espalda. Zajú hizo lo propio y tras unas cuantas palabras más la centaura se despidió, no sin antes dirigirles una mirada sonriente.

 

*

Los días pasaban rápido y la montaña cada vez  se tornaba más cercana. Pronto llegarían a ella y Elver no podía dejar de pensar en lo qué debería de hacer cuando la gema se apareciera ante él.

Pasaban la mayor parte del día caminando, y las noches las descansaban en lugares seguros, como cuevas, o páramos escondidos en los bosques que conocían seguros.

No se habían topado con los seres oscuros que Elicea había nombrado, más una mañana un ruido de pasos despertó a Elver de sus dulces sueños.

El joven elfo dirigió una mirada a su amigo, que seguía durmiendo, con la baba cayéndole por la comisura de la boca; y dio unos cuantos pasos alejándose de él; hasta que el ruido de pasos volvió a escucharse. Elver se giró hacia el lugar del que había provenido y entonces lo vio. Un demonio, como el que les había descrito la joven centaura, como el que les había atacado antes de descubrir su luz mágica, le miraba con una extraña sonrisa en su deforme boca.

Zajú se despertó al sentir algo a su alrededor y contempló horrorizado como el demonio se disponía a saltar sobre su amigo. Pero entonces, una luz lo bañó todo. Elver contempló el destello que salía de su cuerpo, pero se dio cuenta al instante de que esa no era la causante de tal intensidad de brillo a su alrededor. Había otra luz más poderosa que llegaba del cielo. Tras unos segundos el resplandor fue tan fuerte que ninguno de los dos jóvenes pudo mantener por más tiempo los ojos abiertos.

Elver se tocó el pecho y sintió el latir de su corazón, la calidez de su luz, y de la luz que lo cubría todo.

El ruido de algo chocar contra el suelo acompañó al destello, que tras unos instantes más comenzó a desaparecer, hasta que la normalidad volvió a reinar.

Una muchacha apareció ante ellos. Se encontraba con una rodilla hincada en la tierra y parecía haber caído del cielo.

Elver la contempló, pero al instante giró la cabeza en busca del demonio. Se tranquilizó al comprobar que había desaparecido.

La joven, que no parecía ser elfa, ni hobbit, ni enana, que parecía pertenecer a la raza común del Plano, metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y respiró tranquila al comprobar que lo tenía todo.

Zajú se levantó del suelo y se acercó a su amigo. Los tres jóvenes se quedaron inmóviles, sin hablar; más rápidamente y sin saber muy bien el porqué, Elver supo que podía confiar en aquella extraña muchacha llegada de las nubes.

La joven, de largos cabellos azabache y ojos color miel, observó a su alrededor y sonrió ampliamente.

—Lo he conseguido—dijo casi en un hilo de voz mientras contemplaba maravillada su alrededor.

Elver se acercó a ella y la contempló más fijamente aún.

—Si, he venido de ahí arriba—afirmó la chica, mirando el azul del cielo.

—Pero, ¿cómo?—preguntó el joven, desconcertado.

—Es una larga historia, créeme, muy larga, y no tengo tiempo para eso. ¿Quién eres?

—Soy Elver—respondió el joven.

—Elver…—repitió la chica, sonriendo aún más—. ¿Y adónde os dirigís?

—A la Monta…

— ¿Quién demonios eres tú? ¿Y cómo has llegado aquí?—Elver no pudo finalizar la frase, pues Elicea apareció ante ellos con los brazos cruzados y gesto amenazante.

— ¡Elicea!— exclamó Zajú—. ¿Nos has venido siguiendo?—preguntó con el rostro contraído por la confusión.

—Es obvio, ¿no?—respondió la joven centaura. Caminó con paso decidido y haciendo levantar el polvo una vez más, hasta llegar frente a la muchacha, cuyo rostro permaneció varias cabezas por debajo del suyo a causa de la diferencia de altura.

—Pero ¿por qué?—volvió a preguntar Zajú.

—No me disteis muy buena espina y quería saber qué tramabais—respondió Elicea. Zajú le clavó una mirada amenazante.

—Así que tú eres Elicea… —susurró la chica con el rostro claramente emocionado. Elicea la miró sorprendida y su expresión amenazante desapareció al instante.

—Mi nombre es Samara y he venido desde muy lejos para ayudaros. —Contempló los rostros de los tres jóvenes y un agradable escalofrío de triunfo recorrió su piel.

Elver miró a la chica, después a Elicea, y por último a Zajú, cuya boca se había desencajado por completo en un gesto de sorpresa ante los locos acontecimientos ocurridos en tan solo unos minutos.

—Pero nos dirigimos a la...

—A la Montaña de Ayala. Lo sé—finalizó Samara—. E iré con vosotros.

—Yo también—se unió Elicea. Elver miró a ambas muchachas y asintió sonriente.

Los cuatro jóvenes se pusieron en marcha y juntos emprendieron el viaje, una vez más, hacia la Montaña de Ayala.

 

Elicea iba en la retaguardia, vigilando los alrededores, mientras que Elver caminaba el primero, pensando en todo lo ocurrido en las últimas semanas.

Zajú y Samara lo hacían el uno junto al otro, aunque ninguno hablaba. La joven a cada rato metía la mano en su bolsillo, asegurándose de que lo llevaba todo; gesto que no pasó desapercibido para los ojos de Zajú, quien la observaba furtivamente.

 

Con la caída del sol el grupo se paró a descansar y a comer un poco.

El lugar parecía tranquilo, sin embargo, la sensación de que alguien o algo les seguían crecía en el interior de cada uno de ellos a cada momento.

Elver escuchó un extraño sonido a lo lejos y supo que algo se avecinaba. Se levantó rápidamente y se subió a un árbol cercano. Zajú le siguió y ambos contemplaron los alrededores desde la rama más alta.

— ¿Qué veis?—preguntó Elicea desde tierra.

Elver observó cada árbol, cada roca y cada arrollo y al fin y para su desgracia, encontró lo que andaba buscando.

—Mira—le indicó a Zajú. El joven dirigió la vista hacia el lugar señalado por su amigo y vio un grupo numeroso de seres oscuros aproximarse a su lugar de reposo.

—Son demasiados. Debemos irnos rápido o nos alcanzarán—dijo el joven.

Ambos descendieron y se reunieron con sus compañeras.

—Los demonios oscuros se acercan, así que debemos irnos—indicó Elver.

Las dos muchachas asintieron y comenzaron a recoger el pequeño campamento.

Una vez recogido todo, el grupo comenzó a correr, pues sabían que los seres que se acercaban lo hacían rápido.

 

Elver y Zajú no hacían más que intentar vislumbrar a los enemigos y con sus ojos élficos pudieron ver que la distancia entre ambos grupos cada vez se hacía más pequeña.

 

Elicea era la que más veloz corría, por lo que intentaba tener cuidado, pues no quería separarse mucho del grupo, ya que si los demonios les daban alcance al fin, ella podría pelear para así ayudarles.

Tras diez minutos de intensa huída el grupo enemigo hizo presencia y todos pudieron ver como tan solo les separaban unos pocos metros de distancia.

 

Samara giró la cabeza y observó a uno de los demonios, desfigurado y negro como la noche, correr tras ella con la boca abierta y las garras preparadas para el ataque. Intentó acelerar más la carrera, pero en ese momento sintió como algo caía al suelo. Lo que había estado guardando en el bolsillo de su pantalón caía sin poder evitarlo. La joven maldijo y se dio la vuelta para cogerlo.

— ¿Qué estás haciendo?—exclamó Elver, que había visto lo sucedido.

— ¡Tengo que recogerlo!—respondió Samara, agachándose a la carrera, para recuperar su pertenencia.

— ¡Pero te cogerán!—Elver aflojó el paso y vio como la muchacha ya casi había recuperado lo que había perdido.

— ¡No puedo perderlo, es demasiado importante!—Elver asintió y corrió hacia su compañera, que se había tirado al suelo, esquivando a uno de los demonios.

Elver sintió la magia fluir por su interior y al instante la luz comenzó a manar de él.

Zajú y Elicea, que seguían corriendo, vieron el resplandor blanquecino y se dieron la vuelta para ver qué era lo que ocurría.

— ¡Sube!—le gritó Elicea a Zajú mientras corría hacia él y le cogía del brazo para hacerle subir a su lomo.

La centaura, con el joven sobre ella, corrió y propinó golpes con las patas a todo ser que se interponía en su camino.

— ¡Lo tengo!—exclamó Samara, evitando ágilmente un nuevo golpe enemigo. Elver asintió y dirigió su luz hacia el demonio que, como el anterior, cayó al suelo medio muerto.

Tras unos minutos el lugar estaba libre de seres.

Elver caminó hacia Samara y ésta le sonrió agradecida.

—Algún día entenderás lo importante qué es lo que porto conmigo, pero hasta entonces tendrás que esperar. —El joven la miró seriamente, pero pronto su gesto se tornó sonriente. Confiaba en ella. No sabía el porqué, pero así era.

— ¿Estáis bien?—preguntó Zajú, mientras bajaba de Elicea.

—Si. ¿Vosotros?—preguntó Elver, mirando con un gesto cómico a su amigo y a Elicea, que se ruborizó al instante.

Tras recuperarse, los cuatro compañeros continuaron el viaje.

 

    *

 

Casi una semana más tarde las fronteras de la montaña hicieron aparición y con ellas un nuevo grupo de seres oscuros, que parecían estar custodiando su entrada.

— ¡Otra vez no!—exclamó Zajú furioso.

—Es como si supieran que íbamos a venir—murmuró Elicea, intranquila.

—Lo saben—confirmó Elver—. Esos demonios están aquí para impedir cumplir mi cometido, más no lo van a conseguir. —Zajú miró a su amigo y sonrió.

— ¿Y qué vas a hacer? Son demasiados—comentó Elicea, mirando los ocho demonios que aguardaban en la entrada de la montaña.

—Alguien deberá distraerlos—dijo el joven, guiñando un ojo a su compañera.

— ¿Y por qué yo?—preguntó Elicea, molesta.

—Bueno, está claro que tú eres la más fuerte de todos—aduló Elver—. Y desde luego la más veloz, por lo que huir no te será complicado. —Tras unos instantes la centaura aceptó de buen agrado. Salió del escondite al trote, y se dirigió hacia los demonios, que al instante comenzaron a correr tras ella.

Elver observó la escena y cuando el lugar quedó despejado indicó a Zajú y a Samara que corrieran delante de él. Todos se dirigieron hacia la entrada de la montaña; el primero en entrar fue Zajú y tras él llegó la muchacha, pero Elver se topó cara a cara con uno de los seres, que había quedado agazapado tras unos pedruscos cercanos a la entrada de la montaña, y dio un paso atrás, asustado.

El ser mostró sus dientes, como siempre hacía,  en forma de advertencia, de amenaza, y entonces, la luz salió proyectada hacia él desde el cuerpo del joven.

La calidez, el poder de la luz mágica surgió del cuerpo de Elver, de su corazón, para adentrarse en el del demonio, que cayó al suelo presa del dolor.

El joven elfo dejó al moribundo ser en el suelo y corrió junto a sus compañeros.

Comenzó a subir las escaleras de piedra que le llevarían hasta la cima de Ayala, cuando Elicea apareció tras él. Los demonios oscuros también lo hicieron, pero al adentrarse en la montaña e intentar ascender por ella quedaron paralizados y tras unos momentos sus cuerpos empezaron a quemarse y a convertirse en cenizas.

— ¡Los seres malvados no pueden ascender hasta Ayala! ¡Este lugar es sagrado!—les exclamó Samara varios escalones más arriba—.  ¡Vamos!—Elver asintió y corrió hacia la chica, que continuó ascendiendo.

Larga era la distancia que les separaba de la cima de la montaña, pero al fin consiguieron llegar a ella. Con el agotamiento calando cada uno de sus huesos, los cuatro jóvenes contemplaron el paisaje que se divisaba desde Ayala. Era sombroso, como también lo era la propia montaña, la cual estaba cubierta por un resplandor verde esmeralda, cálido, suave y agradable, que provenía de la gema dispuesta sobre un atril.

Elver caminó hacia él y observó la hermosa joya que reposaba sobre la piedra de mármol blanco.

—Así que ésta es la gema que da estabilidad a todo…—susurró, lleno de respeto.

Alargó la mano y ante la mirada expectante del grupo, y sabiendo que nada malo le pasaría, tocó la Gema de Ayala suavemente.

Eres el único que sabe lo que hay qué hacer—se oyó una voz proveniente del cielo.

Tu poder protegerá la gema hasta que los elegidos puedan hacerlo por ellos mismos—habló otra voz. Más suave y delicada que la anterior.

Escucha tu corazón y deja que tu luz te guíe. —Elver miró los cielos y sonrió.

Cerró los ojos y sintió la luz surgir de su corazón. La dejó fluir hasta la gema y durante largo tiempo la envolvió, protegiéndola de todo lo malo que pudiera haber a su alrededor.

— ¿Qué está haciendo?—preguntó Elicea, asombrada. Zajú la miró y negó con la cabeza.

—Está protegiendo a la gema del poder de Darkbeing—respondió Samara, sonriendo orgullosa.

— ¿Cómo puedes saber tanto?—preguntó Zajú mientras miraba a la chica a los ojos.

—Conozco la historia—respondió Samara, pensativa.

—Pero ¿qué…?

—Mirad—interrumpió Elicea.

Todos contemplaron la luz de Elver, que se intensificó hasta el punto de bañar la totalidad de la montaña.

 

Desde el pueblo élfico y a través de la ventana, Kaleza observó la intensa luz que provenía del norte. Del lugar en donde sabía se encontraba la Montaña de Ayala. Sonrió y volvió a su lectura.

 

La luz del joven hizo levitar  la gema sobre el atril durante unos instantes. Tras estos la piedra volvió a su lugar y la luz desapareció.

El joven observó la gema, sonrió y se giró hacia sus compañeros.

—Ya está. Por lo menos por el momento.

 

Darkbeing, en su tierra de oscuridad, gritó de ira al sentir como el poder de Ayala crecía y el suyo disminuía. No estaba preparado, después de tanto tiempo de espera algo había ocurrido. Algo que había echado al traste su plan de un nuevo Cataclismo. ¿Cómo era posible? Si no hacía algo los elegidos llegarían y le vencerían, así lo habían profetizado los Dioses, incluso él mismo, hacía ya muchos años.

 

Elver y sus compañeros descendieron la montaña hasta llegar al lugar en donde sus caminos se separarían, tras una breve, pero intensa aventura.

Elver y Samara se acercaron y estrecharon las manos como si se conocieran de toda la vida y durante un tiempo no dijeron nada. Samara sonrió llena de afecto y Elver le devolvió la sonrisa, sabiendo que algún día se volverían a encontrar.

Elicea se despidió de ambos jóvenes y en compañía de Samara, se alejó de ellos; de nuevo hacia Duren, su hogar.

 

*

 

Las dos muchachas habían dejado atrás a los dos elfos hacía una media hora, y de pronto Samara se detuvo, ante la sorpresa de la centaura, que observó con desconfianza como su compañera metía la mano en uno de sus bolsillos y tocaba algo en su interior.

Tras unos instantes la muchacha sacó un trozo de pergamino, un poco arrugado y enrollado con una cinta de color azul.

— ¿Qué es eso?—preguntó Elicea, algo inquieta.

—Es para ti—respondió Samara con una sonrisa radiante.

— ¿Para mí? Pero ¿qué…?

—Cógelo y consérvalo. De generación en generación pasará hasta que llegue la hora. Y cuando sea el momento el que posea este pergamino deberá partir junto a la mujer de la Tierra.  Así será como en un mañana no muy lejano encuentre las respuestas que yo hoy no te puedo dar.

¡Que narices estás diciendo!—exclamó Elicea nerviosa.

—Cuando llegue el momento lo sabrá.

— ¿Quieres decirme quién eres?—preguntó Elicea con gesto amenazante.

— Solo he venido a ayudar a Elver y a entregarte este pergamino a ti. No pertenezco a este tiempo, aunque tal vez si a este lugar…—Samara sonrió radiante—. Elver es el guardián que protegerá la gema hasta que los elegidos se hayan reunido y tú eres la que entregará este pergamino a tus descendientes. Ahora debo irme. —Tras esto, una luz proveniente del cielo las iluminó a ambas. La joven centaura observó a Samara, que comenzó a ser envuelta por el resplandor. Al cabo de unos instantes la muchacha se elevó por el cielo, hasta que desapareció en él.

 

 

 *

 

Elver contempló el cielo y vio una brillante y cálida luz bañarlo. Zajú, a su lado, hizo lo mismo, y ambos observaron como Samara, la extraña joven, se elevaba por entre las nubes hasta desaparecer.

Elver sonrió y miró una vez más la silueta de la Montaña de Ayala.

— ¿Y qué haremos ahora?—preguntó Zajú, aún con la mirada fija en el cielo.

—Te acompañaré a casa, y luego regresaré a Ayala.

— ¿Volverás?—preguntó su amigo, sorprendido—. ¿Por qué?

—Soy el guardián de la gema, debo cuidarla hasta que los elegidos vengan.

—Pero ¿quién sabe cuándo será eso? Estarás solo, hasta entonces. —Zajú se detuvo y miró a su amigo fijamente y con el semblante serio.

—No, no estaré solo—respondió Elver esperanzado. Y mirando al cielo sintió la luz de la magia brillar dentro de él.

 

 

 

Cientos de años más tarde

 

Elver observó como el cielo se teñía de rojo fuego y supo que Darkbeing estaba preparándose para atacar. Miró la gema y se acercó a ella, sintiendo dentro de él la llegada cercana de los elegidos.

 

Habían pasado muchos años desde que su misión como guardián de la gema comenzara, aunque para él el tiempo había pasado de manera fugaz.

No había estado todo el tiempo en la cima de Ayala, pues su abuela le necesitaba y también Zajú; pero durante largos días e innumerables horas aquella montaña le había cobijado como un hogar. Más no sentía soledad, ni tristeza, pues sabía que pronto su papel daría paso al de otros y que gracias a él podría llegar a reinar la paz suprema.

 

Con los ojos cerrados el joven dejó salir su luz, que brilló más intensa que nunca y antes de que el poder de Darkbeing llegara a la gema, la envolvió para protegerla.

 

Darkbeing lanzó su magia contra la Gema de Ayala, más la luz mágica de un joven elfo le impidió el paso.

Sintió cansancio y debilidad y no tuvo más remedio que alejar su poder, una vez más, y entre maldiciones, del lugar al que tanto ansiaba llegar.

 

En ese momento Elver abrió los ojos y la luz de su magia desapareció.

Miró tras de sí, hacia el horizonte, que había adquirido nuevamente su color azulado de media tarde y sonrió, pues sabía que al fin, los elegidos se habían reunido.

Acarició la gema una última vez, y se marchó, de nuevo a su casa.

 

    *

Cinco razas habían unido fuerzas para dar derrota al señor del Mal, y en ese momento y en ese lugar su misión comenzaba. Su misión como elegidos, que daría paso a una nueva era en todos los Planos que forman el universo. Pero ésta… Ésta es otra historia.

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