Relato 12-Familia

 

Son las tres de la madrugada. Ingrid no consigue conciliar el sueño. A su lado, Félix ronca estrepitosamente. Ella lo mira. Pasa una media hora. Finalmente, se apoya sobre su lado izquierdo, extiende su mano y gira el interruptor de la luz que está junto a su zona de la cama. Baja la intensidad varios grados. Se incorpora. Viste un camisón malva. Ingrid es una mujer muy atractiva. Se calza unas chanclas de verano que están junto a la puerta del dormitorio. Sale hacia el pasillo. Intenta no hacer ruido, pero sus pasos ejercen un leve repiqueteo sobre el suelo. Pasa por delante de la puerta de David, su hijo de 6 años.

—¿Mamá?

—Duerme, David, es muy tarde, mañana tienes colegio.

—Ven —pide el niño.

—Voy —responde ella, con poco entusiasmo.

Ingrid entra en el dormitorio de su único hijo. Elige la intensidad mínima de luz en el interruptor que está junto a la puerta. David es un niño muy guapo. Tiene el pelo rubio y lacio, con un flequillo que casi le tapa los ojos. Lleva un pijama de Spider-Man. Mira hacia donde se encuentra la figura de su madre. Mantiene los ojos entrecerrados. Ella se acerca a su cama y se sienta a su lado.

—He tenido otra pesadilla —dice él.

—Ya lo sabes, no es más que eso, una pesadilla.

—Lo sé, mamá, pero…cada vez son peores.

—¿De qué iba esta vez?

—Estaba en un sitio frío, oscuro. No escuchaba ni veía nada, pero sentía que había alguien más allí. —David hace una pausa—. Pasaba mucho tiempo. Mucho tiempo. Después, una puerta se abría al fondo, dejando entrar la luz. Me encontraba en una especie de almacén. Estaba rodeado de niños, niños como yo. Nos mirábamos todos. La puerta se cerraba. Volvía a estar a oscuras. Me sentía muy solo.

—¿Ya está?

—Sí.

—Bueno, no ha sido para tanto, ¿no?, ¿has vuelto a leer esos viejos cómics que tu padre guarda arriba? —David sube y baja la cabeza, apesadumbrado—. Te dije que no lo hicieras, ¿no?

—Me gustan mucho. No me dan miedo. La gente del almacén sí que me da miedo. Y los niños. Las caras de los niños.

—Bueno, David, es hora de dormir. Piensa en cosas bonitas.

—Voy a pensar en ti y en papá —dice él, sonriendo un poco. Ingrid le devuelve la sonrisa.

—Ya no quedan mariposas verdes —le dice.


 

Ingrid se separa de la cama y sale de la habitación. Entra en el cuarto de baño. Se mira al espejo. Pasan unos minutos. Se vuelve hacia el mueble que está entre el lavabo y la placa de ducha y abre uno de sus cajones. Debajo de un barullo de pinceles, cremas y diversos accesorios de maquillaje, hay un paquete de tabaco. Lo coge y saca un cigarrillo. Lo sostiene entre el índice y el corazón de su mano derecha, y se lo lleva a los labios. Rebusca en el cajón y encuentra un mechero. Sale de la estancia con paso más firme, casi corre hasta que llega al balcón. Abre una de las puertas y sale al exterior. Enciende el cigarrillo. Da una larga bocanada. Exhala lentamente, disfrutando cada segundo. Apoya sus codos sobre la baranda. Mira hacia abajo, a la calle. El aire mueve su camisón. Da otra bocanada. Y otra. Y otra.


 

Por la mañana, los tres se encuentran en la cocina. Ingrid prepara el desayuno para ella y David. Tuesta pan para él, un croissant para ella. Félix nunca come nada hasta media mañana. El pequeño vierte batido de fresa en un vaso y se sienta junto a su padre en un banquito. Todos están alrededor de la isla que preside la cocina. Félix da un sorbo a su café y hojea el periódico. Pasa las páginas rápidamente hasta que se detiene en una. Ingrid lo mira. David, aún somnoliento, los mira a ambos.

—Toma las tostadas, cariño. ¿Qué vas a echarles?

—Mantequilla —responde David.

—Pues anda. Cógela.

El niño baja del banquito y abre el frigorífico, que se revela abundante. Busca la mantequilla.

—No hay mantequilla.

—Hay Tulipán. Está en el segundo estante empezando por abajo.

—Entonces mermelada. —Coge la mermelada y cierra el frigorífico. Vuelve a su banquito. Cuando pasa por el lado de su padre, éste se gira hacia él y le revuelve los pelos, despeinándolo—. ¡Papaaaaá! —Grita David, sin poder contener la risa.

—Entonces mermelada —repite Félix, imitando con voz chillona la voz de su hijo. Lo rodea con un brazo y acerca los labios al cuello del niño. Simula una pedorreta. El niño se agita.

—¡Papaaaaaá! —David intenta desembarazarse, casi se le escapa el bote de mermelada. Sigue riendo, a toda mandíbula. Ingrid los contempla desde su lado de la isla. Finalmente, Félix lo suelta y David, aún con risa floja, se sube a su banquito y comienza a extenderse la mermelada por el pan.

—Esta noche te he vuelto a despertar, ¿no? —Félix se dirige a Ingrid.

—No, ni siquiera llegué a coger el sueño —responde ella en tono neutro.

—Pues el insomnio te sienta de maravilla, estás más guapa que nunca. —Félix alarga su brazo izquierdo hacia donde está ella. La alcanza y la atrae hacia sí. Le planta un sonoro beso en la comisura de los labios. Ingrid vuelve a su postura original en el banco—. Esta noche seguramente volveré tarde, no me esperes para cenar. Vienen los japoneses.

—Vale. Venga, David, date prisa que no llegamos al colegio. —Ingrid termina su croissant mientras coloca su plato bajo el grifo del fregadero. Coloca bandeja, tazones, vasos y demás en el lavaplatos. Lo cierra.


 

Es mediodía. Suena el teléfono. Llaman del colegio. Ha habido un problema con David. Ingrid debe acudir inmediatamente. Baja las escaleras que llevan al garaje y se sube al BMW serie 1 Berlina, que se encuentra junto a la plaza vacía que suele ocupar el coche de su marido. Conduce rápido. Bastante más rápido de lo que habitualmente se permite. En cinco minutos ha llegado al colegio, a pesar de que el tráfico es denso y el colegio está a varias manzanas de distancia. Cruza rauda las puertas de cristal y se dirige directamente al despacho de la jefa de estudios. Ya ha estado antes en él.

—Buenos días, Ingrid —la saluda Ana Lunerti, la jefa de estudios y tutora de David.

—Buenos días, Ana, ¿qué ha pasado esta vez? —Ingrid busca con la mirada a su hijo.

—Está en la enfermería, lo traen enseguida. —Ingrid abre expresivamente los ojos y la boca—. No te asustes, no ha sido nada. Sólo rasguños, en la frente, la nariz y la barbilla. Se ha peleado con Pablo. Tú lo conoces, es uno de sus mejores amigos.

—¿Con Pablo?, ¡si están todo el día pegados!

—Al parecer ha sido Pablo el que ha empezado, se han enzarzado en mitad de la clase. Ha costado separarlos. —Ingrid se sienta frente a Ana—. No tendría mayor importancia, si no fuera porque es la quinta vez en este semestre. ¿Habéis tenido algún problema en casa?

—No, no. —Ingrid sacude la cabeza, parece incómoda.

—En estos casos tenemos que enviar el expediente completo a Rafa, el psicólogo, ¿lo conoces?

—Sí, claro, lo entiendo, no hay problema. —Ingrid respira profundamente.

—Si ha habido algún cambio en casa, que explique el comportamiento de David, sería muy útil que lo compartieras con nosotros, Ingrid. Nuestro trabajo es ayudarlo.

—Lo sé, lo sé, Ana. Créeme, estamos bien, como siempre. Félix tiene mucho trabajo últimamente pero todo está bien. De todas formas, fue Pablo el que empezó, ¿no? David sólo se defendió…

—Creemos que sí. No obstante, tenemos que hacer un estudio al respecto. David recurre a la violencia con demasiada frecuencia. Mira, aquí está. —Ingrid se gira hacia la puerta. Entra David. Su carita está cubierta de manchas marrones aquí y allá.

—Hola, cariño, ¿te encuentras bien? —le dice Ingrid.

—Sí, mamá.

—¿Quieres contarnos qué ha pasado? —le pregunta. Ana se mantiene en silencio.

—Ha sido Pablo. Se metió contigo. Ya no es mi amigo.

—David, es tu amigo. Ya os perdonaréis, ¿vale? No importa lo que te digan, nunca debes pegarle a un amigo.

—Bueno —responde David, poco convencido.

—Tómate el resto del día libre, David —interviene Ana—. Mañana quiero que vayas a hablar con el señor Lago, ¿de acuerdo? Me gustaría que trajeras tus dibujos de este año, le gustan mucho. Tiene ganas de verlos, ¿vale?

—Vale —responde el chico.

—Ingrid, te llamaré la semana que viene para que os entrevistéis con Rafa, ¿de acuerdo?, ¿podréis venir los dos?

—Por la mañana casi imposible, ¿está aquí Rafael por las tardes?

—El jueves sólo —responde Ana.

—Quedamos para el jueves entonces. Ya me dices la hora, Ana, muchas gracias por todo. Si Félix no puede venir, te llamo y lo vemos.

—De acuerdo. Me alegro de verte. —Ana se vuelve hacia David—. Venga, ya podéis iros. Sé bueno. —David sonríe a su tutora.

—Hasta mañana, señora Lunerti.

—Hasta mañana, David.

—Hasta la semana que viene, Ana. Gracias otra vez.

 

Ingrid acomoda a David en su silla del asiento trasero. Repasa los cierres de las correas. Él la mira, hipnotizado. Ella devuelve a su posición el asiento del copiloto, cierra la puerta y se introduce de nuevo en el coche por la puerta del conductor. Arranca el motor.

—¿Estás bien, David?

—Sí, bien —responde el niño.

—¿Quieres decirme qué te dijo Pablo?

—No quiero, cosas feas sobre ti, sobre papá. Sobre nosotros.

—¿Qué cosas? —le pregunta Ingrid, mirándole por el espejo retrovisor del centro de la luna.

—No quiero repetirlas, mamá. Son mentira.

—Necesito que me prometas que no vas a volver a pegarte con ningún compañero, ¿de acuerdo, David? —David guarda silencio. Mira hacia su derecha—. ¿David?

—Te lo prometo, mamá.

—Ya no quedan mariposas verdes —dice Ingrid.

Después del almuerzo, Ingrid está recostada en el sofá, mirando la televisión. David duerme la siesta en su habitación. Va de canal en canal. “…tras la vuelta de la República…” (Clic) “…te quiero, Amanda, te quiero aunque…” (Clic) “…orden de cosas, Capcom estima que todavía hay unas tres mil unidades…” (Clic) “…pide la devolución de los modelos Real serie 3…” (Clic) “…fin, una noticia amable. Este granjero no podía salir de su asombro cuando fue a recoger los huevos de sus gallinas ayer por la mañana. Antoñita, que así se llama la protagonista de nuestra noticia, se encontraba dando todo su calor a unas curiosas crías. Cuatro gatitos. Los pequeños, que habían sido rechazados por su madre, han encontrado refugio y protección bajo las alas de su madre adoptiva, la gallina más famosa de Candeleda a día de hoy. La madre real tan solo se acerca al corral para darles de mamar. El resto del día, los gatitos se quedan con Antoñita. Una vez más los animales nos dan una lección a los humanos...” (Clic). Ingrid apaga el televisor. Mantiene por unos segundos la mirada fija en la pantalla negra. Se vuelve hacia el respaldo del sofá. Cierra los puños y los junta. Encoge las piernas. Llora durante un buen rato.


 

Es de noche y Félix llega a casa. Lleva el nudo de la corbata torcido y un poco suelto. La chaqueta en la mano. Un maletín en la otra. Está despeinado, aunque le queda tan bien que parece a propósito. Ingrid se encuentra en la sala de estar, tumbada en el sofá más pequeño. Él suelta el maletín y la chaqueta en un banco junto a la entrada y se dirige a la sala. Se detiene en la puerta.

—¿Qué pasa, guapetona? —Le muestra una sonrisa amplia y cercana.

—Hola, ¿qué tal el día?

—¡Un soberano coñazo!, he estado todo el día pensando en ti y ese camisón morado tuyo que me volvió anoche loco…—Se acerca a ella y la aprieta entre sus brazos. Le planta un beso en los labios. Le acaricia un seno. Ella lo acoge con cierta rigidez. Le sonríe cuando él se separa de ella—. ¿Está ya dormido?

—Sí, hace rato. Hoy me llamaron del colegio. Ha vuelto a pelearse con un compañero. Con Pablo esta vez.

—¿Con Pablo?, ¿cuál es Pablo?

—El chico pelirrojo que siempre anda con él. El hijo de Marina, la rubia a la que no quitabas ojo en la última reunión del Ampa…

—Ah, sí, ya me acuerdo. ¿Te ha contado cómo ha sido?

—Él no ha soltado prenda. Que se metió con él. Y con nosotros. Y se enzarzaron. Ana, la tutora me ha dicho que van a hablarlo con el psicólogo del colegio. —Félix entrecierra los ojos—. Nos llamarán la semana que viene para una reunión. Le dije que tú sólo podías por la tarde.

—La semana que viene no creo que pueda ningún día.

—Pues nada, Félix, me parece muy bien, yo me encargo, tú ocúpate del Japón. —Le sonríe, desaprobadoramente. Mira hacia su derecha—. Necesito un cigarrillo.

—¿Has vuelto a fumar? —le pregunta él, subiendo el volumen.

—Tu hijo se ha peleado, ¿sabes acaso cuántas veces nos han llamado por tu hijo desde que empezó el curso, Félix?, ¿y lo que te preocupa es que yo fume? —Sacude la cabeza—. Quita, déjame salir.

—Espera, no te enfades. —Coloca la mano en su hombro—. Voy a buscar un hueco, te lo prometo. —Mueve la mano hacia su cuello y se acerca de nuevo. La besa otra vez, con más cariño y menos pasión que la anterior—. Anda, vamos a la cama.


 

Al día siguiente, Ingrid va a recoger a Pablo al colegio, como hace cada día. Mientras espera sentada en su coche, divisa a Marina, que pasa caminando por su lado. Toca el claxon, para captar su atención. Ésta no lo oye, y si lo hace, disimula y sigue su camino hasta la puerta del colegio. Salen los niños, con la bravura de una manada de elefantes africanos. David llega a la puerta del copiloto, rápido como un cometa, exultante.

—¡Hola, mamá! —Sonríe, es la viva imagen de la felicidad—. Ingrid le abre la puerta.

—Anda, sube y colócate el cinturón. —David sigue mansamente las instrucciones de su madre.

—¡Ya!

—¿Ya?, pues vamos. —Se hace un breve silencio. Ingrid mira a su hijo por el espejo. Entorna los ojos.

—¿Qué tal el día?, ¿te has arreglado con Pablo?

—No, lo han cambiado de sitio. Han puesto en su lugar a una niña rubia. Tiene unas trenzas larguísimas.

—Vaya, bueno, ya os arreglaréis. ¿Has ido al despacho del señor Lago?

—Sí, me he reído mucho con él, me gusta mucho el señor Lago. Me he perdido una clase entera, ¡qué bien!

—Me alegro, David, ¿de qué habéis hablado?

—Me ha preguntado por todo, por vosotros, por cómo me siento en el colegio, por Pablo, dice que soy muy inteligente para mi edad, ¡y que soy un artista!, ¡ha alucinado con mis dibujos!, ¡de verdad, mamá!, se los ha quedado todos. —Ingrid no quita ojo a su hijo, de forma que está a punto de saltarse un semáforo en rojo, varios coches le pitan. Ella sigue mirando a su hijo. La luz cambia a verde.


 

Ingrid y David se encuentran en la cocina. Han terminado de almorzar. Espaguetis a la boloñesa, Ingrid los hace riquísimos. Mientras ella recoge, David mira el pequeño televisor que está sobre la encimera. En la imagen, el coyote coloca una sofisticada trampa ACME para el correcaminos. Como siempre, el torpe trampero acaba achicharrado. David llena la cocina con su risa.

—David, es hora de echarte la siesta.

—No tengo ganas de dormir, mamá, ¿puedo ver uno más?, por favooooor… —suplica.

—No, David, apaga la tele y vete a tu cuarto. Ahora voy yo.

—Por favor, por favor, ¡no tengo nada de sueño!, ¿puedo esperar hasta que llegue papá?, ¡prometo no hacer ruido!

—David, tu padre no viene hasta la noche, venga, haz caso y vete a la cama.

—¡No! —responde tajante el niño. Ingrid lo mira, sorprendida.

—Ya no quedan mariposas verdes. —David cierra los ojos. Ella lo sostiene a tiempo, antes de que se desplome. Lo carga en sus brazos y se vuelve. Ahoga un grito. Frente a ellos se encuentra Félix, de pie, tenso. Suelta el maletín y la chaqueta en el suelo—. ¿Qué haces aquí?, ¡no te he oído entrar! —le dice, con voz insegura.

—¿Qué cojones estás haciendo, Ingrid?, ¿has utilizado la frase?, ¿lo has desconectado? —le grita, visiblemente enfadado.

—Félix, he tenido que hacerlo, David no me hace caso, no tengo otra forma de controlarlo, yo…

—¿Qué no tienes otra forma de controlarlo?, ¿qué clase de madre eres, Ingrid?, ¿sabes el daño que le haces cada vez que lo reinicias?, ¿cuántas veces lo has hecho? —Ella le mira, sin decir nada, en sus brazos, inerte, reposa el niño—. ¿Cuántas?, ¡responde!

—No lo sé, dos o tres veces a la semana, desde que comenzó a tener problemas en la escuela, desde que empezaron las noticias de los modelos real 3, David, tenemos que entregarlo, lo sabes igual que yo, no queda mucho para que en el colegio se den cuenta y nos denuncien, si no se han dado cuenta ya…

—¡Pues cambiaremos de colegio!, ¡cambiaremos de ciudad si hace falta!, ¿cómo puedes pensar en devolverlo?, ¡es tu hijo!, ¿es que no tienes nada ahí dentro? —dice Félix, señalando al centro del pecho de ella.

—Sabes que no es nuestro hijo, Félix, no es nuestro hijo. —Se agacha lentamente, deja al niño en el suelo—. Voy a llamar al teléfono de Capcom. Esto ha llegado demasiado lejos.

Ingrid da dos pasos. Félix se interpone en su camino. La sostiene por ambos brazos. Ella intenta zafarse. Él es mucho más fuerte. La abraza, pese a la oposición de ella, que sigue revolviéndose. Luchan durante un minuto. Contra su voluntad, acerca sus labios a los de ella. Intenta besarla en la boca, ella se gira, con expresión asqueada.

—Ingrid —le dice en voz baja—. Lo siento mucho. Te quiero. Te quiero. —Ella detiene su pueril forcejeo. Lo mira, desconcertada—. Más azul o una estrella.

Ingrid afloja los brazos. Deja caer hacia atrás la cabeza. Yace desvaída entre los brazos de Félix. Lentamente, se agacha, hasta dejarla en el suelo. Se tiende sobre ella, llorando. Con el brazo derecho, alcanza el cuerpo de su hijo. Lo atrae hacia sí. Continúa en la misma posición, apretándolos contra su cuerpo, durante una hora, dos, tres. Se hace de noche.

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