Relato 08- Nuevo Mundo

 

I: La llegada

 

La mañana que llegaron la televisión, la radio y los teléfonos móviles dejaron de funcionar en muchos kilómetros a la redonda. El único medio de comunicación que actuaba con normalidad era Internet. Todo recobró su funcionamiento habitual un par de horas después. Fue interesante contemplar cómo, durante los primeros minutos, circularon por la red miles de videos mostrando aquellas enormes naves colgadas sobre once lugares distintos del mundo: Nueva York, Buenos Aires, Paris, Londres, Bonn, Madrid, Moscú, Johannesburgo, Tokio, Pekín y  Sydney. Once monstruosas naves espaciales sobre la Tierra. Durante el tiempo que duró esta incomunicación parcial el pánico se apoderó de la gente, muchos creyeron que el tan temido fin del mundo había llegado. No fue así. Solo permanecieron allí colgadas, en silencio. Observando. Parecía una broma de tamaño monumental hecha por medio de Internet (desmentida, claro está, cuando regresaron a su funcionamiento normal la televisión y la radio). Tan sólo con asomarte a la ventana podías verlas, eran enormes, de varios kilómetros de diámetro. Ningún estamento lo pudo prever, nadie las vio antes de su llegada, simplemente aparecieron, a las 8:00 hora de Nueva York, en cada una de esas ciudades. A los pocos minutos de que se situaran en el cielo varios cazas militares salieron en misión de reconocimiento pero al llegar a cierta distancia los controles dejaban de funcionar, por este motivo dos aviones se estrellaron, uno en Tokio y otro en Sydney. Y allí se quedaron, inmóviles, esperando no se sabía bien qué.

 

 

Los distintos países afectados se pusieron en comunicación urgentemente, sus opiniones sobre la manera de afrontar la situación eran dispares. Algunos, con prudencia, decidieron esperar: si las naves fueron capaces de aparecer sin ser vistas  también podrían haber atacado. Otros eran más partidarios de llevar a cabo un ataque preventivo. Se llegó a la conclusión de que el asunto involucraba a toda la Tierra por lo que se dio potestad a las Naciones Unidas para tratarlo. La ONU decidió enviar un mensaje de bienvenida a las once gigantescas naves. Aunque dicho mensaje fue enviado en todos los idiomas terrestres, incluso en lenguas muertas, en términos matemáticos y en varios idiomas jeroglíficos no se obtuvo respuesta. La conclusión a que se llegó sobre esto era que ellos se comunicarían cuando quisieran. Tras muchos debates en la ONU se decidió esperar acontecimientos, manteniendo eso sí, a todos los ejércitos en estado de alarma.

 

 

Las enormes astronaves permanecieron quietas y en silencio durante algo más de un mes. Su forma discoidal y su agradable luz azulada pasaron a formar parte del paisaje habitual de las ciudades en que se encontraban. Era como si hubiesen estado siempre ahí. Durante ese tiempo gran número de teorías circularon a lo largo y ancho del planeta. Unos dijeron que eran modernas ‘Arcas de Noe’ cuyo propósito era llevarse consigo a los justos. Otros creyeron que su llegada presagiaba el fin del mundo. Muchos aseguraron que todo aquello era una cortina de humo ideada por los gobiernos para ocultar los problemas graves que azotaban al mundo. Unos pocos vaticinaron que de ellas bajarían alienígenas reptiloides de ideología nazi y conquistarían la Tierra. Lo cierto es que las naves no dieron ninguna señal de vida durante ese mes, se limitaron a contemplar las ciudades desde las alturas. Hasta que llegó el día en que rompieron su silencio. En distintos horarios e idiomas, según la ciudad en que se encontrase cada astronave, enviaron a la Tierra su mensaje. En Nueva York fue a las 12:00. Otra vez cadenas de televisión y radio sufrieron  un corte en su emisión. Una señal más potente y sofisticada anuló las demás emitiendo un comunicado por medio de una voz grave, masculina. Una voz metálica, sin vida. Las cadenas de televisión mostraban la pantalla negra con chisporroteos blancos, ninguna imagen definida. Se trataba de una emisión de audio. Su contenido hizo estremecerse a más de cinco mil millones de personas. El mensaje fue el siguiente:

“Habitantes del planeta Tierra, venimos de un planeta más allá de su Sistema Solar. Necesitamos de ustedes dos cosas y preferimos que nos las entreguen por propia voluntad. La primera es agua, sabemos que eso no significa ningún perjuicio puesto que cuentan con excedentes de este recurso. La segunda son veinticinco millones de sus ciudadanos. Somos conscientes del impacto que puede provocarles esta petición pero no tenemos alternativa. No queremos usar la fuerza. Cuentan para ello con un plazo de noventa días. Después nos iremos como vinimos, en paz. Jamás volverán a saber más de nosotros”

Este enunciado se repitió durante dos horas sin interrupción, con un intervalo de quince segundos entre uno y otro. Tras esas dos horas las emisiones de televisión y radio recuperaron la normalidad. La Tierra se sumió en su noche más oscura. Todos comprendieron que se hallaban a merced de seres cuyo poder rebasaba con creces todo lo conocido.

 

 

Las altas instancias políticas no tardaron en reunirse de urgencia en la sede de las Naciones Unidas. Fueron unánimes ante la amenaza implícita en el comunicado alienígena: no se cedería a sus exigencias. En paralelo los ejércitos de las naciones del mundo prepararon un plan de ataque hacia las once naves. No obstante, la única medida concluyente que se tomó fue convocar una rueda de prensa a nivel mundial para responder con firmeza al mensaje extraterrestre. Sería esa misma tarde a las 20:00 hora de Nueva York.

Thierry LeVain, Secretario General de las Naciones Unidas, acudió a la rueda de prensa con porte serio y firme. Ni en sus peores pesadillas pudo soñar que tuviera que hacer frente a tamaña crisis.  Con gesto grave y tono duro recitó su corto discurso en respuesta a los extraterrestres:

- Buenas noches. Queremos utilizar esta rueda de prensa como medio para hacer llegar a nuestros amigos extraterrestres nuestra respuesta a su comunicado, poniendo a los habitantes de la Tierra como testigos de ello. Hablo en nombre de todos los gobiernos del mundo al asegurar que no les entregaremos a ningún ser humano. Quiero ser firme y claro en esto: ninguna persona será entregada en contra de su voluntad. En cuanto a su petición de agua nos alegra poder ayudarles en esta necesidad. Podrán tomar la cantidad que necesiten previa puesta en conocimiento de cuando y cómo lo harán. Queremos poner de manifiesto nuestra voluntad de estrechar lazos y negociar con ustedes.

Sin esperar preguntas Thierry LeVain abandonó la sala con el mismo rostro preocupado. Fue consciente que su declaración era un pulso de fuerza a las aeronaves y no sabía cuales serían las consecuencias. No tuvo que esperar mucho para conocerla.

 

 

Dos días después la nave que flotaba en el cielo de Madrid se elevó y comenzó a desplazarse hacia el oeste hasta perderse en el horizonte. Algunos se sintieron decepcionados al ver como la astronave azulada desaparecía del paisaje madrileño. Los más lo celebraron festejándolo  en las calles, puede que al fin y al cabo las amenazas extraterrestres no fuesen ciertas y se marcharan. No fue así. Unos minutos después la enorme nave aparecía en la vertical de la Isla Cabrera, en las Islas Baleares. Se detuvo sobre la pequeña isla, aunque esta vez mucho más arriba en el cielo de lo que estaba en Madrid. Un intenso zumbido comenzó a emanar de la astronave y su color azulado pasó a ser rojo intenso. El zumbido aumentó en volumen hasta alcanzar un tope, se mantuvo así unos segundos tras los cuales un rayo de color rojo salió del centro de la nave impactando con violencia en la isla. Grandes pedazos de roca y fuego saltaron por los aires, algunos de ellos cayeron en el sur de la vecina isla de Mallorca. La nave inició entonces su trayecto de regreso a Madrid, donde llegó pasado unos minutos. Una gran columna de humo y polvo emergió del mar en el lugar donde se encontraba Cabrera. Cuando se despejó nada quedaba de la isla, solo algún pequeño risco emergiendo del mar. En total fueron treinta muertos y más de cien heridos. En el mismo momento en que la gran nave volatilizaba Cabrera llegaba un mensaje a la sede de las Naciones Unidas, tres palabras que no dejaban lugar a la duda: “Quedan 88 días”. Esta fue la respuesta de los extraterrestres al discurso del Secretario General de las Naciones Unidas.

 

 

El alto mando del ejército de los Estados Unidos coordinó al resto de ejércitos mundiales en el plan de ataque gestado dos días antes. Si bien fue hecho a prisa dicho plan maduró y se le pulieron defectos dando lugar a la ‘Operación Anochecer’. La ‘Operación Anochecer’ consistía en atacar las once astronaves al tiempo con todo tipo de misiles disparados a la vez desde todos los lugares del mundo. Todos sabían que era un ataque casi suicida pero no existía otra alternativa posible. El General Edward James, máximo responsable del ejército de los Estados Unidos, presentó un informe a la ONU sobre las enormes carencias de la operación, aunque recalcando que era el único plan de ataque viable. En este informe se estimaba que las once naves no serían más que una avanzadilla precediendo a una flota al menos cinco veces mayor que estaría esperando a una distancia razonable de la Tierra. Se destacaba el desconocimiento que se tenía del enemigo, tanto de su número como de su armamento. No obstante se calculó que el ejército con que pudiera contar las once naves no sería menor de un millón de individuos, fuesen lo que fuesen. Por otro lado la demostración de fuerza hecha por los extraterrestres con la Isla Cabrera dejaba bien a las claras su poder destructivo. También se daba por hecho en el informe que el enemigo conocería con detalle el armamento con que contaban los ejércitos terrestres así como su número. Se resaltaba la alta probabilidad de que los alienígenas descifraran los códigos secretos de las comunicaciones terrestres previas al ataque. El documento ponía de manifiesto el poco porcentaje de éxito de la ‘Operación Anochecer’ pero aún dándose el caso de que fuese exitosa surgían contratiempos graves: al derribar una Nave Nodriza sobre una de las ciudades provocaría millones de víctimas, por contra si se evacuaban esas ciudades antes de la ofensiva se alertaría al enemigo de las intenciones de ataque. La ‘Operación Anochecer’ quedó archivada con el sello de  inviable. Solo se llevaría a cabo como una última acción desesperada.

 

 

Durante su estancia en los cielos terrestres la astronaves azuladas tomaron la precaución de situarse fuera de la principales rutas aéreas, facilitando que el tráfico fuese lo más normal posible. Sin embargo ocurrió un hecho en Berlín que desveló en que consistía parte del armazón defensivo de aquellas moles. Una pequeña avioneta, nunca se supo si por accidente o en un acto suicida, voló en rumbo de colisión hacia la nave extraterrestre. Antes de llegar al artefacto se estrelló contra una protectora barrera invisible estallando en una bola de fuego. Muchas cámaras filmaron el incidente y fue difundido por todo el planeta. A consecuencia de este suceso se supo que las enormes astronaves contaban con invisibles escudos defensivos.

 

 

El miedo y la incertidumbre se acrecentaron a medida que pasaban los días. Los extraterrestres habían dejado muestra de su poder y por parte de las autoridades no surgían acciones tranquilizadoras para la población. En varias de las ciudades vigiladas por los alienígenas se dieron graves altercados y manifestaciones contrarias a ellos. En contrapunto a esto surgieron a lo largo del planeta varios grupos seudo-religiosos venerándolos. La situación empezaba a ser crítica.

Faltando cuarenta y tres días para que se cumpliera el ultimátum alienígena, Thierry LeVain convocó una sorpresiva rueda de prensa de difusión mundial. El silencio hasta entonces en lo que concernía a los extraterrestres fue absoluto por parte del Secretario General. Todo indicaba que la información que se facilitase en la rueda de prensa sería de capital importancia y zanjaría la llamada ‘Crisis alienígena’. La expectación que produjo el anuncio de esta rueda de prensa fue máxima, todo el planeta se paralizó frente al televisor en espera de tan importante noticia. A las 20:00 en punto, hora de Nueva York,  Thierry LeVain compareció ante la prensa que abarrotaba el salón de actos de la sede de Naciones Unidas. Con rostro relajado y una sonrisa formal comenzó su discurso.

- Buenas noches. Intentaré ser breve. Me complace informarles que desde hace varios días mantenemos contacto directo con las naves extraterrestres que nos visitan. Nuestro interlocutor se hace llamar Saúl aunque, como supondrán, ese no es su verdadero nombre. Saúl es el único extraterrestre con el que hemos dialogado, nos ha dejado claro que comanda la flota y tiene mando total sobre ella. En estos días de largas conversaciones le hemos pedido que nos explicara el motivo por el cual nos solicitaban tanto el agua como tal cantidad de personas. Saúl nos aclaró con detalle estos puntos así como nos manifestó  su tristeza por el efecto que su primer comunicado provocó en la población y también por el infortunado incidente de Isla Cabrera. Para subsanar ese efecto le hemos pedido que hiciese otro comunicado público para la totalidad del planeta Tierra. Saúl ha colaborado con gusto y nos lo ha hecho llegar con prontitud para que lo difundamos a nuestra discreción. He de advertir que cuesta un poco de trabajo entender la voz de Saúl, para facilitar el seguimiento del mensaje aparecerán tras de mí sus palabras en grandes rótulos – El Secretario general señaló una gran pantalla que tenía a su espalda – Quiero incidir en dos cuestiones antes de escucharlo. La primera es que al término de la rueda de prensa se les entregará una copia de la grabación para que la reproduzcan públicamente cuantas veces consideren necesario. La segunda es informar que se admitirán preguntas al final de la rueda de prensa. El Secretario General hizo un gesto a alguien que se encontraba detrás de los periodistas, al momento una voz metálica resonó por los altavoces de la sala de actos. Como advirtiese Thierry LeVain el mensaje era algo difícil de entender pero gracias a los rótulos que aparecieron en la gran pantalla se hizo comprensible.

Saludos habitantes del planeta Tierra. Mi nombre es Saúl y estoy al mando de esta flota que les visita. Su planeta es una estación de paso en nuestro largo viaje. Les observamos desde hace décadas y conocemos sus costumbres y cultura. He de pedir disculpas por la destrucción de la que llaman Isla Cabrera. Nuestros mandos militares se precipitaron y han sido debidamente castigados. Necesitamos su agua como combustible para nuestras naves, nuestro viaje es largo y hemos perdido parte por el camino a causa de un accidente. El agua es un recurso escaso y su planeta es uno de los pocos que lo posee. La cantidad de agua que precisamos no les hará ningún perjuicio. Lo segundo que solicitamos es veinticinco millones de sus conciudadanos. El motivo de ello es el siguiente: las naves de avanzadilla que nos preceden descubrieron hace varios años un planeta casi idéntico al suyo. Igual al 98% en tamaño, respirabilidad de la atmósfera y en fauna y flora pero sin ninguna especie inteligente que imponga su jerarquía. Se encuentra bastante cerca de aquí, a unos dos años de viaje. Cuando dimos esta información a nuestros gobernantes recibimos sus instrucciones explicitas para repoblar este planeta con la raza humana, ya que es la especie más compatible con su ecosistema conocida por nosotros. Comprendemos que les agradará conocer esta información y nos gustaría que las personas que nos acompañen lo hagan de forma voluntaria. En coordinación con sus autoridades se organizara a estos voluntarios para su próximo embarque. Gracias por su colaboración.

Al terminar la grabación Thierry LeVain levantó la palma de la mano para acallar el ligero cuchicheo de los periodistas. Se acercó de nuevo al micrófono y continuó:

- En respuesta a estas explicaciones hemos dado permiso a nuestros amigos extraterrestres para que reposten agua cuando dispongan. Por otro lado, en demanda a su solicitud de voluntarios, nos coordinaremos con todos los gobiernos mundiales para facilitar la inscripción a todas aquellas personas que se ofrezcan. ¿Preguntas?

La magnitud de la información recibida hizo que la sala se mantuviese en silencio unos instantes. El Secretario General buscaba con la mirada alguna mano alzada a la que dar paso. La primera en reaccionar fue una joven pelirroja de la fila más cercana. Thierry LeVain la autorizó señalándola.

- Jane Rutter del Washington Post, ¿qué garantías tenemos de que dicen la verdad?

- Como ya he dicho, señorita Rutter, llevamos varios días de relaciones diplomáticas y tanto su actitud como su voluntad nos da lugar a confiar enteramente en sus palabras.

- Sheila Burns, Vanity Fair, ¿cómo son? – preguntó una de las periodistas del fondo.

-¿Perdón? – dijo Thierry LeVain extrañado.

- Bueno... su aspecto... ¿son humanos? – preguntó de nuevo Sheila ligeramente sonrojada.

- Los contactos con los extraterrestres se han mantenido mediante algo similar a una videoconferencia, no en persona, y solo con Saúl. En apariencia es como nosotros. Atractivo diría yo – Thierry LeVain dijo esto con tono más distendido provocando una carcajada general. – Siguiente por favor.

- Mark Landis, Discovery Channel, ¿sabemos de donde proceden, la forma en que viajan sus naves...?

- A este respecto la NASA está preparando un completo dossier que pondrá a su entera disposición en cuanto este listo ¿Alguna pregunta más?

- Sí, señor Secretario. John Looker, The Inquisitor. Según he entendido en el comunicado, Saúl dice – el periodista leyó de su bloc de notas -: “nos gustaría que las personas que nos acompañen lo hagan de forma voluntaria” – mirando de nuevo al Secretario General continuó-: De no ser así, ¿hemos de entender que lo harían por la fuerza?

Thierry LeVain guardó silencio unos segundos escogiendo con sumo cuidado las palabras que se disponía a pronunciar.

- La actitud por ambas partes ha sido excelente, señor Looker, no creo que de ningún modo se llegue a ese extremo – respondió el Secretario General con una estudiada sonrisa.

- ¿No lo cree, señor LeVain? – Insistió el periodista recalcando con ironía la palabra ‘cree’ - ¿Qué ocurriría si no se alcanzase la cifra de veinticinco millones de voluntarios?

- Estoy seguro que se superará con creces esa cifra – Ahora se le notaba visiblemente incomodo. – Bien, gracias a todos por acudir.

El Secretario General dio unilateralmente por concluida la rueda de prensa. Muchas manos se levantaron y un murmullo general de decepción acompañó a Thierry LeVain mientras se retiraba.

Una hora después de que el comunicado de los extraterrestres fuese del domino público se habilitó una página-web donde cualquier persona se podía pre-inscribir como Voluntario. En respuesta a la pregunta de John Looker, el primer día se pre-inscribieron más de diez millones de personas. Alberto fue uno de ellos.

 

 

 

II: Los Voluntarios

 

Alberto siguió la retransmisión de la rueda de prensa casi sin pestañear. Pensó en lo alucinante que sería hacer ese viaje espacial, colonizar un nuevo mundo, escapar de todo. Era la ocasión perfecta que durante tiempo había esperado para marcharse de casa. Muchas veces lo planeó pero siempre en el último momento hubo algo que le hecho para atrás. “Esta vez no sería así” pensó. Cuando terminó la retransmisión televisiva del comunicado extraterrestre se lanzó hacia el ordenador en busca de más información. Un par de horas después descubrió un enlace en la página-web de la ONU que remitía a otra llamada www.newworldvolunteers.com. Alberto abrió el enlace entrando en dicha página-web. El primer menú que apareció fue para escoger idioma, buscó entre una extensa lista y seleccionó “español”. La página se abrió ahora por completo: tenía de fondo una vistosa fotografía de Nueva York con la nave alienígena sobre ella.  Se exponía en grandes titulares la rueda de prensa de Thierry LeVain ofreciendo la posibilidad de escuchar el mensaje de Saúl –pudiendo escoger los subtítulos en cualquier idioma- y, lo más importante, daba acceso a un formulario para la pre-inscripción de Voluntarios. La excitación de Alberto iba ‘in crescendo’, emocionado accedió al formulario. Dos cosas llamaron la atención de Alberto sobre el resto: se exigía ser mayor de edad (él había cumplido los dieciocho el mes pasado) y el aviso explicito explicando que dicho formulario no era más que una reserva. Para hacer definitiva la plaza de Voluntario se tendría que personar en una de las oficinas que en los próximos días se abrirían para tal fin. Contaba, eso sí, con treinta días de plazo para hacerlo efectivo. Cumplimentó el formulario, muy parecido a los que se rellenan para darse de alta en cualquier página de Internet. Antes de presionar la tecla ‘Enviar’ de la pantalla tomó aire, después pulsó el ratón con gesto solemne. Un cuadro de dialogo le informó que en breve recibiría un mensaje de confirmación a su correo electrónico. Alberto decidió hacer una visita al cuarto de baño antes de consultar su correo. Atravesó el pasillo de puntillas, si le sorprendían sus padres a esas horas con el ordenador tendría un problema importante. Alivió su vejiga con rapidez, de vuelta a su cuarto hizo parada en la cocina para coger algo de comer. Impaciente se sentó de nuevo frente al ordenador y abrió su correo ¡Allí estaba! El mensaje de confirmación esperaba en su bandeja de entrada. Lo leyó con atención: el e-mail le felicitaba por ser Voluntario –tenía el número 758.625-, recordaba que debía hacer efectiva esta reserva en treinta días y explicaba que las direcciones de las oficinas de próxima apertura se harían públicas en la página-web www.newworldvolunteers.com. Más tranquilo por tener ya su plaza reservada Alberto apagó el ordenador y se echó a dormir. No pegó ojo en toda la noche pensando en como sería el interior de las grandes astronaves azuladas.

 

 

El dossier redactado por la NASA para los medios de comunicación detallaba, con lenguaje muy técnico y complejo, cómo la energía utilizada por las naves extraterrestres provenía de la combustión del agua. Pero, aunque explicaba ‘con qué’ se conseguía tal cantidad de energía, no explicaba el ‘cómo’ se obtenía. El informe apuntaba que los alienígenas habían omitido esta explicación. En cuanto a su lugar de procedencia lo situaban en uno de los planetas perteneciente al sistema planetario de la estrella Rho Cancri, distante unos cuarenta años luz de la Tierra. No se daban más detalles. Como es de suponer este informe dio como resultado más preguntas que respuestas. Fue tal el aluvión de interrogantes sin respuesta que la ONU nombró a Marie Treguet, persona de confianza del Secretario General, como “Intermediario de prensa para asuntos extraterrestres”. Durante el tiempo que las naves estuvieron en la Tierra Marie Treguet compareció una vez a la semana ante los medios de comunicación para responder preguntas y dar nueva información si existiese. Siempre fue tajante en transmitir a la prensa la dificultad de trato con los alienígenas así como su opacidad en asuntos relacionados con su origen o tecnología.

 

 

Alberto observó resignado la gran cantidad de personas que esperaban a ser llamadas. Era el primer día que se abría la oficina de “Voluntarios del Nuevo Mundo” en Madrid, suponía que esa era la explicación a tal cantidad personas. Recogió el papelito que le ofrecía la máquina expendedora, su número era el C279. Miró el panel informativo, el último número llamado era el ‘C195 – Mesa 12’. Con un soplido se sentó en uno de los pocos asientos vacíos que aún quedaban y esperó a ser llamado mientras jugueteaba con el papelito donde figuraba su número. Aliviado comprobó que los números del panel corrían a buen ritmo. Apenas media hora después apareció su número en el luminoso, ‘C279–Mesa 07’. Alberto se levantó como un resorte y se dirigió hacia las mesas de atención al público. Se sentó en la silla vacía de la mesa número siete. Al otro lado una joven sonriente le saludó, lucía una plaquita en la camisa en la que se leía “Laura”.

- Hola. Soy Laura de “Voluntarios del Nuevo Mundo”, encantada de servirte.

- Hola – saludó Alberto.

- ¿Tienes número de reserva?

- Sí. Es el 758.625.

- Muy bien – dijo la chica mientras tecleaba el número en el ordenador.

- ¿Eres Alberto Ruiz Lozano? - preguntó ella.

- Sí.

- Déjame tu DNI por favor.

- Claro – dijo Alberto mientras sacaba la cartera de su bolsillo, buscó en ella

DNI  y se lo entregó.

            - Gracias – dijo Laura cogiendo el documento de identidad. Lo colocó en la mesa, delante de ella, y copió alguno de sus datos en el ordenador. Al terminar se lo devolvió a Alberto.

De la impresora colocada al otro lado de la mesa surgía con lentitud un folio impreso por ambas caras. Cuando salió por completo Laura lo puso frente a Alberto. Señalando un espacio en blanco al pie del documento dijo:

- Tienes que firmar aquí. Repasa los datos para que no exista ningún error y si quieres leerte las condiciones están al dorso. Pero vamos, no pone nada raro.

Alberto dio la vuelta al documento y descubrió que estaba impreso en su totalidad con una letra minúscula. Con pereza le dio la vuelta de nuevo y repasó sus datos: nombre, apellidos, DNI, dirección, e-mail, teléfono, todo correcto. Bajo sus datos un pequeño párrafo explicaba que se le hacía acreedor definitivo de la plaza número 758.625 como “Voluntario del Nuevo Mundo” lo cual le daba derecho a embarcar en la nave extraterrestre.

- ¿Tienes alguna duda? – preguntó Laura.

- No. ¿Me dejas un boli? – pidió Alberto. – Bueno sí, tengo una pregunta – dijo mientras cogía el bolígrafo que le ofrecía ella - ¿Cómo te avisan?

- Te llaman por teléfono, además se publica en la página-web, lo pone al dorso.

- Tengo otra duda ¿cómo nos llevan a la nave?

- Aún no se sabe, depende de ellos – contestó Laura señalando con el dedo índice hacia arriba. – Cuando se sepan las cosas se publicaran en la página de Internet.

- Una última cosa, ¿qué pasa si al final decido no ir? – preguntó Alberto temeroso.

- Pues nada, simplemente no vas. Somos voluntarios. Eso sí, en el caso de que rehúses ir  perderías la reserva. Es decir que si después quieres volver a apuntarte pasarías a ser el último. También lo pone al dorso – explicó Laura.

- En ese caso existiría la posibilidad de que el cupo estuviera ya completo.

- Así es.

Sin pensarlo más Alberto firmó, le dio el documento y el bolígrafo a la chica.

- ¿Ya está? – preguntó Alberto.

- Casi. Toma esta es tu copia, fírmala también – dijo Laura dándole una copia del contrato que en algún momento había salido de la impresora – Y ahora, sonríe – pidió ella mientras apuntaba hacia Alberto una pequeña webcam.

- ¿Y esto? – preguntó Alberto extrañado.

- Es la foto para el carné.

- ¿El carné?

- Mira a la cámara por favor – pidió de nuevo Laura.

Alberto miró a la cámara y puso lo más parecido a una sonrisa que fue capaz.

- Ya está – dijo Laura – Un momento.

Insertó una pequeña tarjeta en una ranura de la impresora preparada para tal efecto y al momento salió con sus datos y fotografía impresos en ella.

- Toma, ya eres miembro oficial de “Voluntarios del Nuevo Mundo”. Enhorabuena – dijo Laura entregándole el carné.

- Gracias – dijo él – Adiós – se despidió.

- Adiós – se despidió Laura.

Mientras salía a la calle echó un vistazo al carné: su nombre, el número 758.625 y su fotografía. “Vaya cara de idiota me ha sacado” pensó. Se guardó el documento en la cartera. Al salir al exterior miró hacia la gran astronave azulada. Sonrió. Ahora le parecía que era un poco suya.

 

 

Las astronaves suspendidas sobre ciudades terrestres repostaron el agua solicitada de una en una, de este a oeste comenzando por Moscú. El ritual para hacerlo fue siempre el mismo. Abandonaban su ciudad, se suspendían sobre un embalse y sumergían en él una gran manguera. Permanecían allí unas cuantas horas y después recogían la enorme manga para regresar a la ciudad de la que vinieron. En una semana terminaron de cargar el agua necesaria para sus fines. Durante esa semana el mundo supo que la flota alienígena no se limitaba a las once naves suspendidas sobre la Tierra sino que al menos llegaron otras veinte naves más a recoger agua. Una vez lo hicieron se volvieron a perder en el espacio. Ningún dispositivo fue capaz de localizarlas hasta que no se encontraron dentro de la atmósfera terrestre y una vez la abandonaron se las perdió de nuevo el rastro.

 

 

- Son unos gilipollas, un montón de gilipollas engañados.

Alberto escuchaba a Ricardo, su padre, comentar las noticias sentado en el sillón. Hablaba para sí mismo, en el salón estaban solo ellos dos y Alberto hacía tiempo que no le dirigía la palabra. En la televisión hablaban sobre la campaña ‘Voluntarios del Nuevo Mundo’. Las autoridades se habían visto desbordadas por el éxito obtenido, hacía ya un par de días que se sobrepasó la cifra de veinticinco millones de voluntarios pero la gente seguía apuntándose confiando en que hubiese arrepentidos de última hora.

- ¿Qué se piensan? ¿Que van a venir unos tíos de Marte a darles casa gratis? ¡Lo que tenéis que hacer es buscar trabajo! – seguía diciendo Ricardo mientras señalaba al televisor como si este pudiera oírle - ¡Vagos! Así va el país.

Alberto echó una mirada a su padre: miraba al televisor con gesto hostil, medio tirado en el sofá mientras se le salía la barriga por debajo de la camiseta. “Es el perfecto ejemplo de un fracasado, consumido por un trabajo de mierda. Sin aspiraciones en la vida” pensó Alberto “Lo que tiene es envidia, envidia de esos que se mueven por un sueño, porque él ya no tiene. Se siente poderoso pagando su frustración conmigo”.

- Cuanto idiota por favor. ¡Incultos!

Ricardo cogió el mando a distancia y buscó entre los distintos canales. Pasó por varios, entre ellos uno en el que ponían un interesante documental sobre las Pirámides de Egipto, se detuvo cuando apareció en la pantalla un partido de fútbol. Dejó de nuevo el mando a distancia sobre la mesa y adoptó esa mirada estupida tan propia en él. Alberto se levantó y salió del salón. Al escuchar el ruido de la puerta al abrirse su padre reparó en él.

- ¿Donde vas a estas horas? – preguntó  sin ni siquiera volver la cabeza.

- Me bajo un rato – respondió Alberto con desgana.

- Así, así vas a encontrar trabajo, bajando un rato.

Alberto se sintió frustrado, su padre siempre olvidaba que estudiaba como un cabrón y llevaba a casa unas notas excelentes.

- Pero pásala idiota ¡Pásala! ¡Si es que no saben que hacer con la pelota coño! -de nuevo toda su atención estaba monopolizada por el partido de fútbol.

Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba impaciente de que llegase el día del embarque, solo quedaban veinte días pero se le iban a hacer eternos

 

 

Marie Treguet entró apresuradamente en el despacho de Thierry LeVain.

- ¿Has escuchado ya la comunicación que han enviado los extraterrestres? – preguntó sin atenerse a formalismos.

- Sí, ahora mismo ¿Nos la envían a nosotros sólo o la han hecho pública?– respondió el Secretario General.

- Que sepamos es un comunicado privado a la ONU. –respondió Marie Treguet.

- Bien.

Un extraño silencio se hizo entre ambos. Aunque sabía la respuesta que recibiría de su amigo Thierry, Marie se sintió obligada a formular la pregunta:

- ¿Qué hacemos? – preguntó Marie.

- Ponernos a trabajar. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

 

 

 

 

III: El Nuevo Mundo

 

Alberto echó un vistazo al reloj de la mesilla, eran las 4:45 de la madrugada. Antes de acostarse programó una alarma en su teléfono móvil a las cinco pero no iba a ser necesaria. No pudo dormir en toda la noche pensando en su próximo viaje. Se levantó y comenzó a vestirse. Recogió su mochila, preparada desde hacia días. Salió al pasillo intentando hacer el mínimo ruido y se dirigió a la puerta principal haciendo antes una parada para mirar en el cuarto de Alicia, su hermana pequeña. Entre la oscuridad adivinó el bulto de su pequeño cuerpo bajo las sabanas. Dormía placidamente. Sacó de la mochila un sobre con su nombre escrito en él, lo dejó sobre la mesa del salón. Era su despedida. Llegó hasta la puerta principal abriéndola con mucho cuidado. Una punzada de duda surgió en ese momento pero con rapidez se desvaneció al pensar en la asombrosa nave espacial en la que viajaría en unas pocas horas. Dejó su llavero en la mesita del recibidor, ese gesto simbolizaba para Alberto que la decisión estaba tomada. Cerró con sigilo la puerta y miró la hora en la pantalla de su teléfono móvil: 5:20. Los autocares que llevarían a los Voluntarios hasta el punto de encuentro con los transportes extraterrestres salían a las seis, no muy lejos de su casa. Tenía tiempo de sobra. Se colocó los auriculares de reproductor mp3 y bajó las escaleras que le llevaban al exterior.

 

 

Los autocares les llevaron hasta algún lugar de la periferia de Madrid, sin embargo no podían estar muy lejos puesto que el trayecto no duró ni media hora. Llegaron a una gran explanada donde esperaban ya decenas de autobuses venidos desde todos los sitios de la península. La organización había acotado una gran parte de la planicie con vallas, dejando sólo una abertura de cinco o seis metros. Alberto supuso que por esa abertura accederían a los transportes extraterrestres. Varias personas de la organización se agolpaban en esa puerta, seguramente para controlar la identidad de los Voluntarios. Aún siendo noche cerrada la visibilidad en el lugar era buena gracias a varios potentes focos situados en la zona. Alberto se entretuvo observando a los compañeros que tendría en esta aventura. Comprobó que era de lo más variado: gente de su edad, personas de entre treinta y cincuenta años, familias enteras e incluso vio una pareja de ancianos que esperaban agarrados de la mano. Le hizo sentirse un poco triste el hecho de no ver a nadie sólo, como iba él. De todos modos toda su vida había sido un ‘lobo solitario’ y eso no cambiaría ahora. Decidió darse una vuelta, puede que hubiese alguna chica guapa y solitaria. Sonriendo ante esta ocurrencia deambulo por entre el gentío. De pronto la gente comenzó a señalar al cielo.

- ¡Mirad allí, ya vienen! – dijo un hombre trajeado señalando un punto en el cielo.

- Sí, ya lo veo – comentó una niña a su lado.

Alberto miró hacia el lugar que señalaba el hombre del traje, una luz blanca parecía acercarse desde la nave que colgaba sobre Madrid. El puntito blanco se fue agrandando de forma vertiginosa, tan solo uno segundos después se encontraba sobre sus cabezas. La indefinida forma de luz se aclaró en una nave réplica perfecta de las astronaves azuladas. A diferencia de las mayores, esta nave de transporte despedía una luz blanca más potente, al acercarse parecía haberse hecho de día. Con elegancia se posó en el claro acotado por vallas, llenándolo por completo. Tendría unos doscientos metros de diámetro. Cuando tocó el suelo la luz remitió en gran parte. La parte de la nave enfrentada a la entrada preparada entre la vallas se abrió extendiendo una pasarela. Lo único que se podía atisbar del interior era una luz intensa que no dejaba ver más allá.

Con diligencia el personal de la organización fue ordenando a los Voluntarios en varias filas que confluían en la entrada de la nave. Poco a poco los Voluntarios fueron accediendo al interior. Alberto se encontraba aún bastante lejos de entrar y contempló con paciencia como la nave se agrandaba a medida que la fila menguaba. Según se acercaba su turno para subir a la nave Alberto pudo ver como el personal de la organización solicitaba a los Voluntarios su tarjeta acreditativa. En la página web se insistió con especial hincapié en el hecho de llevarla consigo el día del embarque. Alberto sacó la suya, la tenía bien guardada en su cartera. Mientras la fila avanzaba decidió invertir ese tiempo en observar la nave de transporte con más detalle. Pronto se dio cuenta que tampoco tenía demasiado en que fijarse: de forma circular, fabricada con algún material metálico y emitía una ligera luminiscencia blanca. Entretenido en esto llegó su turno. El hombre de la organización le solicitó su tarjeta y la pasó por un lector que llevaba colgado del cinturón. La máquina devolvió un agradable pitido.

- Gracias, que disfrutes del viaje – dijo el hombre de la organización devolviéndole su tarjeta.

Alberto se guardó de nuevo la tarjeta. Invadido por una gran emoción se dirigió hacia la cortina de luz que despedía la puerta de la nave.

 


             Hasta que no atravesó la cortina luminiscente Alberto no pudo ver el pasillo que conducía al interior de la nave. En cierto modo era como si la luz ocultara el camino. El pasillo ascendía ligeramente para desembocar en el centro de una sala descomunal. Calculó que esa sala diáfana debía ser el total del diámetro de la nave. Los Voluntarios que entraron antes que él se hallaban diseminados por la sala. En rededor había grandes ventanales que dejaban ver el exterior, esto era asombroso pues desde fuera la nave parecía hecha del mismo material. ¿Qué sorpresas depararía la Nave Nodriza? La excitación de Alberto aumentaba con cada nuevo descubrimiento. Más personas subían por la pasarela y en su cara se reflejaba la misma emoción que unos minutos antes sintiese él. La continua llegada de Voluntarios siguió hasta llenar la sala, entonces la pasarela se cerró. Alberto se acercó a uno de los grandes ventanales, fuera quedaban aún muchos Voluntarios. Supuso que serían recogidos por otras naves de transporte. Con lentitud la nave comenzó a ascender. La luz exterior que proyectaba el transporte fue adquiriendo luminosidad hasta iluminar por completo la explanada, como si se hubiese hecho de día. La progresiva ascensión continuó hasta llegar un momento en que los Voluntarios de la explanada ya no fueron visibles, la nave ganó entonces velocidad.

- ¡Es alucinante! No se mueve nada – dijo un chico que se encontraba al lado de Alberto.

Absorto como se encontraba en la maniobra de ascensión Alberto no se percató de este hecho. La nave no sufrió ni un movimiento, ni siquiera un leve vaivén o traqueteo. Daba la sensación que lo que veían por los ventanales era una proyección en una pantalla de cine. La explanada se alejó hasta perderse en el horizonte. En el otro extremo de la sala podía observarse la figura de la Nave Nodriza agrandándose más y más. Sin saber porqué le llegó el recuerdo de su hermanita Alicia. Pensar que no la volvería a ver hizo que su ánimo flaquease y una tristeza enorme le invadió. No pudo reprimir las lágrimas.

- No llores chaval, nos vamos al Nuevo Mundo – dijo el mismo chico de antes dándole una palmada en la espalda.

En ese momento le parecieron las palabras más idiotas que jamás le habían dicho. Se enjugó las lágrimas y fue recomponiéndose. Miró hacia la silueta de la gran Nave Nodriza, ocupaba ya el total de los ventanales. Alberto fue recobrando su aplomo y fuerza característicos, el mal momento ya había pasado.

 

 

El gran hangar de la Nave Nodriza estaba iluminado por una leve luz blanca que apenas dejaba ver toda su magnitud. Alberto contó otras cinco naves de transporte más, idénticas a la que les había traído. El fondo del hangar se perdía entre las sombras por lo que no pudo hacerse una idea exacta de sus dimensiones. La pasarela de la nave de transporte se abrió justo enfrente de un pasillo, este correctamente iluminado, por el cual los primeros Voluntarios penetraban en el interior de la Nave Nodriza. Siguió a la gente allá a donde les llevara el pasillo. Caminaron bastante rato hasta llegar al final del corredor, jamás pudo imaginar el lugar donde desembocaba: un enorme prado se extendía hasta donde abarcaba la vista. Brillaba la luz del día, un enorme río cruzaba el prado y en la otra orilla se podía ver una gran arboleda. Los Voluntarios habían comenzado ya a inspeccionar el lugar: algunos tocaban la hierba, otros miraban estupefactos el cielo mientras los más osados bebían agua del río.

- Es potable – decía una señora mientras ofrecía agua con sus manos a la que debía ser su hija.

- Está muy buena – dijo otra mujer un poco más lejos.

Alberto se acercó a la orilla del río y recogió agua con sus manos poniéndolas en forma de cuenco. Jamás bebió agua más limpia y pura. Animado cruzó el puente que llevaba a la otra orilla del río y caminó hacia la arboleda. Mientras caminaba observó el cielo, idéntico al de la Tierra en un día soleado, sin embargo aquí se podía mirar directamente hacía él sin que dañara la vista. Al llegar a la arboleda siguió encontrando maravillas. Gran variedad árboles frutales se mezclaban en ese bosque imposible: plataneros, perales, cocoteros, melocotoneros, naranjos y otros que ni siquiera conocía. Junto a los frutales coexistían flores de todo tipo de forma y color: lilas, magnolias, azucenas, margaritas... El trino de varias especies de pájaros ornaba el frescor de la arboleda. Los Voluntarios que se hallaban allí, como era de esperar, habían comenzado a probar la fruta. Un anciano al pie de un árbol saboreaba una naranja con los ojos cerrados.

- No comía una naranja así desde que era niño ¡Sabe a naranja! – dijo exultante.

Alberto miró hacia arriba, un niño de unos diez años se había encaramado a la copa del árbol y tiraba naranjas a los que se encontraban abajo.

- ¡Eh! Tírame una – pidió Alberto.

- ¡Allá va! – respondió el niño lanzándole una naranja de considerable tamaño.

La peló en un momento y comenzó a saborear la fruta, estaba deliciosa. Paladeaba cada gajo como nunca antes hiciera. Deleitándose con aquel maravilloso sabor Alberto pensó en el lugar en que se hallaba; quizás fuese así el Edén del que hablaba la Biblia. O puede ser que este pequeño paraíso fuera una recreación del Nuevo Mundo. Se preguntó en que punto de progreso se encontraba la tecnología alienígena para crear un lugar así dentro de una nave. En este estado de completa felicidad pidió otra naranja al niño.

 

 

Al ver el sobre encima de la mesa del salón con el nombre de su hijo Encarna pensó que se trataba de una broma de Alberto. Lo abrió y leyó la breve nota que contenía. Cuando terminó de leerla corrió hasta la habitación de su hijo. No estaba allí. Encarna se sintió mareada, recorrió la casa llamándolo a voces.

- ¡Alberto! ¡Albertoooo!

Ricardo salió del dormitorio aún somnoliento. Se topó de bruces con su mujer, nerviosa le agarró del brazo con tal fuerza que le hizo daño.

- Alberto no está – Encarna no acertaba a explicarse mejor.

- ¿Cómo que no está? ¿Qué narices ha hecho ahora?

- Lee esto.

Encarna le entregó la nota de despedida que dejó Alberto. Ricardo cogió la nota y se dirigió a la estantería del salón para buscar sus gafas. Se las puso aprisa. Encarna se había sentado en una de las sillas y lloraba desconsolada. Ricardo comenzaba a estar alarmado, esto no era normal. Leyó con atención la nota manuscrita.

 

“Siento que las cosas tengan que ser así pero no he encontrado otro modo. Cuando leáis esto estaré a bordo de la nave extraterrestre, soy uno de los ‘Voluntarios del Nuevo Mundo’. Espero que me perdonéis, se que esto os hará mucho daño pero pensad que seré uno de los elegidos que comenzará una nueva vida en un mundo nuevo. Por fin haré algo que me guste de verdad. Despedidme de Alicia. Os quiero.

Alberto

 

Ricardo se dejó caer, abatido, en una de las sillas libres. Un pensamiento no dejaba de atormentarle: “¿Cómo no pude verlo venir?”. Permaneció atónito mientras su mujer lloraba. Cuando pudo reaccionar preguntó a Encarna.

- ¿A qué hora se iban esos chalados?

- No lo sé – respondió ella.

Ricardo miró su reloj: las 11:30. Se abalanzó sobre el teléfono e hizo varias llamadas. Cuando terminó colgó y se volvió a sentar.

-¿Qué te han dicho? – preguntó Encarna sabedora que la respuesta que le iba a dar su marido sería devastadora.

- Han embarcado a las ocho.

Allí siguieron un buen rato hasta que el ruido de unas pequeñas zapatillas entrando en el salón reclamó su atención. Era Alicia. Al ver a sus padres en ese estado se sintió asustada, con voz temblorosa preguntó.

-¿Qué pasa mamá?

 

 

Ciento veinticinco días después de que las astronaves azuladas llegasen enviaron un segundo comunicado a los ciudadanos del mundo, fue a las 12:00 hora de Nueva York. Como ocurrió con el primero se repitió durante dos  horas, copando todos los canales de televisión y radio existentes. Tras este tiempo todo regresó a su funcionamiento habitual. La misma voz hueca repitió:

“Habitantes del planeta Tierra, agradecemos su colaboración. Como prometimos nos iremos en paz y no volverán a saber de nosotros”

 

 

El día en que los extraterrestres partieron fue motivo de celebración en muchas de las ciudades donde estuvieron durante cuatro meses. Nueva York celebró un fastuoso desfile y muchos actos festivos. También Berlín, y Tokio, y Buenos Aires. Las grandes astronaves azuladas, ajenas por completo a todos estos fastos, abandonaron la Tierra a las 20:00 hora de Nueva York. Fieles a su promesa la Humanidad jamás supo más de ellas.

El Secretario de las Naciones Unidas contempló desde la ventana de su despacho como la gran nave que durante tres meses había decorado el cielo neoyorkino desaparecía en el cielo. Con una mezcla de alivio y culpa se retrepó en su cómoda silla. Sonó el teléfono.

- Sí.

- Señor LeVain, tiene una llamada del presidente de los Estados Unidos – era la voz de su eficiente secretaria Marge.

- Pásemela, Marge. Gracias.

Thierry LeVain esperó unos segundos hasta que en el otro lado del teléfono sonó una voz familiar, su amigo Paul Parker.

- ¿Thierry?

- Hola Paul, soy yo – saludó Thierry.

- Ya se han ido. Te felicito, tu plan ha salido a la perfección.

- No estoy orgulloso de ello, Paul.

- No nos quedaba otra opción. Sabe Dios que demonios habrían hecho esos malditos alienígenas, quienesquiera que fuesen.

- Lo sé, Paul. Lo sé – contestó Thierry mientras se frotaba con el índice y el pulgar de la mano derecha la base de su nariz – Sin embargo nadie me quita de la conciencia que hemos montado la mentira más grande de la historia. Hemos engañado a veinticinco millones de seres humanos para mandarles a Dios sabe que destino.

- Míralo desde otro punto de vista, Thierry. Has salvado la vida de cinco mil millones de personas.

- Quizás sea así – contentó Thierry sin convicción. – Te dejo Paul, no me encuentro bien.

- Está bien, amigo. Ánimo.

El Secretario General colgó el teléfono. Recordó con amargura los días vividos. Las exigencias de los extraterrestres no les dejaron opción. Aunque se trabajó duro para establecer conversaciones con ellos la comunicación sólo tenía un sentido, desde los alienígenas hacia la ONU. De hecho esta comunicación se redujo a dos mensajes; el primero después de destruir la Isla Cabrera, escueto y amenazante: “Quedan 88 días”; el segundo quince días antes de su ultimátum, detallando las instrucciones de cómo se haría el embarque de los veinticinco millones de personas. Ambos fueron mensajes de audio, jamás se supo que forma física tenían los alienígenas.  Ante la imposibilidad de dialogo hubo que buscar la forma de cumplir sus peticiones con el menor perjuicio posible. Fue cuando Thierry LeVain ideó el plan “Voluntarios del Nuevo Mundo”: harían creer a la Humanidad que los extraterrestres necesitaban seres humanos para repoblar un mundo idílico. Quienes fuesen con ellos lo harían por su propia voluntad, mientras el resto pensaría que los Voluntarios viajaban a un lugar maravilloso. La rueda de prensa mostrando al mundo el amistoso comunicado alienígena, Saúl, el dossier de la NASA... todo era parte del engaño. El éxito del plan fue total. Tan solo una veintena de personas, todas de máxima confianza, conocían el montaje y se irían con el secreto a la tumba. Thierry LeVain estaba tranquilo en ese sentido. Sin embargo no podía dejar de pensar en cuál sería el destino que les esperaba a aquellos veinticinco millones de personas.

 

 

Cansado hasta la enfermedad Alberto se tumbó en el grasiento suelo ¿cuánto tiempo llevaba allí? ¿Meses? ¿Años? Quién sabe, a él le parecía que demasiado. Las agotadoras jornadas de trabajo anulaban la mente hasta un punto extremo. Aún seguía asombrado de no haber muerto de hambre. Sin duda la ración diaria de aquella asquerosa pasta negruzca que les proporcionaban aportaba la energía suficiente para subsistir; si eras capaz de no vomitarla. Tosió con violencia, la pringosa mugre se incrustaba en los pulmones hasta asfixiarte. Muchos habían muerto ya, pero ellos traían más. Relevo fresco y sano. “Dosifican sus recursos” pensó amargamente. Le dolía el pecho con cada respiración ¡Maldita mugre! Alberto no tenía muy claro si le sanarían de nuevo o le dejarían morir allí tirado. Le daba igual, quizás la muerte fuera una liberación. Mientras el sueño le invadía pensó en el maravilloso prado que los “Voluntarios del Nuevo Mundo” encontraron al embarcar en la nave. Prado de donde le sacaron con violencia las Bestias Mecánicas apenas unas horas después de llegar. A golpes le llevaron hasta las tripas metálicas de la nave para cumplir con la función asignada para él y los desgraciados que le acompañaron. “¿Que será de la gente que se quedó en el paradisíaco jardín?”, se preguntó. Cuando por fin el sueño le venció soñó con su el que fue su hogar, con la familia que un día tuvo. Soñó con su hermanita... ¿se llamaba Alicia?

 

 

 

Epilogo

 

Aquellas gigantescas naves azuladas continuaron vagando por el espacio en busca de mundos que asolar. Programadas siglos atrás por una raza ya extinta cumplían su misión inmisericordes, viajaban de galaxia en galaxia recogiendo una muestra de la vida que destruían. Cuando descubrieron la Tierra y estudiaron la raza humana concluyeron que era una especie destinada a la autodestrucción, por lo que decidieron no gastar energía en su exterminio. Sin embargo, fruto de observar durante décadas a la Humanidad, descubrieron con fascinación que su habilidad manual y su escasa inteligencia se adaptaba perfectamente a sus necesidades. Resultó ser una raza ideal para realizar las labores de mantenimiento y limpieza de su flota de astronaves letales. Las conciencias artificiales que gobernaban las astronaves hallaron, de esta forma casual, el remedio a sus problemas mecánicos y de averías. Seguirían navegando por el espacio hasta agotar su energía (suficiente para milenios) o hasta encontrar una civilización más fuerte y bélica que ellas. A los ‘Voluntarios del Nuevo Mundo’ les esperaba una vida de esclavitud y miseria. Y a sus hijos. Y a los hijos de sus hijos...

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