Relato 025- Viernes Santo

Una potente voz, ya cascada por la edad, gritó su nombre acompañado de una imperiosa orden:

-¡Carlos, a la mesa!

Carlos miró con rabia hacia la puerta, ¿por qué tenían que interrumpirle cuándo estaba a punto de pasar de pantalla? ¡Con lo difícil que era ese juego! Carlos se levantó, salió de su habitación y se dirigió al comedor y se sentó a la mesa sin rechistar. Sabía que no podía desobedecer a su abuela si no quería ganarse un cachete.

La mesa estaba equipada para servir a cinco personas. Sobre la misma Carlos veía cinco juegos de cubiertos, con el mismo número de vasos y platos; una barra de pan, una botella de vino tinto y otra de agua ocupaban su espacio, sin olvidarse de las servilletas. Solamente la silla de Carlos estaba ocupada, el resto aún esperaban a sus dueños.

-No sé por qué me ha llamado tan pronto –rezongó.

-¡No protestes o te ganas una colleja! – le gritó la abuela desde la cocina, dónde estaba acabando de cocinar la cena.

Carlos se mantuvo en silencio, no deseaba irse a la cama caliente. Diana, la hermana mayor, se sentó a su vez. Carlos sintió que le miraba cómo a un bicho molesto; cosa poco extraña si se tiene en cuenta que entre el nacimiento de Diana y Carlos habían transcurrido quince años y tenían poco en común sino se contaba el origen de la elección de sus respectivos nombres. Diana había nacido en un descuido juvenil el mismo día en que se celebraba el matrimonio del príncipe Carlos y Lady Di; por su parte, Carlos había venido al mundo en un descuido de sus padres coincidiendo con el divorcio de los príncipes de Gales. Esas coincidencias, unidas al fanatismo de su madre por la historia inglesa reciente habían sido determinantes para elegir sus nombres.

Diana se miró las uñas pintadas de rojo pasión, esa noche tenía una cita con un chico y no debía vigilar esas uñas, no deseaba pintárselas de nuevo. Observó a su hermano menor, esperaba que se mantuviera alejado; nunca se sabía que podía tramar un niño de seis años.

-¿Es qué nadie piensa ayudar a llevar los platos? ¿Os pensáis que los platos andan solos? –gritó la abuela desde la cocina.

Carlos y Diana se levantaron de la mesa de un salto y corrieron a la cocina.

-¿Te podemos ayudar, abuela?

En un momento los dos tenían un plato de sopa cada uno en sus manos.

-¡Y no la tiréis!

La abuela miró el reloj, ya eran las nueve y cinco. Se preguntaba dónde se había metido su nuera. Ella sabía que en esa casa se cenaba a las nueve todos los días y que nadie la iba a esperar. Menos mal que ella se encargaba de la cocina, sino sus pobres hijos se hubiesen muerto de hambre en el caso de haber tenido que esperar a que esa preparase la comida, esa que no sabía ni siquiera preparar una tortilla decente y menos una cena como Dios manda.

-No sé lo que vio mi hijo en ella –pensó -. Esa lagarta lo atrapó con su primer embarazo y la volvió a atrapar con el segundo. Mi pobre hijo, ¡qué cruz le ha tocado con semejante bicho!

Manuel, el hombre de la casa, salió de su cuarto. Sus ojos vidriosos y legañosos demostraban que había estado durmiendo hasta ese instante. Su estómago le había despertado, avisándole de que era hora de cenar. Se sentó a la cabecera, a la espera de ser servido tal y como lo había sido toda su vida. Su madre nunca le había dejado hacer ninguna labor del hogar cuando era niño y ahora, a sus cuarenta años recién cumplidos no pensaba empezar. Igualmente, su madre nunca se lo permitiría. Ella siempre decía que las tareas del hogar eran cosas de mujeres, que así la habían enseñado en casa su madre y su abuela; del mismo modo ella los había educado a él y a su hermano.

Manuel se sirvió un vaso de vino a la espera de que acudiese el resto de la familia a cenar. Vio como sus hijos traían los platos a la mesa, un día debería inculcar a Carlos que él era un hombre y que esa era faena de su hermana…

-Llevad los platos de vuestro padre y el mío. El de vuestra madre se quedará en la cocina hasta que se digne a aparecer, protestará diciendo que está fría, o mala o las dos cosas. ¡Cómo si ella lo pudiese hacer mejor! ¡No sé que le enseñaron en su casa!

-No creo que tarde abuela, a la media a mucho tardar estará entrando por la puerta –calculó Diana.

La abuela frunció los labios pero no contestó, no deseaba hablar mal de su madre delante de los niños aunque algunas veces no lo podía evitar. Un intento de sonrisa iluminó su arrugado rostro. Sus nietos le devolvieron la sonrisa.

-Vamos, o se nos va a enfriar la sopa. Hoy me ha salido especialmente sabrosa.

Los tres se dirigieron a la mesa y se sentaron a cenar. La sopa era realmente buena, con un buen caldo de base y apetecible gracias a lo caliente que estaba y el frío que hacía en la calle ese mes de marzo.

Ya eran las nueve y media. Todos miraron por la puerta esperando que Verónica entrase con una sonrisa de disculpa en los labios; al tiempo que se desprendía de la chaqueta de piel de imitación y de varias excusas poco creíbles sobre su tardanza. Pero nadie llegó.

Cinco minutos después todos habían acabado de cenar. Verónica era la encargada normalmente de lavar los platos, una de las pocas que hacia bien según su suegra pero era noche le tocó a su sustituta, Diana con gran fastidio para ella debido a sus bonitas uñas pintadas de rojo. Arrastrando los pies se dirigió a la cocina, si se daba prisa todavía tendría tiempo de repintarse las uñas antes de marchar a su cita de las diez y media.

Mientras tanto Carlos, su padre y su abuela se sentaron en el sofá a ver la televisión. La oferta televisiva era variada pero esa noche tocaba ver una película religiosa, tal y como mandaba la tradición televisiva. Manuel había elegido “La túnica sagrada”.

-No sé si serás muy joven para esta película, Carlos. Será mejor que te vayas a la cama.

-Pero abuela, no son ni las diez y mañana no tengo clase. Déjame quedarme hasta que llegue mamá.

-Obedece a tu abuela –le ordenó su padre que estaba deseando echarse en el sofá y que sabía que sin su hijo su madre no tendría el menor reparo en dejarle todo el sofá para él solo.

Carlos obedeció sin decir palabra. Tampoco le importaba volver a su habitación, así podría jugar un rato hasta que le venciese el juego o el sueño, lo que fuese antes. Oyó como su hermana protestaba tras haberse roto una uña y el inicio de la película que no iba a ver.

Los minutos pasaron. Carlos dormía ya mientras que la televisión las letras anunciaban el final de la película. El reloj del comedor dio las doce campanadas, anuncio de un nuevo día. Verónica todavía no había vuelto de su cita y Diana no había dado señales de vida. Manuel se había dormido antes de la mitad de la película y su madre casi al mismo tiempo que su hijo por lo que ninguno vio cómo se acababa la película.

A medianoche sonaron las doce campanadas pero ninguno de los tres pareció escucharlas y estas se apagaron señalando el nacimiento de un nuevo día.

******

Viernes Santo, tres años más tarde…

Un viejo fuma un maloliente cigarro, por su lado ve pasar una hermosa hembra, tal y como él la define mentalmente. Le cuesta calcular su edad pero a su lado va una joven que no puede tener mucho más de veinte años. Las conoce, no es la primera vez que las ve pasar calle arriba. Sabe que en una hora o menos estarán de vuelta, con los ojos rojos de haber llorado lo que cada vez le cuesta más recordar es porque esas dos féminas suben allá arriba. Se mete una mano en el bolsillo de la chaqueta y saca un viejo recorte de periódico, lo despliega y lo lee refrescando su memoria ya maltrecha:

“Tres miembros de una misma familia han fallecido esta noche. Una cuarta víctima ha sobrevivido y se encuentra recuperándose en el hospital comarcal.

Según los Servicios de Urgencias, la causa de la muerte de los tres fallecidos ha sido por intoxicación por mala combustión de su estufa.

Los tres fallecidos son un señor de mediana edad, su madre y su hijo menor. Ha sobrevivido la hija mayor, que fue hallada por su madre cuando volvía a casa.

La alarma la dio la señora Verónica P.C, esposa del fallecido cuando volvió a casa y vio a través de la ventana los cuerpos inertes de su esposo y de su suegra en el suelo de la sala de estar. Llamó a Urgencias y cuando estos se personaron no pudieron hacer nada más que certificar la muerte de Manuel S.L, Josefina L.A y Carlos S.P…”

El viejo deja de leer, recordaba que habían conseguido reanimar a la hija mayor del matrimonio, esa hija que ahora acompañaba a su madre al cementerio cada Viernes Santo.

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